El post-facto de las elecciones en Estados Unidos

Leda M. Pérez Investigadora de la Universidad del Pacífico
Ideele Revista Nº 266
Foto: NOVA Necochea

Así como millones de otros estadounidenses, me acosté a dormir la noche del 8 de noviembre con la certeza sombríade que el próximo mandatario de mi país sería Donald J. Trump. Pese a ser más hijo de Wall Street y el capitalismo salvaje de lo que fue el propio Jesús en su relación con Dios, en una irónica y burlesca campaña el empresario magnate habría sido exitosoen convencer a casi la mitad del electorado de ser la gran promesa contra el establishment, un outsider. Desperté  temprano el 9 de noviembre con un vacío en el estómago, esa sensación que a uno le acompaña cuando alguien muy querido ha muerto.Es que con la elección de “El Donald” -- la avaricia encarnada, lo más detestable del capitalismo hecho hombre -- mi país moría. Peor aún, el ser que en solo un año de campaña logró destapar el calderón de odios que bullían debajo de la superficie de la political correctness estadounidense sería el próximo presidente de Estados Unidos de América (EEUU).

Pensé en un momento que todo esto era una pesadilla, o quizás descubriéramos luego que en realidad Trump compró los votos del Colegio Electoral. Sin embargo así fueron pasando las horas, fue claro que pese a que Hillary ganó el voto popular, Trump ganó el Colegio, recibiendo por encima de los 270 votos necesarios. Las preguntas que ahora ruedan en mi cabezason: ¿Cómo sucedió esto?¿Ahora qué? Para responder a éstas, tuviéramos que analizar el Partido Demócrata y el electorado que finalmente le regaló la Casa Blanca a Trump. Solo contestando ello podemos imaginarnos ¿ahora qué?

La campaña del Partido Demócrata

Tal vez el primer problema – con el cual tanto los medios de comunicación como Hillary y su partido fueron cómplices – fue en subestimar a Trump y su capacidad de ganar esta contienda electoral. Según el Partido Demócrata, los medios, y varios análisis, seguramente los únicos que podrían votar por Trump fueran una pequeña banda de descontentos e ignorantes. Sin embargo, analizando los hechos pareciera que esta misma arrogancia intelectual y clasista jugó un papel en impulsar a Trump a la victoria. Específicamente, creo que hubo al menos cuatro errores claves del Partido Demócrata que podríamos analizar: el rol de Hillary; la falta de una clara identificación de -- y comprensión por -- esa gran parte del electorado descontento; los problemas estructurales de la votación en EEUU; y una sobre valorización sobre el potencial del voto de las mujeres.

El factor Hillary. El cineasta Michael Moore lo predijo inclusive antes de las elecciones. Dijo que Hillary perdería esta contienda y una de las razones destacadas fue que ella sería incapaz de atraer los votos necesarios de aquellos que apoyaban a Bernie Sanders, el candidato a la presidencia de las primarias electorales por el Partido Demócrata.Según Moore, a diferencia de Hillary, Sanders fue capaz de inspirar nuevamente a una generación de jóvenes y muchos otros, una situación parecida a lo que Obama había logrado en su primera campaña electoral para la presidencia en el 2008. Habiendo perdido las elecciones primarias a Hillary, y habiendo ella sido elegida como candidata presidencial por el Partido Demócrata, muchos se resignaron a votar por ella. Pero resignación no es lo mismo que convicción y entusiasmo y fue esa resignación, sin un real compromiso por los valores que Hillary representa que produjo -- en la estimación de Moore -- una votación anémica.

La respuesta de la correa del óxido. Si bien Hillary ganó el voto popular, claramente no ganó con la fuerza que tenía que haber ganado en algunos de los estados más claves, entre ellos los llamados “estados oscilantes”, y especialmente en la llamada “correa de óxido” compuesto por estados históricamente Demócratas: Michigan, Ohio. Pennsylvania, y Wisconsin. Hillary y el Partido perdieron a estos porque no supieron leer el nivel de descontentó sentido por estas poblaciones. Aquí nos encontramos con los desempleados de las grandes factorías, dejados a atrás por la globalización y prácticamente olvidados por su Partido que asumió que sus votos estaban garantizados. Por ello, les brindó poca atención comparativa durante la campaña. A diferencia de los Demócratas, Trump cortejó a estos estados, y supo leer su frustración en algunos casos sacando lo peor de ello. Volveremos a este punto.

