La guerra senderista. Hablan los enemigos

María Eugenia Ulfe Docente en el departamento de Ciencias Sociales y directora de la Maestría en Antropología y la Maestría en Antropología Visual de la Pontificia Universidad Católica del Perú
Ideele Revista Nº 274
Foto: Peru21.

La guerra senderista nos describe un periodo de nuestra historia desde una de sus principales protagonistas, Elena Yparraguirre, la número 3, “Miriam”. Este es un libro importante para la comprensión de nuestra historia reciente. Ya que nos introduce en los años de la violencia desde una voz que conocemos poco y además profundiza desde su propia subjetividad en cuestiones de índole personal sobre, por ejemplo, la llamada “cuota de sangre”.

Este es un momento diferente de la posguerra fallida. Un momento que tiene otras voces y actores con testimonios y posiciones distintos y donde cada vez más los intentos de “contar otra historia” o “negar la historia” están cada vez más presentes. Este no es solo el momento de la memoria salvadora tan privilegiada desde el fujimorismo. Sino que es de estos otros actores, de quienes conocemos tan poco, y que fueron cruciales porque iniciaron la guerra. La contribución de este libro precisamente recae ahí, en presentar estas otras voces al mismo tiempo que recoge opiniones diversas. Ya que la voz de Elena aparece en contrapunto con la del propio autor, con el informe final de la CVR, con los testimonios recogidos en En honor de la verdad (Comisión Permanente del Ejército Peruano, 2012), con el informe de la Marina de Guerra escrito por Jorge Ortiz[1], y con un manuscrito anónimo escrito en la cárcel por presos senderistas. Este conjunto de miradas, posiciones, afectos y decisiones políticas atraviesa el escrito. Quiero aprovechar para reconocer en este libro el intento del autor de hablar desde su propia militancia en la izquierda peruana: su Yo emerge sublevado y entremezclado, y es desde su propia experiencia, como antes ya lo hiciera Nelson Manrique, que escribe en una suerte de mea culpa que es tan necesaria para recomponer el escenario político nacional.

Elena, la elegida

“Faltaba gente como ustedes… ahora que han llegado, la guerra será posible”, dice Guzmán en una escuela política donde enseña a unos pocos sobre la historia del comunismo (p.26).  Elena, la niña de clase media y colegio religioso se siente la elegida; la seguidora fiel y responsable abandona a su familia para dedicarse en cuerpo y alma a darle sentido y bases al Partido. Había encontrado otra forma de orientar su vida. Su formación política y admiración por Guzmán sobrepasan cualquier devoción. “Tenía respuesta para todo y yo estaba buscando precisamente esa consistencia”, dice (p. 25).  La revolución de los manuales que describe Carlos Iván Degregori[2] para este periodo no había sido suficiente en su formación política. Ella y quienes la acompañan recogen de Guzmán la línea más dura del maoísmo, su Revolución cultural. Y emprenden la guerra. Ella misma sirve de puente entre las bases y el Comité Central Permanente. Una estructura jerárquica y concéntrica da forma al Partido. Atravesado por una red de relaciones familiares, el Comité Central Permanente refleja mucho de lo que sucede en nuestro país. 

Hubo un momento en los años 1980 que académicos como Juan Ossio, por ejemplo, analizaban Sendero Luminoso como un movimiento mesiánico, casi religioso, por la adoración al líder de mil ojos y oídos. Por momentos Zapata presenta a Yparraguirre de esta manera, enceguecida en su propia devoción y entregada al servicio del Partido. ¿Cómo era su vida a salto de mata en Lima? ¿Cómo captaban militantes? ¿Cuáles eran sus recursos pedagógicos para enseñar en las escuelas populares? Ese detalle etnográfico es tomado por la narración de hechos y ahí se nota el trabajo del historiador.      

"En tiempos cuando el fantasma senderista es resucitado constantemente, es importante conocer lo que para una representante del grupo significaron estos años y su trabajo a nivel de formación política de sus seguidores".

El Partido

En tiempos de sesgos, Zapata recoge el planteamiento de la CVR de comprender a Sendero Luminoso como un Partido por su base, su estructura, su forma y también por la manera cómo se refieren a su red de apoyo popular. Poco o nada sabemos sobre el entrenamiento de Guzmán y La Torre en China. Ahí hay un estudio por hacerse con los traductores chinos que entrenaron a líderes y militantes de izquierda latinoamericanos en maoísmo. Parte de estos planteamientos se reflejan en el arte senderista en las cárceles, que se desarrolla sobre todo en los primeros años y recoge muchas ideas de la Revolución Cultural, sobre todo cuando recrean a Guzmán como sol naciente, o Guzmán conduciendo al pueblo adelante con lentes y el libro rojo de Mao.

