El VRAEM una y otra vez

Jefrey Gamarra Carrillo Profesor de la Universidad de Huamanga
Ideele Revista Nº 272
Foto: Andina.

Viajar al VRAEM* como parte del equipo docente de la Maestría en Gestión Pública de la Universidad de Huamanga siempre da la oportunidad de tomar el pulso a lo que actualmente acontece en este espacio, así como conocer sobre las relaciones Estado-Sociedad en el interior de nuestro país. Obviamente, las imágenes que se construyen desde fuera respecto de este valle no permiten comprender su problemática, sus perspectivas a futuro y la visión que los “vraínos”[1] tienen de sí mismos. De igual modo, desde la propia población, especialmente sus dirigentes y autoridades, los discursos locales no siempre expresan las reales expectativas de la población, así como tampoco encuentran correspondencia con el discurso que se expresa desde afuera. Pero más que tratarse de un diálogo de sordos es más bien una situación que demanda sincerar lo que realmente se quiere y busca para este espacio paradisíaco para unos y peligroso para otros.

Imágenes y discursos que no representan

Empecemos por dos imágenes y discursos que han acompañado las últimas protestas de los pobladores del VRAEM en demanda de atención por parte del gobierno y la suspensión de la erradicación de los cultivos de coca programada desde el 01 de julio. En la primera, vimos a un dirigente cocalero denunciando las condiciones de extrema pobreza imperantes en este valle, así como el olvido del que es objeto por parte del Gobierno, lo que hacía justa la marcha de sacrificio hacia Lima. La segunda imagen es aquella que corresponde a la reunión con el viceministro de gobernanza territorial, donde el representante del Gobierno mencionaba la disposición al diálogo pero reiteraba que el asunto de la erradicación de la coca es un compromiso ineludible establecido con otros organismos nacionales e internacionales. Pobreza y compromisos ineludibles condensan por tanto imágenes y discursos opuestos.

Respecto a la justificación del cultivo por la pobreza imperante, esta respondería más bien a un recurso a la victimización de poblaciones del interior del país que demandan atención al gobierno central. Sin embargo, existen algunos pequeños detalles que indican lo contrario. Como nos lo hacía notar un poblador de la zona, difícilmente en la capital de facto del VRAEM -la ciudad de Pichari- podemos hallar un significativo número de personas mendigando por calles y plazas, como es el caso de no pocas ciudades de la sierra. En realidad, lo que sus dirigentes y voceros pretenden ignorar, o finalmente no toman en cuenta, es que la economía del VRAEM muestra signos de vitalidad debido a la agroindustria ilícita de la coca. Como muestra el análisis efectuado en un interesante trabajo de Waldo Mendoza y Janneth Leyva sobre el VRAEM[2], y para nada sospechoso de favorecer este cultivo, los distritos predominantemente cocaleros como Llochegua, Santa Rosa y Sivia han incrementado su ingreso per cápita inclusive por encima del promedio regional y mucho más que los distritos altoandinos vecinos. Por otro lado, en el mismo estudio, se menciona que la PEA desempleada es bastante baja al hallarse por debajo del 2%, mientras que a nivel nacional la tasa es de alrededor del 4%. Podemos reconocer entonces que el crecimiento económico del VRAEM es un proceso sostenido que va a la par de la agroindustria de la coca. Sin embargo, justamente ese éxito es el que no forma parte del discurso ni de las imágenes que los vraínos emiten hacia afuera.

"Desarrollo implica también establecer canales de comunicación desde el Estado y delegación en la toma de decisiones hacia la población del VRAEM".

Vayamos a la segunda imagen y discurso sobre la política de Estado en torno a la erradicación como mandato ineludible pero disimuladamente pospuesta para más adelante. Esto se ha traducido en estos años en la elaboración de diferentes planes y programas de erradicación pero que han ido juntos con ellos de combate al terrorismo. Como fue mencionado en trabajos anteriores, unir narcotráfico y terrorismo sería parte de una doctrina que sirve para legitimar, valga la redundancia, razones de estado y generar al mismo tiempo temor de la población peruana con respecto al espacio del VRAEM. Este último aparece en las representaciones colectivas como un espacio donde campea la inseguridad, la violencia y donde su población está dedicada al delito. Pocos saben, por ejemplo, que el principal emplazamiento militar en todo el VRAEM posee el simbólico nombre de Fuerte Pichari, como si se tratara -al estilo de las viejas películas del oeste norteamericano- de un destacamento de avanzada en un territorio poblado por indios (en este caso los “chunchos”) y gentes hostiles. Por ello, pareciera que el orden natural de este espacio es permanecer desde hace catorce años en estado de emergencia, sin que el resto del país muestre siquiera su extrañeza.

Pero no solo lo anecdótico refleja mucho de lo que son las políticas del Estado para el VRAEM; imágenes y discursos en torno a este espacio han servido para implementar sucesivos planes y programas donde nombres y objetivos expresan justamente eso: poner en primera línea acciones de lucha contra el narcotráfico y pacificación del territorio dejando de lado o considerando solamente como objetivo subalterno aquello ligado a las políticas de desarrollo. Estas últimas aparecen además reducidas a aspectos complementarios a la sustitución de cultivos. El resultado de estas políticas ha sido que el grueso de la inversión pública no ha ido a resolver problemas del desarrollo. Como lo expresa un congresista del VRAEM, en los últimos cinco años el Estado ha invertido en este espacio alrededor de ocho mil millones de soles. Una enorme cantidad de dinero que ha sido empleada en su mayor parte en atender actividades de pacificación y la lucha contra el cultivo de la coca.

Desarrollo región

Como señalamos al principio, sincerar imágenes y discursos de parte de los “vraínos” y desde el propio Estado obliga a reconocer que el desarrollo de este espacio tiene que ser pensado de otra manera: el éxito de la actividad ilícita en los indicadores de ingreso y empleo no pueden ser soslayados. Un programa de desarrollo no se implementa con la simple “destrucción creativa” shumpeteriana a fin de generar las condiciones para la inversión privada que venga de fuera. Además, es difícil combatir actividades ilícitas cuando en el Estado se descubren o destapan actos de corrupción en las altas esferas. Para un agricultor de la coca esto es sencillamente incomprensible.

Desarrollo implica también establecer canales de comunicación desde el Estado y delegación en la toma de decisiones hacia la población del VRAEM. Esto llevará a tener que decidir, en un futuro no muy lejano, sobre la creación de una región que implique cesión de funciones administrativas y territoriales de regiones vecinas. Un modelo de desarrollo de espacios subnacionales ayudaría a satisfacer la creciente demanda de autonomía e identidad de los pobladores de un espacio que es también peruano. Estimo que los vraínos pretenden ser actores principales que planteen y diseñen sus propias alternativas de desarrollo.



*Desde la perspectiva de sus pobladores, el VRAE(M) no se considera el Mantaro sino como un espacio situado en la sierra.

[1]Es el modo cómo empiezan a auto identificarse sus habitantes para diferenciarse de aquellas regiones a las que todavía pertenecen.

[2]LA ECONOMÍA DEL VRAEM, DIAGNÓSTICO Y OPCIONES DE POLÍTICA. Cies/Usaid. Lima, 2017. http://files.pucp.edu.pe/departamento/economia/WM-JL-VRAEM-VFF-abril-20171.pdf

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