Diego Trelles: “Me gusta la literatura que me estremece”

Patricia Wiesse Directora de la Revista Ideele
Gerardo Saravia Editor de la Revista Ideele
Ideele Revista Nº 234
(Foto: La República)

Diego Trelles (Lima, 1977) es un escritor peruano que a pesar de su juventud ha logrado un importante reconocimiento internacional (premio Casavella 2012 de España y finalista del Rómulo Gallegos 2013  por su novela Bioy) y un creciente interés entre los lectores y escritores peruanos. Trelles mide sus palabras escritas: no se desespera por publicar. Se toma su tiempo y cada publicación suya es motivo de una ferviente controversia. Trelles no mide sus palabras cuando declara, cuando escribe en las redes sociales o cuando se rebela públicamente contra una Feria que considera infame. Diego Trelles es, sin duda, uno de los mejores escritores latinoamericanos contemporáneos. Grábense este nombre, lean sus libros y disfruten la entrevista.

–Cuando hablas de Hudson el redentor, tu primera novela, dices que has retratado una Lima que ya no es.
Es una que ya no existe, una Lima que no creció hacia arriba, sin elefantes enormes, sin un crecimiento desbordado. Hudson habla de una esquina, de un barrio. Para nosotros el Perú se reducía a Magdalena. Por ejemplo, jugábamos fútbol en la calle Junín, que da hacia Javier Prado y la Brasil. Ahora no se puede ni cruzar. En la otra calle está el “callejón de las siete puñaladas”, donde vendían marihuana pero ya no venden. En el verano tirábamos dedo y nos íbamos a la playa Redondo a correr olas a pechito, pero ahora no se puede porque es una playa de piedras. En Magdalena había algunas casonas, pocos edificios y muchos callejones. Era una clase media baja.

–Era la época del fujimorismo duro.
Crecimos durante la dictadura: en un microcosmos que tiene como referente el marco del fujimorismo, de la corrupción, del autoritarismo.

–Otros han escrito sobre Magdalena. Está Óscar Malca, por ejemplo.
Malca es mi amigo y fue mi jefe durante un tiempo en El Comercio. Escribía sobre música y yo también. Pero su Magdalena es la de los ochenta. Es otra generación. El trasfondo político en Malca es muy importante, porque él vivió la época del terrorismo. Mi generación es la de los noventa, la de la dictadura.

–¿Cuáles crees que son las principales diferencias generacionales?
Hay cierta distancia, por ejemplo, en nuestro acercamiento a la cultura popular. En Malca los referentes musicales son más anarcos, más en la onda subterránea. Él escuchaba a David Bowie. Nosotros escuchábamos salsa, rock en español. En mi libro está más presente la cultura popular: el fútbol como símbolo del fracaso, incluso los programas sentimentales de radio: todo lo que Manuel Puig trajo a la literatura. Puig les enseña a los escritores anteriores al boom que se puede hacer literatura a partir de cualquier cosa: desde una necrológica, un parte policial o cualquier elemento “de segunda mano”,impropio para hacer literatura de alto nivel, que él utiliza y hace grandes novelas. Y por eso no le tenían mucho cariño. Les demuestra que era una postura intelectual no querer hacer literatura con lo que pertenecía al pueblo. Después Vargas Llosa hace lo mismo en La tía Julia y el escribidor.

–Como decíamos, la preocupación y el contexto político de tus novelas parten de un interés tuyo por mirar más allá, porque tu generación es más apolítica, menos cercana a la protesta social.
La violencia era más fuerte en la época del terrorismo. Es cierto, yo le doy el punto político. En Hudson los chicos están hablando y tienen una idea lejana de que Fujimori es el padre autoritario que está poniendo orden, y uno de los protagonistas, el Chato, les dice que no es así. Además, yo tenía dos mundos: el de Monterrico, la Inmaculada y la Universidad de Lima, y el otro de Magdalena, de clase media baja, en el que mi familia era la que más dinero tenía.

