La violencia política en la selva central del Perú: 1980-2000

El libro que presento es el fruto de investigaciones de campo llevadas a cabo entre 2008 y 2017 entre los Ashaninka y los Nomatsiguenga de la provincia de Satipo, departamento de Junín. Conocí esta región y a muchas familias de los ríos Perené y Tambo entre 1979 y 1983, cuando preparaba mi licencia en antropología social en la PUCP. Luego de 25 años de alejamiento de la selva central, pude regresar para realizar una investigación en profundidad sobre el periodo de violencia política que ha golpeado tan duramente a los pueblos originarios de esta región del país.

• Mis investigaciones en la provincia de Satipo han sido posibles gracias al apoyo constante de Luzmila Chiricente, dirigente ashaninka y miembro del Consejo de reparaciones, y del Dr. Salomón Lerner, que me ha acogido como investigadora asociada en el Instituto de democracia y derechos humanos de la PUCP.

• La publicación de este libro de 790 páginas, 25 mapas, 23 cuadros, 76 relatos y 91 fotos ha sido posible gracias a los auspicios de Pablo Rojas, director de la Comisión de Derechos Humanos (COMISEDH), y al financiamiento de la Unión Europea en el Perú y la ONG Pan para el mundo.

• La amplitud de esta publicación se debe a la importancia que he dado al recojo de testimonios de muchas personas, víctimas y familiares de las víctimas, para que sus voces sean escuchadas y para que sus pesares sean conocidos.

• Las responsables del Centro de documentación de la Defensoría del Pueblo, Cecilia Ruiz y su predecesora Ruth Borja, así como Karina Fernández y Johanns Rodríguez, me han aportado su apoyo constante durante los años que he trabajado en los archivos de la CVR.

A todas estas personas les expreso mi profundo agradecimiento.

El libro está dedicado a Ángel Chimanca (m. 2016), dirigente nomatsiguenga, a mi amigo y colega Guillermo Nelson (m. 2019), y a las víctimas de la guerra civil en la selva central.


Introducción general del libro

(1) Tema de la violencia política en la selva

El tema de la violencia política en la selva central durante los años 1980-2000, es muy poco estudiado en el Perú a pesar de la existencia de datos muy detallados recogidos por la Comisión de la Verdad y la Reconciliación (CVR).

La selva central, en particular la provincia de Satipo, ha sufrido un ciclo de extrema violencia desatado por el Partido Comunista del Perú, Sendero Luminoso (PCP-SL) y, en menor medida, por el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA). Ante la subversión, las Fuerzas Armadas respondieron con medidas contrainsurgentes brutales, acompañadas de liberaciones de miles de cautivos de los campos senderistas. La “pacificación” de esta región del país ha costado la vida a cerca de 7,000 Ashaninka y Nomatsiguenga, y a un número indeterminado de colonos andinos. No existen cifras precisas de los muertos.

Antes de abordar los resultados más importantes de mi estudio, quisiera exponer brevemente la perspectiva de la antropología de la violencia, que guia mi trabajo; la distinción entre guerra interna y guerra civil, y la ejes centrales del alzamiento del PCP-SL contra el Estado y la sociedad.

(2) Perspectiva de estudio: antropología de la violencia

De manera general, los estudios sobre la guerra interna peruana han dado relevancia al examen sociológico de los documentos y discursos senderistas, en particular aquellos del nefasto Abimael Guzmán; a la memoria de las víctimas; y al estudio de las actividades de los ronderos, que destacan su rol épico contra la subversión. Esos temas son interesantes; no obstante, se han dejado de lado: los hechos de violencia (reclutamientos forzados, violaciones, ejecuciones, masacres), y también las comparaciones de la violencia a nivel mundial.

• En este libro, los hechos de violencia (asesinatos, masacres, ejecuciones) están en el centro del análisis y mi perspectiva antropológica se sitúa en la esfera de la transformación constante de las sociedades humanas (Harari 2015), de la violencia humana como constante invariable (Héritier 1996c1, 1999b2; Arendt 1972 [19693]), de la dominación masculina (Bourdieu 19984), de la violencia política en sus aspectos totalitarios y comunistas (Arendt 1972, Todorov 20105); de la guerra como expresión de las pulsiones de muerte (Freud 20076), desde la prehistoria (Keeley 19967), en particular en el marco de las masacres (Goldhagen 20098) y de la violencia de masa (Sémelin 20059).

