Mi verdad frente a la de Ugaz en "Caiga quien caiga"

Ernesto de la Jara Abogado. Fundador y exdirector del Instituto de Defensa Legal
Ideele Revista Nº 240

(Foto: Diario16)

José Ugaz en su libro, “Caiga quien Caiga”, me maletea por no haber seguido su ejemplo de aceptar el encargo de Fujimori para ayudar a perseguir a Montesinos, luego de la aparición del vídeo Kuori, a fines del 2000, después de la re-reelección con fraude incluido.

Quién iba a decir que en un libro así aparecería mi nombre en la página 13 de 281, casi al mismo tiempo que el de los principales protagonistas de la historia como Montesinos, Fujimori, Alberto Bustamante y José Ugaz. Hasta lo podría poner en mi CV si no fuera porque, luego de que se me dedica varios elogios (que agradezco), se me deja pésimo sobre un punto clave para el tipo de trabajo que hago: la disposición de asumir riesgos y desafíos para defender convicciones.

Comienzo por lo que debería ser la conclusión: me reafirmo en que yo no debía aceptar un nombramiento proveniente de Fujimori para, supuestamente, atrapar a Montesinos. Lo que me correspondía era unirme a las acciones que gran parte del país venía llevando para que caigan los dos. Mi opinión era que la lucha contra la corrupción promovida por Fujimori era una farsa de la que buscaba aprovecharse. El verdadero inicio e impulso de esa lucha se dieron cuando asumió la Presidencia Valentín Paniagua, después de que Fujimori también logró huir.

Quiero decir desde el principio que no cuestiono para nada que José Ugaz jugó un papel importantísimo en la lucha contra la mafia de los 90. Junto con juezas como Inés Villa o Inés Tello, determinados periodistas y medios de comunicación, defensores de derechos humanos, líderes políticos, representantes de otros países y de la comunidad internacional se constituyó un movimiento anticorrupción que permitió por primera vez en la historia del país que no hubiera borrón y cuenta nueva.

Por acá no va la discusión. Es sobre una parte del libro que en realidad es marginal, pero frente a la que tengo –como se dice ahora graciosamente– el derecho a decir “mi verdad”, porque se me deja muy mal parado en base a hechos que considero que no son ciertos y a apreciaciones muy discutibles.

Soy consciente de que se trata de un libro de recuerdos, lo que explica que no haya ninguna nota a pie de página que remita a documentos, recortes periodísticos, entrevistas y otras declaraciones. De recuerdos que, en su mayoría, son escenas realizadas entre cuatro paredes donde muchas veces solo está el autor y otra persona, o están los que salen bien librados (pese a que varios arrastran un activo pasado fujimorista), o se dan conversaciones con quienes no pueden o no quieran hablar, sea porque han muerto, están presos, siguen prófugos o no les conviene. Pero aun así se trata de un género válido y extendido.

Sin embargo, al mismo tiempo hay que reconocer que se puede incurrir en subjetividades e inexactitudes, sobre todo cuando el personaje central es uno mismo.

Ugaz parte diciendo que no se sorprendió de verme intrigado cuando fue a mi casa la noche del 1 de noviembre del 2000, después de que habláramos por teléfono sin que me adelantara la razón de su inesperada visita. Pero lo cierto es que yo sabía perfectamente a qué iba. Al igual que él, yo también había recibido por la mañana la llamada de una persona del entorno íntimo de Alberto Bustamante, en ese entonces ministro de justicia de Fujimori. Me explicó que Fujimori quería constituir un grupo de profesionales para que “armara un expediente sobre Montesinos”, lo que en lenguaje jurídico quiere decir: recopilar hechos y documentos contra Montesinos.

La simple ley de gravedad me llevó a preguntar: ¿Fujimori necesitaba ayuda para empapelar a Montesinos? Pero si él podía ganar el concurso del millón de dólares con el tema de las fechorías de Montesinos, ya que durante más de 10 años habían matado y robado juntos, al punto que los llamaban los siameses.

Para mí era obvio que se trataba de una medida para tratar de engañar nuevamente a la población, haciéndole creer que el malo de la película era Montesinos y que el pobre Chinito no sabía nada por confiado y trabajador. Estrategia a la que jugó desde que salió el primer vladivideo.

