El audiovisual en la escuela y la ley

Ideele Revista Nº 271

En las últimas semanas, dos buenas películas peruanas, de las mejores que se han producido en el país en los años más recientes, se vieron obligadas a dejar la cartelera cinematográfica sin haber podido llegar a más espectadores luego de sus esperado estreno, y como lo merecían. Hicieron dentro de sus modestas posibilidades y limitaciones el máximo esfuerzo posible por lograr concitar la mayor cantidad de público a sus funciones, contando con un casi unánime respaldo de la crítica y prensa especializada, de muchos líderes de opinión y un eficaz boca a boca multiplicado en las redes sociales. Pero aun así fue insuficiente, y pese a que una logro sostenerse un poco más de tiempo que la otra, igual las implacables leyes del mercado las dejaron fuera de las pantallas de su propio país. 

Ambas películas, con premios y distinciones en festivales internacionales, estaría de más subrayarlo, sin ser herméticas o inescrutables en cuanto a su narrativa y personajes, no se ubicaban en la deriva más accesible y ligera del cine nacional más reciente, planteando miradas distintas, pero igualmente cuestionadoras de nuestro no resuelto pasado y presente desesperanzador que la propaganda oficial –pública y privada- pretende ocultar. Por esta razón, no interesaban mucho a los dueños de las salas de cine, y tuvieron que esperar, en un caso hasta más de dos años, para poder encontrar una fecha de estreno en las temporadas de baja del negocio.

El Perú no cuenta con una cuota de pantalla como en otros países (Argentina, Brasil, España, Francia) que permita a nuestra producción acceder a un espacio en la cartelera para estrenarse en las mejores condiciones, y que no sean muchas veces bloqueadas y retiradas de mala manera por la poderosas presiones de la distribuidoras hollywoodenses que dominan monopólicamente el mercado cinematográfico mundial. Eso último se conoce como mínimo de mantenimiento, y significa que si una película logra convocar un porcentaje mínimo de espectadores en un fin de semana en una sala, debiera tener el derecho de continuar exhibiéndose en la semana siguiente, lo que no se cumple porque los blockbusters son los que mandan.

Lamentablemente el último anteproyecto de una nueva Ley del Cine y el Audiovisual que ha presentado el Ministerio de Cultura[1] renuncia a la posibilidad de contar con estos mecanismos de apoyo efectivo a la difusión del cine nacional que se busca incentivar con nuevos fondos, quedándose en enunciados crípticos (la posibilidad que el Presidente emita un Decreto Supremo en caso de convenios internacionales) y no obstante que en el propio TLC con los Estados Unidos garantizaba la posibilidad que el Perú pudiera contar con una cuota de pantalla de hasta un veinte por ciento como sí se da en el caso de la televisión. 

"Eso significa renunciar a que gran parte de las nuevas generaciones, en pleno siglo XXI, entiendan y comprendan el lenguaje audiovisual más allá de su mera inteligibilidad básica visual y auditiva".

Pero sería iluso suponer que esta medida, por sí sola, fuera a traducirse en un vuelco del público a las películas peruanas que no sean abiertamente comerciales y con figuras mediáticas. El problema es más complejo y profundo, y tiene que ver con la formación educativa en todos sus niveles y modalidades, en un país que ostenta uno de los índices más bajos en comprensión lectora y capacidad reflexiva. Por eso me parece una omisión más grave en la propuesta legislativa del Ministerio de Cultura que no se mencione nada sobre la educación audiovisual en la etapa escolar, que sí existe en la Ley actual, aunque de manera más declarativa que real.

Eso significa renunciar a que gran parte de las nuevas generaciones, en pleno siglo XXI, entiendan y comprendan el lenguaje audiovisual más allá de su mera inteligibilidad básica visual y auditiva, y poder acceder a productos más elaborados y diferentes a los que habitualmente impone el consumo del cine y la televisión más comercial y consumista. El gusto, como se sabe neurológicamente, en gran parte es adquirido, y se forma por la identificación y frecuentación prolongada a los productos hasta familiarizarte con ellos como para poder apreciarlos y valorarlos. Eso se encuentra en la base de campañas como el Plan Lector que desde hace años se implementa en los colegios, y que con todas sus objeciones y limitaciones, viene traduciéndose en una todavía leve pero significativa mejora de los índices de lectoría en nuestra población infantil y juvenil[2].