• Para comprender cabalmente los hechos de violencia es indispensable establecer comparaciones con otros casos similares a nivel nacional, a nivel de América Latina y a nivel mundial. Esta perspectiva, central en antropología social, no ha sido considerada en la mayor parte de los trabajos sobre la guerra interna peruana. En este libro establezco comparaciones con los hechos de violencia en Ayacucho, en América Latina, en China, en ex Unión Soviética, en Camboya, en la Alemania nazi y en Ruanda.

• En América Latina podemos distinguir cuatro situaciones de violencia política: las dictaduras (Brasil, Chile, Argentina…), las guerras civiles en América Central (Guatemala, El Salvador), la revolución anti-oligárquica de Nicaragua y la guerra interna ulterior, y la guerra interna asociada al narcotráfico en Colombia y en el Perú.

• ¿Cómo definir la violencia? De acuerdo con Françoise Héritier (1996c: 17), la violencia es toda coacción física o psicológica susceptible de producir terror, aflicción, sufrimiento o muerte de un ser viviente. Más allá de la gran diversidad de situaciones históricas y geográficas de la violencia en las sociedades humanas, Héritier plantea que el factor común de la violencia colectiva es la “negación de la humanidad del Otro que se extermina”. La negación de la humanidad del Otro es la particularidad del pasaje del estado de paz al estado de guerra. El estado de paz implica la cooperación constante entre grupos sociales pero, cuando por razones diversas (agresiones, invasiones, ataques), ese equilibrio social se rompe, los grupos que se sentían próximos se vuelven Enemigos y desencadenan actos terribles de violencia colectiva contra los Otros. Para decirlo simplemente, de la civilización, se pasa a la barbarie; del orden social de paz al desorden brutal de la guerra.

• En resumen, la violencia es parte de la historia humana, y expresa la pulsión de destrucción y de muerte que acompaña la pulsión de vida que caracteriza nuestra especie Homo Sapiens. Cuando la violencia concierne una colectividad entera, o varios grupos sociales, étnicos o nacionales, se desencadenan guerras, es decir situaciones de beligerancia armada entre dos o más grupos divididos entre un Nosotros/Aliados y Ellos/Enemigos.

• Este tipo de violencia es política pues lo que está en juego es el poder y la dominación de un grupo sobre los otros. Asimismo, las guerras polarizan las identidades sociales y desencadenan métodos de destrucción extremos (violaciones, ejecuciones, asesinatos, masacres, devastación de pueblos), entre los grupos beligerantes. Los grupos sociales, otrora vecinos pacíficos, se convierten en Enemigos que niegan la humanidad de los Otros, que intentan animalizarlos, y que los exterminan con odio, con maldad y con gran crueldad; sean niños, mujeres, ancianos u hombres. La violencia en la guerra está siembre asociada a la dominación masculina (Bourdieu 1998) o la valencia diferencial de sexos (Héritier 1996a10), pero las mujeres senderistas cometieron también actos brutales para demostrar su “paridad” con los hombres.

(3) Una guerra interna y una guerra civil

La hipótesis central considera que el Perú ha sufrido una guerra interna que, en las zonas que estuvieron en el epicentro: Ayacucho, Huancavelica, Apurímac, Huallaga y la selva central (provincias de Satipo y de Oxapampa), fue también una guerra civil. Esta propuesta no es nueva, ya ha sido evocada por Alberto Flores Galindo (200811: 362), por Mario Fumerton (200212), y por Cecilia Méndez (200013). La CVR ha adoptado los términos “guerra interna” y “conflicto armado interno” porque son los que se usan en el campo del derecho humanitario internacional, que no reconoce la validez del término “guerra civil”; dicho esto, una guerra al interior de un país es también una guerra civil.
La realidad de la guerra civil adquiere un sentido de realidad evidente a la lectura de los testimonios de los testigos del conflicto que los especialistas no conocen hasta ahora, casi veinte años después del final de la guerra. En ese marco, algunos especialistas de la Amazonía peruana, defienden la hipótesis del “repudio de la endoguerra” entre los pueblos de habla arawak, y rechazan la idea de que los nativos se dividieron en grupos enemigos. He analizado esta situación planteado que se trata de una idealización de las sociedades indígenas que, siguiendo las ideas de Jean-Jacques Rousseau, serían siempre “pacíficas”.