–¿Cómo te formas políticamente?
Mi familia es de izquierda. He tenido una formación abierta, progresista. También tiene que ver con la curiosidad personal. Uno ve la realidad en un barrio y hay cosas que no le gustan, como la injusticia, el racismo o la violencia.

–¿Leías desde niño?
El primer libro que recuerdo haber leído me lo dio mi papá, y fue Demian, de Hermann Hesse. En el colegio La Inmaculada también nos hacían leer. Pero yo no era el típico chico retraído que paraba leyendo. El arte me tomó a mí porque yo más bien era un líder dentro de los grupos, y solía escoger mis amistades de acuerdo con afinidades que no solo tenían que ver con el cine o con el arte, sino también, como ya dije, con el fútbol o la política.

–¿Y alguna vez sentiste esa contradicción como problemática?
–Claro: que alguien en un círculo de clase alta en la Universidad de Lima tuviera una expresión racista, por ejemplo, me expulsaba de allí. Esto no sucedía siempre. En ese momento yo era implacable. En el barrio también había racismo, pero era un ambiente más diverso.

–¿A qué edad empiezas a escribir?
A los 14, 15 años. Después de leer Los cachorros. Hudson el redentor tiene algo de eso. Nace en una época en la que había realismo urbano: José Ángel Mañas, RayLoriga, Alberto Fuguet; y acá, chicos como Sergio Galarza. El tema me gustaba pero no la técnica de fraseo corto, efectista. Yo quería aplicar la profundidad técnica que había aprendido.

–Tu relación con el arte no es solo a través de la literatura sino que sabes y has escrito sobre música.
Durante cinco años tuve una banda de rock. En mi etapa de formación escribía sobre música en la revista Caleta. Pero ya desde que estaba en el colegio sabía que quería ser escritor, y como en la Facultad de Literatura no me iban a enseñar a escribir,y porque también me encantaba el cine y el periodismo, me metí a la Universidad de Lima. La verdad es que el otro motivo era que no quería perder todo el verano estudiando para ingresar a la Católica.

–¿Qué tipo de cine te gustaba antes de estar en la Facultad de Comunicaciones?
No era un chico que disfrutara viendo blockbusters, pero tampoco conocía a Godard. Yo cuento historias. En mis novelas siempre hay una trama; yo no hago literatura digresiva, experimental, aunque en mis novelas hay momentos en los que me gusta ir más allá, volar. Y hay un trabajo con el lenguaje que viene de la poesía, el elemento visual que viene del cine, la música, de la intertextualidad, que tiene que ver con la técnica.

–En tus historias es muy importante el contexto. Otros escritores inventan mundos propios.
Como Onetti, que me encanta. Acá estaba Mario Bellatin, que hablaba de Moro sin nombrarlo, de los salones de belleza en los que visualizaba estos barrios de clase media baja sin nombrarlos. Pero mi formación viene del boom, de Faulkner, de Cervantes.

–Tus novelas son como guiones de cine: se siente la presencia de la cámara.
En El círculo de los escritores asesinos ocurre un asesinato que está visto desde varios puntos de vista, como si varias cámaras rodearan el mismo hecho. En cine es importante dónde pones la cámara. En Bioy la vocación se radicaliza porque desde el inicio hay una cámara que está detrás de los narradores. Era mi forma de contar ese momento tan difícil de la guerra interna porque viví esa época, y entonces necesitaba un recurso que anunciara que había algo registrando detrás, y ésa es la cámara que va viajando.

–¿Dirías que Bioy es la más cinematográfica?
Bioy comienza con la idea de la película Thebadlieutenant, de Abel Ferrara, con Harvey Keitel, que es un policía drogadicto, corrupto y ludópata que se va destruyendo, y de la que después Herzog hace un remake. Mi idea no era hacer una novela que registrara la época del 86 hasta el 2008, sino contar la historia de un policía que se corrompe, que se degrada. Hudson el redentor es sobre chicos que se van destruyendo. El cine siempre está presente a la hora de idear y construir mis novelas a través de la puesta en escena.

