Falta timón, señor presidente

Zenaida Solís Periodista
Ideele Revista Nº 272
Foto: La República.

Finalizado el primer año de PPK, una palabra define el temperamento mayoritario de los peruanos: DECEPCIÓN (con mayúsculas). Sorprendentemente, el presidente que conocía todos los vericuetos del poder por haber transitado entre ellos desde joven, el hombre de los grandes negocios internacionales, el reiterado ministro de Economía consultado por todos los gobiernos, se ha mostrado débil, falto de carácter. Pedro Pablo Kuczynski ha resultado, en este primer año, maniatado por un Congreso de mayoría retrechera y beligerante, donde manda con disciplina de miedo su adversaria electoral, que no termina de aceptar su derrota y reclama un cogobierno que no le corresponde; alguien a quien PPK, lamentablemente, no ha sido capaz de superar políticamente.

Lejos de empoderarse en el gobierno, el presidente se ha visto obligado a conversar con la señora Fujimori, y así la experta en nada termina dándole consejos al experimentadísimo PPK, hasta sobre cómo llevar la economía. Terminada la última conversación, hemos escuchado decir al Presidente, como quien se quita un peso de encima, ”…ella hizo buenas sugerencias de cómo abordar la reactivación económica…”.

Así, mientras PPK trata de sobrellevar la ofensiva, rogando que no le quiten más ministros, que solo en el primer año han sido cuatro, de un gabinete que según declaró quería que lo acompañara todo su gobierno; las cifras de la economía han ido desmejorando, la informalidad creciendo, la inseguridad en las calles alarmándonos, maestros y médicos radicalizando sus demandas. Por si no fuera suficiente, este año nos puso en emergencia el Niño Costero, que dejó serios daños en el norte y redujo nuestra esperanza de crecimiento. Además, este fue el año también de Lava Jato, el gigantesco destape de corrupción que amenaza comprometer a todos los expresidentes, con algún indicio de tocar al propio PPK. Todo ello ha marcado la agenda pública, y ha terminado por cambiar el temperamento del país.

Hace poco escuché decir a un analista extranjero que el Perú se ha convertido en “la China de América Latina”. El comentario daba vueltas en mi cabeza e intentaba deducir a qué se refería, si al crecimiento notable de los años anteriores o a alguna de las especiales condiciones de producción que tiene China; pero luego, el incendio de la Galería Nicolini, y casi inmediatamente después el accidente del bus en el Cerro San Cristóbal, me dieron una dolorosa, clara respuesta.

Y es que el crecimiento de la economía en los últimos años se ha dado, en mucho, sobre los hombros de trabajadores sin ninguna formalización laboral, como los que el siniestro nos mostró en transmisión en vivo, que trabajan sometidos a condiciones de esclavitud, hasta encerrados por un pago miserable. Se trata de un sistema invadido por una monstruosa informalidad y corrupción, que además de poner en el mercado productos de dudosa calidad o adulterados, ha vulnerado sistemáticamente los derechos de trabajadores, invisibles para el Estado.

Ministros que piensan que el mercado se regula solo y un alcalde ciego ante esos abigarrados hormigueros en que se han ido convirtiendo las galerías del centro de Lima, y seguramente muchos otros lugares, han permitido que comerciantes inescrupulosos encuentren el mejor clima para seguir expandiéndose en medio de la anomia. Los inspectores, también trabajadores con contratos precarios, por su parte -salvo honrosas excepciones-, tienen como práctica entrar solo hasta la oficina de los encargados o gerentes para recibir una coima a cambio del sello de “todo correcto” para seguir operando. Unos y otros, día a día, hoy mismo, se manejan de esta manera con la confianza de no ser fiscalizados. Claro, hasta que la horrorosa realidad de un enorme incendio pone todo al descubierto.

Aunque estas irregularidades y muchas otras no datan solo del último año, contribuyen a engrosar el pasivo del primer año de gobierno de PPK, que en campaña se comprometió a formalizar el país, que se suponía conocía bien. Para que cese el creciente reproche, para que dejemos de percibirlo como un gobierno débil e inoperante, para que el país en verdad se recupere y con él nuestras expectativas, requerimos sentir que el país tiene un presidente que toma decisiones con sentido de urgencia. Necesitamos un presidente que gobierne.

Felizmente se trata un primer año. Quedan otros cuatro que pueden ser distintos si Pedro Pablo Kuczynski nos da muestras de un mayor compromiso, con capacidad de decisión, y nos permite sentir que toma, por fin, el timón del gobierno.

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