Aceptar que tuvimos una guerra civil ayudaría a tomar conciencia de la importancia de la violencia sufrida por miles de compatriotas ashaninka y nomatsiguenga, así como por los yanesha, los asheninka y los colonos andinos, que siguen estando abandonados por el Estado y por la sociedad peruana. Abandonados aun cuando una guerra de baja intensidad persiste en la zona del Valle de los Ríos Apurímac, Ene y Mantaro (VRAEM).

(4) La guerra interna peruana: el PCP-SL contra el Estado y la sociedad

• El Partido Comunista del Perú, Sendero Luminoso (PCP-SL), dirigido por el nefasto Abimael Guzmán, comenzó la guerra en mayo de 1980 con el fin de crear una “República Popular del Perú”, fundada en los dogmas del maoísmo y del marxismo-leninismo comunista. Los militantes eran jóvenes provincianos de Ayacucho y de la sierra sur (Huancavelica, Apurímac), entre los cuales había muchos estudiantes y profesores universitarios, que creyeron posible la transformación total del país en unos cuantos años.

• Luego de dos años de ataques, de atentados y de asesinatos en Ayacucho, el presidente Alberto Belaunde renunció a su rol de depositario del orden democrático y atribuyó la dirección de la lucha contrainsurgente a las Fuerzas Armadas en diciembre de 1982. Desde entonces y hasta noviembre de 2000, casi tres cuartas partes del territorio nacional estuvo dirigido por el Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas. Esto implica que la democracia desapareció de la mayor parte del territorio peruano y se concentró en algunas ciudades, sobre todo en Lima. Pasaron diez años antes que los limeños percibieran la violencia de la guerra al interior del “Perú profundo”, que era tan lejano en la representación colectiva limeña como puede serlo, en la realidad, Australia.

• El PCP-SL desarrolló estrategias sanguinarias para aterrorizar a la población rural de la sierra del sur, que los militantes pretendían transformar en “masas” leales y sumisas totalmente al “partido”. Por primera vez en la historia del país, miles de campesinos eran cooptados por “revolucionarios” para apoyar su alzamiento “contra los millonarios y los burgueses”. Y cuando se rehusaban a aceptar esas órdenes eran asesinados con extrema crueldad. Pueblos enteros fueron masacrados durante la primera fase de la guerra en los Andes, entre 1980 y 1984, y durante el segundo pico de violencia, entre 1989-1990. La represión militar fue igualmente sanguinaria y brutal. El hecho de que los senderistas fueran, en su mayoría, campesinos armados, provocó la violencia indiscriminada contra muchos pueblos andinos que fueron arrasados. Esos ataques masivos de los subversivos y de los militares eran similares a aquellos que se producían en América Central y en otros lugares del mundo en los años 1990 (Argelia, ex Yugoslavia y Ruanda).

Presentación del libro: contenido y fuentes

(1) En este libro se exponen y se analizan los hechos de violencia de todos los actores armados de una guerra interna que en esta región fue una guerra civil. En efecto, en ella se opusieron: ronderos nativos (Ashaninka y Nomatsiguenga) y colonos andinos a los senderistas andinos y nativos (Ashaninka y Nomatsiguenga). Las fuerzas del orden (Sinchis y militares, en parte de origen andino) participaron en la guerra al lado de los ronderos y perpetraron crímenes contra los civiles.

• Al igual que en Ayacucho, en la provincia de Satipo se sufrió una guerra entre prójimos en la cual las prácticas de violencia concernieron el reclutamiento forzado en las filas subversivas de adultos y de niños soldados, las torturas, las mutilaciones, los asesinatos, las ejecuciones, las masacres y la instalación de campos totalitarios senderistas.

