La (in)esperada reinvención de Francia

Joaquín Pinto Ferrand Politólogo.
Ideele Revista Nº 273
Foto: Getty images.

Emmanuel Macron (EM) fue elegido hace pocos días por la revista Fortune como el líder mundial más influyente del planeta con menos de 40 años, desplazando así a Marck Zuckerberg, quien quedó este año en el segundo lugar de la clasificación.[1] En esa misma línea, muy recientemente el USC Center on Public Democracy de la Universidad del Sur de California publicó su ranking 2017 sobre SoftPower, en el cual Francia quedó ubicada en primer lugar[2] por primera vez desde que existe este indicador y desplazó a Estados Unidos, país que lideró la tabla en el 2016 con Barack Obama a la cabeza. El SoftPower es un término acuñado por el profesor Jospeh Nye en la Universidad de Harvard en los años 1980, que se refiere a la habilidad de incidir en las decisiones de otros a través de las ideas, la cultura y la diplomacia.

Sin duda podemos entonces afirmar que hoy Francia, personificada en su joven presidente EM, ha recuperado un prestigio que históricamente no le ha sido ajeno –Luis XIV, Las Luces, Napoleón Bonaparte, Charles de Gaulle –. Es innegable que gran parte de esta recuperación es producto de la buena imagen internacional de su líder, EM. Pero sus responsabilidades a la cabeza de una potencia como Francia conllevan retos muy complejos que requieren ser analizados bajo distintos prismas como el de la globalización, la integración europea o incluso el aumento de los populismos en Occidente. Claramente hoy hay una retroalimentación de doble vía en la cual el impulso de una Unión Europea (UE) firme y vigorosa es necesaria para darle aliento al auge francés, pero también la UE espera un esfuerzo redoblado por parte de una Francia que ha venido demostrando en los últimos años rendimientos mediocres en manejo macroeconómico y una imposibilidad de reducir el desempleo estructural que ronda el 10%.[3] Por ello cabe preguntarse: ¿En qué medida el auge del actual prestigio francés es sostenible y suficiente para que Francia sola pueda cargar la enorme responsabilidad de reinventar una Unión Europea que está conociendo sus límites?

La oportunidad francesa de colocarse nuevamente en la cúspide de las relaciones internacionales

La consolidación de la hegemonía de Estados Unidos en las relaciones internacionales se da, qué duda cabe, con la caída del muro de Berlín y el fin de la Unión Soviética. La década de 1990 estuvo marcada por el rol de la superpotencia y su influencia económica, militar y cultural en el resto del mundo: afianzamiento del consenso de Washington, Guerra del Golfo, auge de las multinacionales estadounidenses.

A pesar de las claras muestras de supremacía estadounidense: primera economía mundial, primera potencia militar, mayor centro de investigación científica, principal sede de las mejores universidades en el planeta; la pérdida relativa de poder viene siendo evidente desde la década del 2000 con la aparición de los países emergentes, en particular los BRICS[4] y fundamentalmente China en materia económica y Rusia en el plano geopolítico. Sin embargo, el principal golpe certero a la supremacía estadounidense se da con los atentados de las torres gemelas en 2001, momento que marca un hito en nuestra historia contemporánea.

Si bien es cierto que Estados Unidos recuperó y mantuvo una posición de prestigio y de liderazgo internacional durante el mandato de Barack Obama, la llegada (in)esperada de Donald Trump al poder este año marcó clara y abruptamente el fin del dominio de ese país en términos de SoftPower. Sus primeras medidas internacionales fueron fomentar la construcción de un muro fronterizo con México, salirse del TLCAN[5] y matar prematuramente al TPP[6]. En unas cuantas horas al mando de la Casa Blanca, el líder más poderoso del planeta había logrado desafiar la confianza de varios de sus tradicionales aliados.

Los siguientes días tampoco fueron mejores: abominaciones protocolares en el trato con diversas personalidades y líderes, dimes y diretes con Corea del Norte flirteando con la posibilidad de una guerra nuclear y peor aún, todo esto sazonado con posiciones chauvinistas, xenófobas y nacionalistas propias de quien quiere desacreditar el importante legado internacional de Estados Unidos en la defensa de las libertades y los Derechos del Hombre.

