Francia: lecciones no aprendidas de la historia

Ideele Revista Nº 256
(Foto: AFP)

Un brutal ataque terrorista simultáneo en vario lugares de París, ocurrido hace 11 días que causó la muerte de 129 personas ha provocado una ola de indignación en el mundo y una reacción durísima del gobierno socialista de François Hollande, quien dos días después ordenó bombardear la parte del territorio de Siria ocupada por el Estado Islámico, una de las muchas organización políticas musulmanas en el polvorín del Oriente medio.

Poco antes, el presidente de Rusia Vladimir Putin había iniciado otros bombardeos en ese mismo territorio tratando de proteger a su aliado el presidente de Siria, considerado como un adversario de los intereses de Estados Unidos.

Comienza a hablarse del inicio de una tercera guerra mundial, aunque podría ser que la situación se parezca más a la guerra civil española (1936-39) que fue una especie de laboratorio de experimentación de lo que sería inmediatamente después la segunda guerra mundial.

París está en la imaginación de miles de millones de personas como una de las ciudades más hermosas del mundo, como cuna de los ideales de libertad, igualdad y fraternidad y como una la ciudad luz de la cultura, en singular como sinónimo de la “alta cultura”.

En cuanto supe de la noticia estuve prendido del canal francés TV 5, ocho horas, profundamente conmovido por lo que estaba ocurriendo en la ciudad en la que pasé casi seis años de mi vida, estudiando tres en la Sorbona, escribiendo mi tesis doctoral en otros dos y participando en diversos encuentros académicos y enseñando.

Fueron años decisivos en mi formación profesional, humana y política, incluida la maravillosa experiencia en la rebelión de mayo de 1968 y en los felices años al lado de Anita y nuestras hijas. Tengo desde 1968, amigos y amigas franceses entrañables de toda la vida. Por mi deuda, gratitud y amor por París, Burdeos y Francia, mi reacción frente al ataque terrorista partió de mi corazón y humedeció mis ojos en varios momentos.

En esas circunstancias, oí decir al presidente de la República “Francia está en guerra”. Era inevitable salir del corazón y pasar al mundo de las razones. Un par de días después, anunció que la república destruiría al enemigo terrorista y la televisión presentaba los bombardeos de una parte del territorio de Siria desde poderosos aviones de la armada francesa.

Francia ha asumido como suya la “guerra norteamericana contra el terrorismo” propuesta por el presidente George Bush cuando en 1991 ordenó el ataque y la casi destrucción de Irak. El gobierno francés de entonces votó en las Naciones Unidas contra la guerra, mostrando su independencia, que ahora parece perdida.

¿Cómo entender este nuevo paso de extrema violencia en el Oriente Medio, convertido en una especie de polvorín? Hay una guerra comandada por Estados Unidos que se multiplica cada día con el cuidado de sus responsables de no tocar intereses económicos en juego, de reducir la política a la guerra, de no querer ver la relación profunda de la guerra con las culturas, y de no aceptar el fracaso de la voluntad de las potencias occidentales al querer imponer la democracia con fusiles y bombardeos a pueblos que no han separado la política de la religión y que por eso resisten con todas sus fuerzas a una imposición más de las muchas que ya conocieron desde el siglo XI cuando los ejércitos de reyes y príncipes “cruzados” de Francia, Inglaterra, España y Alemania marcharon a rescatar el Jerusalén católico que había caído en manos de los árabes y también a conquistar nuevos territorios y mercados.

No pretendo ofrecer una explicación de lo que ocurre pero sí aportar algunos elementos de la historia y de las culturas que habría que tomar en cuenta en la perspectiva de evitar la guerra externa e interna en Francia.

Uno. ¿A qué se llama terrorismo?
Los norteamericano son los responsables de la tesis “El terrorismo es el enemigo de Occidente y de la democracia”. En esta guerra de nuevo tipo, de un lado de las trincheras estarían los poderosos Estados de Europa y Estados Unidos y, del otro, el terrorismo, precisamente ahora el “Estado islámico” que no es un Estado como cualquier otro en el mundo sino solo una enorme variedad de individuos y grupos terroristas dentro de los Estados en el medio oriente y en el resto del mundo.