(2) Fuentes: El estudio que he llevado a cabo se funda en dos fuentes centrales: los testimonios recogidos por la CVR, en particular en la provincia de Satipo, y los testimonios que he recabado a lo largo de mis trabajos de campo anuales entre 2009 y 2015 (alrededor de 8 meses).
Al final del trabajo de campo, he seleccionado 27 narradores (13 mujeres y 14 hombres), cuyos discursos son presentados en 76 relatos.
Esas fuentes de primera mano han sido completadas con los trabajos de los pocos autores que trabajan en la selva central, y con una bibliografía complementaria, bastante exhaustiva, nacional e internacional.

Teniendo en cuenta los datos de la CVR, he determinado que en la selva central hubieron 48 hechos de extrema violencia, entre los cuales acaecieron 25 masacres de más de 5 personas; los principales responsables fueron los miembros del PCP-SL (21 casos). Además, según este corpus de datos, hubieron 876 muertos y desaparecidos en las provincias de Satipo (746), de Oxapampa (69) y en otras provincias (61). No obstante, muchos casos no han sido identificados, por lo cual es posible estimar que al menos 1,000 personas (nativos y colonos andinos) murieron en contextos de extrema violencia. La estimación global es de 7,000 muertos.

• El libro está dividido en dos partes, siete capítulos, y 5 Anexos (790 paginas, 25 mapas, 23 cuadros, 76 relatos, 91 fotos).

— La Primera Parte, intitulada: Estructura social, creencias y modo de vida antes de la guerra, es una presentación general de los Ashaninka y de los Nomatsiguenga desde el punto de vista estructural [Capítulo 1] e histórico [Capítulo 2].

— La Segunda Parte está centrada sobre la Violencia y la barbarie en la selva central durante la guerra interna [Capítulos 3 a 7].

• Los Anexos: en el Anexo 1 presento una síntesis de los hechos de violencia en la selva central (Informe Final de la CVR, Cronología DESCO, otros).

— El Anexo 2 concierne los Testimonios de la Base de Datos de la CVR en la provincia de Satipo conservados en la Defensoría del Pueblo; sobre un total de cerca de 400 testimonios, he escogido 45 que he clasificado según tres ítems: hechos de violencia (16 casos), reclutamiento forzado (5 casos) y campos totalitarios senderistas (24 casos).

— El Anexo 3 es una Breve cronología de los hechos de violencia (1980-2000, 2001-2018). El Anexo 4 es un Glosario de algunos términos ashaninka citados y en el Anexo 5 presento la lista de mis principales colaboradores.

En esta presentación general voy a mencionar algunos datos sobre los Ashaninka y los Nomatsiguenga en el contexto nacional; algunas cifras de la violencia que han sufrido junto con los colonos andinos; una breve cronología de la guerra civil, para destacar los principales resultados de mi investigación, y hablaré al final de las secuelas actuales en el marco de la guerra de baja intensidad que continua en la región del VRAEM.

(1) Ashaninka y Nomatsiguenga: un tercio de los nativos amazónicos del Perú

• Los Ashaninka y los Nomatsiguenga, como sus parientes de habla arawak Asheninka, Matsigenka, Yanesha, y el resto de pueblos amazónicos, eran cazadores-recolectores, practicaban la agricultura itinerante y, en la selva central, estaban en relación de intercambio comercial con los pueblos andinos quechua. Su modo de vida tradicional fue transformado brutalmente por la ocupación colonial de la Amazonía (siglos XVIII y XIX), luego por la invasión de colonos andinos desde la segunda mitad del siglo XX, y finalmente por la guerra interna.

Por ello, el mundo tradicional está desapareciendo ineluctablemente y, en vez de seguir pensando que son “grupos exóticos” en el país, debemos considerar que los nativos de la selva central son campesinos pobres, cuyo modo de vida es bastante similar al de los campesinos andinos de la región, aun cuando tengan creencias y lenguas distintas.

• Datos demográficos: Si tomamos en cuenta el número de comunidades nativas, y la importancia demográfica, los pueblos originarios de lengua arawak son los siguientes: los Ashaninka (520 comunidades), los Asheninka (113), los Matsigenka (70), los Yanesha (65), los Yine (30), los Nomatsiguenga (24), los Madija (7) y los Kakinte (2). En 2017, se contabilizaron 831 comunidades de habla arawak (30%) sobre un total de 2,703 a nivel nacional (Inei 2018a14). 

