Convencer para ganar: La campaña electoral en su hora pico

Alcides Hoyos Periodista
Ideele Revista Nº 258

Por fina cortesía del Jurado Nacional de Elecciones, demás organismos electorales y la informalidad de los partidos políticos nuestros de cada día, estamos ante un borrón y cuenta nueva inédito en los comicios peruanos. 

La actual campaña presidencial en el Perú se asemeja a la competencia por pasajeros en un tugurizado paradero. Hay tanta variedad de partidos como vehículos de transporte público, y cada uno busca atiborrarse de gente como mejor pueda. Quien lo logre podrá salir más rápido y llegar a su destino final en la Plaza Mayor de Lima. No por casualidad el mismo Ollanta Humala - siendo ya presidente - dijo que conducía una combi con 30 millones de peruanos.

En los últimos días – principalmente porque le quitaron el brevete a un par de choferes– creció la especulación sobre quién será el próximo conductor de nuestra combi, pero hoy nos centraremos en cómo los ‘ciudadanos de a pie’ son seducidos para seguir tal o cual ruta.

A la luz de los últimos acontecimientos, y aunque resulte un poco irónico, podría decirse que Pedro Pablo Kuczynski ha rejuvenecido políticamente. Ha vuelto a sonar como un segundo puesto probable y esto ha coincidido con el relanzamiento de su campaña mediática. Ahora es él quien se autoproclama viejo (¡hasta se comparó con MickJagger!), quiere dar clases a sus rivales diciéndoles que “se acabó el recreo”, y hay indicios de que al frente de esta campaña hay gente que sabe lo que hace en términos de comunicación.

No obstante – sin ánimo de ofender – PPK aún parece un producto vencido, alguien que está segundo pero con el mismo puntaje de cuando lucía tercero (eso sí, al menos Vargas Llosa y la mujer que le bajó el pantalón en un mercado votarán por él).

Y es que, si vemos más allá de sus coloridos anuncios, su arraigo de hace cinco años en redes caducó y lo capitalizaron otros. Dejó de ser, además, el único que podía hablar con autoridad sobre cifras y maniobras técnicas. Ni siquiera renunciar a su nacionalidad estadounidense le quitó el rancio aroma a gringo que lo perseguía. Hasta el PPKuy, su fiel ‘jalador’ de votos, no es lo que solía ser.

Podría decirse que PPK sigue con vida a costa de las últimas defunciones electorales.

César Acuña, hoy fuera de carrera, había empezado su campaña en redes hace mucho tiempo. A través de sus perfiles, sobre todo en Facebook, daba cuenta de su periplo desde aquel ‘sólido norte’ que le arrebató al Apra hacia una capital que aseguraba reclamaría para los pobres del Perú. Sus fotografías – de textura radiante y donde se lo veía rodeado de fervientes seguidores – eran de una calidad que hacía pensar en una millonaria campaña, ratificada cuando se anunció con bombos y platillos la contratación de Luis Favre, el mismo marketero que le cambió la cara a Ollanta Humala y que se la lavó a Susana Villarán.

Este efervescente despliegue, que vino acompañado de un insólito repunte en los incipientes sondeos de intención de voto y de jales políticos mucho más insólitos, parecía el camino que lo conduciría directo hacia Palacio de Gobierno. Incluso, cuando aparecieron las denuncias en su contra (al principio refritos que poco daño le hicieron en su momento, como el asunto de la “plata como cancha” y de los maltratos físicos a su exesposa), se sintió cómodo en el papel de víctima, algo que también rinde frutos entre el electorado.

Pero César Acuña no supo cuándo ceder el protagonismo político en un proceso de largo aliento que es como una maratón en la que no puedes correr todo el camino al mismo ritmo. En la CADE (un evento al cual pudo no ir; un público que, siendo honestos, jamás iba a votar por él) dejó en paños menores sus deficiencias intelectuales. No contento con eso, se disfrazó de Cantinflas en el tema de sus elocuentes plagios. Aceptar las culpas y hacer público el valor de su verdad solo le sirvieron para perder aliados en plena campaña. Su reciente exclusión por dedicarse a hacer “regalos humanitarios” parece el perfecto final de su propia tragicomedia.

Quien siguió este camino ascendente con estrepitoso final fue Julio Guzmán.

El candidato de ‘Todos por el Perú’ (TPP) apareció tímidamente entre aquellos cibernautas que viven indignados y que, para estas elecciones, no podían estarlo menos. Lo encumbraron como un técnico independiente decidido a tomar el mando de un país al garete. Sedujo a una porción de progresistas al aceptar que su esposa – gringa buena gente como permitimos que sea una aspirante a Primera Dama – “paraba la olla” de su casa mientras él iba al frente de la campaña más austera de los tiempos modernos (¿?).

