Cuniníco: a más de año del desastre ecológico en la selva de Loreto

Ideele Revista Nº 260

(Foto: Rosa Laura G.)

Cuando ocurre un derrame de petróleo, la atención de las autoridades es evidente. Van al lugar de los hechos para tomarse la foto que expresa una ¿genuina? preocupación. También de los medios de comunicación mandan a sus reporteros a la zona. El desastre ecológico aparece en los titulares y es primera plana. Semanas después, la historia acaba.

Es verdad, termina; pero no para Alfonso Sangama que día a día tiene que salir con su pequeña embarcación al río para recoger pescado para sustentar a su familia.

“Ahora requerimos más tiempo y esfuerzo para pescar, ya que tenemos que ir a otras quebradas, porque el de la (de Cuniníco) sigue contaminada. La gente de otras comunidades no quiere comprar porque dicen que es pescado malo”, enfatiza Sangama, que como todos los pobladores de esa localidad, se dedica a la pesca para vender y para alimentar a su familia.

No acaba para Sara Vásquez que tiene que cocinar ese pescado con residuos de petróleo y lavar los alimentos con esa misma agua contaminada.

“La comida tiene sabor y restos de petróleo. Sucede lo mismo con el agua. Nosotros también somos ciudadanos y merecemos vivir bien. Este derrame solo ha dejado aspectos negativos para nuestra comunidad”, señala totalmente mortificada.

Tampoco para Esmeralda Uribe y para sus hijos, quienes viven con alergias en la piel. “A muchos niños que se bañan en el río les sale granitos en el cuerpo. Eso es por el petróleo, ya que después del derrame eso ocurre con mucha frecuencia. ¡Pero qué se puede hacer! Tenemos que bañarnos con esa agua del río, no tenemos otra alternativa”, recalca la madre de familia.

La historia no acaba para estos pobladores de Cuniníco, quienes desde junio de 2014 enfrentan, junto a las comunidades vecinas de San Francisco y Nueva Santa Rosa, las consecuencias del derrame de petróleo del Oleoducto Norperuano, que es operado por Petroperú. Tampoco termina para los pobladores de San Pedro, otra comunidad afectada por otro derrame en ese mismo año. Y será la misma situación por la que tendrán que atravesar las personas de las comunidades cercanas al río Chiriaco y a Morona, que solo hace algunos meses fueron perjudicados por la negligencia de Petroperú. ¿Qué es lo que pasa años después en una comunidad que ha sido afectada por un derrame de petróleo?

Después del desastre: ¿apoyo inmediato?
Un ruido de motor a lo lejos avisa que una embarcación se acerca. Una vez que reposa en la orilla, baja un grupo de hombres totalmente embadurnados. Es el petróleo que cubre sus ropas y su piel. Era recurrente ver esa imagen en Cuninico. También ver algunas personas foráneas con casco blanco. Eran trabajadores de Petroperú, entre operativos e ingenieros.

Se había instalado un tópico para que las personas puedan atender sus problemas de salud, servicio que hasta ese momento no existía en la comunidad. Las personas tomaban agua embotellada, comían pescado enlatado y arroz, cereal que en la selva no es parte de la dieta cotidiana.

Por fin, el Estado se hacía presente en esta comunidad de la ribera del río Marañón. Por fin, se acordaban de esta comunidad tan alejada -para llegar a Nauta, la ciudad más cercana, hay que viajar cerca de 8 horas en transporte fluvial rápido-. Sin embargo, esta acción de Petroperú correspondía como parte de la responsabilidad por el derrame de cerca de 3 mil barriles de petróleo. Ese era el escenario en el 2014. Pero, ¿qué pasó luego?

