Más allá de la inercia económica

Germán Alarco Profesor investigador de Pacifico Business School de la Universidad del Pacífico
Ideele Revista Nº 229

Ollanta Humala (Foto: La República).

Algunos analistas políticos de los medios de comunicación tradicional están alertando de que el Gobierno estaría girando hacia la izquierda. Insisten en que se estaría retornando a los planteamientos de “La Gran Transformación”, a partir de la defensa de los pesqueros artesanales y los anuncios de una virtual adquisición (ahora minoritaria) de los activos de la Refinería La Pampilla, gasolineras y del mayor envasador de GLP en el país. No solo están equivocados: en realidad, se trataría de una maniobra con dos objetivos. El primero, político: presionar al Gobierno para que continúe como hasta ahora, respondiendo a los grandes intereses económicos. El segundo, ir sembrando el argumento de que la reducción de la inversión privada y del crecimiento económico en fase inicial serían consecuencia de los vaivenes de la política gubernamental, olvidándose de que en realidad corresponderían a un proceso que es el resultado del manejo, la estructura económica interna y de la nueva fase de crisis de la economía internacional en curso.

El argumento político de que el viraje del Gobierno se justificaría para abrirse un espacio propio dentro de la centro-izquierda para el 2016 parece demasiado adelantado y sofisticado. El Gobierno tiene una actitud complaciente con respecto a los resultados económicos, y es poco probable que desee realizar ajustes. Le gusta la inercia, que hasta el momento ha mostrado algunos de sus buenos frutos. El diseño e implantación de algunos ajustes al modelo requerirían de una perspectiva teórico-práctica que va más allá del paradigma económico neoliberal que caracteriza al Gobierno. Ahora no tiene las ideas ni los equipos técnicos, y es muy reducida la probabilidad de que las personas con ese perfil estén dispuestas a colaborar con él. Sin embargo, sobre la mesa confluyen tres elementos que deben llevarlo a reflexionar sobre la necesidad de realizar correctivos.

Primero, la inminencia de un shock externo; segundo, la presencia de fuerzas centrífugas que alejan naturalmente a la economía de la órbita de crecimiento; y, tercero, las presiones sociales asociadas a los dos fenómenos anteriores. El Gobierno puede seguir ‘surfeando’ solo hasta cuando continúen las buenas olas.

Atrás del espejismo
Es indiscutible que la economía está creciendo, pero es también evidente que este crecimiento es ahora menor que antes, y ésa parece ser la tendencia, independientemente de los anuncios gubernamentales. No es necesario discutir aquí si el modelo genera desarrollo sostenible cuando los temas ambientales están en un lugar secundario de la agenda o cuando nadie se preocupa de la reposición de reservas probadas de los minerales e hidrocarburos que se extraen. Tampoco es necesario comentar ahora las fuerzas centrífugas del crecimiento asociadas a la elevada heterogeneidad estructural, la reducida generación de empleos de calidad y la enfermedad holandesa que hemos comentado en esta revista en una oportunidad anterior. En 2012 el PBI creció, pero lo debió hacer a una mayor tasa, y en febrero del 2013 ya estábamos por debajo de la paradigmática tasa del 6% anual.

A mediados de marzo del 2013 el INEI anunció que la economía peruana creció 6,3% el año anterior. Sin embargo, este crecimiento debió ser de 8,4%, al mismo ritmo que la suma de las exportaciones, consumo público e inversión bruta interna reales que constituyen los componentes exógenos de la demanda. Se perdieron 2,1 puntos porcentuales de crecimiento del producto como resultado de la reducción del multiplicador del gasto por la caída de la propensión a consumir y del aumento de la propensión a importar que trasladó parte de nuestra demanda interna a la reactivación de la economía mundial.

Detrás de la caída del multiplicador del gasto hay dos hechos graves. Si se supone que los trabajadores consumen todo su ingreso, lo único que podría explicar la reducción de la propensión media a consumir de toda la sociedad es la elevación de la participación del excedente de explotación (utilidades e ingreso de independientes) en el producto, con la consiguiente reducción de la participación de las remuneraciones. Si la distribución funcional del ingreso se hubiera mantenido igual en 2011 y 2012, dejando inalterada la propensión a consumir, el PBI hubiera crecido 0,5 puntos porcentuales más.

