Las lógicas detrás del "clamor" recurrente sobre la pena de muerte

Miguel Flores Galindo Rivera Director de la Escuela de Psicología de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya.
Ideele Revista Nº 276
Foto: El Comercio.

La discusión sobre la pena de muerte es un tema cíclico en nuestro país. Cada cierto tiempo reaparece en medios de comunicación y se vierten sobre ella las más diversas opiniones. En las redes la pena de muerte se propone como una solución a la delincuencia, como una forma de reducir el impacto económico del crimen o, al menos, como una forma de responder a las necesidades de las víctimas. Detengámonos a pensar sobre seis de los más frecuentes argumentos que se vierten a la ligera sobre este tema, sobre la vida y la muerte.

1. “Penas más severas para disuadir”: (Argumento inválido)

Muchos creen que la pena de muerte puede reducir la delincuencia bajo la lógica de que a más severa una pena, más disuasiva será. Pero la relación entre la severidad y la disuasión no es tan lineal. Cuando a una conducta no penada o sancionada solo con multa se le impone una pena privativa de libertar (cárcel) hay un efecto disuasivo. Pero cuando a una conducta que ya tiene una pena privativa de libertad severa se le impone pena de muerte no hay un efecto de disuasión. ¿Por qué? Pregúntense: ¿Acaso el violador se detiene a hacer un balance y pensar “Por seis años en la cárcel sí la violo, pero por pena de muerte no lo vale”? Puede ser que no haga el balance pues si comete un delito es porque cree que no va a ser atrapado. Y puede que sí lo haga, y, en ese caso, si la posibilidad 6 años encarcelado no son suficientes para frenar su conducta, la pena de muerte tampoco lo será. Como señala Horacio Verbitsky en una entrevista con Oswaldo Hernández para Plaza Pública “si se calienta un artefacto como forma de impedir que la gente lo toque, basta con una temperatura media para que nadie se acerque”. Calentar más y más el artefacto no lo va a hacer más disuasivo. Llegará el punto en el que ya esté suficientemente caliente y más calor no tenga ningún efecto. Eso es exactamente lo que sucede con la pena de muerte, es más calor del necesario.

2. “Muerto el perro muerta la rabia”: (Argumento inválido)

Existe la creencia de que si muere el trasgresor se prevendrán los actos delictivos. Parece claro que si el delincuente nunca regresa a la sociedad entonces no podrá volver a delinquir. Sin embargo, en las estadísticas de países donde se ha instaurado esta pena no hay evidencias de que los crímenes se reduzcan a causa de ella.

Por ejemplo, de acuerdo a la deathpenaltyinfo.org en Estados Unidos, de 1990 al 2016, el porcentaje de asesinatos ha disminuido tanto en los estados que tiene pena de muerte para este crimen como en los que no la tienen. Sin embargo, en los estados que no sancionan con pena de muerte la disminución del porcentaje de asesinatos ha sido mayor que en los sí. Es decir que, aunque no es clara la relación entre la pena de muerte y la prevención del crimen si podemos asegurar que esta no es necesaria para la reducción de la delincuencia. Por tanto, o bien la pena de muerte no causa reducción alguna en la delincuencia o bien otros pueblos están encontrando medidas más eficientes.

3. “No es justo que gastemos nuestros impuestos manteniéndolos en la cárcel”: (Argumento inválido)

Aquí la pena de muerte aparece como una forma de ahorrarnos gastos. Nuevamente, aunque suene contra intuitivo, la verdad es que en Estados Unidos la pena de muerte resulta más costosa que mantener a las personas encarceladas. Nada nos dice que en Perú el precio sea significativamente distinto.

4. “Un violador no se puede resocializar ¿Para qué dejarlo vivir?”: (Falso)

Lievore (2003) hace una revisión de las diferentes investigaciones sobre la reincidencia en violadores y encuentra estudios donde se señalan índices de reincidencia de 2% hasta del 35%. Aunque estas cifras no son de estudios en nuestra región muestran claramente que la resocialización si es posible. Estas cifras no distan mucho de las de otros crímenes por lo cual no solo es posible resocializar a alguien que ha cometido violación, sino que esto no es más difícil que en el caso de otros crímenes.

5. “Hay que pensar en las víctimas y todo lo que sufren”. ¿Qué es realmente pensar en las víctimas?

Cuando los “argumentos” en favor de la pena de muerte como una medida de control del crimen pierden solidez brota esta otra idea.

Esta posición reclama un acto de justicia en favor de las víctimas. Pero al mismo tiempo asume que quien está en contra de la pena de muerte no está pensando en las victimas. Propongo todo lo contrario. Quienes proponen la pena de muerte son quienes, a su pesar y sin darse cuenta, no están pudiendo pensar en las víctimas. Pensar en las victimas significa pensar en su dolor y en los medios para repararlos. Ningún daño causado sobre el victimario sanará a la víctima.