–Tú te salvas de los estereotipos políticamente correctos, de los malos y buenos, y tu opción es no construir malos absolutos.
Eso tiene que ver con el tratamiento. Yo publico cada cinco años, no me apresuro, y voy investigando y ganando experiencia. Tengo claro que el maniqueísmo no hace buenas novelas; el sentimentalismo, así como el proselitismo, no funcionan. El conflicto interno fue tan complejo que hasta ahora hay gente que va a orinar en el monumento del Ojo que Llora y lo publica en el Facebook. Aunque tengo una posición política que es obvia, era claro que estábamos en un limbo y quería mostrar las contradicciones y complejidad de eso. Quería tratar el tema sin ninguna condescendencia, sin intentar caerle bien al lector, violentando las palabras y las estructuras narrativas porque estaba tratando una época inenarrable. Era hablar del infierno en el que estuvimos y sus consecuencias actuales. Bioy no es solo sobre la violencia política, sino sobre la violencia en general. Por eso al final aparece el narcotráfico. Y por más que yo no quisiera refregarlo, inconscientemente aparece la memoria. Yo quería que la novela produjese una catarsis: un descenso a los infiernos para salir purificado.

–¿Cuán importante te parece la preservación de esa memoria?
Es importante para que no pase lo de Chile, donde hubo “un blanqueo” que quiso borrar lo que pasó. Entonces ves colegiales que no saben quién es Allende. Eso creo que es muy peligroso.

–Por ejemplo, Alonso Cueto escribe sobre temas relacionados con la memoria, pero desde una perspectiva de los derechos humanos y de la CVR, y crea historias donde hay no tan malos y malos malísimos. ¿Qué opinas de la literatura que se ha hecho sobre la guerra interna?
Se ha hecho mucha literatura sobre la violencia política que ha sido premiada, y esto ha otorgado notoriedad aciertos escritores. Todos me preguntaban si yo había escrito la novela para ganar un premio. Yo no culpo a los que se hacen esa pregunta, porque son cuatro las novelas premiadas que tocan el tema: La hora azul, Un lugar llamado Oreja de Perro, Radio ciudad perdida y Bioy. Solo con los premios comienzan esos cuestionamientos. A mí me da risa, porque Bioy la he trabajado hace cinco años, y en lo que pensaba era si se iba a publicar, por lo dura que es.

Creo que las mejores historia son las que han sido premiadas internamente; por ejemplo, Ese camino existe, de Luis Fernando Cueto: hay que leerla. Óscar Colchado escribió Rosa Cuchillo y tiene cuentos que son excelentes. El mismo Miguel Gutiérrez ya había escrito sobre el tema; también Julián Pérez. Pero no tienen esa notoriedad mediática.

–¿Qué opinas de los cuestionamientos al Informe de la CVR? Tú también eres crítico de algunos aspectos.
El Informe me sirvió, pero en ningún momento creo que es la Biblia. Por ejemplo, ¡se acusa a Fujimori y no a Alan García! Un libro que sí me sirvió es Muerte en el Pentagonito, que leí como si fuera una novela.

Como ciudadano tengo una posición clara de lucha. Como artista no puedo someter mi arte. No me callo y digo las cosas como son, pero no pertenezco a un partido político. Tengo miedo de hacer una novela que sea un manual de cómo pensar

–¿De qué depende la credibilidad en la ficción, que yo lector me la crea?
En primer lugar, los diálogos. Tienen que sonar verdaderos. Las situaciones tienen que ser verosímiles. La investigación es importante, pero yo no viajé a Ayacucho a hablar con todos como hace Vargas Llosa. Lo fundamental me parece la técnica, y eso tiene que ver con el talento.

–¿No tiene que ver con haber vivido la experiencia?
Yo no la viví. Yo estaba en Lima y era muy chico. A diferencia de Luis Fernando Cueto, que era policía y ése era su mundo. Hay cosas que yo he tenido que imaginar.

–¿La crudeza del lenguaje que utilizas tiene que ver con la técnica?
En eso tuvo mucho que ver la influencia de Louis Ferdinand Céline, de Cormac McCarthy y el William Faulkner de Santuario, que es muy fuerte. No me gusta lo gratuito, pero sí la literatura que me estremece. Si hago una escena sumamente violenta, pongo todo. No quiero ser efectista, pero en este caso la crudeza era poca. En la escena de la violación me interesaba qué estaba pensando Elsa en ese momento.

