Entender el abolicionismo

María Sosa Mendoza Periodista
Ideele Revista Nº 277

Foto: Exitosa.

Robert Stevenson y Gary Gaddy en “Las malas noticias y el Tercer Mundo” plantean que la cuestión de la objetividad es completamente compleja por el hecho de intentar comprender qué implica invocar a la objetividad: ¿ser imparcial o ser exacto? Si fuera “ser exactos”, se estaría beneficiando a los grupos mayoritarios en desmedro de las minorías que serían menos escuchadas por no tener una “voz tan fuerte”. Mientras unos medios se inclinan por hacer uno en vez de otro, queda claro que -haciendo un balance general- habrá bandos que están condenados a vivir en las sombras.

Hoy presento un texto parcializado, que solo estudia una postura y no repara en las demás, porque con tanto apoyo a estas otras susodichas, debe haber alguien que haga un poco de justicia.

"No es fácil llegar al abolicionismo, no al menos desde donde yo llegué”, me confiesa Lucía Sangiorgio mientras conversamos por una videollamada de Facebook. El tema que nos ocupa es la prostitución, y sí, en su país, Argentina, el abolicionismo no es una postura que los medios quieran dar a conocer, y sin embargo, ella, como periodista y activista, cada vez que ser arman debates que ignoran su tendencia, sabe reclamar el derecho a réplica, siente que es su deber, por todas las mujeres que -en estos últimos años de acción social- le han hablado de este oficio como una de sus peores pesadillas o con tristeza o con rabia.

Breve contexto

Los primeros rastros que existen en la historia acerca de la prostitución le confieren a esta un carácter religioso. Es en las ciudades griegas más importantes -durante la Época Arcaica- donde pierde su espiritualidad y se consolida como una actividad económica de primer nivel. Poco a poco el proxenetismo se perfiló como un oficio femenino, por ende, es probable que el estatus que se le asignó haya estado ligado al lugar que ocupaban las mujeres en la sociedad griega: relegadas, humilladas e invisibilizadas.

Es con la llegada del capitalismo que la prostitución se complejiza y adquiere magnitudes inimaginadas. “El cuerpo de la mujer es la última frontera del capitalismo”, sostuvo la filósofa Silvia Federici, y cuánta razón. Actualmente la industria del sexo es tan lucrativa y tiene tanto poder que legitimarla se ha vuelto una de las tareas principales.

El capitalismo y el patriarcado no tienen problemas en adaptar su discurso si con esto su hegemonía no corre peligro. Hoy estos dos han perdido terreno en los planos más o menos evidentes- donde valoraciones conservadoras han sido descubiertas como absurdas y nocivas- y sus esfuerzos han ido a parar en los ámbitos que aún pueden ser presentados como ambiguos, donde no hay ideas tan claras y se puede crear confusión. Es la prostitución, entonces, el escenario que encaja para la labor.

Si bien la prostitución no es otra cosa que la sexualidad femenina como mercancía en subordinación al deseo del hombre -por contar este con mayor dinero y libertad-, bajo la premisa de “todo se compra y todo se vende” se han erigido argumentos menos duros y más edulcorados, que se resguardan en términos conocidos para el feminismo, donde “libertad” y “empoderamiento” suenan por doquier. Ha cobrado fuerza el discurso regulacionista que, a decir verdad, no es más que una resistencia a los avances del verdadero feminismo, de un feminismo que pueda plantearse si de verdad es correcto que el dinero puede comprar la disposición de un ser humano; si es que acaso la mercantilización es un avance en la autonomía de una mujer; si la prostitución es un trabajo como cualquier otro y si se puede hablar de libertad de decisión cuando la mayoría de mujeres se ven orilladas por el sistema económico a vender sus cuerpos.

Regulacionismo

Los gritos de “¡puta orgullosa!” más o menos resumen la apuesta: es correcto que las mujeres usen su sexualidad como instrumento de trabajo si es que así lo desean. Sobre esta idea cabe hacer dos anotaciones. Primero, el alardear por ejercer el meretricio viene relacionado con una gratificación por ser su oficio (¿ellas?) la superación del estereotipo tradicional de la “buena mujer” muy casta y pura; es sostener, por tanto, que todo -o cualquier- tipo de relación sexual es liberadora. Segundo, tomar el libre albedrío como piedra angular debería pasar obligatoriamente por análisis más profundos, que estudien el verdadero motivo que impulsa esa convicción en cada sujeto. No tomarlo en cuenta es pecar de ingenuos.

“Una mujer puede decirte con seguridad que quiere ser prostituta, pero el asunto es, ¿por qué quiere serlo?”, plantea Lucía, y prosigue: “A mí, exprostitutas, que ya han pasado por un tratamiento y han superado varios de los problemas que les produjo su situación, me han confesado que iban de la mano con su proxeneta a quitar cualquier denuncia que interponían en momentos de arrebatos, y le pedían perdón. Las mujeres que ejercen tienen una dependencia extrema a estos hombres que -en la mayoría de casos- las explotan y maltratan”.