El otro efecto negativo es la elevación de la propensión a importar de 0,22 del PBI en 2011 a 0,23 en 2012, que explicaría un menor crecimiento del producto en 1,6 puntos porcentuales (La Primera, 1/3/2013, p. 13). La mayor penetración de importaciones y la mayor desigualdad son las causas del menor crecimiento, y allí el BCRP, por su errática política cambiaria y el propio Gobierno son culpables.

¿Shock externo inminente?
No hay que descartar aún las diversas hipótesis para que se detone una crisis económica: implosión lenta como resultado de la agravación de la enfermedad holandesa, explosión de burbuja en el precio de ciertos activos como resultado de un cambio abrupto de las expectativas o el tradicional shock externo. Por el momento, la información parece avalar la tercera hipótesis. Entre enero y febrero del 2013, las exportaciones de bienes en dólares americanos han caído 18% respecto del mismo periodo del año anterior, por una contracción de las exportaciones tradicionales en 22%, 3,8% en las no tradicionales y 6,3% en los otros productos registrados por el BCRP.

Es interesante anotar que esta caída fue en volúmenes físicos. El INEI reporta una contracción total de 17,8%, mientras que las tradicionales disminuyeron en 25,9% y las no tradicionales en 6,5%. Asimismo, la semana pasada se informó que el crecimiento acumulado de la producción nacional a febrero del 2013 fue de 5,6% con respecto al mismo periodo del 2012, por los decrecimientos en minería e hidrocarburos, y los bajos crecimientos en pesca y manufactura, de solo 3,9 y 1,7% anual respectivamente.

La caída de las exportaciones de febrero es un tema grave, ya que se ha producido antes que se manifieste un hecho de significancia internacional. Lo anterior, a diferencia de lo ocurrido en octubre del 2008, luego de la quiebra de Lehman Brothers, cuando las exportaciones en dólares corrientes cayeron 14% respecto del mismo periodo del año anterior; para presentar una mayor contracción de 36% en enero del 2009, explicada principalmente por la caída de los precios internacionales del 25,7%. Al cierre del 2009, los volúmenes de exportación solo cayeron en 3,2%, mientras que los precios de las exportaciones se redujeron 10% en promedio entre 2008 y 2009. Ahora, a diferencia del periodo 2008-2009, la caída es de volúmenes físicos, por las menores demandas de los mercados chino, suizo y japonés. En el caso extremo, si la caída de las exportaciones reales en los dos primeros meses se mantuviera todo el año, suponiendo constantes todas las demás variables del 2012, el PBI real de 2013 caería en 5,5%. Si la contracción fuera de la mitad o la cuarta parte de este efecto, el PBI real caería en 2,8% y 1,4% respectivamente. Sin embargo, el problema no queda ahí, ya que, por ejemplo, la inversión privada, que venía creciendo 25,9% en 2008, se contrajo 15,1% en 2009, aunque también las importaciones se redujeron 18,6% (La Primera, 19/4/2013, p. 13).

El Gobierno tiene una actitud complaciente con respecto a los resultados económicos, y es poco probable que desee realizar ajustes. Le gusta la inercia, que hasta el momento ha mostrado algunos de sus buenos frutos.

Agenda ausente
Han pasado 21 meses desde el inicio del actual Gobierno y el balance en cuanto a reformas y ajustes va entre deficiente a malo, por la opción en la inercia. El crecimiento económico ha generado recursos fiscales abundantes, pero éstos se comenzaron a aprovechar solo a partir del segundo semestre del 2012. El presupuesto público del 2013 incrementa muchas de las partidas con algunos énfasis interesantes, pero la cuestión esencial es si estos aumentos corresponden a una visión estratégica de país con miras al mediano y largo plazo y en lo coyuntural hay que evaluar si tendremos la capacidad para ejecutarlo. Es evidente que hay un gran énfasis positivo hacia el sector administrativo de desarrollo e inclusión social, pero la mayor parte de los programas continúan siendo asistencialistas. Se cree, desde inicios del 2012, que la apuesta del Gobierno va por la continuidad del modelo económico, pero con un gran énfasis en lo social, replicando, al parecer, la estrategia brasileña. Sin embargo, esto no es cierto, porque si bien Brasil mantuvo su modelo en curso, éste era una variante diferente con mucho de capitalismo de Estado y el uso continuo de políticas intermedias, incluida la industrial, ausente en nuestra realidad.