Los suicidas del Estado Islámico no son iguales a los soldados nacionales porque pertenecen a muchísimas nacionalidades diferentes, francesas y belgas entre ellas, unidos por el odio y sus ganas de venganza, en esta guerra de venganzas. Valdría le pena volver a recordar el sentido de las categorías para entender la realidad, para entendernos y no cometer graves errores de apreciación sobre quiénes son los enemigos.

Terrorista es una acción violenta dirigida a matar personas inocentes; por ejemplo, una bomba senderistas en la calle Tarata de Miraflores, un ataque a las torres de Nueva York, otra bomba en una estación del metro Atocha en Madrid, o la inmolación de siete suicidas en teatros y bares de Paris.

Es también terrorista una acción producida por un piloto de un bombardero que mata civiles inocentes o una unidad de un ejército que mata a miles de personas inocentes. Eso es lo que ocurre todos los días en el medio Oriente, particularmente en Siria, Palestina.

Si la realidad es así, el terrorismo está en las dos orillas de esta guerra. ¿Por qué entonces llamar terroristas solo a unos y no a los otros? Una guerra contra individuos o grupos de población que no son ejércitos regulares ni representan a Estados, con territorios debidamente fijados tiene muchísimos más problemas que una guerra convencional que conocemos en la historia del mundo.
Los suicidas de la organización mal llamada Estado islámico no se atreverían a enfrentar a la poderosa aviación que bombardea el pequeño territorio del mismo modo que sería absurdo pretender que el ejército francés suelte bombas en el barrio parisino de Saint Denis para destruir una célula de cinco suicidas. ¿A dónde va una guerra de elefantes contra hormigas?

Dos. Breve mirada al pasado
El grave conflicto en Siria y el Medio oriente, tiene una larga historia. Para entenderla habría que mirar el pasado de hace dos mil años cuando sirios palestinos y judíos vivían en un mismo espacio donde nació Jesucristo. Desde entonces Jerusalén es manzana de una discordia que no tiene fin. Turcos, persas y árabes disputaron esos territorios. La caída del sepulcro de Cristo en manos árabes fue considerada como una enorme afrenta. En los siglos XI y XII y XIII, los reyes y príncipes católicos de Francia, España, Inglaterra y Alemania, marcharon con sus ejércitos a recuperar ese sepulcro, cosiendo una gran cruz en el pecho de sus vestidos, como símbolo de su identidad cristiana de “cruzados” en guerra, con el lema “Dios lo quiere” y convencidos de que Cristo era el jefe de esos ejércitos de ricos y pobres. Los cruzados expulsaron a los turcos, persas y árabes, se apropiaron de territorios, abrieron y fortalecieron rutas comerciales. Como contaban con la bendición de los papas, el apoyo de su Dios y la jefatura militar de Cristo tuvieron las manos libres para matar y reducir a sus enemigos. Luego de sus victorias formaron tres estados cristiano-latinos en el Medio Oriente: los principados de Antioquia, Edesa, en Siria y el reino de Jerusalén en palestina.

Este primer gran encuentro entre cristianos europeos y árabes no fue un abrazo de culturas, lenguas y religiones sino simplemente de una guerra feroz, en nombre del Dios cristiano.

Nos corresponde buscar otro contrato social para que las naciones o pueblos excluidos por diferentes tengan plenos derechos y no haya en la sociedad esa división entre ciudadanos de primera, segunda y tercera categoría.

Tres siglos después, en 1516, Siria pasó a ser parte del imperio otomano y fue dominada por los turcos. Por decisión francesa y británica Siria y Líbano pasaron a ser parte de Francia; y quedaron en manos de los ingleses Palestina, y Transjordania (hoy Israel), Irak y Jordania. Cuando cayó el imperio Otomano en 1922, el territorio sirio fue nuevamente dividido: Transjordania y Palestina para los británicos y Siria y Líbano para Francia. Finalmente, en 1946 Siria obtuvo la independencia. Dos años después, en 1948, tuvo una guerra con Israel, el nuevo Estado artificial creado por británicos y franceses, principalmente. Luego, en 1967, los israelíes con su guerra relámpago ensancharon su territorio con parte del suelo palestino y sirio.

