En búsqueda del éxito de Daesh

Sebastien Adins Analista internacional
Ideele Revista Nº 256
(Foto: AFP)

Los últimos atentados en Ankara, Paris, Beirut y sobre el Sinaí y el incremento de los bombardeos por parte de diferentes países en Siria e Iraq han vuelto a incluir a Daesh– anteriormente llamado “Estado Islámico” o “ISIL” en español –al primer plano de la actualidad internacional. Con ello además se ha intensificado el debate sobre los factores que han conllevado al surgimiento y, aún más, al relativo éxito de este grupo. Esta pequeña contribución se limitará a discutir cuatro de estos factores.

Más allá de ofrecer una respuesta a la interrogante si Daesh ya completó su conversión de un grupo terrorista a un Estado (revolucionario), resulta importante resaltar que dicho grupo tiende a asumir diferentes funciones de un Estado. Así, contrariamente a las políticas deal Qaeda en las diferentes regiones que ha tenido bajo su influencia, Daeshse ha esforzado no solamente por ejercer un control directo sobre un territorio determinado y su población (estimada en unos siete millones de personas), sino también por construir un orden legal y burocrático, alternativo a los Estados de Siria e Iraq, que hasta hace poco tiempo gobernaron estas regiones. En este sentido, Daesh ha puesto especial énfasis en constituir un sistema educativo, una red de tribunales – basada en la sharia –, una administración fiscal, un sistema de reconstrucción de los pueblos y barrios, destruidos durante los últimos años de conflicto, y hasta anunció la introducción de un sistema monetario propio. Esta política permitió al movimiento aprovechar dos principales ventajas. Por un lado, la generación de decenas de millones de dólares a modo de impuestos, de ingresos provenientes del comercio (y/o contrabando) con los países vecinos y de la explotación de diferentes pozos petroleros. Por otro lado, si bien es cierto que no toda la población comparte el fanatismo religioso de Daesh, un grupo considerable aprecia el orden establecido por el movimiento,tras años de conflicto, y su lucha contra la delincuencia y la corrupción.

Un segundo factor que ayuda a explicar el fenómeno Daesh está relacionado al profundo descontento entre los sunitas, tanto en Siria como en Iraq. Mientras que en Siria la comunidad sunita conforma un sesenta por ciento de la población, estos no ejercieron el poder desde 1971, año en el cual el clan alauita de los Al Assad entró al escenario político. Por otro lado, en Iraq, el poder está en manos del Partido Islámico Dawa de tendencia chiita – la mayoría en Iraq –desde que Estados Unidos removió del poder al entonces presidente sunita Saddam Hussein. Ante el creciente sectarismo de los gobiernos dawistas y la represión sistemática en contra de los sunitas que se movilizaron a partir del 2010 en búsqueda de cambios, dicho descontento literalmente empujó a diferentes clanes sunitas a inclinarse hacia los movimientos yihadistas – entre ellos, “Estado Islámico de Iraq”, el precursor de Daesh –. Un elemento clave en este proceso fue la creciente cooperación entre yihadistas sunitas y antiguos funcionarios de los servicios de inteligencia, la Guardia Republicana y el ejército del régimen de Hussein – paradójicamente “reunidos” por primera vez en el campo de detención Bucca, bajo la administración de las fuerzas de ocupación estadounidenses. La combinación de la experiencia e información de estos ex funcionarios baathistas, más el knowhow de cientos de militantes yihadistas, con una larga historia de combate en países como Afganistán, Bosnia, Chechenia o Libia, explicaría la eficacia que este grupo ha ostentado en los últimos meses, sobre todo frente a la debilidad del Estado iraquí. La mejor muestra de esta realidad la constituye la toma de Mosul, una ciudad de dos millones de habitantes y “protegida” en su momento por más de treinta mil tropas iraquíes, por apenas ochocientos miembros de Daesh en junio del 2014.

