Trump y el mundo: jugando con fuego

Michael Shifter Presidente, Diálogo Interamericano
Ideele Revista Nº 276
Foto: AFP.

¿Quién podrá frenarlo?

Un artículo reciente de la revista The New York Review of Books sobre la tensión con Corea del Norte se hacía esta pregunta sobre el presidente Donald Trump. La demagogia y falta de previsibilidad de Trump son más peligrosas que nunca ante la crisis con el régimen norcoreano, dada la posibilidad de una escalada que lleve a una guerra nuclear.

El pasado septiembre, en la reunión de la Asamblea General de la ONU, Trump amenazó al dictador Kim Jong-Un, al que llama “RocketMan”, con desatar “fuego y furia como el mundo nunca ha visto”. Lo más preocupante es que Trump tiene la autoridad legal para atacar Corea del Norte hasta destruirla. Hay, sin embargo, dos hechos esperanzadores: primero, miembros del Congreso se han movilizado para intentar restringir esa discrecionalidad y, segundo, altos mandos militares parecen dispuestos a desobedecer una orden ruinosa de su claramente irresponsable comandante en jefe.

A un año de la llegada del Republicano a la presidencia, la política doméstica y exterior del país han estado sumidas en la incertidumbre y el drama.  Sin dudas la posible confrontación con Corea del Norte genera mucha preocupación, pero otras iniciativas de política exterior de la administración Trump también han sido desconcertantes. La constante ha sido la falta de una estrategia coherente y las acciones diseñadas exclusivamente para desmontar el legado del ex presidente Obama. Estas decisiones, que incluyen la salida del Acuerdo de Paris sobre cambio climático y del Acuerdo Transpacífico, solo han aislado a Washington en temas clave de la agenda global, y aumentado la ventaja estratégica de China.

Hay que reconocer que Trump está cumpliendo con las promesas de su campaña electoral, que parece no terminar nunca: “poner a los Estados Unidos primero”, concentrarse en las prioridades domésticas y retirarse de los compromisos internacionales que, para el presidente, han traído demasiados costos y derrotas para el país. Puede que tomar estas medidas beneficie políticamente a Trump, pero van en contra de los intereses y valores de EEUU y tendrán efectos nocivos para el país. El orden internacional que Washington ha intentado preservar desde la segunda guerra mundial corre el riesgo de colapsar desde adentro.

Trump está obsesionado con contentar a su reducida base de seguidores, de alrededor del 35% de la población. Solo así se entiende la decisión del presidente de reconocer a Jerusalén como capital de Israel: su objetivo era consolidar y movilizar a sus apoyos en la comunidad evangélica (muy pro-Israel), satisfacer al gobierno del conservador Netanyahu en Israel y, por extensión, contentar a los ricos donantes del Partido Republicano. Fiel a su estilo, Trump ignoró las advertencias de sus asesores y países aliados, y las consecuencias que esta decisión podría tener sobre la relación entre israelíes y palestinos.

Muchos analistas están asombrados con que Trump tome decisiones cruciales de política exterior basado en la política doméstica. Esta ha sido, sin embargo, una constante en las relaciones entre Washington y América Latina. Por ejemplo, es imposible entender la política de aislamiento hacia Cuba –y su relajamiento hace tres años bajo Obama—sin reconocer el rol clave de la comunidad cubano americana. Formalmente las relaciones entre Washington y La Habana siguen intactas, pero Trump aprovechó los todavía no resueltos “ataques” que afectaron la salud de diplomáticos estadounidenses en Cuba para deshacer parte del legado de Obama y contentar a sus apoyos en la comunidad cubana de Florida, que lo ayudaron a ganar ese estado en 2016.

A pesar de las relaciones amistosas de Trump con líderes de tendencias autoritarias --como el filipino Duterte, el turco Erdogán y, por supuesto, Vladimir Putin—su gobierno ha intentado usar Cuba, y sobre todo Venezuela, como ejemplos de su voluntad de mantener una política exterior de defensa de la democracia y los derechos humanos. Hasta ahora, ha sido muy poco convincente.

Aunque Trump y su equipo han subido el tono contra Venezuela e intensificado las sanciones financieras y contra funcionarios chavistas más allá de lo hecho por Obama, la falta de estrategia coherente hacia el desastre del país sudamericano es obvia.  En agosto, el desafortunado comentario de Trump acerca de la posibilidad de una “intervención militar” en Venezuela alarmó a los gobiernos latinoamericanos y anuló cualquier chance de que EEUU sea parte de una solución multilateral a la crisis.

