Logros y desafíos de una república adolescente

Daniel Parodi Historiador
Ideele Revista Nº 252

(Foto: La República)

Son diversos los enfoques acerca de los principales logros y desafíos del país, ad portas del Bicentenario de nuestra fundación republicana. Esta vez, quiero enfocar el tema desde una mirada política pues estamos ingresando a una coyuntura larga en la que el país se preguntará quién es y quién desea ser en el futuro. También se preguntará sobre cómo reformar su modelo político y su democracia.

La democracia, una vieja discusión
¿Estamos aprendiendo a vivir en democracia?, ¿estamos construyendo la República, entendida como sistema de gobierno liberal, que nos legaron los padres fundadores? Creo, al mismo tiempo, que sí y que no.

Creo que sí
Creo que sí porque nos acercamos a la cuarta elección democrática consecutiva, sin ningún tipo de indeseable irrupción militar o autoritaria; y vaya que no es poca cosa en un país que sólo superó este record en tiempos de la República Aristocrática (Desde Piérola en 1895, hasta el golpe de Benavides en 1914). El mérito es aún mayor si observamos que los últimos tres presidentes han gobernado sin mayoría parlamentaria y la gobernabilidad se ha mantenido en función a las alianzas y consensos establecidos entre las diferentes fuerzas políticas.

Al respecto, es destacable que el actual gobierno de Ollanta Humala haya perdido el control del Parlamento Nacional, lo cual parece sintomático de una crisis de institucionalidad, aunque, en realidad, refleja su fortaleza. Me explico, un mal gobierno es castigado por el poder legislativo quien le traspasa su dirección a la oposición política. Desde la práctica democrática, este cambio de timón es saludable: el poder ejecutivo no satisface las expectativas, entonces el legislativo recupera atribuciones y soberanía para ejercer una mayor fiscalización. Conclusión: el equilibrio de los poderes está funcionando.

Creo que no
Pero creo que no porque es evidente que nuestra institucionalidad es débil y que el Parlamento Nacional cuenta con una muy baja aceptación ciudadana; esto es, carece de legitimidad ante la población. Además, no olvidemos que somos el fruto de la antipolítica fujimorista. Por eso nuestra democracia es básicamente sufragista y casi se reduce a la periódica elección de autoridades.

Lo que nuestra democracia no es, es un sistema cimentado en partidos políticos de dimensión nacional que le ofrecen a los peruanos programas de gobierno para alcanzar su bienestar y los cuadros políticos para ejecutar dichos programas. Si bien las redes sociales se han convertido en un espacio de articulación política a través del cual incluso muchos partidos canalizan sus actividades, estas no llegan a reemplazan al partido, en tanto que institución, organizada y descentralizada, que persigue el poder y se prepara para ejercerlo.

Al contrario, nuestra democracia es caudillista, lo que conceptualmente es contradictorio pero al mismo tiempo muy real. Veamos a Ollanta Humala, atrapado en un esquema democrático en el que nunca se sintió a gusto, aprisionado por un protocolo que le es ajeno y que solo luce entusiasmado cada vez que preside una parada militar.

Remontémonos a sus orígenes, la carrera política del actual presidente comienza como la del típico caudillo alzado en armas del siglo XIX que le dirige una proclama refundacional al país. Es verdad que es positivo que las formas de la democracia hayan doblegado al militar golpista y que no haya sucedido lo contrario, pero el hecho de que un proyecto de clara raigambre caudillista haya alcanzado el poder en 2011 ejemplifica con claridad las insipiencias de nuestro republicanismo.

A manera de conclusión
Mirando hacia el Bicentenario, se nos queda en el tintero el proyecto de una democracia erigida sobre partidos políticos orgánicos, funcionales y financiados desde el Estado. Desde nuestra mirada puede parecer atroz, pero así funcionan las democracias maduras: el Estado financia a los partidos que cumplen con requisitos mínimos para ser considerados tales porque, finalmente, ellos sostiene el sistema.

La meta es complicada porque nuestra sociabilidad política se ha construido de otra forma: al tradicional caudillismo hoy se le suma un centrifuguismo que se ha enraizado durante la última década debido a la dación de una pésima ley de regionalización. Por eso contamos hasta 24 pequeños centros de poder diseminados por todo el país que, ante la ausencia de partidos y cuadros políticos, han sido copados por nuevas capas dirigenciales reclutadas de las burguesías emergentes y la economía informal.

En 6 años habremos cumplido 200 años de vida republicana. Cuando decimos “republicana” nos referimos a una república liberal con presidente, división de poderes y partidos políticos. Pero la nuestra es una república sui generis, acaso un cascajo formal que contiene dentro una sociedad que eligió su propia manera de organizarse.

Decidir si queremos ser una república que funcione como tal y diseñar la estrategia para lograrlo debería ser un tema prioritario en el debate nacional de cara al Bicentenario. ¿Lo entenderán así nuestros políticos y líderes de opinión?

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