La posverdad, el bullshit y el periodismo de opinión

César Escajadillo Saldías Coordinador de la Maestría en Filosofía de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya.
Ideele Revista Nº 274
Foto: ABC Color.

El 2016 será recordado, entre otras cosas, por la consagración del neologismo posverdad (en inglés, post-truth) como“palabra del año” según el diccionario Oxford de la lengua inglesa. De acuerdo con la definición que ofrece este diccionario, el término “se relaciona con o denota circunstancias en que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública que los llamamientos a la emoción y la creencia personal”.[1] En nuestro idioma, el uso del término está bien extendido al punto de que la RAE ya anunció su inclusión en el Diccionario de la lengua española para diciembre de este año.[2]

La entrada del diccionario Oxford señala que el término “posverdad” fue utilizado por primera vez por el dramaturgo serbo-estadounidense Steve Tesich en un ensayo publicado en la revista The Nation, de 1992. Tesich se refiere allí a las mentiras con las que el gobierno de George Bush justificó la guerra contra Irak de 1990, las que poco importaron a la opinión pública estadounidense luego de la aplastante victoria militar: “El mensaje del gobierno a nosotros fue este: les hemos dado una victoria gloriosa y ahora les devolvemos su autoestima. Ahora aquí está la verdad. ¿Cuál prefieren?” (1992, p. 13). En el “mundo de la posverdad”, como lo llama Tesich, los políticos son conscientes de que a la ciudadanía le importa más la autoestima colectiva que la honestidad, los resultados que la verdad; en suma, se trata de un mundo en el que la deshonestidad de los políticos se combina con la autocomplacencia de los ciudadanos.

En los últimos años, el término ha sido empleado en estrecha conexión con dos sucesos políticos recientes: el resultado del referéndum sobre la permanencia de Gran Bretaña en la Unión Europea y la victoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales de los Estados Unidos. En este último caso, la asociación entre el apellido “Trump” y la posverdad es prácticamente instantánea, ello debido a las mentiras de las que se valió el actual presidente Republicano para sellar su victoria: desde llamar a la candidata rival y a su esposo “criminales” hasta señalar que la partida de nacimiento de Barack Obama es fraudulenta y acusarlo de ser el fundador del Estado Islámico. Para la revista The Economist, Trump es el epítome de la política de la posverdad, alguien que habita en un reino fantástico en el que la emoción y lo que se “siente verdadero” importan más que los hechos.[3]

De lo dicho hasta aquí parece desprenderse que la posverdad no es sino otro nombre para la mentira o para el ejercicio de la política basado en la demagogia, el engaño y la manipulación. Sin embargo, en un ensayo publicado en 1986 y reeditado como libro en el 2005 -año en que permaneció varias semanas en la lista de libros más vendidos de The New York Times-, el filósofo estadounidense Harry Frankfurt propone algunas distinciones claves para tener una idea más precisa del significado de aquel término. La obra presenta un análisis del concepto de bullshit, término de uso peyorativo que deriva de la unión de las palabras “bull” (toro) y “shit” (excremento), y cuyo significado alude a una forma de discurso por el cual el emisor tergiversa o distorsiona los hechos.[4] En opinión de Frankfurt, se trata de una manera de representar las cosas según la cual la consideración por la verdad queda completamente de lado, lo que convierte al bullshit en una práctica distinta de la mentira y la manipulación.

En efecto, Frankfurt no ve al bullshitter como un mentiroso. El mentiroso es alguien que conoce la verdad o es consciente de ella, y que elige ocultarla deliberadamente. De hecho, el mentiroso es consciente no solo de la verdad, también es consciente de su intento por ocultarla; y, si la mentira tiene éxito, la persona habrá engañado a su interlocutor haciéndole creer algo que ella misma no cree. Ello pone de manifiesto la actitud que el mentiroso mantiene respecto de la verdad. El mentiroso quiere que la verdad no se sepa: su deseo de ocultarla revela cuán importante es para él. Si no lo fuera, no haría ningún esfuerzo por ocultarla. Precisamente, esta actitud respecto de lo verdadero permite diferenciar al mentiroso del bullshitter. El mentiroso tiene en cuenta la distinción entre una aseveración verdadera y una que no lo es. Su práctica consiste, en gran medida, en poner esta distinción al servicio del engaño. El bullshitter, en cambio, ignora esta distinción o elige pasarla por alto. Lo que caracteriza su actitud es la indiferencia ante la verdad.

