Un mundo sin Fidel

Wilfredo Ardito Vega Fundador de Ciudadanos Luchando Contra El Racismo
Ideele Revista Nº 266
Foto: Reuters

La vida y la muerte de Fidel Castro generan en el Perú, como en el resto de América Latina reacciones opuestas, desde el rechazo total por parte de quienes lo consideraban un tirano sanguinario, hasta la tristeza de quienes lo veneraban como un luchador por la justicia social. 

Para entender a Castro es fundamental tomar en cuenta los diferentes contextos por los que atravesó a lo largo de sus casi sesenta años en el poder.   

Cuando él ingresó a La Habana en enero de 1959, tras la fuga de Batista, causó sorpresa y admiración en muchos latinoamericanos. Apenas cinco años atrás, Estados Unidos había derrocado al gobierno democráticamente elegido de Guatemala por osar enfrentarse a una empresa bananera estadounidense. Durante la Guerra Fría, Estados Unidos no mostraba mayor respeto por la democracia: un año antes había derrocado al gobierno de Irán por la misma razón.

Castro tardó algunos meses en definirse por el comunismo. De hecho, hasta la Coca Cola publicó un aviso en la prensa cubana saludando la llegada del nuevo gobierno.    Luego, medidas como la reforma agraria, la represión a los opositores y la nacionalización de las empresas de Estados Unidos, precisaron el rumbo del nuevo gobierno, que no tardó en evidenciar estrechos vínculos con la Unión Soviética. Ante esta situación, en 1961 Kennedy ordenó la invasión de la Bahía de Cochinos, que al fracasar fortaleció más bien a Castro y lo volvió un referente para muchas personas en América Latina: la prueba de que una revolución socialista era posible en la misma región.

En tiempos de dictaduras militares, muchos quisieron ver en Cuba el símbolo de que la utopía era posible: una isla, como la Utopía de Tomás Moro, donde se había logrado controlar la ambición humana, donde la solidaridad era más importante que la competencia, donde la gente no vivía para acumular, sino para vivir. Además, Castro apoyaba causas nobles como la lucha contra el apartheid y los derechos de los palestinos y era un ejemplo de valentía por resistir el embargo y las múltiples formas en que Estados Unidos quería acabar con su régimen.

A partir de los años ochenta, sin embargo, mientras las dictaduras militares latinoamericanas iban cayendo y la vía democrática para alcanzar el poder se hacía realidad, muchos izquierdistas seguían apoyando a Fidel Castro. Los logros sociales eran evidentes: el analfabetismo había desaparecido, la mortalidad infantil era menor que en el resto de América Latina y hasta que en Estados Unidos, Cuba enviaba médicos para socorrer a las víctimas de terremotos y desastres por todo el mundo. Frente a todo ello, a los admiradores de Castro parecía importarles poco que en Cuba no hubiera libertad de expresión o que los opositores sufrieran incesante persecución.

El respaldo a Castro se hace más cuestionable en la década siguiente, cuando con la caída del muro de Berlín y el colapso de la Unión Soviética terminó la Guerra Fría.  Mientras polacos, checos o húngaros pasaron a tener elecciones democráticas, la resistencia de Castro frente a reconocer las libertades democráticas fue considerada por sus admiradores como una muestra de coherencia.  Años después, cuando en 1999, el apoyo de Hugo Chávez permitió al régimen cubano mantener su vigencia en América Latina y brindar apoyo en salud y otros temas, a diversos países, la situación de los derechos humanos tampoco parecía un tema incómodo para los gobiernos latinoamericanos que se vincularon a él.

En mi opinión, ninguno de los indudables logros sociales puede justificar la falta de libertades, que afectaron también a la gente que dentro del régimen tenía discrepancias con Castro. De hecho, en muchos países, se alcanzaron logros sociales muy importantes sin perseguir a nadie, como en Uruguay o Costa Rica. 

Por otro lado, es curioso que algunos que critican al gobierno de Castro en el Perú hayan recibido con tanto entusiasmo al Presidente chino la semana pasada, mostrando que la democracia, en realidad les importa muy poco. Deberían en todo caso reconocer que muy pocos gobiernos latinoamericanos han mostrado tanta preocupación por la salud y la educación de los ciudadanos. Y deberían admitir también que en los últimos años el régimen cubano hizo algo que hubiera parecido inimaginable: en lugar de respaldar movimientos guerrilleros, comprendió que la hora de éstos había pasado e intervino activamente para que cesara el único conflicto armado que se mantenía en América Latina, como es el de Colombia.

Las actitudes hacia Fidel Castro deben ser entendidas en cada contexto: comprendo la admiración que despertaba en la Guerra Fría, pero por ello mismo rechazo que no haya aceptado cambiar a un régimen democrático como otros países hicieron. Y, a nivel personal, ningún otro líder del siglo XX, incluyendo Mao o Stalin, gobernó por tanto tiempo a un país, lo cual me parece totalmente perjudicial para una sociedad.

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