• Los Ashaninka representan el pueblo originario más importante desde el punto de vista demográfico en el país. De acuerdo con el Censo nacional de autoidentificación étnica de 2017, sobre un total de 23’196,391 peruanos de más de 12 años, 79,266 (0,3%) se reconocieron nativos amazónicos.

Entre éstos últimos, 55,489 se declararon Ashaninka, seguidos por los Awajun (37,690), y los Shipibo-Conibo (25,222) (INEI 2018a). Asimismo, tomando en cuenta el índice de crecimiento de la población nativa, podemos estimar que los Ashaninka (incluidos los que tienen menos de 12 años), han pasado de 88,703 personas en 2007, a 115,669 en 2017; sobre un total estimado de 432,867 nativos amazónicos.

• Los Ashaninka y los Nomatsiguenga residen mayoritariamente en la provincia de Satipo (187 y 24 comunidades respectivamente), y los Ashaninka residen también en Oxapampa (Pasco, 127 comunidades), en el Ucayali (88 comunidades), y en La Convención (Cusco, 32 comunidades).

Actualmente, la población censada de más de 5 años por idioma o lengua materna en la provincia de Satipo es de 178,315 personas [sobre un total de 1’133,837 habitantes en Junín]. 16,87% es de habla ashaninka/nomatsiguenga y 14,46% de habla quechua (Censo INEI 2017, Junín, Tomo 1, octubre de 2018).

(2) Cifras de la violencia en el país y en la selva central. El caso de Atalaya

• La CVR ha estimado que hubo 69,280 peruanos muertos entre 1980 y 2000. El PCP-SL fue responsable de 54% de las víctimas del conflicto, las fuerzas del orden de 30% (6% la Policía), las milicias civiles y los grupos paramilitares de 15%, y finalmente el MRTA de 1% de muertos (Hatun Willakuy 2004: 18-19, Informe Final, Anexo 3).

• La CVR ha considerado también que sobre un total estimado de 55,000 Ashaninka, 6,000 habrían fallecido; 5,000 habrían vivido en cautividad y 10,000 habrían sido desplazados (Hatun Willakuy 2004: 126). No obstante, esas cifras no incluyen a los Nomatsiguenga, a los Asheninka del Gran Pajonal, y a los colonos andinos residentes en la selva central que también sufrieron durante la guerra, pero que han sido excluidos de las estimaciones globales.

Dado que la demografía ashéninka y nomatsiguenga es similar, podemos estimar que en 1993 habían 55,000 Ashaninka, 5,531 Nomatsiguenga, al menos 5,000 Asheninka, y 229 Kakinte. Por lo tanto, al menos 65,760 nativos sufrieron directamente los efectos de la guerra interna, entre los cuales, al menos 7,000 murieron en ese periodo aciago. En fin, si tomamos en cuenta que en 1993, la población de Satipo era de 111,803 habitantes (INEI 1993), podemos estimar que los colonos andinos que residían en esta provincia eran 56,803.

• Además, desde decenas de años, 6,000 nativos Ashaninka, Yine y Matsigenka estaban cautivos en las haciendas de la región de Atalaya y fueron liberados entre 1986 y 1994, gracias a la intervención de AIDESEP (Asociación interétnica de desarrollo de la selva peruana), y a la ayuda internacional recibida de la ONG IWGIA (International Work Group for Indigenous Affairs), y del Ministerio danés de Asuntos Extranjeros (DANIDA). Esta información es ignorada en los trabajos sobre la violencia en la selva central.

En la selva central, el PCP-SL comenzó sus entradas en 1982, siguiendo el curso de los ríos de la selva de Ayacucho (provincia de Huanta): Apurímac y Mantaro, que forman el río Ene, el cual se une al río Perené para formar el río Tambo. En la zona de Huanta, viven campesinos pobres quechua, en el Gran Pajonal viven los Asheninka, en los ríos Ene, Tambo y Perené viven los Ashaninka y los Nomatsiguenga (Pangoa), así como colonos andinos instalados desde los años 1970, o recién llegados en 1980. Esas zonas pertenecen a la provincia de Satipo del departamento de Junín. Otras zonas estuvieron también convulsionadas por la llegada de senderistas y de militantes del MRTA: la provincia de Chanchamayo y su capital La Merced y la provincia de Oxapampa en el departamento de Pasco, donde viven también Ashaninka (127 comunidades) y Yanesha (65 en Pasco, Junín y Huánuco), junto con una mayoría de colonos andinos.

