A 123 años del natalicio de Haya de la Torre

Daniel Parodi Historiador
Ideele Revista Nº 277

Foto: Office press photo.

Alguna vez a Víctor Raúl Haya de la Torre lo describieron como una “fuerza de la naturaleza”. En efecto lo era, al fundador del APRA es imposible reducirlo, como se ha empeñado tercamente la izquierda académica, a la crítica de las alianzas de su partido con sus antiguos enemigos Manuel Prado y Manuel Odría, ni a la trillada cuestión de su evolución ideológica en una dilatadísima trayectoria en la que siempre antepuso la realidad, y las fuerzas muchas veces inconmensurables que la modifican, a cualquier dogma o prisión determinista.

Es por eso que es urgente encontrar a Haya a través de otros ángulos de su personalidad y actuación para descubrirlo en sus múltiples facetas y contornos, a ver si de esta manera comenzamos a recuperar para él el singular título que le corresponde, que es el del político de mayor gravitación y trascendencia en el siglo XX peruano. Todo esto sin dejar de lado su pensamiento político, casi siempre ausente de los manuales que tratan la materia, en los que Mariátegui es referencia obligada y Haya ausencia obligatoria.

En 2014, Ricardo Melgar y Osmar Gonzáles publicaron una compilación de cartas y manifiestos, inéditos la mayoría, del fundador del APRA. Entre ellos se encuentra uno titulado “Mensaje de Haya de la Torre a la Juventud y al Pueblo Cuzqueños”[i], fechado París, 2 de octubre de 1926. En el documento es notable encontrar desarrollados de manera casual, las cuatro cualidades que, durante décadas, constituyeron un apotegma del partido aprista: “Fe, Unión, Disciplina y Acción” (F.U.D.A).

Este dista de constituir un lema entre muchos, ni mucho menos una consigna publicitaria o electoral; al contrario, apunta de manera directa a las constantes que estuvieron en la base de la actuación y del pensamiento político de Haya a lo largo de su vida. La Fe atañe la dimensión utópica de su vida que se sitúa en el centro del paradigma filosófico-político del siglo XX, de los grandes metarrelatos e improntas ideológicas que se profesaban e interiorizaban como si de creencias religiosas se tratase. La Fe remite también a la formación escolar de Víctor Raúl en el colegio San Carlos y San Marcelo donde, desde niños, se formaba a los futuros seminaristas y sacerdotes, pero que también contaba con una sección laica. De allí la vida entendida como acto de fe, como consagración a una causa, tal y como se lo escuchase decir alguna vez a su seguro mejor discípulo Carlos Roca Cáceres. Al respecto dice Haya en la citada epístola:

“Para este fin necesitamos la fe de los obreros, campesinos, soldados, empleados e indígenas del país (…) y la fe de estudiantes, maestros de escuela e intelectuales de vanguardia, en un solo frente popular e invencible”, para señalar, párrafos después, “tengamos fe en nuestras propias fuerzas y hagámosla invencible por una estricta organización”. (En Melgar y Gonzales 2014 p. 54)

Para Haya, el acto de Fe está al principio, no puede triunfar aquello en lo que no se cree, ni lo que no se concibe y se vive como una utopía cuya coronación encausa y le da razón de ser al quehacer diario, como la ciudad del hombre avanzando hacia la ciudad de Dios en San Agustín. Si algo tuvo de determinista el pensamiento histórico-político de Víctor Raúl es la Fe, la creencia en que al final del camino advendría una sociedad mejor, más justa e igualitaria.

Pero Víctor Raúl conocía la naturaleza humana, sabía de los divisionismos, de los faccionismos. Es por eso que insistía tanto en la Fe -entendida como creencia ciega- para evitarlos. Y es por esa misma razón que proclama la Unión como segunda estación de su apotegma. De allí que Haya señalase que “solidarizados estrechamente, pensando siempre en el destino eminente de esta generación y en su grave tarea histórica y en el programa que hemos de realizar todos juntos, trabajemos sin descanso por sumar a nuestras filas todas las fuerzas vivas de la Nación”(ibid). Sin embargo, en el Haya joven, la cualidad de La Unión se relaciona también con su programa político y el concepto del Frente Único. Para él, campesinos, obreros y clases medias (principalmente intelectuales y estudiantes) debían colaborar entre sí, en el entendido de que el proletariado no se encontraba lo suficientemente desarrollado como para encabezar la revolución socialista, planteamiento que explica, paradójicamente, la corriente divisionista al interior del APRA que encabezaron desde 1928 José Carlos Mariátegui y Eudocio Ravines, bajo el auspicio de la moscovita internacional comunista (Comintern).

La Disciplina es un tema que obsesionó a Víctor Raúl, sabía que, sin ella, el proyecto político que fuere estaría condenado al fracaso, De hecho, hasta hoy suele escucharse el lema “disciplina compañeros” al interior del PAP y no voy a detenerme, en esta ocasión, a desarrollar odiosas comparaciones. En todo caso, cuando en los años veinte Víctor Raúl hablaba de Disciplina lo hacía leninistamente; refería la Disciplina imprescindible para el triunfo de la revolución, refería también la verticalidad del liderazgo y la necesaria obediencia de los cuadros que, a su vez, debían conducir a las masas hacia la toma del poder.

"Tengo la deuda de escribir sobre la impronta moral de Haya de la Torre, que es tan o más importante que las otras dos: la política y la ideológica".

