Chuschi: I. La quema de ánforas

Ideele Revista Nº 236

El 17 de mayo de 1980, fecha en la que el Perú elegía un Presidente luego de 12 años, en Chuschi se quemaban las ánforas electorales. Un país a medio peinarse acababa de ser notificado: la nueva era de sangre había comenzado. Sendero Luminoso decidió iniciar allí su guerra contra el Estado.

Lo que vino después fue el infierno. La población de Chuschi fue estigmatizada como terrorista. Si ser ayacuchano inspiraba sospecha, ser de Chuschi era la confirmación para un Estado ciego y aterrado.

Atrapados sin salida, los chuschinos vivían acosados. En su tierra los buscaban los militares que los confundían (y ejecutaban) como senderistas. En su tierra los buscaban los senderistas para enrolarlos y para castigar su colaboración con las Fuerzas Armadas. Sus militantes perseguían a las autoridades que no querían colaborar con ellos. Muchos terminaron muertos o exiliados.

Otros lograron salvarse. Antonio Cayllahua relata que cuando el ejército entró a retomar el control en Chuschi, lo acusaron de colaborar con Sendero. Él les dijo que era evangélico y que estaba en contra de los senderistas. Para que lo demuestre, el capitán a cargo de la tropa lo forzó a ejercer el cargo de gobernador. Ese día firmó su sentencia y solo le quedó huir. Sendero seguía sus pasos. Se refugió en Rumichaca y dormía a salto de mata: “Descansaba en casa de mis familias. En las noches iba de un lado a otro. Me escapé a la altura, pero ahí también han venido a buscarme. Gracias a Dios, el señor que vive en el cielo me ha salvado”, asegura.

Para ese entonces, Chuschi era una suerte de base temporal de Sendero: un Comité Popular Clandestino donde se organizaba la vida del supuesto “nuevo Estado”. (El grupo se disolvía cuando llegaba el ejército, y dejaba al pueblo a merced de unos soldados que no se detenían en distinciones.)

Leonidas Cayllahua, un poblador de Quispillaccta afincado en Lima, cuenta que fue su primo quien en buena cuenta salvó a Chuschi del imperio de Sendero. Era un joven alegre e indisciplinado que se relajaba con la enamorada y no acataba las órdenes del Partido. Le dieron varias oportunidades: “En la primera lo perdonaron; en la segunda lo chicotearon; en la tercera los camaradas Teresa, Joel y Medina lo sentenciaron a muerte. Pero un tío, que también participaba en ese grupo, lo liberó pidiendo una última oportunidad. Entonces se fugó y se dirigió a la PIP de Huamanga a colaborar con la Policía”, relata. Para Leonidas fue el salvador de la gente inocente del pueblo, porque denunció a los que sí habían participado. Para otros fue un vil traidor.

La falsa idea de que todos en Chuschi eran senderistas tuvo consecuencias letales cuya huella está en las innumerables fosas comunes que aún no se terminan de encontrar. Pero tampoco es enteramente cierto que los senderistas en Chuschi eran extraños al lugar. Algunos profesores de la escuela secundaria realizaron un adoctrinamiento agresivo y permanente que rindió sus frutos: lograron convencer a un grupo de alumnos sobre la inminencia de la lucha armada, y que ellos debían inaugurarla realizando la primera acción dirigida a socavar al “Estado burgués”. En la madrugada del 17 de mayo de 1980, ingresaron en la oficina electoral en la que ahora funciona el Juzgado de Paz Letrado, y quemaron las ánforas y los padrones.

Este atentado pasó desapercibido: solo dos periódicos de amplio tiraje informaron sobre el hecho. Uno de ellos fue La Prensa, que presentó el hecho como un atentado realizado por un grupo de 20 exaltados que tomaron de rehén al registrador electoral, Florencio Conde, e incendiaron los padrones y ánforas de 10 mesas electorales. El Diario de Marka dio menos detalles y mencionó que elementos desconocidos asaltaron la oficina. Añadió que el nuevo material fue enviado en un avión militar y los 2 mil electores finalmente pudieron sufragar. Un profesor, un estudiante de Antropología de la Universidad de Huamanga y un escolar de 17 años fueron capturados por la Policía en Ayacucho, y al poco tiempo salieron en libertad.

Pero no solo los medios fueron tuertos y sordos. Lo mismo ocurrió en el ámbito de las Ciencias Sociales: un tiempo antes de que estallara la guerra, la antropóloga estadounidense Billie Jean Isbell estuvo haciendo un trabajo de campo en Chuschi. En su estudio se refirió a “una sociedad corporativa cerrada” con muy poca influencia de Occidente, en la cual se mantenían vivos los rasgos culturales ancestrales. La estudiosa no se percató de que esa sociedad aparentemente cerrada mantenía una fluida comunicación con la provincia de Huamanga. Un profuso y clandestino trabajo político se realizaba y convivía con los ritos y costumbres atávicas. Mayo 17 también dinamitó una forma de hacer antropología.

Un año después de la quema de ánforas, cuando se estaba realizando la tradicional feria de los viernes y en la plaza central de Chuschi humeaban las ollas con caldo de cabeza, y los pellejos de carnero extendidos en el suelo se negociaban a cambio de arrobas de cebada, un grupo de encapuchados cercó la plaza. Tomaron el pueblo, castigaron a unos ladronzuelos y asesinaron a dos abigeos. Llegaron “camaradas” que no eran del lugar y organizaron el trabajo colectivo en las chacras. En el colegio les raparon el pelo a los estudiantes. Cerraron las salidas del pueblo y controlaron el ingreso de los visitantes; incluso los transportistas debían pedirles permiso para salir hacia otras comunidades.


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II.               Tras cuernos, palos
III.            Desmembramiento
IV.            Chuschi 2014 

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