Cuéntele a la china

María Sosa Mendoza Periodista
Ideele Revista Nº 275

En Ideele estamos en contra de cualquier intento de sojuzgar la libertad de expresión. Consideramos que la arremetida del presidente del Congreso contra el periodista Rafo León y la revista Caretas  es inaceptable y riesgosa, mucho más cuando se trata de una agrupación que cuando estuvo en el poder persiguió  a la prensa independiente. En ese sentido, nos solidarizamos con el periodista y la publicación. Sin embargo, creemos que es importante la discusión en torno a determinados contenidos que podrían ser interpretados como reproductores de estereotipos machistas y sexistas. ¿La burla hacia las congresistas fujimoristas representa una burla hacia la mujer en general? La autora de este artículo considera que sí.

 

Han suscitado tras de sí amenazas judiciales, el pronunciamiento de nuestro nobel de literatura y seguramente más de un debate entre la población. La China Tudela y Rafo León han salido de ese espacio en el que descansaron plácidamente desde 1979 para enfrentar a un gran sector que los califica de discriminadores: machistas y racistas. El periodista, por su parte, se ha defendido –y a su personaje- recordando que la naturaleza de sus textos es la sátira política y, finalmente, sosteniendo que todo se trata de una campaña en contra del periodismo detractor de la mayoría congresal, una suerte de atentado contra de la libertad de expresión.

Por el comienzo

La sátira es el arte de la exageración y la caricatura que goza de concesiones burlescas y tiene un afán moralizador del que no se debe esperar objetividad alguna. Es el género literario que deja atrás cualquier leguleyada y se consolida como voz de la población: critica lo que la ciudadanía critica.

Cuando incursiona en la política, la sátira se hace fundamental, porque asume el papel de controlar los abusos de poder. Esta es la clasificación que, en sus últimas declaraciones, han hecho Rafo León y Marco Zileri –director de la publicación- de la Tudela.

Muy probablemente tales aserciones –sin querer- han sido las que más en contra les han jugado. Se ha deslegitimado una posible defensa que encontraba sustento en que la obra artística no puede ser juzgada desde preceptos morales. No. Al calificarse, todavía más expresamente, como 'periodismo' (a secas) se pierde tal concesión.

De pronto, los contenidos deben pasar a ser juzgados bajo criterios periodísticos. Sin embargo, es difícil encontrarle algún interés social, propio de ese cuarto poder, a expresiones como que “Luz Lomo Saltado” debe “bajar treinta kilos” y que “La Chacóncha” quiere una “falda de tajo por si algún purpurado arreola se animaba”.

Resaltan varias inconsistencias de parte del autor de la semanal “China te cuenta que…” con respecto a su personaje. Si en un comienzo la presentó como la satirización de la mujer pituca peruana, un concentrado de estereotipos que mostraba a una gringa racista, clasista, prepotente y chismosa; con el tiempo la personalidad evolucionó hasta perder ese norte. No encontramos, en la columna de León, mofas dedicadas al machismo y al racismo, sino más bien encontramos mofas machistas y racistas. Los seguidores de la China Tudela no se burlan del personaje, lo hacen más bien con él.

¿Los últimos calificativos lanzados a las mujeres políticas (y fujimoristas) son de índole patriarcal? Por supuesto que lo son, de eso no debería haber duda alguna. Calificar a una mujer en base a su aspecto físico, o referirse a ella de forma despectiva por presuntamente ser puta –es decir, por la forma en que opta llevar su vida sexual- es algo que, en nuestros tiempos, ya se sabe condenar.

Entonces, teniendo en claro que la columna del 5 de octubre “Reporte Desde El Baño De Damas” cae en el machismo es comprensible que la ciudadanía haya emprendido la búsqueda de un sujeto culpable a quien sancionar. A partir de aquí las cosas no hacen más que complicarse.

¿Quién es el ser machista de toda esta trama? ¿La obra? ¿'China' Lorena Tudela Loveday, la escritora imaginada? ¿El creador de la parodia? Sobre este punto se contraponen visiones de las más diversas.