La matemática. Estados Unidos es uno de los países del mundo con la tasa más baja de participación electoral. En esta contienda presidencial, el 41.6% de votantes posibles no votaron. Esto sucede por varias razones. En primer lugar, siendo un sistema federal, cada estado del país establece sus propias reglas de votación. Cuán fácil es votar, o no, es decisión enteramente establecida por un estado. Por ello no es difícil de entender cómo estados políticamente conservadores  ingenien maneras de limitar votos de la oposición – lo que en EEUU está compuesto en su mayoría por las históricas minorías raciales, étnicas y sociales. Un ejemplo de esto es que en al menos 14 estados, personas con expedientes criminales no pueden votar, ni los que se encuentran en la cárcel o en prisión. No solo es que las prisiones están desproporcionalmente poblado por personas negras y latinas, sino que las prisiones suelen ser construidas en sitios apartados, frecuentemente rurales. Lo que ello significa es que las poblaciones de estos estados crecen y así también tiene un efecto sobre el número de votos en el Colegio Electoral sin realmente considerar los votos de todas y de todos. Florida – uno de los últimos estados del país que desegregó sus colegios, por ejemplo --es el estado con más personas que han perdido su derecho a votar por condenas en el sistema criminal. No es por casualidad que también en este estado las reglas para poder votar son más complicadas. Es por diseño.

No todas las mujeres son feministas. En estas elecciones, temo que hemos descubierto que hay muchas menos mujeres feministas de lo que el Partido Demócrata se imaginó. En el análisis final, es posible que  muchas sintieran que Hillary no representaba sus nociones de lo que significa ser mujer. Y, Trump, por su parte puede haber afirmado las dinámicas de género que prefieren ver o que ya observan y con las cuales no tienen lio. O, por último, así no les haya gustado lo que él tuvo que decir sobre mujeres, no importó lo suficiente para restarle su voto.

Todo lo anterior, claro, es especulación. Lo que nos da un índice son las cifras. Así sea verdad que Hillary ganó el voto de la mujer en general – 54% versus el 42% de Trump, según las encuestas de salida, Trump ganó el 53% del voto de mujeres votantes blancas. Según un análisis de Kelly Dittmar de Rutgers University, pareciera que lo que ello representa es que Trump logró ganar mujeres por su afiliación con el Partido Republicano, y menos por identificación con su género. Sabemos, por ejemplo, que la afiliación a este Partido ha crecido entre mujeres blancas y sin grado universitario en los últimos 20 años. Un importante dato, además, es que si bien Hillary ganó la mayoría de votos de mujeres negras y latinas, así y todo Trump ganó el 26% de mujeres latinas, lo cual no es una cifra despreciable.

Resumidas cuentas, el Partido Demócrata no pudo conseguir los votos suficientes en el Colegio Electoral para los estados claves que hubieran ganado la elección para Hillary. Pero como dije al inicio de esta nota, parte del gran problema está en que los Demócratas, junto con varios análisis previos a las elecciones, simplemente ignoraron la poderosa combinación de la furia de una clase trabajadora muy aislada,junto con el miedo profundo de una segmento demográfico en estado de pánico por saber que sus días como mayoría poblacional están, literalmente, contados.


Pensé en un momento que todo esto era una pesadilla, o quizás descubriéramos luego que en realidad Trump compró los votos del Colegio Electoral. Sin embargo así fueron pasando las horas, fue claro que pese a que Hillary ganó el voto popular, Trump ganó el Colegio, recibiendo por encima de los 270 votos necesarios

Desesperación, racismo, y terror al cambio

Desde algún tiempo ya se viene comentado acerca del descontento general de la clase trabajadora de EEUU. Comparto que esta frustración forma una parte de la razón por la cual Trump ganó la presidencia, pero asimismo creo aún no tenemos un pleno entendimiento sobre quien compone a esta población.

En el año 2014, Guy Standing, académico británico, escribió un libro titulado The Precariat: The New Dangerous Class en el cual arguyó que las sociedades del norte (escrito principalmente pensando en su país natal, Gran Bretaña) corrían un alto riesgo por ignorar a un resultado peligroso de la globalización. Aquí se refería a la creación de una clase social nueva compuesta por aquellos miembros de la antigua clase media tradicional, migrantes, ypersonas educadas con carreras universitarias -- todos compartiendo un mismo problema: la incapacidad de hallar trabajos con una gama completa de protecciones.  En vez, lo que ha proliferado son políticas de “flexibilización” laboral, trabajos con derechos y protecciones recortados que han resultado en el sub empleo y en la necesidad de hacer varios trabajos simultáneos para sobrevivir.  Standing resalta a cuatro descriptores: ansiedad, anonimidad, alienación y enfado. Me parece que es exactamente lo que hemos visto en EEUU en estas elecciones. Una parte del electorado que votó con un profundo malestar y absoluta desesperación por su situación socioeconómica incierta.