Así nació la ‘Ola Morada’, un fenómeno que sonó como a flauta de Hamelin para los otrora ‘PPKausas’, siempre ávidos de novedades. Y fue así que, en menos de lo que canta un gallo (o de lo que canta el Jurado Nacional de Elecciones, en este caso), se apoderó de casi un 20% de los atribulados votantes.

Se aventuró a jugar la carta del mártir al comparar su interminable tacha con un flagrante atentado contra la democracia y el ‘mambo’ que TPP bailó con el Registro de Organizaciones Políticas, el Jurado Electoral Especial y el Jurado Nacional de Elecciones logró afianzarlo como víctima. Pero – al igual que muchos de sus discursos – el sueño presidencial se volvió para él un ‘sí, pero no’. De seguro hará lo imposible por volver; el problema es que entre apelaciones y conferencias de prensa el tiempo le va a quedar muy corto.

De fallar, su lugar de presunto ‘outsider’ tiene un par de posibles reemplazantes que no podemos descartar.

Alfredo Barnechea y Verónica Mendoza tienen ‘apenas’ 9%, pero su campaña se ha diferenciado por entrevistas periodísticas en las que han salido airosos y por haberse ganado el derecho a hablar de sus propuestas en vez de vender el humo populista al que parecemos adictos. Lo curioso es que andan por el mismo camino viniendo de orillas diferentes. Ella, de una izquierda que enorgullecería al mismo César Vallejo (“y no podrán matarla”); él, de un centro que escribe con la derecha pero que, por si acaso, aprendió a patear con la zurda. En medio de la cacería de ‘dinosaurios’ emprendida por Guzmán, estos dos candidatos avanzan en el proceso evolutivo sin depredadores naturales alrededor.

Y tienen de su lado a los ‘Veroliebers’ y a los ‘Barnechéveres’, especies digitales que en el mundo jurásico donde viven, por ejemplo, Alan García y Alejandro Toledo son rara avis.

Y tienen de su lado a los ‘Veroliebers’ y a los ‘Barnechéveres’, especies digitales que en el mundo jurásico donde viven, por ejemplo, Alan García y Alejandro Toledo son rara avis.

Alan García pudo retirarse como el caudillo de un partido al que logró hacer respirar de nuevo luego de hundirlo, pero eligió hacerlo añicos por segunda vez. Se alió con Lourdes Flores en una de las combinaciones más bizarras de nuestra política, lo cual ya es decir bastante, y dejó ir no solo al pequeño porcentaje que aún entraba en trance al escucharlo sino también al pequeño porcentaje que confiaba en el PPC y que prefiere (al parecer) ver muerto el partido de ‘El Tucán’ antes que gobernando de la mano con el Apra. Lo que vino después – Alan pidiendo frías disculpas por los indultos a narcotraficantes, Alan revelando secretos de alcoba entre candidatos y encuestadoras, Alan peleándose con periodistas y Alan pegando e insultando a sus colaboradores – solo son manotazos de ahogado, las últimas locuras del emperador.

Lo de Alejandro Toledo es peor aún. Quiso ser un candidato del pelotón de arriba, pero en base a declaraciones machistas, cuchipandas inoportunas y escándalos a nivel nacional se asemejó a los ‘urrestis’, ‘nanos’ y ‘reggiardos’ del pelotón de abajo, que sirven más para la comidilla, el chisme y el derroche de papel que para intentar darle un poco de seriedad a la política peruana.

Lo que sí va en serio es la campaña de Keiko Fujimori.

La hija del reo Alberto Fujimori sabe que gracias a su padre hay un 30% fiel que la sigue. Pero también sabe que si el primer tiempo lo tiene ganado, en el segundo (el que define los partidos) le pueden voltear el marcador. Por eso empezó a jugar para esa tribuna que la mira con recelo o que le lanza huevos. Creando un aparente cisma entre ‘albertistas’ y ‘keikistas’, desembarcó de su lista congresal a ‘históricos’; tiró flores a la CVR, y hasta aceptó que en el gobierno en el que fue Primera Dama se cometieron “errores”. Sin duda busca darle pretextos morales (“ya se deslindó del fujimontesinismo”) a quienes decidan subirse a su carro más adelante. Sabe que a ella nadie se atreverá a quitarle el brevete.

A groso modo, así andan las cosas en nuestro ‘paradero’. Dicho esto, estimado pasajero, padre, madre de familia, ¿qué ruta tomará usted el 10 de abril?

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