Ya dejen de inventar, la subversión no existe más

Ideele Revista Nº 274
Foto: Crónica Viva.

¿Y si pensamos, por un momento, que en el Perú ya no existe más subversión ni riesgo de esta? De ser así, no tendría sentido todo el alboroto que hemos visto en los últimos días a raíz de la excarcelación de Maritza Garrido Lecca. Esa es la tesis que se plantea el autor de este artículo.

 

El tránsito de la guerra a la paz es siempre complicado. García Márquez lo relata bien en “Cien años de soledad” con las correrías del coronel Aureliano Buendía, aquel que promovió 32 guerras civiles y las perdió todas. Lo inédito, en el caso peruano, es que a diferencia de otros procesos de paz en América Latina, Sendero Luminoso decidió, de manera unilateral, dejar las armas. Aunque su aspiración a lograr un acuerdo de paz quedó trunca, esta organización ha seguido dando pasos en este tema. Pero la respuesta del Estado ha sido la más torpe posible: criminalizar estas tentativas en vez de capitalizarlas.

Como suele ocurrir, cada cierto tiempo, el tema de la subversión se ha ventilado estos días, hasta la saciedad, en los diversos medios de comunicación, a raíz de la excarcelación de Maritza Garrido Lecca. La exbailarina que ocultaba a Abimael Guzmán salió en libertad hace dos semanas, producto del cumplimiento de su pena.

El panorama que se exhibe a la ciudadanía es aterrador. Se ha comenzado a hablar del riesgo que corre el país con estas liberaciones, relacionándolo con un posible rebrote de la violencia. Incluso algunos líderes de opinión han lamentado que se produzca la salida de los presos -aunque con un extraño tono de tolerancia señalan que la superioridad moral obliga a respetar los fallos judiciales-, y otros, previendo futuras excarcelaciones, ensayan estrategias para impedirlas.

Cuando la sociedad está en riesgo, es lógico abrir un debate serio en torno a las medidas que se deben adoptar. También es lógico alertar a la población para que esté preparada. Como ocurre, por ejemplo, con la amenaza constante del terremoto. 

En el caso de la subversión esto no se justifica porque simplemente la sociedad no está en riesgo. No hay ningún indicio que justifique la sospecha, toda la información con la que se cuenta, más bien, apunta en sentido contrario. Están inventando un fantasma para justificar la acción de los cazafantasma, como en las peores épocas de los historia.

En el caso de la liberación de Garrido Lecca, como en su momento ocurrió con Lori Berenzon, y seguirá ocurriendo en el futuro, sin ningún miramiento, especialistas sin especialidad elucubran sobre una realidad que no existe. Nunca se ha querido conocer a fondo este proceso porque, justamente, la clase política y económica se beneficia con el oscurantismo.

La lógica informativa en estos días ha sido: los senderistas van a salir, se van a reagrupar, y la violencia de los años 80 se va a reavivar. Este razonamiento falla en  lo fundamental: en el país no existe más subversión, al menos no aquella a la que se alude. El ministro, sus asesores y los que pretenden ahora ser el relevo de los analistas del Sendero de los 80 argumentan que si en este momento no hay acciones armadas es porque Sendero no tiene los suficientes cuadros para reiniciarla, y que solo es cuestión de tiempo. Por lo tanto, hay que hacer todo lo posible porque esta imposibilidad sea perpetua, y ponerle todos los candados posibles.

Error. Hay una parte de la historia que no nos han contado. La derrota es un término que puede tener muchos significados. En las guerras, ninguna derrota es igual a la otra. En el caso de la guerra interna es indispensable conocer cómo termino para poder entender el presente escenario. Para comprender por qué los temores no tienen ninguna razón de ser.

Con Sendero no hubo un aplastamiento armado, ni una desarticulación  total, como en el caso del MRTA, cuando su última columna activa fue liquidada en la retoma de la embajada de Japón. No quedó ni uno.

En el caso de Sendero fue distinto. A pesar de algunas caídas importantes y del retroceso en algunas zonas del campo, cuando capturan a Abimael Guzmán, Sendero estaba en apogeo. El crecimiento en Lima en los primeros años de la década de los 90 era exponencial. Luego de su captura cayeron otros importantes dirigentes, pero la estructura se mantenía intacta.

En 1993, Guzmán solicita el inicio de las conversaciones con el propósito de lograr un acuerdo de paz, que como sabemos nunca se concretó. Una de las primeras medidas fue el repliegue militar. Sendero dejó las armas de manera unilateral. El objetivo era político: preservar el Partido,  y lo consiguió.