Desde el Perú presenciábamos algo atónitos este espectáculo condimentado con los ecos lejanos de los vientos populistas que azotaban –y azotan– a una parte del viejo mundo y que nos anunciaban que los británicos habían votado por separarse de la Unión Europea (UE) y leíamos, aterrados, que los últimos faros liberales, Holanda y Francia, estaban por sucumbir ante los populismos de Gert Wilders y Marine Le Pen (MLP), respectivamente. Todo parecía digno de una gran pesadilla nacionalista, xenófoba, contada a través de la rabia y el odio hacia el otro.

 

"Después de mucho tiempo Francia se comportaba a la altura de la Gran Nación que tantas veces ha sido en la Historia".

Cuando de pronto las primeras noticias de los Países Bajos llegaron como un susurro ante los oídos de los pocos atentos: Wilders había obtenido solo 20 de los 150 escaños parlamentarios y Mark Rutte, al mando de una alianza liberal, repetía el plato como Primer Ministro. Pero ello no fue tomado muy en serio por muchos “analistas” que prefirieron seguir vendiendo diarios con la amenaza de MLP en vez de profundizar en el sistema electoral francés y el comportamiento histórico de su electorado. Finalmente, una MLP engrandecida y sobreestimada por la prensa internacional fue avasallada por un joven EM quien, con un discurso heredado del liberalismo clásico y una posición europeísta y proglobalización ganó la primera vuelta de la elección y arrasó en la segunda con un 66,10% de los votos. Las elecciones parlamentarias, llevadas a cabo poco tiempo después de las presidenciales, le dieron a la coalición oficialista 350 de los 577 escaños. El Front Nacional de MLP obtuvo escasamente 8, lo que no le permitió conformar una bancada, la cual requiere un grupo de mínimo 15 parlamentarios.

Quizás la inesperada -para muchos– victoria avasalladora de EM fue un elemento “sorpresa” que le permitió mayor visibilidad y reconocimiento internacional. Probablemente el panorama desolador del resto de Occidente también colaboró para enaltecer su figura, pero lo cierto es que el nuevo niño mimado de la prensa mundial emergía como un salvador del internacionalismo, de la UE y de la sensatez al mando de una potencia tradicional. Merkel podía respirar tranquila. El peso que cargaba Atlas se encontraba ahora compartido.

Esta juventud, jovialidad y fuerza política acompañaron a EM en sus primeros pasos acertados en la escena global: su primer viaje internacional como jefe de Estado francés fue a Alemania, para reafirmar el compromiso con la UE así como la importancia de un núcleo duro unido en su seno; la reunión con Vladimir Putin en Versailles también fue la ocasión para demostrar la pasta con la que está hecho EM: Derechos del Hombre, el dossier Ucraniano y el veto al uso de armas químicas en Siria demostraron que EM es un hábil jefe de Estado que puede conversar de tú a tú con uno de los estrategas más poderosos del mundo; pero también el reconocimiento de la carga colonial francesa y el mea culpa por la colaboración francesa en la Segunda Guerra Mundial fueron gestos bien recibidos por la comunidad internacional. Después de mucho tiempo Francia se comportaba a la altura de la Gran Nación que tantas veces ha sido en la Historia.

Francia a la sombra del riesgo latente de la fractura Europea y el descrédito de las democracias liberales

Sin embargo uno de los principales retos de EM está hacia adentro de sus fronteras: los ciudadanos franceses se enfrentan a un sistema laboral demasiado rígido que produce un desempleo estructural del 10%, el cual se acentúa en las periferias empobrecidas de las grandes ciudades y afecta principalmente a los jóvenes y a los inmigrantes. Esto, combinado con un alto costo de vida y con límites en las políticas sociales determinados por los altos déficits fiscales mantenidos a lo largo de varios años se traduce en una demanda constante de los franceses en resultados concretos.

Claramente esta situación no es exclusiva de Francia, hay países europeos que han sufrido aún más los embates de la crisis financiera de 2008: Portugal o Grecia, por ejemplo, pero también Estados grandes como España e Italia. Muchos intelectuales, como Pierre Rosanvallon, han reflexionado entorno a los límites de los Estados de Bienestar desde hace ya varios años y está claro hoy que no se puede refundar la integración europea en base a los preceptos sociales de la segunda mitad del siglo XX.

A esta primera fractura se le suman nuevas capas de complejidad: las crecientes demandas regionalistas que recobran fuerza en varios países europeos, como en Cataluña (España), en Flandes (Bélgica) o en Escocia (Reino Unido), por citar algunos ejemplos; la crisis migratoria acelerada por el desastre de la intervención internacional en Siria; o la nueva dimensión del terrorismo islamista que lleva a los ciudadanos a demandar mayores acciones por parte de los Estados en materia de seguridad.