Mi respuesta fue un “no” definitivo. Para tratar de persuadirme, la voz del teléfono dijo que Ugaz ya había aceptado ir a la reunión y que no me preocupara porque el ingreso a la casa de Bustamante no sería por la puerta de su casa, sino por otra que se comunicaba con ella por la parte de atrás. Es decir, encima que debía ir a reunirme con una persona en la que ya no confiaba –pese que antes habíamos sido amigos– para recibir instrucciones de un dictador caído en desgracia, tenía que entrar a escondidas. Con mayor razón contesté que no.

Mi esposa Nelly escuchó todo y no dudó en que había hecho lo correcto. Luego llamé a un amigo, reconocido analista político, con quien también coincidimos, riéndonos de lo vivazo que era el chino hasta su último momento.

¿A Ugaz no le dijeron en la reunión que yo también había sido convocado para lo mismo? Puede ser. Pero qué coincidencia, en todo caso, que a él se le ocurriera ir a mi casa ese mismo día; más si, como precisa en su texto, no nos habíamos frecuentado mucho.

Es por eso que me llama la atención que se detenga en contar que me encontró sorprendido, intrigado y que, después de que él me revelara la propuesta, pasé a estar pensativo. Nada de eso. Desde el comienzo nos pusimos a conversar sobre algo que yo ya sabía y había decidido.

A diferencia de lo que dice José en su libro, no recuerdo para nada –a no ser que justo en ese momento se hayan manifestado los primeros síntomas de un alzheimer futuro– que haya tratado de disuadirlo diciéndole que la intención de Fujimori podría ser matar a Montesinos, o que estaba poniendo en riesgo su propia integridad.

Lo dudo también porque era fácil de suponer que tanto Montesinos como Fujimori debían estar dedicados a tiempo completo a tratar de ponerse a buen recaudo sin generar otros hechos que complicaran aun más su situación, como hubiera sido el asesinato de Montesinos o de alguien como Ugaz, figura respetada, y justo cuando el expresidente le había encargado seguirle los pasos a Montesinos.

El exprocurador explica en el libro que su decisión de aceptar estuvo motivado por una sola idea que desde que escuchó a Bustamante se le instaló en la cabeza: “era la oportunidad para acabar con la nefasta presencia de Montesinos en el poder”. Pero si Montesinos ya había caído, estaba derrotado, huyendo desesperado. ¿O había la más remota posibilidad de que Montesinos permaneciera en el poder?

Y una vez caído en desgracia era obvio que le lloverían las acusaciones penales por todo lo que ya se sabía que había hecho, las que prosperarían debido a que gran parte de sus cómplices en el poder también serían perseguidos por la justicia y los otros pasarían a tomar la máxima distancia de él y a hacer méritos con el nuevo régimen.

Más aún. No solo había caído Montesinos sino también Fujimori. Prueba de ello es que después de hacer un fraude para quedarse inconstitucionalmente en el poder, salió a decir que solo permanecería un año más hasta que hubieran nuevas elecciones. Un plazo además que el país no aceptaría por los riesgos que suponía. Es por eso que la vacancia se habría venido si no fuera porque Fujimori se fugó y renunció por fax. ¿Para qué entonces ayudarlo a proyectar una imagen distinta a la de Montesinos, a hacer control de daños y ganar tiempo para tramar sus estrategias de salvación?

Para mí era obvio que se trataba de una medida para tratar de engañar nuevamente a la población, haciéndole creer que el malo de la película era Montesinos y que el pobre Chinito no sabía nada por confiado y trabajador

Cuando al día siguiente o a los dos días vi a Fujimori, Bustamante y Ugaz sentados en la misma mesa en conferencia de prensa, debo confesar que sentí un alivio increíble. Y recibí varias llamadas en tono de “de lo que te salvaste”. Admito que mi situación era distinta. Yo pertenecía a una institución (IDL) que públicamente venía trabajando desde muchos años para que no se fortaleciera un régimen que considerábamos una dictadura bajo el cogobierno de Fujimori y Montesinos. Nos habíamos pronunciado públicamente y realizado acciones muy concretas contra las matanzas y desapariciones que se sucedían (Barrios Altos, Cantuta, entre muchas otras), el Grupo Colina, el golpe de Estado, la Ley de Amnistía, la farsante reforma judicial, el asalto de los medios de comunicación y de las instituciones, etc., etc., etc. Más aun, teníamos una línea de litigio especializada –a nivel nacional e internacional– de casos en los que responsabilizábamos directamente a Fujimori por la violación de derechos humanos. Al final, estuvimos entre los que más se opusieron a la segunda reelección inconstitucional y al fraude, y nunca aceptamos la continuidad del régimen como un hecho consumado.