Elena enfatiza la formación política de los primeros grupos de militantes –altamente formados en ideología maoísta-, pero luego también deja entrever las dificultades que tienen para mantener esto que fue su fortaleza inicial. Como las capturas, enfrentamientos y muertos debilita el ejercicio de su propia militancia. En tiempos en que el fantasma senderista es resucitado constantemente, es importante conocer lo que para una representante del grupo significaron estos años y su trabajo a nivel de formación política de sus seguidores. En parte lo que ella señala guarda relación con los hallazgos del trabajo de Dynnick Asencios[3] sobre los diferentes periodos de captación de militantes y sus procesos de adoctrinamiento. Como con el avance de la guerra, se debilita precisamente el formar políticamente a sus combatientes.

Son muchos procesos que confluyen y resultan estructurantes en su formación y también en su propia debacle –las rondas campesinas tienen éxito en reconquistar el campo, como también lo tuvo el GEIN y su sistema de inteligencia, y por supuesto Velasco y las reformas que había emprendido, que finalmente coadyuvaron de alguna manera a debilitar élites locales y distribuir la tierra. ¿Hubiese sido acaso diferente si estas hubiesen mantenido su fortaleza? Esa pregunta queda ahí.

Sin embargo, hubo lugares donde las élites locales tuvieron un peso y presencia fuerte, como lo fue Lucanamarca y Huancasancos. Trabajo ahí desde el 2011 y debo corregir algunas imprecisiones. El colegio Los Andes se funda en 1963 y es fruto precisamente de la élite local que apuesta por la construcción de un colegio secundario en la región para que sus hijos dejen de viajar a Ayacucho a educarse. El Colegio Los Andes ha sido y es un gran centro que aglutina y recibe estudiantes de todas las comunidades aledañas. Es cierto, este colegio –como el colegio en Vilcashuamán, Huancapi y Cangallo- tuvo un papel importante durante los años de conflicto. Pero su edificación muestra algo sobre lo cual se habla poco, y es que no tratamos con poblaciones “sin Estado”, sino con poblaciones que habían adecuado y estructurado de alguna manera su forma de organización política y funcionaban, y que tanto Sendero Luminoso como el Ejército arrebatan para sí. El Ejército instala una base militar en Huancasancos –hubo un momento en el cual hubo hasta dos bases militares- y desde ahí reprimió lo que se enseñaba en el colegio, quemó dos veces la biblioteca del mismo y sometió a la población a un estricto régimen de vigilancia. Es decir, en el momento en que el Estado pudo hacer algo distinto, ingresa de forma autoritaria y sus prácticas quedaron instaladas en la memoria de las personas.

La memoria y la historia son políticas en su ejercicio. No son ni pueden ser asépticas. Si la historia no incomoda, entonces deviene en anécdota. Lo que entrega Zapata nos incomoda. Incomoda leer las formas en que personas e instituciones destinadas a proteger a la población negocian con sus propias responsabilidades políticas intentando reescribir sus historias y colocando acentuaciones ahí donde la responsabilidad se escabulle. Incomoda leer las formas en que la muerte y el dolor quedan subsumidos a la “cuota de sangre”. Pero decirlo de otra manera, quitar cuerpo, es negar la historia. Más bien que sirva el momento actual para volver sobre la discusión de nuestro pasado reciente. Para pensarnos como una sociedad posguerra que nunca procesó eso, su guerra. Que se habla de reconciliación como forma de borrón y cuenta nueva cuando aún hay procesos judiciales pendientes. Lamentablemente la reconciliación no puede venir con impunidad y no puede venir sin verdad. Para ello están la memoria y la historia.  Y por ello este libro nos cuestiona, porque nos obliga a pensarnos como sociedad: sobre lo que hicimos y dejamos que suceda, las responsabilidades de las que huimos y sobre las cuales debemos volver para recuperar, en algo, la institucionalidad política. Volver sobre la historia implica reconocer lo sucedido. No dejemos, como dice Jaime Urrutia evocando el afamado huayno ayacuchano “Adiós pueblo de Ayacucho”, que “ciertas malas voluntades” nos alejen del camino.



[1] ORTIZ, J. (2010). Acción y valor: historia de la infantería de Marina del Perú. Lima: Marina de Guerra.

[2] DEGREGORI, C.I. (1990). “La revolución de los manuales. La expansión del marxismo leninismo en las ciencias sociales y la génesis de Sendero Luminoso”. En Revista Peruana de Ciencias Sociales n.º 3: 103-124, Lima.

[3] ASENCIOS, D., (2016), La ciudad acorralada. Jóvenes y Sendero Luminoso en Lima de los 80s y 90s. Lima: IEP.

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