–En Bioy, Elsa, la mujer torturada, es una militante universitaria senderista. ¿En esa época tuviste contacto con la gente de Sendero de San Marcos?
No, pero sí conocí a algunos por la movida rockera. Mentiría si dijera que alguno de mis amigos era senderista. En los 90 para mí Sendero era el terror, con algunos matices, porque,como dije, vengo de una familia de izquierda. El terrorismo significaba apagones, muertes selectivas. Pero nunca como estos jóvenes neo coms que hay ahora y que te dicen que todo es culpa de Sendero y los demonizan. Cualquier intento de humanizarlos tiene una respuesta muy dura, hasta de gente que, se supone, es progresista.

–El Estado no sabe cómo combatir políticamente al Movadef.
Eso es antidemocrático, y genera que se victimice a los de este movimiento, que no piensa muy diferente a la gente de la derecha más radical. Promueven lo mismo: están pidiendo la amnistía para todos con el argumento de que era una guerra y ya prescribieron los delitos. El Estado no tiene la inteligencia para combatirlos democráticamente.

–En El círculo de los escritores asesinos matan a un crítico literario. Tú podrías ser parte delstablishment de los literatos criollos, pero parece que no te quieres incluir en esa élite donde podrías ser bien recibido.
Es que yo combatí eso desde antes de publicar Hudson. Cuando era chiquillo dije que no me hice escritor para lamer las suelas de nadie. El círculo denuncia el estado de la literatura en esa época. Durante la dictadura de Fujimori había una pequeña dictadura de cierto grupo de escritores que se elogiaban y se publicaban entre ellos. Después de que esto estalla hay una apertura.

–Entonces tomaste partido por los llamados “andinos”.
Es queme interesaba mucho más lo que escribían Reynoso, Gutiérrez o Colchado. Y había cierta afinidad, tanto política como literaria, con algunos escritores que no se inscribían dentro del círculo. A mí me sorprendía mucho que en el debate limeños-andinos comenzaran a llamar terrucos a los segundos. Me parecía increíble que hombres de letras llegasen a eso.

–¿El crítico que asesinan en El círculo de los escritores asesinos es Gustavo Faverón?
No, no es alguien específico. Faverón fue mi jefe en “Visto y Bueno”de El Comercio; era el crítico, pero no creo que fuera deshonesto. En ese momento era muy puntilloso y riguroso. El de la novela utilizaba la crítica para beneficio personal, y era como un alguacil de ese círculo. Ése es el juego de la novela que utiliza la metaficción, que juega con la realidad y la ficción.

–Quilca es otro de tus espacios geográficos.
Sí, está siempre presente. Está en Hudson y en El círculo. Yo iba a comprar casetes a Quilca y La Colmena. El bar del Chino Tito es el Queirolo.

–¿Cuán fuerte es la influencia de Roberto Bolaño, al que has estudiado tanto?
Yo lo leí en el año 1999 por recomendación de Malca, dos años después de que publicaranLos detectives salvajes.Y a partir de ahí creo que se convirtióenel respirador artificial, en la voz fresca que necesitábamos, porque ya no se podía escribir como los del boom. Traía esa prosa que aparece tan simple, pero que no lo es. Habla de lo que no se había dicho antes. Por ejemplo, revaloriza los géneros menores como el policial, sobre todo en la forma. Bolaño es un escritor que te impulsa a escribir, y te hace creer que hay cierta complicidad. Además, hablaba de esa generación que se pierde después de la dictadura. Para él,Los detectives es una carta de amor a su generación perdida.

