Giulia Tamayo: ¡Tenemos la razón!

Ideele Revista Nº 238

(Foto: Alberto Giuliani)

Parece una obra de Victor Hugo. Giulia Tamayo está sentada en un sofá reclinable en la sala de su casa en Montevideo, rodeada de su esposo, (Chema), sus hijos, Alonso y Sebastián, y un pequeño grupo de amigos, bebiendo a sorbos su último pisco sour. La muerte deambula a su alrededor. Flirtea con ella. Se la quiere llevar, pero ella se resiste.

Le pone cara de palo a la Parca mientras le pide a María Esther Mogollón que le hable sobre el caso de las esterilizaciones forzadas del Perú de Alberto Fujimori. Ésta obedece a la maestra de la escuela de la humanidad y de los derechos humanos —porque así la suele llamar—. Tamayo escucha el informe oral con mucha atención y concentración. Cuando éste concluye, los ojos de Tamayo se pierden brevemente en el recuerdo. Está pensando. De pronto pestañea, abre esos juguetones ojos negros, y, con su típica mirada fija y profunda, le susurra a la amiga: “Sí, es un caso complicado, ¡pero tenemos la razón!”.

Hace más de 18 años, Tamayo, abogada de profesión y activista de corazón, puso el grito al cielo cuando descubrió que esterilizaciones forzosas se estaban llevando a cabo como política pública en numerosos centros de salud del Perú durante el segundo gobierno de Alberto Fujimori. Con pruebas fehacientes bajo el brazo, no dudó un instante en documentar y hacer público el espantoso caso. Más de 300.000 mujeres indígenas, mayoritariamente analfabetas —o con niveles bajos de escolaridad— que vivían en las comunidades más pobres y alejadas del país fueron esterilizadas a la fuerza (o coaccionadas con engaños, amenazas y chantajes) de acuerdo con el denominado Programa Nacional de Salud Reproductiva y Planificación Familiar que Fujimori puso en marcha entre los años 1996 y 2000. El Programa contó con el financiamiento de la USAID, la participación del Fondo de la Población (FPNU) y AVSC International, y, curiosamente, fue aupado por el silencio de ONG peruanas reconocidas como feministas, renuentes a expresarse por temor a perder sus fondos o quién sabe qué más.

Los abusos fueron cometidos siguiendo órdenes con metas y cuotas establecidas. Abundan los testimonios directos y pruebas documentarias sobre el atropello. Los documentales Nada personal, Silencio y complicidad, Vientre de mujer, La cicatriz de Paulina, Yermas, Una voz estéril, Forced Sterilisations, entre otros, dan prueba de ello. Sin embargo, el crimen aún sigue impune. 

Han pasado más de 18 años desde que Tamayo lanzó esa lucha por la Verdad, Justicia y Reparación a favor de las víctimas de esa siniestra campaña. Por ello recibió amenazas y tuvo que marcharse del Perú para exiliarse en España con la ayuda de Amnistía Internacional. Ella estaba entonces entre la espada y la pared, asediada por un lado por los militares, y por Sendero Luminoso por el otro. Este último le legó un tiro (la bala quedó incrustada en una de sus piernas). Aun así, nunca se dio por vencida, ni jamás dejó desprotegidas a sus “hermanas que fueron esterilizadas a la fuerza”. Desde España y Uruguay, lejos de la tierra que la vio nacer, Tamayo siguió bregando hasta su fallecimiento en Montevideo en la madrugada del 9 de abril. Sus cenizas fueron desperdigadas equitativamente sobre el río de La Plata y el arroyo Solís, y al pie de un hermoso limonero que admiraba en el balneario uruguayo de ese nombre.