Un tercer factor concierne el escenario internacional y el papel particular de Arabia Saudita y Turquía. En cuanto al primer país, es un secreto público que la monarquía ha invertido miles de millones de dólares a lo largo de las últimas décadas – según un reporte del Senado estadounidense más de setenta mil millones de dólares entre 1970 y 2000 – en la promoción del wahabismo, contribuyendo así a la formación y la proliferación de verdaderas redes de extremistas, tanto en el Medio Oriente como en el Occidente –. Asimismo, es sabido que varias fundaciones privadas provenientes de Arabia Saudita, Kuwait, Catar y los Emiratos Unidos han venido financiando las actividades de Daesh. Sin embargo, el Occidente prefiere no criticar a las políticas de los estados del Golfo, tomando en consideración su papel en la economía mundial. Ello quedó nuevamente demostrado en diciembre del 2015, cuando el gobierno federal alemán decidió tomar distancia de un reporte redactado por los servicios de inteligencia alemanes (BND), que se mostró muy crítico respecto al papel “desestabilizador” de Arabia Saudita en el Medio Oriente. Del mismo modo, y siendo un país vecino tanto de Siria como de Iraq, Turquía ha contribuido claramente al crecimiento de Daesh. No solamente se ha descubierto que el MIT – los servicios de inteligencia turcos – ha suministrado armamento al grupo, sino que altos funcionarios del gobierno del tándem Erdoğan/Davutoğlu están involucrados en la importación clandestina de petróleo desde territorios bajo control del “proto-estado”. Además, debido a que Ankara dejó abierta su frontera con Siria durante casi tres años, miles de simpatizantes provenientes de Europa y otras partes del mundo han logrado sumarse a las filas de Daesh.

Si bien es cierto que no toda la población comparte el fanatismo religioso de Daesh, un grupo considerable aprecia el orden establecido por el movimiento, tras años de conflicto, y su lucha contra la delincuencia y la corrupción. 

Finalmente, nos referiremos al mensaje de Daesh, más allá de los videos divulgados mediante las redes sociales. Al igual que otros grupos jihadistas – como al Qaeda –, el movimiento ha explotado la imagen, por cierto no compartida por todos los musulmanes del mundo, de que el Occidente está en guerra contra la Umma. Mediante sus constantes referencias a los numerosos conflictos en el mundo que generan victimas y a la historia colonial e imperialista del Occidente (resumida con el término de “Sykes-Picot”), Daespretende recuperar el discurso anti-imperialista, inherente al “socialismo árabe” de líderes históricos como Nasser, Gadafi y el propio Hussein. Lamentablemente, tanto jóvenes descontentos por la falta de oportunidades en el Medio Oriente, como miembros de la comunidad musulmana en Europa, que no se sienten plenamente integrados en la sociedad occidental, han resultado ser susceptibles a este mensaje.

Tomando en cuenta las consideraciones formuladas en este ensayo, se debería pensar en un enfoque multidimensional para poder combatir de manera más eficaz a Daesh que incluye: una revisión en el Occidente de las relaciones con Arabia Saudita y Turquía, a pesar de los intereses económicos y estratégicos que están en juego; una evaluación más autocrítica por parte de Europa sobre las políticas de integración de sus comunidades musulmanas; una cooperación más profunda entre los servicios de inteligencia de los países occidentales y mediorientales; y por último, la búsqueda de un “mínimo común denominador” entre las principales potencias del orden internacional actual respecto al Medio Oriente.

Pese a la evacuación de miles de miembros de Daesh hacia otros países débiles de la región, como Yemen y Libia, y la desocupación de un treinta por ciento de los territorios anteriormente en posesión de dicho grupo, el Levante está lejos de haber vencido a las tropas de Al-Baghdadi. Además, se podría esperar más atentados en el corto y mediano plazo en cualquier parte del mundo, por ser la única forma de manifestar “victorias” a sus seguidores…

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