En momentos diferentes, con el mismo espíritu de buscar fortunas y anexar territorios, los franceses llegaron montar un vasto imperio colonial por todo el mundo: África, Asia, El Caribe, América del Sur, América del Norte y Oceanía. Por los ataques terroristas en París importa más su presencia entre los árabes de Oriente Medio y en el Magreb norte de África.

Allí, argelinos, marroquíes y tunecinos fueron colonizados a partir de 1830 y 1847 con una gravísima contradicción: de un lado, un maravilloso discurso del ideal moderno de construir un sistema democrático para cambiar la sociedad a partir de la soberanía del pueblo, de su voto universal, para elegir representantes en los poderes ejecutivo, legislativo y judicial dentro de un Estado laico sin atadura alguna con la religión. Se trataba de un nuevo contrato social para dejar atrás la milenaria costumbre de creer en el origen divino de los reyes y gobernantes.

De otro, una empresa colonial para expropiar, someter y explotar a hombres y mujeres con rasgos biológicos, culturas, lenguas y religiones diferentes. Los modelos a seguir de esta empresa colonial eran españoles y portugueses a quienes el Papa Rodrigo de Borgia, Alejandro sexto, obsequió siguiendo la voluntad de su dios por el Tratado de Tordesillas de 1494, las tierras, mares y hombres del mundo.

Después de la segunda guerra mundial, como parte del proceso de descolonización, los vietnamitas y los argelinos le ganaron a Francia sus guerras de independencia en 1954 y 1962. Siria fue declarada independiente por voluntad de británicos y franceses juntos durante esa segunda guerra mundial.

Tres. Culturas, religión y política
En los siglos de dominio colonial (5 en Siria y 2 en el norte de África) pequeñas colonias de franceses fueron a vivir en Argelia, Marruecos y Túnez (los famosos “pie noir”-pie negro) y comenzaron a llegar los primeros árabes a Francia, particularmente a París, la ciudad con más migrantes árabes de Europa. Después de la independencia, se multiplicaron los contingentes de migrantes en búsqueda de trabajo y de un mejor horizonte para sus vidas.

Los migrantes llegaron con sus lenguas, sus fuertes convicciones religiosas musulmanas, (testimonio de fe, oraciones cinco veces al día, ayuno anual en el mes de Ramadán, peregrinación a la Meca y entrega del 2.5% de ingresos para ayudas sociales), sus vestidos, sus tradiciones patriarcales y la obligación de las mujeres para cubrirse los rostros, su gastronomía con el célebre cuscus, su aversión a la carne de cerdo y su firme voluntad de no beber alcohol.

No hubo ni hay en las tradiciones culturales musulmanas algo llamable una vía propia hacia la democracia y, en particular, a una separación entre la religión y la política.

Los hábitos políticos y culturales de los colonialistas franceses en sus colonias poco o nada tenían que ver con el hermoso discurso del ideal moderno de la democracia como forma de gobierno.
Su racismo y desprecio de los otros, su falta de respeto por las vidas, culturas y creencias religiosas de los pueblos sometidos son hechos debidamente conocidos.

Por su parte, dentro de Francia, los franceses han ido construyendo en más de dos siglos una cultura democrática de primer orden y, sobre todo, un Estado laico. Hay, sin duda, respeto por las diferentes creencias religiosas de los franceses.

La religión católica es la más importante del país pero no tiene ingerencia en la educación y en el Estado. El concepto de ciudadanía, entendido como el conjunto de derecho y deberes de los ciudadanos, tiene ya un largo recorrido, es una realidad visible, aun imperfecta.