Otro punto muy reiterativo del entorno regulacionista es la afirmación de que la prostitución no es diferente a cualquier otro trabajo "¿Tú vendes tu culo porque estás sentado en tu silla de la oficina? Todo el mundo usa su cuerpo para trabajar, el problema es santificar el coño”, es la cita de Gabriela Wiener a la española Natalia Ferrari a quien describe como “prostituta y feminista”. Para valorar tal aserción debemos primero llegar a un consenso sobre lo que el sexo significa. Deshaciéndonos de todo vestigio de subjetividad y siguiendo el ejemplo de Ferrari -en cuanto a practicidad se refiere-, podríamos intentar resumir al sexo en el coito, en un mero intercambio de fluidos. En medio del diálogo vía la red social, intento introducir tal figura a Lucía, pero llegamos a la conclusión de que es un desacierto tremendo: la esencia del sexo está determinada por la significación que sostiene en relaciones sociales, desconocer los efectos que crea es apartarnos de la realidad. Mi colega argentina lo ejemplifica bien: “Si el sexo es como cualquier otra actividad, ¿la pederastia no existe? ¿No ocasiona nada en un pequeño?”. Es por ello, además, que la prostitución no debe ser entendida como otro trabajo más en donde es necesario ganar derechos, pero eso -en el orden cronológico de la conversación- Lucía y yo lo discutimos más adelante.

Finalmente, otra cuestión más sofisticada a la cual responder es la que hace un símil con el matrimonio y plantea que, al igual que esta institución se creó como una forma de legitimación de la dominación masculina pero con el tiempo evolucionó al grado de que hoy las normativas y gran parte de la sociedad se enfocan en equiparar los roles; la prostitución podría apartarse de sus primeros fines y hacer la misma apuesta. Empero, hasta el día de hoy el matrimonio sigue sin poder desvincularse de la violencia hacia la mujer: de los 116 feminicidios registrados por el Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables (MIMP) en el 2017, el 60,2 por ciento se dio en un contexto en el que víctima y victimario tenían una relación amorosa. Por otro lado, en la figura del matrimonio las mujeres pueden, con el tiempo, lograr mayor emancipación a través de la conquista de derechos, igualando condiciones con sus copartícipes de contrato. ¿Cómo equiparar los roles en la prostitución?

A pesar de lo expresado, es importante aclarar que el regulacionismo no es una postura abanderada tan solo por agentes perversos que buscan -bajo artimañas- mantener el status quo capitalismo-patriarcado. Como demanda destinada a concretarse, esta postura necesita de un gran respaldo que haga creíble la tarea. Y la tiene.

¿Quiénes mejor que feministas y prostitutas para hablar de la prostitución?

En el activismo

Lucía hace una confesión: ella, en la temática de la prostitución, se inició en el ala regulacionista, creía en mejorar las condiciones de las trabajadoras sexuales a través del activismo. “Legalizar es también normalizar, y normalizar para quitar el estigma que padecían, así pensaba yo”, manifiesta. Y claro, el problema es precisamente ese: legalizar es también normalizar.

En la relación cliente-prostituta es el primero quien tiene el dominio por poseer los medios para comprar el producto (dinero) y por poseer las facultades para acceder a la oferta (hombre-libertad). Este poder degenera de forma reiterativa en abuso. No es ningún secreto que el trabajo sexual es uno de los más peligrosos, que los maltratos y asesinatos son cosa de cada día. Por ende, pretender darle un giro al concepto de la prostitución se hace imposible cuando son los mismos clientes los que tienen una apreciación misógina del oficio y de la mujer que lo realiza. Si de mejorar condiciones se trata, ¿cómo es que legalizar puede cambiar esa violencia? ¿Cómo es que legalizar no significa ser funcional a este maltrato?

En todo caso, la garantía de que no haya violencia física en la prostitución como máximo ideal en la agenda feminista resalta por su limitación y su sometimiento al sistema al que, con la cabeza abajo, se lo acepta con pequeñas reformas que hagan llevadero el espacio inferior que se nos confiere.

“La prostitución es diversa, no podemos tratarla como un fenómeno homogéneo. Si echamos un vistazo a la conformación de los sindicatos que propugnan la legalización no vemos esa diversidad de voces, no encontramos a las mujeres más vulnerables. La prostitución no es una actividad aislada, por tanto, no se puede pensar desde casos individuales, es consecuencia de un modelo de sociedad”, dice Lucía desde Argentina.

Si nuestros esfuerzos se centran en legalizar la prostitución, nuestra lucha degenera en una suerte de amoldamiento al sistema y nos alejamos de las bases del feminismo que apuesta por las condiciones de la mayoría de mujeres.

Agenda

“Pedimos recursos para sacarlas de la prostitución, para cuidar a sus hijos, ya que entendemos que la necesidad es la que está presente; pedimos tiempo de recuperación, y políticas públicas. No se trata de un Estado indiferente, no se trata de desentenderse de lo que realmente desean”, culmina.

El 18 y 19 de mayo se celebrará el I Congreso Abolicionista Internacional: Hacia un abolicionismo real, en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Entre las tareas más importantes de este encuentro están las de concientizar y de armar una agenda que reúna todas las voces, que represente cabalmente lo que muchas mujeres gritan en silencio.

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