–Llegaste a escribirle, pero ya no pudiste conocerlo.
Sí, en el 2003, que es el año en el que muere, yo estaba en Francia,escribiendoEl círculo,y tuveun intercambio epistolar con él. El primer artículo que se publicó en Lima sobre Bolaño fue mío, en Quehacer, un año antes.Por ello conozco a Robert Amutio, que era su traductor. Bolaño todavía no era famoso. Le digo a Robert que quiero escribirle una carta como él lo hizo con Enrique Lihn. Me consiguió su caseta postal, y Bolaño le respondió diciéndole: “Parece que Trelles no tiene mail”. Entonces le escribí a su correo y él me contestó y me aconsejó. Yo tenía 23 años y era como un huérfano en Francia, y él fue súper generoso. Después,cuando le digo que quería ir a Barcelona a visitarlo, no me responde. Y me entero de que se había muerto.

–¿Y su influencia perdura?
No solo la suya: la de Nabokov, la de Cervantes. Aunque yo tenía muy claro que para encontrar mi voz narrativa debía apagar la de los maestros. En Bioy ya no se siente a Bolaño.

–¿Por qué te gusta tanto Onetti?
–Porque ninguno de mis libros cierra feliz. Hay ese nihilismo, ese pesimismoque también está en Rulfo, otro que también me interesa mucho y creo que, estéticamente, es el “más perfecto”. Onetti es otro que desciende de Faulkner y tiene estos personajes que aparecen y desparecen, que son agónicos.

–Sin embargo, han comparado Bioy con La ciudad y los perros de Vargas Llosa.
Un juez del concurso que gané, el Francisco Casavella de España, los comparó. Yo siento que Bioy está más cerca de Conversación en La Catedral, por esa voluntad total de hacer una novela que no existía. Fue una comparación generosa que me ayudó a tener más lectores. Pero lo tomo con cuidado, porque eso te puede inmovilizar. Yo estoy empezando y uno tiene que tener su propia voz.

–¿En qué te sientes cercano a Vargas Llosa?
Coincido en su posición sobre los matrimonios gays, o la posición que asumió en las últimas elecciones para que no salga el fujimorismo, pero en otras estamos en orillas opuestas.

–En el Facebook se ve a un Diego Trelles muy combativo.
Como ciudadano tengo una posición clara de lucha. Como artista no puedo someter mi arte. No me callo y digo las cosas como son, pero no pertenezco a un partido político. Tengo miedo de hacer una novela que sea un manual de cómo pensar. Hay gente de derecha que se me ha acercado y me ha dicho que le ha encantado mi novela, y eso me parece bien porque ella nunca estuvo dirigida exclusivamente a un público bien pensante.

–Ahora hay una exaltación de todo lo peruano. ¿Te sientes identificado con ese sentimiento?
Me parece que en el país hay mucho chauvinismo. En el Perú, todos ponen su restaurante. Este crecimiento económico ha exacerbado la falta de igualdad, el racismo, que sigue siendo feroz.

–Pero varios estudiosos aseguran que el racismo ha disminuido.
La red social ha cambiado todo. Están los grupos que se forman sobre la base del odio. Son fenómenos nuevos. Lo que antes era oculto, ahora está saliendo. Lo curioso es que ese racismo viene de todos lados. Yo tengo una idea que desarrollo en mi literatura: aquí en el Perú nadie quiere ser cholo. Mira al cholo de Cabana, un presidente que se veía así mismo como un emprendedor que había salido de un pequeño pueblo y que iba areivindicar al mestizo, pero que a la hora de gobernar fue más blanco que cualquiera, con un gobierno democrático que apuntaba a las clases altas.

–Ya hay gente que se te acerca y ya estás comenzando a sentir cierta fama.
Sobre la presión de ser una figura cada vez más pública, evidentemente existe. Pasé de una novela que no se iba a publicar —en España la rechazaron tres editoriales por su violencia— a ganar el premio, y afortunadamente la gente leyó Bioy. Seguramente la novela va a seguir el curso lento de las anteriores. Pero cuando escribo no pienso en los premios; tampoco en el lector.

Ser artista no es fácil; económicamente es un desastre total. Yo trabajé 5 años en Bioy, y el premio fue de 6 mil euros.LaHacienda allá me recortó el 20%. Divide ese dineroentre los años que me pasé sentado escribiendo y es nada.

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