Se puede ver ahora de qué manera el concepto de bullshit es relevante para caracterizar a la posverdad. La posverdad está más cerca del bullshit que de la mentira y la manipulación. Como el bullshit, implica una actitud de indiferencia respecto de la verdad, una forma de menosprecio en virtud de la cual los hechos dejan de importar. También está cerca de posiciones que niegan la realidad o la relativizan, que conciben lo verdadero como un asunto de mera opinión o consenso, y donde todo es “según el cristal con que se mire”, como se suele decir. Este menosprecio de la verdad, encarnado en el fenómeno de la posverdad, reemplaza lo verdadero por lo verosímil y la argumentación por la retórica: el discurso persuasivo basado en la emoción y demagogia.

"¿No se está confundiendo el discurso de opinión, el cual es por naturaleza subjetivo, con el discurso descriptivo, que es más bien objetivo? ¿Por qué hablar de los hechos si el columnista intenta interpretar la realidad a través de su opinión?" 

El riesgo de que la retórica reemplace a la argumentación nos remite a uno de los espacios en el que la posverdad se manifiesta de manera más recurrente: el discurso de opinión. En este ámbito periodístico, la posverdad opera por medio de una serie de estrategias retóricas -como la simplificación excesiva (ausencia de matices), la generalización desproporcionada, la afirmación gratuita (no fundamentada), el descrédito y la estigmatización del adversario- que el columnista pone al servicio de la persuasión sin preocuparse en el proceso ni por los hechos ni por el sustento de las afirmaciones que ofrece en respaldo de su posición. Este desinterés por los hechos y el sustento de las afirmaciones que figuran en su razonamiento no debe tomarse como un simple descuido: consiste en tomar las propias opiniones como afirmaciones “duras” que respaldan su posición. Así, lo que caracteriza a la posverdad en el ejercicio de la opinión es la incapacidad de diferenciar entre los hechos y las opiniones, en colocarlos a un mismo nivel con el fin de persuadir al lector.

Aquí podría surgir la siguiente objeción: ¿no se está confundiendo el discurso de opinión, el cual es por naturaleza subjetivo, con el discurso descriptivo, que es más bien objetivo? ¿Por qué hablar de los hechos si el columnista intenta interpretar la realidad a través de su opinión? Ciertamente, las opiniones pertenecen al terreno de lo debatible; pero que algo sea debatible no lo convierte en puro parecer, es decir, en una cuestión de gusto o preferencia personal. Por otro lado, la ausencia de un contenido fáctico en las afirmaciones que el columnista da como respaldo de su posición -lo que hemos interpretado, siguiendo a Frankfurt, como una forma de desinterés por la verdad- debe entenderse en un sentido preciso, el cual no consiste simplemente en ignorar los hechos sino en poner los hechos al mismo nivel que las opiniones, oscureciendo la diferencia entre unos y otros. Si hay tal cosa como un mecanismo de la posverdad, creemos que es este.

En síntesis, nos hemos referido a la posverdad como una modalidad de discurso que pretende ser enunciativo -que aspira a representar la realidad- sin tomar en cuenta los hechos (ya sea porque los ignora, niega o relativiza). Como el bullshit, fenómeno con el que se encuentra estrechamente relacionado, la posverdad acarrea el menosprecio de la verdad. En el ámbito del discurso periodístico de opinión, la posverdad se puede entender como una forma de discurso que aspira a persuadir basándose en una serie estrategias retóricas como la simplificación excesiva, la generalización precipitada, la afirmación gratuita y el descrédito del adversario; una forma de discurso enunciativo que no muestra interés alguno por la verdad. Hemos interpretado este desinterés no como descuido o desconocimiento, sino como la incapacidad de diferenciar entre los hechos y las opiniones en la argumentación persuasiva.

Una breve reflexión para finalizar. Vivimos en una época que rinde culto a la opinión. ¿Cómo entender esto? Para Frankfurt, esto quiere decir que el ideal de corrección ha perdido terreno frente al ideal de sinceridad (2005, p. 65), en otras palabras, que lo importante hoy en día no es representar las cosas correctamente sino ser sinceros (en especial con uno mismo). Así, las personas asumen que si no se puede conocer ni representar el mundo exterior, entonces mejor representar aquello que sí se puede conocer: la propia individualidad. Sin embargo, ser fiel con uno mismo, dada la complejidad del objeto a caracterizar, no es más sencillo que conocer y representar el mundo que nos rodea. En esa medida, concluye Frankfurt, la sinceridad también es bullshit.

Referencias:

Frankfurt, H. G. (2005). On Bullshit. New Jersey: Princeton University Press.

Tesich, S. (6 de enero de 1992). A Government of Lies. The Nation, pp. 12-14.



[4]Por su origen y naturaleza, no es posible ofrecer una traducción exacta de los términos“bullshit” y “bullshitter”. Se podríatomar la primera expresión como equivalente a “tontería” o “cojudez”, lo que convertiría albullshitter en aquel que acostumbra a hablar tonterías o cojudeces, algo así como un charlatán. Por razones de conveniencia he optado por utilizar ambos términos preservando su lengua de origen.

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