Para Guzmán el persistir con la guerra no tenían ningún sentido si es que ya no podían ganarla. En la llamada “Entrevista del Siglo”, en 1988, había advertido en contra de la “colombianización” de la guerra, es decir, eternizar el conflicto sin ninguna posibilidad de triunfo.

¿Hubiera podido Sendero continuar haciendo acciones armadas? Sin ninguna duda, prueba de ello es que a pesar que la mayor parte de sus militantes acataron el llamado al acuerdo de paz, quienes se rebelaron a este continuaron con la guerra.

Al no concretarse ningún tipo de acuerdo, la guerra contrasubversiva continuó y la policía siguió deteniendo tanto a los acuerdistas como a los que, en aquellos momentos, se definían como “Proseguir” (por su posición de proseguir con la lucha armada).

Los acuerdistas no volvieron a realizar acciones armadas. Los opositores al acuerdo fueron desarticulados en las ciudades por acción de la policía, o desmovilizados a raíz de la lucha ideológica que se dio al interior del PCP–SL.

El enfrentamiento entre las dos facciones de Sendero fue cruento. No fue una tarea fácil convencer a personas que se habían integrado a la lucha armada con la convicción que el triunfo estaba cerca. En las cárceles la pugna llegó a las manos. En un primer momento los acuerdistas intentaron convencerlos que al haber capturado al Comité Permanente Histórico (léase Abimael Guzmán, y Elena Iparraguirre) la guerra estaba en declive y se encaminaba, de manera inexorable, a la derrota,

Algunos se convencieron, pero otros se reafirmaron en continuar la guerra, aunque solo se tratara de definiciones personales. Nada podía hacerse desde las cárceles en favor de una guerra que ya había sido concluida por sus propios protagonistas.

“Mis hechos aquellos, ya no me pertenecen, los nuevos dependen de mis manos”, decía un poema de Elena Iparraguirre escrito por esos años.

Para mediados de los 90, lo que quedaba de la guerra iniciada en los 80 se concentró en dos puntos de la selva peruana: el alto Huallaga y el VRAEM. Las columnas del Huallaga las lideraba el camarada Artemio y las del VRAEM el camarada Feliciano, ambos integrantes del Comité Central del PCP-SL. Artemio tardó ocho años en asumir el llamado de Guzmán. Feliciano nunca lo hizo. En 1999 fue capturado por el Ejército y los hermanos Quispe Palomino asumieron el liderazgo de esas columnas.

En los primeros años, quienes se oponían al acuerdo de paz, en realidad no se oponían a Guzmán, sino que negaban la veracidad del “giro estratégico”. Pensaban que su líder estaba incomunicado y dirigentes de Sendero como Osman Morote o María Pantoja, en alianza con Montesinos, habían urdido un plan para salvarse de la cárcel y que lo del acuerdo era “armado”.

Luego de la caída de Feliciano, y que este públicamente se enfrentara a Guzmán para después pretender organizar su propio acuerdo de paz, la facción de los Quipe Palomino se pronunció en contra de Guzmán, y lo condenó a muerte.

De eso ya han pasado más de 12 años. El grupo de los Quispe Palomino no ha crecido y sus acciones militares son funcionales a los intereses de los narcotraficantes.

"Si es que en pleno apogeo optaron por dejar la lucha armada, ¿qué ha pasado en todo este tiempo que nos haga suponer que tienen intención de revocar esta decisión? Los indicios que tenemos van, más bien, en sentido contrario".

El caso del Huallaga y Artemio fue distinto. Ellos, aunque tarde, si se adhirieron al línea de Guzmán pero sin dejar  las armas. Desde entonces sus acciones solo fueron defensivas. Pensaban una especie de resistencia armada como forma de presión para realizar las negociaciones. Sin embargo, fracasó. En octubre del 2011 Artemio fue capturado.

Lo importante acá es entender que hubo una voluntad política de terminar con la lucha armada. Pensar en que los senderistas  está esperando “condiciones” para retomarla, como sostiene Marco Miyashiro, (uno de los que capturó a Guzmán), no tiene ningún asidero.

Si es que en pleno apogeo optaron por dejar la lucha armada, ¿qué ha pasado en todo este tiempo que nos haga suponer que tienen intención de revocar esta decisión? Los indicios que tenemos van, más bien, en sentido contrario. El crear un organismo abierto con la persistente intención de participar en las elecciones, ¿de qué manera se articula con el voceado reagrupamiento armado?

Lo que han hecho los exsubversivos hasta el momento es, más bien, generar una serie de espacios abiertos. Cuando el ministro del Interior exhibe en el Congreso un conjunto de organizaciones relacionadas con el Movadef, y lo presenta como fruto de un trabajo de inteligencia, en realidad insulta la inteligencia de los ciudadanos.