Estos desafíos necesitan un liderazgo firme si se pretende que la UE sea percibida por los ciudadanos europeos como parte de la solución  y no parte del problema. Hoy, con un Reino Unido ausente de la ecuación, está muy claro que el tándem franco-alemán es el llamado a liderar esta refundación del sueño de Robert Schuman. Pero, ¿está EM a la altura de este desafío histórico?

 

"Es probable que, pasada la era Trump, los Estados hereditarios de las principales revoluciones liberales del siglo XVIII vuelvan a encontrarse bajo la luz de las premisas democráticas liberales".

Quizás algo fundamental a entender es que los liderazgos de hoy en las democracias occidentales se analizan e inspeccionan desde varios ángulos. La necesidad de transparencia y acceso a la información ha llevado a la exposición de situaciones que afectan medularmente el valor de las democracias, como por ejemplo el destape de escándalos de corrupción o de tráfico de influencias.

Francia no es ajena a estas situaciones. Varios escándalos afectaron seriamente al expresidente Nicolas Sarzkozy, quien no pudo ganar las primarias de su partido (LR) por los duros golpes que recibió al ser procesado por su supuesto involucramiento en varios escenarios comprometedores. François Fillon, quien venció en las primarias de LR, fue favorito en las encuestas para ganar la carrera presidencial, y finalmente fue descartado por el electorado por causas similares. El resultado es la pérdida permanente de confianza de la ciudadanía. El barómetro de confianza política del CEVIPOF de Sciences-Po señala que para 2016 el 31% de la ciudadanía francesa sentía “desconfianza” en las interacciones en general, versus un 16% que sentía “confianza”, es decir tan sólo la mitad.[7]

Frente a este escenario es crucial que EM garantice una relación estratégica y fina con los diversos actores si no quiere perder el momentum del que aún goza. Por ello es crucial que, en defensa de los ideales de la democracia liberal, trabaje fomentando una mayor transparencia y participación ciudadana en la elaboración de las políticas públicas, vinculando a los actores directamente con la gestión y la toma de decisiones. Los medios de comunicación también deben hacer una reflexión sobre el rol que juegan y su responsabilidad en el plano de las dinámicas sociales.

Por su parte, el sector privado, actor trascendental en la política internacional en la era de la globalización, debe integrar en su ADN la necesidad de un comportamiento ético y socialmente responsable si no quiere seguir contribuyendo con la erosión del sistema democrático liberal.

En suma, varios factores internos y externos deben ser tenidos en cuenta para sostener la reputación de EM a nivel global. El auge del prestigio francés podrá mantenerse en la escena internacional, siempre que esta potencia europea se mantenga fiel a los valores que una vez la erigieron al rango de luminaria para las nacientes democracias occidentales: “Libertad, Igualdad y Fraternidad”, principios que quedaron inscritos en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789 y que sirvieron como preámbulo para la Constitución de la Quinta República Francesa.

Pero este prestigio por sí mismo no podrá solucionar los problemas internos de los 28 Estados que conforman la UE y éstos, necesitados de resolverlos, deberán dar tratamiento a problemáticas tan complejas como la crisis migratoria y la reestructuración de los Estados del Bienestar. Se necesita una verdadera nueva revolución, una que profundice en las libertades esenciales de los seres humanos y garantice roles claros para todos los actores en el marco de la responsabilidad económica y la prosperidad social que le otorgue la legitimidad que requiere. Una revolución que necesariamente deberá contar con Francia y Alemania fortalecidas, con una reputación renovada, que lideren este cambio, ahora que los británicos, siempre ambiguos en las temáticas europeas, decidieron mirar hacia su antigua colonia transatlántica. Mal momento eligieron; por este lado del Atlánticolas ambigüedades se tiñen de un oscuro manto, inédito para el campeón de la Libertad, ahora que su presidente no puede ni acusar claramente a los grupos xenófobos y pro-nazis del Sur de fomentar la violencia racista en la sociedad.

Es probable que, pasada la era Trump, los Estados hereditarios de las principales revoluciones liberales del siglo XVIII vuelvan a encontrarse bajo la luz de las premisas democráticas liberales, pero mientras tanto EM tiene la oportunidad de convertirse en un nuevo Jean Monnet, defensor de la integración europea e impulsor del Plan Schuman que gestó el nacimiento de la UE. Aparte de su mutua pasión por el proyecto Europeo, valgan verdades, ambos tienen en común el hecho de haber sido banqueros.

 

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