Cultura y libertad de expresión

Ideele Revista Nº 248

“Yes, free speech has always had its limits – but verbal provocation is never an excuse for violence” (Polly Toynbee. En The Guardian (6-01-2015)

Casi todos vamos a estar de acuerdo en condenar el terrorismo contra el semanario parisino Chalie Hebdo, pero van a ser menos los que coincidan con las publicaciones irreverentes que hacía este medio. La defensa de la libertad de expresión ha llevado a condenar la masacre, pero también ha puesto sobre el tapete el problema de cuáles deben ser sus límites. Los derechos de una persona (natural o jurídica) terminan donde empiezan los de los demás. La sátira y el sarcasmo pueden resultar hiriendo la sensibilidad de muchos. ¿Deberíamos permitirlos y pedir tolerancia a los afectados? Ciertamente hay una línea difícil de marcar. ¿Tiene alguien derecho a burlarse de las creencias de otras personas y hacer escarnio de ellas? ¿Hasta dónde deberíamos admitirlo? Estas preguntas no pretenden justificar en modo alguno el proceder de los terroristas, ni mitigar mi condena a la violencia en cualquiera de sus formas.

Incluso en Francia, un estado laico desde la Revolución de 1789, las caricaturas de Charlie Hebdo ofendieron sin duda a algunos musulmanes y alguien podría decir que incluso los provocaron, pero esa es la función de una revista satírica, que usualmente va contra el decoro, el buen gusto e incluso la dignidad. A algunos puede parecerles divertido y a otros no, pero eso es lo que busca. La crítica a lo establecido, a lo santificado por la costumbre –una de cuyas formas es la sátira– es la que nos ha permitido evolucionar, el progreso intelectual humano es deudor de de que se haya puesto en ridículo algunos paradigmas. Como bien recomienda Fernando Sabater hay que separarnos a nosotros mismos de nuestras opiniones y nuestras creencias, la persona merece respeto, pero una vez que se expuso públicamente una idea, ya puede ser discutida e incluso ridiculizada. Una alternativa que con frecuencia se olvida es que la persona puede dejar de comprar y leer o escuchar el medio que hiere su susceptibilidad.

Hay otro ingrediente en este problema que suele olvidarse y es el de la cultura. Nuestras percepciones y opiniones son resultado de nuestro entorno, de nuestra educación, creencias, convicciones y valores. La sociedad occidental tiene una manera de ver las cosas que no necesariamente es la correcta, aunque así lo creamos. Hay otras formas de hacerlo que no coinciden con la nuestra y es necesario que seamos conscientes de esto. Es en esas circunstancias en que se impone la necesidad de los derechos humanos (DDHH) y su respeto irrestricto. Sin embargo, hay que reconocer que también la doctrina de los DDHH es producto de la sociedad occidental. ¿Debemos imponerla a las otras culturas? Mi respuesta es que intuitivamente podemos decir que todos los seres humanos de cualquier cultura, difícilmente, disentirán de la necesidad de ser respetados en sus derechos. Empero, por allí encontraremos algunas discrepancias que atribuiremos a sociedades poco evolucionadas.

No está demás insistir que las ideas y formas pueden ser discutidas, pero las personas son un fin en sí mismas y no pueden ser jamás un medio. La vida es un valor demasiado importante y casi todos la consideramos así, salvo los terroristas e intolerantes, cuyo comportamiento no puede ser aceptado, ni admitido en una sociedad democrática que tiene al ser humano como valor supremo.

Algo que llama la atención es la diferente valoración que hace el periodismo y los líderes políticos de las masacres y actos terroristas. Mientras en Nigeria se está llegando al genocidio, las protestas y publicaciones son bastante menores que las que han resultado de del atentado en París. Daría la sensación que para algunos las vidas de ciudadanos europeos, y más si son periodistas, son más valiosas que las de miles de africanos sin nombre que están siendo exterminados a la vista y paciencia del mundo occidental.

Otro problema que nos han recordado los hechos, pero que viene de muy atrás es el de la generalización respecto a los miembros del Islam resultado del accionar de los grupos fundamentalistas. Hay que tener mucho cuidado porque si no se hacen las diferencias y se ponen los límites indispensables podemos estar condenando a pacíficos miembros de esa religión que son la mayoría, pero también es necesario que aparte del mundo cristiano y occidental, sean los propios miembros mayoritarios del Islam los que deslinden y condenen los actos de los extremistas en nombre de su propia religión.

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