¿Caviar? Sí, muchas gracias

Ideele Revista Nº 275

Las muchas veces que se usa el término ‘caviar’, además de las diversas publicaciones que se han hecho comentando la palabra, además de la pregunta sin respuesta que alguna vez hizo un magistrado de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, me lleva a tratar de resumir las características que llevan a que se califique a una persona como ‘caviar’.

Aunque pretendió, originalmente, ser un adjetivo descalificador o por lo menos un apelativo despectivo, el término ‘caviar’ ha terminado por ser, finalmente, un piropo o halago, aunque hayan varios que difícilmente estarán dispuestos a reconocerlo.

Más allá de su origen histórico en la Francia de Mitterrand y las características circunstanciales o superficiales que le asignan algunos, como ser egresado de colegios religiosos y de la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP), las que podríamos considerar características de un ‘caviar’ son: ser liberal en el sentido de contrario a conservador, es decir partidario de hacer cambios para mejorar el sistema, interesado en mejorar las condiciones de los sectores desfavorecidos; defensor de los Derechos Humanos; prodemocrático y antidictatorial; partidario de la preservación de nuestro planeta y del medio ambiente; contrario a todo fundamentalismo; no ser neoliberal y creer que el Estado tiene que jugar un papel en la economía y la vida social; ser una persona cultivada y leída, interesada en la cultura y no en hacer fortuna; creer que ‘ser’ es más importante que ‘tener’; para algunos, un caviar es contradictorio, porque muchas veces vota en contra de sus propios intereses; pero tiene un defecto grave, le gusta vivir bien (comer caviar…)

El problema es que nadie ha podido explicar por qué a las personas de izquierda[1] no les puede gustar vivir bien, como a la mayoría de los mortales. Parece que algunos siguen reclamando lo que los marxistas ortodoxos: la incompatibilidad entre ser progresista y ser de origen y gustos burgueses. Según esta absurda pretensión los únicos autorizados a vivir cómodamente y con todas las ventajas son las personas de derecha, que en estricto sentido son las que pretenden  mantener el statu quo, porque conviene a sus intereses, una razón que no pasaría ningún examen de moralidad. En otras palabras, los que pretenden cambios en el orden socio económico y político, porque es a todas luces injusto, tienen que vivir pobre y miserablemente, porque de otra manera no se explica que sean tan tontos de apoyar las reformas que los afectarán.

Entre otras muchas contradicciones toda esta crítica a los caviares olvida que los hombres dejan de serlo si se los extrapola del grupo en el que se desarrollaron y al que pertenecen (pueden cambiar). Una verdad incontrovertible es que lo que afecta a uno afecta al grupo y al final afecta a todos. La búsqueda de los beneficios individuales es bastante miope y a la larga termina explotando en la cara. En el mundo de hoy los ejemplos sobran. En nuestro Perú los abusos cometidos por la oligarquía crearon a Velasco y también a Sendero. En el ámbito mundial la incapacidad de los gobiernos de los Estados Unidos para mirar más allá de sus fronteras resultó en la tragedia del 11 de septiembre. Tratar de mantener privilegios injustos a la vista de quienes tienen mucho menos o nada resulta en la envidia, las revoluciones y también las guerras. Tenemos que entender de una vez por todas que somos parte de la humanidad y tenemos que lograr la realización de todos o de la mayoría o por lo menos que la oportunidad exista. Me imagino que me acusarán de idealista, pero los hechos demuestran que más bien estoy siendo más realista que los ‘realistas’ que entienden el adjetivo como la búsqueda de ventajas para sí mismos olvidando a los otros o muchas veces expoliándolos.

Supongo que a mucha gente le resultará absurdo, pero la verdad es que como dice el título de este artículo, cuando a uno le dicen ‘caviar’ debería decir ‘sí, muchas gracias’.



[1] Ver mi artículo ‘Teoría política y confusión de términos’ publicado en ‘Semana Económica’, la ‘Revista Ideele’ y ‘El Político’

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