El Programa contó con el financiamiento de la USAID, la participación del Fondo de la Población (FPNU) y AVSC International, y, curiosamente, fue aupado por el silencio de ONG peruanas reconocidas como feministas, renuentes a expresarse por temor a perder sus fondos o quién sabe qué más

¿Quién fue Giulia Tamayo?
De madre piurana y padre arequipeño, Tamayo nació en Lima el 21 de julio de 1958. De niña le encantaba trepar árboles y andar descalza por las calles. Le fascinaba el canto de los pájaros, el ruido de las olas y el sabor de las humitas. Era muy curiosa, inquieta y traviesa. Disfrutaba cada minuto de su vida. Como prueba de ello llevaba siempre una hermosa sonrisa a flor de labios. Así lo cuenta su entrañable amiga y casi hermana Martha Rodríguez, socióloga-profesora-investigadora de la Pontificia Universidad Católica del Perú.

Como estudiante de Derecho en la Católica, era la envidia de sus compañeros y compañeras de clases. Brillante alumna y generadora de ideas, poseía además la inteligencia emocional necesaria para crear vínculos y relaciones de igualdad con los demás. Siempre se ponía en el lugar de los otros. Por eso, siempre fue una más entre todos, cuenta Rodríguez.

En 1984 Tamayo renunció al cargo que tenía como responsable de las contrataciones y asuntos legales de la Pilsen (aunque un puesto muy bien pagado, aquello no era lo suyo) para integrase al Programa Legal del Centro de la Mujer Peruana Flora Tristán, donde defendía a mujeres maltratadas y sus hijos llevando ante los tribunales numerosos casos de violencia familiar y sexual ejercida contra mujeres, niñas y niños.

Luego pasó a integrar el Comité de América Latina y el Caribe para la Defensa de los Derechos de la Mujer (CLADEM), donde dirigió el trabajo de investigación sobre violencia contra las mujeres en los servicios públicos de salud en el Perú. Con la colaboración de Hilaria Supa, entonces líder indígena de la Federación de Mujeres de Anta, y Josefa Ramírez, fundadora del Instituto de Apoyo al Movimiento Autónomo de Mujeres Campesinas (IAMAMC) en Huancabamba, Tamayo logró constatar la existencia de “metas numéricas” en los centros de salud planificadas para las intervenciones de anticoncepción quirúrgica. Los resultados de la investigación fueron publicados en su informe Nada personal (1999).

A lo largo de sus investigaciones trabajó de la mano de Raquel Cuentas, a quien le enseñó no solo a investigar, sino también a preparar y a disfrutar del buen café. A Supa le enseñó a documentar todo en forma exhaustiva, y a tomar vino. Un día, el avión en el que viajaban juntas no podía aterrizar debido al mal tiempo. Supa temblaba de miedo. “Giulia agarró, me sirvió una copa de vino y me dijo: toma, toma vino de un solo golpe y ¡verás que rapidito aterriza el avión!”, dice Supa, riéndose de lo que cuenta. “Era muy divertida. Ella siempre nos escuchaba y nos hacía reír a todas las mujeres de Anta.” Tras consumir media cajetilla de cigarros, un par de copas, unos cuantos ñoquis y una animada conversación en casa de Tamayo en Madrid, Ramírez recuerda que a ella el sueño la tumbaba, así que se fue a dormir. Era muy tarde. “Desde mi cama yo escuchaba el tic-tac-tic-tac de Giulia, escribiendo en su laptop —su inseparable laptop”, cuenta Ramírez bajando la mirada para esconder sus humedecidos ojos. “Dormía poco. Era incansable. Era una infatigable luchadora por los derechos humanos.”