Cualquier persona activa en las redes sociales puede contactarse con grupos afines a Movadef o Fudepp. No es nada complicado, porque justamente el trabajo que están haciendo es para ser visibles y contactarse con la mayor cantidad de gente posible. Lo que hace el Ministerio del Interior, es más bien, hacer que se replieguen en la clandestinidad. Cosa que estos grupos saben hacer muy bien, pero la idea debería ser otra, ¿no?

Hace unos días se celebró los 25 años de la captura de Abimael Guzmán y la cúpula de Sendero Luminoso. El mérito fue del GEIN (Grupo especial de Inteligencia). La clase política y los medios de comunicación no escatimaron elogios. Incluso hasta se les condecoró, en el Congreso, como héroes de la democracia.

Efectivamente, el trabajo realizado por el GEIN fue impecable. Lograron comprender la organización subversiva. A partir de ello, de manera silente y ordenada, capturaron a su líder, y con ello, cambiaron la historia del país. Sin duda, acertaron en priorizar la inteligencia a la estrategia represiva, que hasta el momento no había dado resultado.

El problema es que el paradigma del GEIN se instauró y el Estado no ha comprendido que los tiempos han cambiado. Ahora quieren resolver problemas políticos en base a  inteligencia y seguimientos, cuando la realidad es completamente  distinta.

Los medios de comunicación y la clase política quieren equiparar esta realidad con la de los 80. Piensan que la respuesta a organismos como el Movadef debe ser policial y no política. El tema de fondo es que en el Perú no hay terrorismo ni riesgo de él.

Sin embargo, hay algunas voces cuerdas que se han rebelado al coro monocorde de de esta terrible cadena de pánico y estigmatización. Una de ellas es la de la literata Francesca Denegri: “Si de lo que se trata es de crear un país más seguro, mucho más inteligente sería seguir el ejemplo de Colombia y su acuerdo de paz. Si las FARC finalmente alcanzaron la gracia y pidieron perdón, por qué no se podría trabajar con ese modelo”.

La respuesta inmediata es: Perú no es Colombia, las FARC no es Sendero. Es cierto, pero la reflexión de Denegri va en el sentido de rescatar ese espíritu de apertura. De igual modo, sería bueno recordar que el pedido de perdón de Rodolfo Londoño no fue automático, sino, más bien, negociado.

Se ha presentado la liberación de Maritza Garrido Lecca y la de exdirigentes de Sendero como una amenaza contra la democracia. Sin embargo, los presos senderistas desde hace años han venido saliendo de las cárceles y no ha ocurrido ninguna acción violenta. La mayoría hace su vida dónde y cómo puede. Otros activan en el Movadef, y reclaman la dos veces negada inscripción electoral, a pesar de haber recolectado las firmas requeridas.

Entonces, la pregunta es: ¿quién siembra el miedo y por qué? Eso es lo que nos debería llamar la atención. El Perú se desangró, producto de la guerra interna. Existen muchos familiares reclamando, aún, el cuerpo de sus hijos, hermanos y padres desaparecidos, pero ese es un tema que no parece importarle a quienes, hoy, siembran pánico. En el Perú no existe subversión. Hace tiempo ya que fue vencida y no hay ningún indicio que vuelva a surgir. Inventar situaciones de pánico en base a agendas particulares (sensacionalismo, cortinas de humo o rating) es irresponsable y perverso.

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Me parece un análisis

Me parece un análisis acertado. Sin embargo, hay personas que si esperan el rearme de SL. No puedo dejar de pensar en esa posibilidad en el mediano plazo cuando se acercan de nuevo a los grupos estudiantiles. Coincido en que la batalla es política e ideológica, no policial o represiva.

Si bien el artículo señala

Si bien el artículo señala reiteradamente que " no existe evidencia" para descalificar opiniones sobre el posible rearme de SL , es también sistemático la existencia de afirmaciónes del autor sin que tengan mayor sustento que su propia opinión....por respetable que está pueda ser.
En segundo lugar decirnos que de SL solo queda el partido y en consecuencia esto no significa que vata a darse un resurgimiento de la violencia es desconocer inocentemente o malintencionadamente la naturaleza militarizada de este partido político....demasiada inocencia para un autentico defensor de la democracia.
Tercero, decir que hemos perdido una opción de incorporar o aceptar la relación con grupos como movadef u otros similares solo por la simple declaración de estos sobre una supuesta reconversión democrática es desconocer de facto la experiencia ocurrida en los 80 con símiles como socorro popular y otros....
En resumen... provocador el artículo pero denota una formación pobre en política...puede que para opinologo sea mejor... recomiendo leer a de Gregorio o Converses con Carlos Tapia...te sorprenderás de la verdad.

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