Respuesta a una crítica que nunca ocurrió

Juan Carlos Ubilluz Doctor en Literatura
Ideele Revista Nº 277

Cuando me enteré de que José Carlos Yrigoyen había escrito en El Comercio que mi novela No tengo nada que ver con eso era la peor del 2017, sentí una mezcla de alegría y orgullo. Hace un año este “crítico” había dictaminado que Coordenadas temporales, el libro de cuentos de Claudia Salazar, era el peor del 2016 y que aquello no hacía “más que ahondar” sus “serias dudas” sobre la novela La sangre de la aurora. Y la verdad es que me honra que se me haya colocado en el mismo lugar de quien escribiera la mejor novela sobre el conflicto armado en los últimos tiempos (esto lo demostraré en un próximo trabajo). Además tengo la impresión de que “lo peor del año” es el lugar destinado a las obras que perturban una idea vetusta de la literatura, cuando no los intereses de algunos. En realidad, habría sido triste que Yrigoyen aplaudiese mi novela. Solo lamento que no haya dicho que es la peor de la década.

Sin embargo, un pensamiento turbó mi felicidad: hoy, a mis cuarenta y nueve años, no tengo problemas en reírme de las maledicencias, pero si esto me hubiese ocurrido hace veinte años, no me habría reído tanto. Es en nombre de escritores más jóvenes que escribo las siguientes líneas, sobre todo de quienes temen alzar la voz contra un crítico que hace un uso abusivo de los medios a su disposición. Pero también escribo en nombre de la crítica literaria. Pues me molesta que la gente que no está muy enterada de literatura crea que lo que hace Yrigoyen tiene algo que ver con la crítica.

Según Gérard Wajcman, cada obra de arte tiene su propia teoría. Es decir, la singularidad de la obra exige una crítica que exponga sus parámetros estéticos. Esto implica que solo se hace crítica literaria “desde adentro”: desde un lector atento que se sumerge en un poemario o en una novela, descubre su lógica interna, y desde allí determina si su autor cumplió o no con los objetivos de esa lógica. La idea de Wajcman no es excéntrica, ni quisiera muy original. Después de todo, la crítica ha estado para los griegos, Kant, Marx, Derrida, etc., emparentada con el develamiento de un mecanismo oculto.

En este sentido, no puede considerarse crítica a declaraciones altisonantes que tan solo se sustentan en algún giro ocurrente de la frase. Así, por ejemplo, en su reseña de Todo esto te daré de Dolores Redondo, Yrigoyen afirma que es “una novela de seiscientas páginas que pudo desarrollarse en ciento cincuenta. O mejor, en ninguna”. El lector no encontrará en esta reseña una evidencia o un buen argumento que respalde tan tajante aseveración. Encontrará en cambio al “hombre de letras” que se preocupa más por el eco de sus palabras que por el análisis del texto, y que confía en su olfato, su tino, su buen gusto, gracias a los cuales puede discernir el recurso correcto, la proporción exacta, la palabra justa. En otras palabras, el lector encontrará una disposición narcisista y un saber autosuficiente que no cuentan con la apertura necesaria para develar los mecanismos del objeto literario: un comentario “desde afuera” que no está a la altura de lo que se denomina crítica.

Para quienes realizamos estudios serios de literatura, consideramos que la crítica basada en el buen gusto y en la frase oportuna está muerta desde hace mucho. La consideramos tan fiable como la alquimia. No asumimos que hay seres a quienes Dios ha bendecido con algún “don estético”. Sustentamos nuestros argumentos con claridad para que otros puedan rebatirlos o mejorarlos. Pero, por supuesto, a Yrigoyen la modernidad literaria le ha pasado por encima. Asume que pertenece por derecho natural o divino a una clase que no necesita justificar nada de lo que dice.

Esta actitud se hace más evidente que nunca en su raudo comentario sobre No tengo nada que ver con eso. Sin haber previamente realizado una reseña de mi novela, Yrigoyen declara que es un “débil e insustancial thriller que fracasa desde cualquier punto de vista”. Impresionante, “desde cualquier punto de vista”. ¿Qué pasó con la vieja máxima de Cervantes: “No hay libro tan malo que no tenga algo de bueno”?