"Muchos funcionarios estadounidenses han intentado 'frenarlo', y suavizar las posturas más radicales de Trump en política doméstica y exterior. No han tenido mucho éxito".

Desde ya, México ha sido el foco de la retórica más agresiva de Trumpdesde el bizarro lanzamiento de su candidatura a la presidencia. Es que las relaciones con el vecino del sur combinan dos de los temas que llevaron a Trump a la Casa Blanca: la inmigración y el comercio. Por un lado, Trump tiene un discurso antiinmigración duro, que muchas veces incursiona en el racismo. Aún hoy, a pesar que el Congreso no aprobó el financiamiento necesario, su promesa de construir un muro en la frontera con México recibe el aplauso de sus seguidores. Por otra parte, su postura inflexible y extrema en la renegociación del NAFTA con México y Canadá está alejando a los EEUU de dos aliados y socios comerciales fundamentales. 

En política hacia América Latina, más allá de casos puntuales, la administración Trump ha demostrado total indiferencia. Un amigo latinoamericano comentó en broma que por lo menos los presidentes anteriores se tomaron la molestia de nombrar un equipo de gente más o menos informada sobre la región. La administración actual, en cambio, aún no ha llenado la mayoría de los cargos y embajadas que deben lidiar con América Latina. Curiosamente, son los generales que lideran el Consejo de Seguridad Nacional y el Departamento de Defensa los que defienden el rol de la diplomacia en lugar de la fuerza. Mientras tanto, el personal del Departamento de Estado está desmoralizado y bajo un secretario que, según la prensa, ha estado al borde de la destitución más veces de las que se puedan contar.

Muchos funcionarios estadounidenses han intentado “frenarlo”, y suavizar las posturas más radicales de Trump en política doméstica y exterior. No han tenido mucho éxito. El Congreso (controlado por los republicanos) ha desafiado a Trump en algunos temas, como la imposición de sanciones a Rusia. Pero la mayoría del partido ha avalado con su silencio los nefastos comentarios y acciones de Trump, incluyendo su creencia de que había “buena gente” en un desfile neonazi, o su decisión de echar al jefe del FBI mientras investigaba la posible intervención rusa en las elecciones que le dieron la presidencia. Más del 80% de los votantes republicanos siguen apoyando a Trump.

Muchos opositores a Trump esperan que lo que logre frenarlo sea la investigación del fiscal especial Robert Mueller sobre la posible conexión rusa en la elección de 2016. El trabajo de Mueller ha sido metódico y serio, y se ha asegurado la colaboración de Michael Flynn, ex consejero de seguridad nacional acusado de mentirle al FBI. Sin embargo, aún no está claro cuándo completará Mueller su investigación, y cuál será su resultado cuando lo haga. Para algunos expertos será difícil probar que Trump “conspiró” con Rusia. Su campaña, y su gobierno, han sido demasiado caóticos para organizar algo así.

Por supuesto, el destino de Trump dependerá de la política. Los demócratas tienen problemas de liderazgo y falta de dirección, pero ganaron impulso con una sorpresiva victoria en la elección al senado en Alabama, un bastión republicano. Ayudó que el candidato republicano esté acusado de abuso de menores. Con elecciones legislativas el próximo noviembre, los demócratas están entusiasmados, y tienen posibilidades de retomar la Cámara de Representantes y tal vez el Senado.

Si lo logran dependerá de la marcha de la economía, la calidad de sus candidatos y la investigación de Mueller. Una de las principales armas demócratas será la impopular reforma impositiva impulsada por Trump y los republicanos, que contrariamente a lo que prometió el presidente beneficiará sobre todo a los más ricos. Los legisladores republicanos y la Casa Blanca continúan apoyando la reforma porque, a más de un año de haber tomado el poder, es su único logro significativo.  

En algunos aspectos, los frenos y contrapesos institucionales de los EEUU están funcionando correctamente. Algunos líderes republicanos se han animado a actuar en base a su conciencia y no a su partido, y los ataques desmedidos de Trump contra la prensa han reforzado la defensa de la libertad de expresión. Pero no pueden ignorarse los efectos corrosivos que la presidencia de Trump está teniendo sobre la democracia estadounidense y sus normas de tolerancia y civilidad. La única pregunta es cuánto daño habrá hecho Trump antes de que alguien lo frene, y si será posible repararlo.

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