Es posible que este elemento explique mucho de la polémica con Mariátegui y Ravines, y la postura antirrevolucionaria adoptada por ambos, luego de que fuese lanzado el “Plan de México” por Haya en enero de 1928. En este, el fundador del APRA, al mismo tiempo que precisó algunos aspectos de su programa, anunció la ejecución de un plan revolucionario en el Perú que requería la “militarización del movimiento” y la verticalidad en la toma de decisiones para asegurar su éxito. Para Mariátegui y sus seguidores, el pretexto para neutralizar a Haya fue que este relativizó el peso específico del proletariado en la revolución. Para él el tema fue más simple: el “grupo de Lima”, como se conocía al entorno mariateguista de Amauta, carecía de disciplina revolucionaria, “son poetas, no políticos”, diría muchas veces. En todo caso, incluso después de trocar la utopía socialista por la democrática en 1931, mientras Haya se mantuvo al frente del PAP, prácticamente hasta su muerte, la Disciplina fue un factor fundamental de su organización, destacado hasta por sus más tenaces detractores.

“Agrupados, disciplinados en un solo frente de juventud, con los estudiantes universitarios (…) con la juventud hermana de trabajadores manuales, formaremos la falange llamada a llevar, por la fuerza de la justicia, a las conquistas de nuestra obra redentora (ibid)”.

La cuarta cualidad es la Acción. Y aunque entiendo que esta no podría conducir a nada sin fe, unión y disciplina, tiendo a colocarla primero en las prioridades de Haya de la Torre. Víctor Raúl nunca creyó en eso de que “las condiciones no están dadas para iniciar la revolución”. Tanto como creía que las fuerzas de la historia y de la sociedad eran muy capaces de superar al hombre y a su teoría, requiriendo así recurrentes reinterpretaciones (de allí su relativismo); al mismo tiempo pensaba, como Lenin, que era necesario actuar sobre la realidad para generar dichas condiciones. Esta es la base de la dialéctica hayista. En 1926, como en los años siguientes, Haya creía que el movimiento aprista debía organizarse rápidamente, y también rápidamente lanzarse a la acción revolucionaria para, en un principio, tomar el poder en un país latinoamericano que sirviese de base para extender luego el movimiento y tornarlo continental en virtud de su postulado de la Unión Latinoamericana.

Es en tal sentido que Haya creía, dialécticamente, que la realidad, la acción sobre ella -que es el encuentro con ella- y la continua reflexión en torno a ella, juntas, depurarían la teoría. No podía esperarse, como sostenían Mariátegui y Ravines, que el aparato teórico estuviese “listo o depurado” para lanzarse a la acción. Me comentaba hace semanas un aprista mayor cómo una vez un líder fundacional de su partido lo envío en comisión al Cusco para crear las condiciones de una huelga magisterial y tumbarse al ministro de educación, lo que efectivamente hizo. No sé si este ejemplo suene bien, probablemente no, pero se trataba de eso, de hacer la política y de transformar la política actuando sobre la realidad y estudiándola al mismo tiempo. Para Haya era sencillamente impensable mantenerse contemplativo, su propio humor y temperamento se lo impedían: solo actuando sobre la realidad, transformándola, solo a través de la acción podía luego teorizarse y actualizar la teoría: jamás al contrario.

“En cada rincón del Perú debe surgir parte de la gran fuerza popular que ha de unirse en un solo frente de acción. Nuestro deber es pues ser infatigables en la labor de propaganda y de organización preparándonos a defendernos y a contrarrestar la gran ofensiva que la reacción dominante realizará contra nosotros haciendo un último esfuerzo” (ibid..p.56)

Tengo la deuda de escribir sobre la impronta moral de Haya de la Torre, que es tan o más importante que las otras dos: la política y la ideológica. Pero puedo adelantar que en Víctor Raúl lo fundamental no se encuentra en los lugares comunes de quienes han redactado la historia del APRA con la miopía y el astigmatismo de viejas rivalidades, que cuanto más rápido abandonen sus últimas posiciones académicas, más rápido permitirán abrir el estudio de este personaje a enfoques diversos. Nosotros esbozamos algunos en estas líneas, de seguro limitadas a un marco temporal de apenas pocos años (1925-1930) pero que permiten, en parte, comprender otras actuaciones y otros capítulos históricos del APRA y de su líder-fundador.

Hoy, 22 de febrero de 2018, día de la Fraternidad Aprista, aniversario 123 del natalicio de Víctor Raúl Haya de la Torre, ni la fe, ni la unión, ni la disciplina, ni la acción son característicos de nuestra política. Más bien, sí lo son el oportunismo, cuando no el latrocinio más escandaloso. Por eso es tan necesario romper con los lugares comunes a los que la mezquindad más abyecta ha pretendido condenar perpetuamente a Haya de la Torre; porque vaya que hoy necesitamos hombres como él en nuestra política; hombres que estén dispuestos a sacrificarlo todo a la causa de los pobres del Perú y de América Latina.

Véase 2014. Melgar, Ricardo y Osmar Gonzales. Víctor Raúl Haya de la Torre. Giros discursivos y contiendas políticas. Buenos Aires, Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini.



[i] Todas las citas textuales presentes en este artículo forman parte del referido manifiesto dirigido a la juventud cuzqueña.

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