El arte y la moral

Rafo León y sus solidarizados abanderan una visión artística del asunto; visión que –como ya expresamos-  pierde fuerza cuando se recurre a catalogar a la obra como“con fines periodísticos”. En cualquier caso, se sostiene que el machista es el personaje y que esa crítica no puede ser traspasada al creador.

"Cabe recordar en este caso que la “permisividad” que se le otorga a los discursos satíricos políticos se ampara en el criterio del bien común".

Evocar al arte es completamente válido, no obstante, hace florecer el dilema aristotélico: ¿Quién define qué es y qué no es arte? ¿Por qué la Paisana Jacinta y el Negro Mama no calificarían como arte?

Una probable respuesta quizá aluda a lo estético, no obstante, una contestación de este tipo pecaría de endeble por ampararse en factores subjetivos y completamente elitistas.

Otra respuesta podría ensayar el hecho de que los personajes de Jorge Benavides buscan la risa a través de la humillación de un grupo humano, diseminan odios. Sin embargo, no hay que hacer un gran esfuerzo para notar que la última columna de Rafo hace lo propio.

La interpretación

Existe, además, un enfoque que intenta eximir de responsabilidad al autor bajo preceptos liberales. Este entiende que un discurso sí puede motivar a acciones, pero responsabiliza de estas únicamente a los receptores y la forma en la que asimilan la información que les es otorgada.

Es decir, Rafo León no tendría responsabilidad alguna de reforzar ideas violentas en sus lectores si es que él –personalmente- no quiso explícitamente llamar a tal actitud.

Cabe recordar en este caso que la “permisividad” que se le otorga a los discursos satíricos políticos se ampara en el criterio del bien común. Siendo la población el motor de tales facultades, querer desentenderse de los resultados que el discurso de alguien cause en ella no pareciera, en un primer momento, lo más sensato. No obstante, la idea cuenta como valedoras a las teorías desarrolladas por Jacques Derrida y Roland Barthes quienes dieron un papel fundamental a ese actor que en el Occidente de antaño se solía percibir como pasivo.

Zambullida teórica, a pocos metros

Derrida, en “La Farmacia de Platón”, critica a esa obsesión de fijar a todo una figura de autoridad.  Falogocentrismo es el término que acuña para referirse al privilegio de lo masculino en la construcción del significado para aludir a esa incertidumbre que nos produce no hablar en términos concretos y seguros.

“En cuanto un hecho pasa a ser relatado […] la voz pierde su origen, el autor entra en su propia muerte, comienza la escritura”, asegura Roland Barthes en “La muerte del autor”.

Barthes, en materia interpretativa, apostó por devolver el protagonismo a las obras, por liberarlas del sujeto autor que las oprime para permitirles “ser” por si mismas. En esa posición, empodera al lector.

Curiosamente, se podrían plantear dos vías para esa apropiación.  La primera es la ya comentada líneas arriba, de trasfondo capitalista e individualista que, cayendo en cuenta del papel fundamental del auditorio en la formación de sentido de una obra, opta una lógica que casi suena como “si tú lo tomaste de ese modo, tú te lo chantas”. En oposición a una visión más social que plantea, ante la circulación de discursos no dependientes a ninguna entidad superior, una toma de consciencia por parte del emisor de tal obra y de organismos estatales, a saber que el discurso se hace de todos una vez soltado al plano comunal.

Dándole la contra a la teoría se erige la idea romántica que presupone a la obra como fruto de inspiración del autor. Esta concepción ve en la obra un pasado antes de que nazca propiamente. De una forma encadena las creaciones y les pone límites.

Un final abierto

Hay de sobra argumentos y tiempo. A pesar de que en estas líneas no lleguemos a definir quien escribe; el autor o los personajes, de este debate podemos decir –certeramente- que se ha iniciado un debate; que esta figura que antes era tolerada por el conjunto ya no pasa desapercibida más.

Participamos de alguna forma. 

Agregar comentario

Entrevista