El Perú no es Brasil no solo por la diferencia de tamaños, sino también por las políticas señaladas anteriormente. Asimismo, en esa economía las políticas sociales tienen un entramado ideológico-social basado en un modelo más desarrollista y menos neoliberal que el nuestro. El éxito del actual sistema de asistencia para contribuir a la estabilidad social no está garantizado y estaría bajo prueba en el futuro cercano, con otras condiciones económicas.

El crecimiento económico, evidentemente, se ha desaprovechado, aunque todavía puede ser prematuro comentar que ésta fue una nueva oportunidad perdida. Se acaban de dar cambios en la dirección del Centro Nacional de Planeamiento Estratégico, pero nada avizora que esto sea señal para se produzca un cambio cualitativo en la construcción de un sistema de planeamiento estratégico de todo el país. A estas alturas del Gobierno, eso ya parece difícil. Todos los sectores caminan de manera independiente y no parece haber voluntad alguna para que esto sea diferente.

La perspectiva del sector energético y la infraestructura de transporte en un horizonte de mediano y largo plazo requieren de una transformación profunda. No ha habido cambio alguno en la institucionalidad, que era esencial para hacer frente a la crisis, para reforzar el sistema en apoyo a la libre competencia y hacer frente a la concentración económica, la revisión de funciones y fortalecimiento de los reguladores sectoriales, y en introducir los ajustes al sistema de inversión pública.

No hay avance alguno en los programas para la diversificación productiva. La iniciativa de una agencia nacional para la competitividad o para el fortalecimiento de los conglomerados productivos (clusters) regionales quedaron en nada. Hay algunos buenos anuncios en ciencia y tecnología, pero sin cambios administrativos de fondo, y en el traslado del tema a la agenda principal del Gobierno no se auguran resultados significativos. La desigualdad funcional del ingreso en el Perú sigue a niveles récord. En 2011 las remuneraciones fueron equivalentes al 20,9% del producto, mientras que el excedente de explotación tuvo el 63,8% del PBI. En el primer año de la serie del INEI que corresponde a 1991, las remuneraciones tuvieron el 30,1% del producto, y el excedente de explotación, 52,7% del PBI. Mientras la economía creció aceleradamente en estas dos últimas décadas, los asalariados transfirieron 10 puntos porcentuales del producto a los propietarios de los medios de producción e independientes.

Con la información del BCRP la situación es más dura, ya que en la década de 1950 y 1960 la participación de las remuneraciones fue de 39,7% y 40,2% del PBI respectivamente. En toda América Latina las remuneraciones han perdido participación en el producto. Sin embargo, la situación peruana es la peor de la región. El dato más reciente de Brasil es 43,6%; Bolivia, 26,1%; Chile, 35,8%; Colombia, 32,8%, y México, 27,6% del PBI (La Primera, 15/3/2013, p. 13). El Gobierno, como diría Carlos Matus, sigue fallando por la cabeza y los pies.

Interrogantes sobre la mesa
Desafortunadamente, la crisis económica parece más cercana que antes. Ya no es tiempo para la inercia económica. La virtual participación estatal en una refinería de petróleo que antes era del Estado, gasolineras o en el negocio del GLP no parecen ser parte de viraje estratégico alguno. Con información pública, parecería una iniciativa que se asemeja más al rescate al sector privado de un negocio poco rentable, con pasivos significativos y una distracción evidente de la necesidad de participar en la explotación de hidrocarburos, y modernizar integral y de una sola vez la Refinería de Talara. Con independencia de este hecho particular, se requiere definir e implantar los ajustes necesarios en la conducción económica, ya que la economía del país pareciera desacelerarse. Las grandes preguntas son: ¿Cuáles serían esos ajustes necesarios? ¿Quiénes los harían? ¿Se podrían llevar a cabo? ¿Serán suficientes para enmendar el rumbo?

Es posible que el supuesto viraje termine con la renuncia del titular del Ministerio de Economía y Finanzas y de algunos de sus equipos. La mayoría de los medios de comunicación dirán que la desaceleración económica, y esperemos no la recesión, se producirían como resultado de estos cambios. En realidad, para estos funcionarios —como señalan quienes operan en las bolsas de valores— es hora de realizar ganancias y abandonar el barco, antes que sus acciones e inacciones los delaten. El Gobierno, con la inercia y el abandono de sus compromisos, está enredado en su propia telaraña y podría sufrir las consecuencias. Espero estar equivocado, por el bien de todos.

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