Es por todo ello que siempre nos negamos a tener el menor contacto con Fujimori (podríamos haber participado, por ejemplo, en su reforma judicial) y con Montesinos (estuvimos en el grupo de instituciones que no aceptó su invitación a conversar, pese a que ofreció a cambio concesiones en derechos humanos).

¿Por qué, entonces, justo en el ocaso del régimen tendríamos que aceptar trabajar con Fujimori para algo que, según nuestro punto de vista, era innecesario para los objetivos que perseguíamos y que estaban a la vuelta de la esquina?

Estoy convencido de que por mi identidad personal y laboral (yo no era un reconocido penalista de un importante estudio de abogados, sino director de una representativa organización de derechos humanos) habría sido rarísimo que de pronto apareciera en todos los medios junto a Fujimori y a su ministro.

Tampoco podría haber salido a decir que haría una investigación absolutamente independiente (gracias a que Fujimori lo garantizaba) “caiga quien caiga”, porque ya desde el IDL había dicho –como muchos en el país– que Fujimori estaba metido hasta el cuello en todo tipo de delitos, por lo que ya era hora de dar los pasos necesarios para su enjuiciamiento penal, impidiendo que se fugara del país u obstaculizara las pruebas contra él tal como, finalmente, pudo hacer.

Es por eso que no llego a entender cómo Ugaz puede decir que él creyó que me iba a “encantar” la propuesta y que no se esperaba que me negara, que lo desconcerté, por lo que “haciendo un esfuerzo por ocultar su decepción y fastidio”, dejó mi casa. Lo lógico era esperar, más bien, que le ratificara que no estaba dispuesto a entrar en algo así.

Otro punto que quiero aclarar debido a que involucra a dos instituciones con mi decisión personal es que la propuesta que se me hizo siempre fue a título individual, y nunca –como dice Ugaz– como representante del IDL y menos de la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos. Acá también hay una pugna entre un posible alzheimer prematuro de mi parte o de él. Yo recuerdo que fue con nombre propio. Ahora, si lo que se estaba buscando eran instituciones, había muchas otras a las que se podría haber recurrido que también formaban parte de la Coordinadora. Y si había un interés especial por esta última, no entiendo por qué la consulta no se hizo a su Comité Directivo o Secretaría Ejecutiva.

Creo que Ugaz debió limitarse a explicar sus razones para aceptar el nombramiento de Fujimori con las que se podía estar de acuerdo o en desacuerdo, tal como se discutió en su momento. En todo caso, era un asunto de perspectivas diferentes que cada quien asumió según su perfil, convicciones y análisis de la situación. Nada tuvo que ver con audacia y desprendimiento versus falta de coraje y de coherencia.

Para mí, otro hubiera sido el desenlace si Paniagua hubiese preferido desarrollar una verdadera lucha contra la corrupción sin nadie que hubiera sido nombrado por quien pasaba a ser el principal acusado; por suerte tuvo el buen criterio de mantener en el puesto a Ugaz.

Qué fastidio tener que referirme a una parte tan marginal de un libro que es indispensable leer (aunque salteándose de la página 13 a la 16), pero creo que “es mi derecho”.

Agregar comentario

Esta vez se demuestra lo

Esta vez se demuestra lo importante que es escribir libros urgentes para la salud moral de pais y no dejar que solo los primeros que lo escriben sean los que creen la verdad a su modo y fama. Ahora queda la necesidad que De La Jara escriba este y más libros en plazos mas que perentorios para que no quede la "verdad" de Ugaz Sanchez Moreno.

De Ugaz, sin conocerlo

De Ugaz, sin conocerlo personalmente, no creo nada, más que su primer y último pensamiento son referidos a él mismo. ¿Él un tipo decente para el que sus metas son un país mejor no una posición personal mejor? No lo creo.

Es claro la posición de

Es claro la posición de Ernesto de la Jara, es dicificil para algunos "sincerarse" en verdad, no se penso mucho en el país, creo que fue primero los intereses personales y otros.El camino estaba señalado.

Entrevista

Colaboraciones