Cuando el ideal moderno de un sistema democrático dio sus primeros pasos no hubo en el territorio francés señores de la tierra con sus esclavos afrodescendientes y tampoco tuvieron indios siervos. Los siervos que eran propiedad de los señores no tenían rasgos biológicos indígenas ni hablaban otras lenguas.

Lo que quiero decir es que no tuvieron los franceses una heterogeneidad cultural linguística y religiosa suficientemente grande; si hubo y hay lenguas distintas (vasco, catalán, breton).
No hay, en los 17 artículos de la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano de la Revolución francesa ninguna referencia seria al derecho a la diferencia de otros pueblos o naciones, y de las personas. Tampoco se menciona a las mujeres.
Con la masiva migración de árabes llegan millones de personas diferentes, a una sociedad que no tenía nada discutido ni preparado sobre los derechos de la diferencia.Debió discutirse hace tiempo ese gran tema y haber encontrado una fórmula democrática de convivencia en Francia de pueblos diferentes en relaciones de igualdad, diálogo, respeto y tolerancia como establece el romántico sueño de la interculturalidad de nuestro tiempo.La única fórmula existente es obligar a los otros, a los diferentes, a los árabes a volverse franceses y a aceptar las reglas de juego de la casa a donde llegan sin haber sido invitados. Por ese camino, la ciudadanía se empobrece, aparecen diferencias claras entre ciudadanos de primera, segunda y tercera categoría.

El sueño y la pequeña realidad de la igualdad, se diluye. Los millones de jóvenes hijos de migrantes, formalmente ciudadanos franceses no encuentran trabajo y viven en condiciones de exclusión en grados diferentes. Una mínima parte de ese gran contingente se musulmaniza y busca llegar a Siria para integrarse en las organizaciones islámicas.

Cuatro. ¿Tiene sentido imponer la democracia con invasiones y bombardeos? 
Para llevar la democracia a Irak, el gobierno de George Bush le declaró la guerra a Irak. 14 años de guerra han servido para dividir y destruir ese país. Lo mismo ha ocurrido con Afganistan y Libia, y está ocurriendo ahora con Siria. Los fusiles y bombardeos no llevan democracia, siembran muerte, desolación, obligan a millones de personas a huir de sus países. Parece que los sirios buscadores de refugio en Europa son ya más de un millón en brevísimo tiempo.

Una lección dura de la historia es que la democracia no se impone y menos con balas o poderosos portaviones. Tiene que construirse desde dentro, tarde lo que tarde, a partir de fuerzas propias de los pueblos. En ese esfuerzo, la ayuda externa sería bienvenida.

Cinco. Desafíos
Las guerras se hacen con piedras, flechas, hachas, fusiles, bombas atómicas, torturas que destruyen psicológicamente a un ser humano, y con bacterias. Como escribió Freud, en su libro El Malestar en la cultura (1930) los seres humanos somos portadores de un instinto de amor (eros) y otro de muerte (tánatos) y hemos creado las culturas para poner límites a nuestros instintos. La prohibición del incesto (con tu mamá no, con tu papá no, con tu hermana no) es un ejemplo.

Pero cuando en materia de intereses económicos, y políticos las guerras y la violencia pueden más, y nos destruimos unos a otros, eso significa que hay un malestar en la cultura, que no somos capaces de controlar nuestros instintos.

Por ese camino, el uno por ciento de la sociedad occidental y sus guerras de todos los días para probar sus armas, venderlas, tratando de obtener más ganancias que nunca, alimenta y multiplica el instinto de agresividad, destrucción y muerte. Freud escribió ese libro en 1930 cuando advirtió el peligro del nazismo y Hitler. La segunda guerra mundial fue peor que la anterior, una tragedia que llena de vergüenza nuestra condición humana.

Nos corresponde buscar otro contrato social para que las naciones o pueblos excluidos por diferentes tengan plenos derechos y no haya en la sociedad esa división entre ciudadanos de primera, segunda y tercera categoría.

Sería maravilloso que la distancia que separa al corazón de las razones no fuera tan grande como es ahora, y que aprendamos a tratar a todos los migrantes de fuera y de dentro como invitados.

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