Ahora, teóricamente Bernie Sanders podría haber ganado a esta población, pues de todos los candidatos, el discurso más preciso sobre justicia económica fue la de él. Sin embargo, perdió en las primarias contra Hillary, y ya sabemos cómo acabó ese cuento. Pero esto me hace pensar que está en juego aquí otro factor clave que nos habría que recordar a la vez que los votantes que llevaron a Trump a la victoria no representan un grupo monolítico, sino es diverso y complejo.

Tendríamos que tomar en cuenta, por ejemplo, la rapidez con la cual han venido cambios muy significativos en el país. Pues, aparte de haberse sentido dejado atrás por la globalización y la maquina política de Washington, creo que la combinación de los cambios demográficos; las nuevas políticas públicas, como el matrimonio gay o la posición creciente de que la salud es un derecho, por ejemplo; y,hasta el hecho de que la gestión de Obama fue posible, motivó a buena parte de los que votaron por Trump. ¿Por qué? Pues creo que estos cambios – percibidospor algunos como demasiado progresistas y forzados–  pueden haber hecho sentir a muchos como exiliados de un país que para ellos está quedando irreconocible a nivel cultural y en torno la nueva orden de valores.

Es así que realmente existe una división notable entre los que votaron por Trump y los que seguían a Bernie. Aquí hay dos extremos: por un lado el campo de Trump donde quieren políticas proteccionistas y salud más asequible – pero solopara ellos; no quieren que las minorías históricas se “aprovechen” de ello. Y, por el otro lado, están los apoyadores de Bernie que quieren seguir el ejemplo europeo en políticas sociales en la cual todas y todos los ciudadanoscuentan con los mismos derechos;se aplaude el matrimonio gay, los baños transgender, en fin, una sociedad arcoíris y abierta. Los Demócratas “a lo Hillary” no supieron – ni pudieron – atraer con fuerzas ninguno de estos dos grupos. Pues, al final del día, como nota “The Guardian” cuando cita a  Paul Krugman, “Ya no hay una derecha, ni una izquierda. Hay naciones y hay tribus dentro de naciones que crecen y cada vez se hacen más asertivos”. Con lo que nos quedamos ahora entonces es una visible desesperación y actitudes racistas frente a los cambios culturales y de valores.

¿Ahora qué?

Al cierre de esta nota, Trump había anunciado al Señor Rex Tillerson, presidente de ExxonMobil, como el próximo Secretario de Estado. Luego de seis semanas en las cuales se especulaba que los dos candidatos principales serían, o bien Mitt Romney, ex gobernador del estado de Massachusetts y antiguo rival por la nominación a candidato a la presidencia por el Partido Republicano; o, Rudy Giuliani, empresario, apoyador de la campaña de Trump y ex alcalde de la ciudad de Nueva York, Trump finalmente eligió a un hombre de negocios cuyos credenciales en las relaciones internacionales son basadas en su experiencia como empresario internacional y no en la diplomacia. A mi parecer, esta reciente decisión revela al menos una característica de Trump que no debe pasar desapercibida. Él escompletamente impredecible, lo cual puede aumentar el desconcierto dentro de su propio partido y con su base de apoyadores, particularmente si es que los comienza a alienar regularmente y, peor, si es inconsistente en su cumplimiento de promesas hechas durante la campaña electoral. A sabiendas de la relación cercana que mantiene el nuevo Secretario de Estado con Rusia y conociendo los intereses de Trump en dicho país, sospecho que lo único predecibledel presidente- electo será cumplir con su propia agenda codiciosa. Puede que me equivoque, que su cercanía a Rusia y la de su ahora elección como Secretario de Estado sirvan en futuros acuerdos diplomáticos. Pero si algo hemos aprendido hasta la fecha es que Trump baila con su propio pañuelo.

En este transcurso, el Partido Demócrata tiene una ventana de oportunidad para hacer su tarea con el electorado que perdió; de entender que no es monolítico y que no puede ser descontado como una mancha de ignorantes lunáticos. Asimismo hay que reconocer que una porción de ese electorado está consumida en odio. Una de las primeras decisiones tomados por Trump fue de colocar su principal estratega de la campaña, Steve Bannon, reconocido nacionalista blanco, como su asesor principal. Sospecho que al final esta misma porción del electorado no tenga mucho en común con Trump, pero busca usarlo y la Casa Blanca como caballo de Troya. Aquí los Demócratas tienen que cerrar filas dentro de su propio partido y probablemente tengan que colaborar con “los Bernies” para juntar fuerzas en crear la posibilidad de otro camino. Creo que es posible pues, la matemática nos dice que hay más de “nosotros” que hay de “ellos” pero la estrategia política que se elabore importa volúmenes. Trump y Bannon ya saben esto.

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