Después del destrate, el olvido
Las manos de Galo Vásquez, apu de Cuniníco, escarban la tierra húmeda. Palpa la naturaleza, en un ambiente rodeado de árboles gigantes. Sin embargo, al otro extremo, la tierra está arrasada. El bosque está deforestado, debido al derrame del petróleo. Retira sus manos, la tierra cae y aparece esa sustancia viscosa de color negro. El lugar todavía no estaba limpio del todo. Ese hallazgo preocupa a esta autoridad.
“Tenemos que rogar a Dios para que llueva y así tener la seguridad de que estamos tomando agua limpia. Ahora, los que tienen un poco de dinero, la compran. Los demás siguen bebiendo del rio”, asegura el apu.

La contaminación por la negligencia de Petroperú ha afectado tanto el aspecto ambiental, económico y además la subsistencia de estos pobladores. La situación se agrava porque, antes del derrame, esta población no tenía ni siquiera recursos económicos que les pudieran garantizar los servicios básicos; ahora, es peor.

“Como autoridad, la gente de la comunidad me hacen llegar sus problemas e inquietudes. Es real que el pescado está contaminado y que el agua sabe a petróleo y que existen problemas de salud como alergias y diarreas. Ahora, lo que deben hacer las autoridades y los organismos reguladores es fiscalizar el trabajo de Petroperú, para que todo quede como estaba. El pueblo de Cunínico merece respeto, porque no somos animales”, enfatiza.

“Por eso es necesario que la empresa cumpla con sus responsabilidades, porque no nos están haciendo ningún favor, sino que es su deber por no haber dado mantenimiento al oleoducto”, reitera Vásquez.
Para diciembre de 2015, el panorama era otro. El tópico ya no existía. Dejaron de repartir los víveres y agua. No había presencia de operarios ni del lugar, ni de fuera. Es más, de un momento a otro, a los trabajadores les manifestaron que las obras terminaban. ¿Petroperú pretendía que sus deberes con la población tuvieran tiempo de caducidad?

El mismo apu de Cuniníco, quien formó un equipo para que los mismos comuneros trabajaran en las obras, asegura que cancelaron el contrato con pocos días de anticipación. Las obras se abandonaron, aun cuando él y los demás miembros de la comunidad están viendo que el petróleo se adhiere a la tierra de Cuniníco.

Minutos después de este hallazgo, el ingeniero de Petroperú, Ricardo Ferradas, ingresa al tramo. Está con un equipo de cinco personas. “Hemos hecho un relavado, en una segunda etapa. En una primera, lo realizó una compañía (Lamor), que no lo ha terminado. Si ha quedado restos, la empresa (Petroperú) tiene el compromiso de recuperar el lugar. Nosotros hemos hecho el lavado a conciencia, pero siempre quedarán restos de componente, que no es dañino, para el medio ambiente”, cuenta.

La historia no acaba para estos pobladores de Cuniníco, quienes desde junio de 2014 enfrentan, junto a las comunidades vecinas de San Francisco y Nueva Santa Rosa, las consecuencias del derrame de petróleo del Oleoducto Norperuano. (Foto: Rosa Laura G.).

Ferradas señala que la segunda etapa del relavado se realizó con los mismo pobladores de Cuniníco, pero deja entrever el trabajo de esos comuneros. “Cuando vengo, el petróleo no está a la vista. Luego, ellos (pobladores de Cuniníco) dicen que siempre hay más petróleo. Entonces, ¿qué pasó?”, enfatiza.

En ese momento, el ingeniero también mencionó algunos aspectos del mantenimiento, que se le da al oleoducto. “En octubre se ha hecho un recorrido por la tubería en forma externa y se han reportado algunos puntos con índices de corrosión. Además, contamos con un equipo para trabajos internos, que denominamos chancho inteligente, que es como un hisopo que mide el espesor de los tubos o si existe corrosión y desgaste. Se ha hecho toda esa inversión”, precisa. 

Posteriormente, en enero y febrero de 2016, ocurrieron otros dos derrames en Chiriaco y Morona. Entonces, ¿qué pasó? 