Ahora bien, entender cómo se ha construido un texto literario, no significa aceptarlo. Pues si bien es cierto que hay que tener cierta capacidad camaleónica para sentir y pensar con el texto, también lo es que el crítico no tiene por qué ser una esponja. Uno puede asumir que El triunfo de la voluntad de Leni Riefenstahl es una película bien hecha, pero no por ello aceptar su poética fascista. Digo poética y no contenido, pues no es solo una cuestión de contenido objetar que el uso de la luz y del contrapicado realiza la operación teológica de elevar a un hombre (Hitler) al estatus de la divinidad. En este sentido, es importante saber en nombre de qué escribe el crítico. En otras palabras, ¿qué es —para él o ella— lo que es o debe ser la literatura? Si un crítico piensa que la literatura debe ayudar a cartografiar el mundo (Jameson), no juzgará una obra de la misma manera que otro que considera que aquella debe desestabilizar nuestro régimen sensible (Rancière), presentar lo indecible (Lyotard) o ser simplemente bella. Por eso es importante que el crítico exponga algo de su propia concepción de la literatura: si no se sabe en nombre de qué habla, deja al público la impresión de que habla en nombre de La Literatura.

Esta parece ser la pretensión de Yrigoyen. Pues si no habla en nombre de La Literatura, ¿cómo puede declarar que mi novela “fracasa desde cualquier punto de vista”? O quizás no: quizás haya que tomar la frase de manera literal: quizás mi novela es mala desde cualquier concepción estética que se pueda imaginar e Yrigoyen se adjudica el poder de manejarlas todas. En cualquier caso, volvemos a la idea premoderna del hombre de letras con dones que provienen del cielo.  Lamentablemente, no puedo defender mi libro contra una crítica que nunca ocurrió. Solo puedo decir (con toda modestia) que no es tan malo como para declarar caduca la máxima de Cervantes.

Termino haciendo hincapié en esas frases ponzoñosas que pululan en los textos de Yrigoyen. Sobre Esa muerte existe de Jennifer Thorndike, el “crítico” señala lo siguiente: “La nave [la novela] se hundió a mitad del océano y yo nadé hasta la orilla por mis propios medios, herido y agotado para escribir esta reseña”. Y en la misma nota donde declara que mi novela es la peor de la década, perdón, del año, declara que Prohibido besar a la chola de Luiz Carlos Reátegui es “Impublicable. Infumable. Indescriptible”.

De más está decir que lejos de ayudar a los nóveles escritores a advertir sus errores u omisiones para perfeccionar su labor, este tipo de frases se abocan a humillarlos para que no osen volver a escribir. Se trata del goce obsceno en destruir ilusiones. Del “placer” mediocre en la maldad sin riesgo. La clase a la que pertenece Yrigoyen es bastante conocida. Es la del “esteta” que proclama navegar el éter del ideal pero que no puede retener el impulso de defecar en público. Es la vieja clase de los letra-tenientes de la lumpen-aristocracia. Si quieren conocerla mejor, vuelvan a El círculo de los escritores asesinos de Diego Trelles y relean las descripciones del “crítico” García Ordoñez.

Recién ahora puedo apreciar esta novela, cuya importancia radica no tanto en precisar un tipo social conocido como en esbozar los contornos de un fantasma que aqueja a los jóvenes escritores. Me explico. Los García Ordoñeces del mundo en efecto existen. Pero el dolor y la ira que provocan en los jóvenes escritores depende de una creencia fantasmática en que el Otro (el crítico de los grandes medios, por ejemplo) sabe algo de mi verdadero valor. Mi intención en este escrito ha sido la de ayudar a atravesar ese fantasma, señalar que son solo tigres de papel. Como lo sabía Mao, los tigres de papel coletean y muerden: no es falso que su uso de los grandes medios tiene algún efecto en la opinión pública. Pero como realmente carecen de voluntad de saber, no son tan fieros como se piensa y se arrugan cuando uno vuelve a escribir.

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