Francisco y la economía

Ideele Revista Nº 254

Hace algún tiempo publiqué un artículo que titulé ‘La economización de la vida’ en el que comentaba y lamentaba el proceso por el que todo se miraba desde la economía y me temo que eso es lo que estamos presenciando cuando leemos muchas de las críticas que se publican a la encíclica ‘Laudato Si’ (‘Alabado seas’) del Papa Francisco.

Mi impresión es que se lee desde la economía y esa no es pretensión de la encíclica, ni la del pensamiento cristiano. Desde Jesús de Nazaret la búsqueda es la realización del ser humano y la economía es sólo un medio para alcanzarla y aunque relevante, no es el más importante.

El llamado del pensamiento cristiano, entendido como el seguimiento de Jesús, que más que un pensamiento es una vida, un ejemplo a seguir es la búsqueda de la Verdad en el fondo de uno mismo para luego ser fiel a ese hallazgo que debería ser la misión de cada persona entendida como una vida de fidelidad a nuestros más hondos anhelos. Esa vida tendría que ser entendida como la realización en la entrega a los otros usando nuestros talentos. El ser humano se hace mejor a si mismo tratando de que el prójimo, las otras personas, estén mejor, en especial, los más necesitados. La realización, entonces, no es individual, sino grupal y debería ser entendida como la del género humano y su entorno, la Tierra en que vivimos.

Lo que acabo de exponer es lo que de alguna manera está detrás, aunque con frecuencia expresamente indicado en ‘Alabado seas’, pero que desde la visión ‘economicista’ es obviada y olvidada, muchas veces inconscientemente, por la sencilla razón de que no está en su campo de visión y contradice sus valores y toda su estructura mental que son los vigentes en el mundo actual en que el dinero rememorando al bíblico becerro de oro es el valor supremo.

El problema es que muchos de los críticos, especialmente los economistas, tienden a equiparar la propuesta con la marxista –en la que lo que falló estrepitosamente es la planificación económica central. Se tiende a hacer una dicotomía maniquea entre capitalismo y comunismo como si no hubieran importantes matices y otras alternativas derivadas de éstos. Para empezar –como ya he señalado en un artículo anterior– el capitalismo que muchos defienden, no se parece al que criticó Marx. El ‘capitalismo’ de hoy está teñido de socialismo. Las revoluciones rusa y china causaron tanto temor en el siglo pasado que los capitalistas tuvieron que hacer concesiones, presionados por los sindicatos y la ‘amenaza comunista’ que lograron que hoy existan las 8 horas de trabajo, las vacaciones, la seguridad social, etc.

El cristianismo desde sus orígenes predicó la solidaridad, colaborar en vez de competir. La teología moderna interpreta el milagro de la multiplicación de los peces como la muestra de que compartir es la forma en que los bienes se incrementan. En la concepción cristiana la forma en que el ser humano crece es entregando su vida a la realización de todos. La competencia, el apropiarse de más de lo que uno necesita mientras otros pasan miseria, por más que se cree ‘riqueza’, que es la lógica de la civilización vigente, son contrarios a los deseos del Padre que quiere que todos sus hijos tengan lo necesario. En resumidas cuentas, hay una enorme diferencia en la concepción ontológica. Para el cristianismo el ser humano puede ser mejor que el homo lupus de Hobbes.

¿Hay alguien que pueda decir que el sistema actual nos haga mejores, más humanos y más felices? Vale la pena recordar esa frase de Jesús: “No sólo de pan vive el hombre…” (Mt. 4,4).

Francisco no intenta proponer un nuevo sistema económico, sino algo infinitamente más amplio. Sostiene que la forma de vida actual no nos esté llevando por buen camino, pero obviamente no en el sentido económico como algunos han pretendido entenderlo, sino en uno mucho más amplio, el humano, el de la realización como personas, en el que cada uno se hace mejor a sí mismo al hacer mejor la familia, el grupo, la sociedad en que vive y en consecuencia a toda la humanidad. La idea es que lo que logremos sea para todos, pero no porque el Estado nos lo quita, sino porque nosotros libremente lo compartimos. Al final se trata de un camino en apariencia más difícil, pero que cuando nos demos cuenta de sus ventajas será más fácil.

Ya conocemos los contra-argumentos: ‘Esos son sueños imposibles, utopías de idealistas que jamás se lograrán’, pero todos en el fondo sabemos (intuimos) que ese camino es el que deseamos porque es el único que nos hará felices en el sentido de hacernos mejores seres humanos que construirán lo que Jesús llamó el ‘Reino de Dios’.

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