¿Por qué no promover un equivalente en el campo audiovisual? Tal vez porque buena parte de las autoridades educativas siguen viendo a estos medios por sobre el hombro, y consideran a la cultura letrada como la única valedera, donde las imágenes y sonidos serian un estorbo, cuando no una distracción o amenaza, antes que otra forma de expresión. Mientras tanto se desgañitan contra la televisión basura o la cada vez mayor infantilización del cine, pero son incapaces de combatirla en su propio terreno, por ignorancia, prejuicios o simple rutina. Es cierto que algunos colegios privados ya desarrollan programas en ese sentido, pero lo verdaderamente democrático sería que ello estuviera al alcance de todos, empezando por los públicos.

"Lo que se busca es más bien formar públicos críticos, atentos y conocedores, con capacidad para poder apreciar y valorar discursos audiovisuales de diferente procedencia, lenguaje y contenido".

No significa, como de manera equivoca dicen algunos, hacer cineastas (así como el Plan Lector tampoco trata de crear literatos). Eso es otra cosa y en otro espacio. Lo que se busca es más bien formar públicos críticos, atentos y conocedores, con capacidad para poder apreciar y valorar discursos audiovisuales de diferente procedencia, lenguaje y contenido (no solo cine, también televisivos y transmedia), y no dejarse fácilmente manipular por su fascinación y aparente facilidad de lectura.

Todo lo cual requiere replantear de forma radical el sentido de las leyes de cine, y más aún del audiovisual en el país, superando el limitarse a la aspiración legítima pero insuficiente de poder producir cada año más y mejores películas gracias a un fondo de financiamiento autónomo. ¿Más películas para quienes, si el público lejos de crecer, parece reducirse más? Por eso es que la propuesta legislativa por parte del Ministerio de Cultura debería estar centrada más en su aspecto cultural que industrial, y como lograr ampliar no solo la producción sino en especial la difusión del cine peruano, conjuntamente con el cine cultural y artístico en general. Tarea por supuesto no de un momento sino de largo plazo, como son todas en el campo educativo y cultural.

Ello implicaría volver a poner en un primer orden la promoción del cine cultural de todo el mundo, vía subsidios o exoneraciones como en el teatro; impulsar canales de exhibición alternativos, físicos y virtuales, de manera preferente estos últimos donde hay menos posibilidades de acceder a esas producciones (provincias y las periferias de Lima); promover las muestras itinerantes y programas de formación y sensibilización de público a nivel popular; incentivar la realización de festivales, muestras y exhibiciones transmedia – hoy inexplicablemente ausente en el texto del Anteproyecto- como forma de hacer conocer y apreciar la diversidad audiovisual; incorporar al inmenso y todopoderoso espacio televisivo, público y privado, en este esfuerzo[3]; e impulsar de forma seria y sostenida la preservación, cuidado y difusión de nuestro acervo audiovisual a través de una Cinemateca Nacional, como se ha venido reclamando desde hace años[4]. Lo que tampoco contempla esta propuesta de Ley, según se dice para no interferir funciones con la Biblioteca Nacional, revelando, otra vez,  la pervivencia de la ciudad letrada en nuestras autoridades.

Que todo eso no garantice que en el futuro la mayoría del público siga prefiriendo “La Mujer Maravilla” a “Rosa Chumbe” es una realidad indiscutible, que responde a muchos otros factores que no es del caso detallar en estas líneas. Pero cuando menos se habrá podido lograr que sean cada vez más los que prefieran el cine cultural, nacional  y extranjero, y una televisión de mayor calidad y exigencia, formándose como ciudadanos críticos, de mente más amplia, y capaces de ver más allá de lo evidente. En suma, mejores ciudadanos, lo que ya es decir bastante.

 



[2] Uno de los mayores obstáculos que estos planes lectores confrontan es, como señala Jesús Martín Barbero, que no se entiende los nuevos modos de leer que tienen hoy los jóvenes influidos por las nuevas tecnologías de la imagen, y que en vez de condenarlas, debería aprenderse de ellas.

[3] Como retribución al uso de las ondas electromagnéticas que les cede el Estado, y más aún cuando gracias al gobierno de García gozan de muchos beneficios para la televisión digital.   

[4] Las Cinematecas, Filmotecas, Cinetecas, Mediatecas o como quiera llamarse, son además de su función conservadora, espacios para la divulgación y el acercamiento al cine del pasado y presente, así como para la investigación y la asistencia a la producción audiovisual de cine y televisión, y también en el incentivo a los menores el gusto por el cine y su historia. Véase al respecto este informe del autor para el Ministerio de Cultura: http://dafo.cultura.pe/publicacion-virtual-sobre-archivos-filmicos/  

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