"Por tanto, observamos que, 'esa gente', aunque diferentes por su conducta están mucho más cerca de nosotros mismos de lo que normalmente se presupone".

Si realmente estamos pensando en las victimas, en lugar de matar al agresor, podríamos pensar en medidas que tengan un efecto beneficioso para la víctima. Por ejemplo: exigir tratamiento psicológico gratuito y reparación para las víctimas; invertir en investigación y en estrategias de prevención para que el número de víctimas comience a decrecer y evitar los mecanismos placebo, como la pena de muerte, de los cuales no existen evidencias de que traigan resultados favorables e invertir en su lugar en fortalecer las estrategias que tenemos que, aunque no sean perfectas, son lo mejor que tenemos. Me refiero a los programas de resocialización.

6. “Pero esa gente no merece nada”. ¿Esa gente?

Aunque el ideal de la prisión como un espacio de resocialización ha caído severamente en los últimos años, aun hay quienes siguen creyendo que apostar por ese modelo, después de todo, sigue siendo lo mejor que tenemos. A pesar de que la investigación muestra que la resocialización es posible (aunque no se logre siempre) hay quienes viven como una injusticia que quien ha cometido un delito reciba nuevas oportunidades.

Esta idea contiene dos supuestos:

Primero, supone que al invertir en los establecimientos penitenciarios se les da algo a los presos. Acá la mirada se pierde sin entender la lógica a largo plazo y los beneficiarios finales de dicha inversión. Donde unos ven inversión en las condiciones necesarias para un tratamiento eficaz otros ven comodidades inmerecidas y superiores a las que reciben quienes están en libertad. Lo paradójico es observar las consecuencias de este pensamiento. Si dijéramos “esa gente no merece nada” y estamos en contra de mejorar sus condiciones de vida estamos poniendo en riesgo el tratamiento y, por tanto, contribuyendo a la reincidencia. Es así que al desvalorizar a “esa gente” terminamos disparándonos al pie contribuyendo al círculo de una prisión ineficiente y de altos índices de reincidencia. Lo que se debe entender es que invertir en el órgano de tratamiento no es solo beneficiar a las personas encarceladas, sino que tiene el fin último de prevenir futuros delitos. Invertir en los presos y valorarlos como sujetos de derecho es invertir en la seguridad de todas las personas no encarceladas.

El segundo supuesto es un poco más complejo. Se presupone que “esa gente” (los delincuentes) está claramente diferenciada de la “otra gente” (no delincuentes) que sí merecerían recibir esa inversión. Acá un nuevo mito. Esa diferenciación tajante podría deberse a diferencias en términos de salud mental o a diferencias profundas en términos morales. Sin embargo, aunque hay casos emblemáticos que parecen evidenciar esas diferencias la investigación nos dice lo contrario.

Sobre la salud mental en las personas encarceladas Jordan (2011) señala que la salud mental de las personas encarceladas es más pobre que la de las personas en libertad, pero propone que esta diferencia se debe principalmente a las condiciones propias de los establecimientos penitenciarios (condiciones muchas veces infrahumanas) y al impacto mismo de la perdida de la libertad. Otros investigadores encuentran índices variables de salud mental que muestra que no toda persona encarcelada tiene un problema de salud mental, y que los problemas de salud mental no siempre guardan relación directa con el crimen cometido. Esto se aplica no solo para los presos en general, sino también para los encarcelados por violación (Porter, Fairweather y Drugge, 2000) mostrando que, aunque haya casos emblemáticos donde el crimen se explica por un trastorno mental, estas son excepciones y no la regla general.

Sobre la moral Bandura (1999) muestra que no es necesario tener una moral inadecuada para cometer un delito. Los mecanismos de desconexión moral son mecanismos que todos poseemos y nos permiten justificar nuestras acciones para evitar la sanción de nuestro propio juicio moral. De este modo, explica Bandura, hasta las personas que resaltan por su moral pueden llegar a cometer delitos dependiendo de las circunstancias.

Por tanto, observamos que, “esa gente”, aunque diferentes por su conducta están mucho más cerca de nosotros mismos de lo que normalmente se presupone.

La investigación nos muestra que la propuesta de la pena de muerte es sumamente endeble. Sin embargo, el tema es recurrente porque la fantasía de que “esa gente” sería radicalmente distinta a nosotros permite volcar la agresividad hacia ellos sin sentir culpa. La pena de muerte es una medida que seda y tranquiliza a algunos pero en el fondo no es más que un placebo.

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