A las semanas, las obras de relavado continuaron en el canal, donde flotan las tuberías del oleoducto, ya que en setiembre de 2015, el Organismo Evaluador de Fiscalización Ambiental (OEFA) emitió un informe sobre el derrame ocurrido cerca al río Cumínico, donde encuentra responsable a Petroperú por no dar mantenimiento al Oleoducto Norperuano, por demorar más de una semana en controlar el derrame, y por generar daño real a la flora y fauna, y daño potencial a la vida y salud. Este organismo no sanciona, ya que la ley 30230 lo excluye de estas funciones, solo estableció que en 6 meses Petroperú debe concluir con los trabajos. El plazo ya se cumplió.

Más comunidades afectadas
A pesar de que este evento también afectó indirectamente a otros sectores, Petroperú solo apoyo a Cuniníco. Una de estas comunidades es Nueva Santa Rosa, que está a 15 minutos río arriba, surcando por el Marañón. Es verdad que las aguas de la quebrada de Cuniníco no bañan su orilla, pero caminando a pie se llega en 30 minutos a la zona cero, lugar donde ocurrió el derrame. Mientras que para llegar a este punto desde Cuniníco hay que viajar 35 minutos en embarcación con motor y caminar otros 30 más.

En temporadas de crecida del río, la explanada central de Nueva Santa Rosa, lo que equivaldría a una Plaza Mayor, desaparece. Está cubierta de agua. Precisamente, debido a la cercanía del lugar, los pobladores vieron cómo en junio de 2014 los peces huían por el derrame.

“Nosotros observamos que venía bastantes peces, pero cuando los pescábamos estaban negros por dentro. Esa fue la señal de que se había derramado el petróleo. Luego fuimos al lugar y vimos que las ramas de los árboles salían todas negras”, recuerda Alberto Huaratapairo, quien es profesor en la única escuela multigrado de la comunidad.

Para los pobladores de Nueva Santa Rosa, esta zona donde ocurrió el desastre ecológico era su despensa, porque ahí iban a pescar. Ahora tienen que surcar por otros lugares del Marañón.

San Francisco es otra comunidad, ubicada a 10 minutos río abajo en embarcación. En este caso, las aguas de la quebrada de Cuniníco, al llegar al Marañón, pasan inmediatamente frente esta localidad.

“Nuestra comunidad está pasando por los mismo problemas de salud y contaminación del pescado y del agua. Sin embargo, no hemos recibido ninguna ayuda”, recalca Julio Arirua, apu de esa localidad.

De pronto, el Organismo Regulador de la Inversión en Energía y Minas (Osinergmin), sancionó a Petroperú con una multa de S/.12'640.000, por no haber adecuado sus instalaciones para mantener la integridad del oleoducto. Esta misma institución emitió un informe donde señala que en los últimos 20 años han ocurrido 37 derrames de petróleo en diferentes puntos del Oleoducto Norperuano. ¿Negligencia?

Mientras tanto, German Velásquez, presidente de Petroperú, asegura que los últimos derrames en Chiriaco y Morona no fueron por falta de mantenimiento. El mismo discurso de las autoridades de turno, cuando ocurre un suceso como este. En noviembre de 2014, en San Pedro, los culpables fueron las “manos extrañas”, tal como la empresa del Estado lo señaló en comunicado, y así cientos de pretextos para cubrir su responsabilidad.

Puede que el escenario cambie. Los 1 106 kilómetros del Oleoducto Norperuano, con más de 40 años, recorren varias comunidades. La historia siempre será la misma. El petróleo que se derramó, la “ayuda”, la evasión: “no es por falta de mantenimiento”. Y finalmente, el olvido. ¿Cuántos derrames más tendrán que ocurrir para que Petroperú sea consciente de su responsabilidad? ¿Qué es lo que tiene que pasar para que se declare en emergencia el estado del Oleoducto Norperuano? ¿Acaso, más vale el petróleo, que nuestros bosques, que los peces, y la salud de la propia gente?

Mientras tanto, Petroperú continuará con sus operaciones. El oleoducto seguirá funcionando y trasladando petróleo, ese enemigo latente de la selva amazónica.

Agregar comentario

Entrevista