Tamayo puso en práctica su formación jurídica para defender causas justas no solo en el Perú sino también en España, Colombia, República Democrática del Congo y Honduras. Cuando se metía a trabajar un tema y se ponía a investigar, lo hacía a manos llenas. Ángel Gonzalo, compañero suyo en Amnistía Internacional de España, cuenta que era ella quien siempre apagaba las luces de la oficina. Además, dice que él y otra compañera de trabajo, María del Pozo, estuvieron a punto de no poder celebrar con sus respectivas familias la Nochebuena del 2007. Resulta que Tamayo no aprobaba una nota de prensa que habían escrito en relación con la ley de Memoria Histórica. Los términos jurídicos no estaban suficientemente bien claros, según ella. Asimismo, Gonzalo habla del “caótico-desorden-organizado-solo-sabe-ella-cómo” que la caracterizaba. La recuerda, por ejemplo, “sentada en el suelo de su despacho, rodeada de papeles, buscando los datos de su última investigación sobre los desalojos forzosos en la Cañada Real”.

Así era ella: muy enamorada de su trabajo, muy entregada a las causas nobles por las cuales luchaba y a todas las personas que se sumaban a ellas. Alberto Giuliani fue el primer fotógrafo extranjero que viajó a Lima a cubrir la investigación de las esterilizaciones. Ni bien conoció al joven italiano, Tamayo lo invitó a alojarse en su casa. Era tan joven entonces que ella y su esposo lo tomaron como hijo adoptivo. Lo mismo ocurrió con Alejandra Ballón, una estudiante peruana en Suiza, quien viajó a Madrid solo para entrevistarla. La conoció cuando le abrió la puerta. Sin embargo, Tamayo la invitó a quedarse una semana en su casa. Hoy, Ballón está muy involucrada en el caso de las esterilizaciones forzadas, con dos libros en mente. La cineasta francesa Mathilde Damoisel, directora del filme Vientre de mujer, cuenta que pese a que estaba desbordada de trabajo, Tamayo le brindó de inmediato todos los datos y contactos solicitados —entre ellos los de Mogollón, Supa y Ramírez—. Más adelante, cuando se encontraron de nuevo en París, Damoisel recuerda que Tamayo acababa de recibir buenas noticias sobre su salud. “Me dijo: ‘Estoy viva, mi salud va bien, así que hoy quiero disfrutar de la vida’”. Para Damoisel, Tamayo era una rara joya, una verdadera fuente de sabiduría e inspiración.

Esperanza, una mujer campesina que fue esterilizada engañosamente en Huancabamba y que desde entonces padece de intensos dolores de cabeza, está de luto. Llora por Tamayo, por el hijo que perdió cuando la esterilizaron, y llora porque desde hace más de 18 años busca justicia y aún no la encuentra. Recuerda que durante la entrevista Tamayo lloró con ella cuando le contó lo que le habían hecho mientras estaba embarazada. “Ella nos entrevistó y nos escuchó a todas nosotras. Nunca nos abandonó…Y cuando yo le dije todo a la doctora Giulia, le lloré, y nos dijo que nos iba a ayudar”, dice por teléfono entre sollozos. “Yo lloraba con la doctora Giulia, pero ahora ya nos dejó.” Ahora, dice que solo le ruega a Dios por ella para que siga apoyando a todas las mujeres esterilizadas de Huancabamba como si todavía estuviera con ellas. “Mucho la recordamos. Ella está en nuestros recuerdos y está con nosotras.”

El cineasta peruano Javier Corcuera comparte esa sensación de que Tamayo no se ha ido del todo. “Giulia Tamayo es de esas personas que siguen siendo y que perduran en el corazón y en la lucha de la gente…” Cuando ella dice: “¡Tenemos la razón!”, está expresando su fe en las causas justas. Corcuera lo sintió en el caso del condenado Thomas Miller: “A nosotros nos parecía imposible detener la ejecución de un preso y sacarlo del corredor de la muerte de Texas. Giulia se implicó de una manera muy importante en esa campaña. Nos ayudó y nos orientó muchísimo”. Y lo hizo hasta que se logró salvar al preso. Gracias a Tamayo, muchos como Corcuera siguen inspirados y dedicados, sabedores de que teniendo la razón pueden creer en sí mismos y que con Giulia como guía, quizá puedan llegar hasta a mover montañas.

                                                                                     (Foto: Alberto Giuliani)

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