• La fase inicial de la guerra en la selva central cubre los años 1982 a 1988, durante la cual el PCP-SL realizó cooptaciones de nativos y de colonos, y reclutamientos forzados de niños y de niñas que servirían de niños soldados y de esclavas sexuales a los mandos senderistas. Abordo esta temática en el capítulo 3.

La fase de guerra abierta cubre los años 1989 a 1995 y se caracterizó por la violencia extrema de los asesinatos de autoridades y por el desplazamiento masivo de miles de Ashaninka y de Nomatsiguenga, así como cientos de colonos, a los campos totalitarios creados por el PCP-SL en la zona de Pangoa y en el río Ene.

Dada la complejidad de este periodo, he dividido los temas en tres capítulos: la resistencia y sus excesos (capítulo 4), las masacres y los niños soldados, las niñas esclavas sexuales (capítulo 5) y los campos totalitarios (capítulo 6).

• La resistencia civil se organizó en forma autónoma a partir de 1989 en Oxapampa (Pasco) y en Satipo. Las rondas nativas, llamadas “ejércitos ashaninka”, lograron contener el avance de senderistas andinos y nativos, pero también cometieron excesos de violencia contra nativos y colonos acusados de ser “terroristas”. Esos excesos de violencia extrema son muy poco conocidos, cubiertos por un espeso velo de silencio y de reserva, tanto de parte de los ex ronderos, como de los especialistas de la selva central. Sin embargo, son parte de la verdad histórica que debe ser expuesta explícitamente.

• Las Fuerzas Armadas llegaron a la selva central recién en 1991, perpetraron abusos de autoridad, violaciones, torturas, asesinatos y masacres; y, paralelamente, distribuyeron armas y alimentos, y aportaron formación militar a los ronderos nativos y andinos. Luego, entre 1993-1995, empezaron a liberar, con el apoyo de los ronderos, a miles de nativos y de colonos andinos cautivos en los campos totalitarios senderistas.

(4) Los hechos de violencia extrema y cifras estimadas de victimas según los responsables

Veamos los hechos de violencia extrema y las cifras estimadas de victimas según los responsables (capítulo 4):

• cautiverio y servidumbre en los ríos Urubamba y Ucayali (1986-1994)

• asesinatos selectivos por el PCP-SL y el MRTA (1987-1995)

• reclutamientos forzados, secuestros el PCP-SL (1987-1995)

• cautiverio en los campos totalitarios senderistas (1987-1995)

• ejecuciones y mutilaciones por el PCP-SL (campos totalitarios)

• masacres, violaciones, pillajes, incendios (Fuerzas Armadas y PCP-SL)

Si examinamos la repartición de los muertos y desaparecidos según los responsables [Cuadro n° 14], constatamos que el PCP-SL fue el principal responsable, sobre todo en la provincia de Satipo (552 muertes, 63% del total). Los militares fueron responsables de 145 muertes (17%), la mayoría (76) en Satipo y 69 en la provincia de Oxapampa.

(5) Aportes principales
Considero que los aportes principales del libro conciernen: los campos totalitarios senderistas, el reclutamiento de niños soldados y de niñas esclavas sexuales, la terrible crueldad de las masacres, y los discursos que prevalecen en el periodo de post guerra — diferentes según el género, la responsabilidad política, la condición de cautividad o de libertad, y el marco público y privado.

Si examinamos la repartición de los muertos y desaparecidos según los responsables [Cuadro n° 14], constatamos que el PCP-SL fue el principal responsable, sobre todo en la provincia de Satipo (552 muertes, 63% del total). Los militares fueron responsables de 145 muertes (17%), la mayoría (76) en Satipo y 69 en la provincia de Oxapampa.

— Los relatos de los sobrevivientes, mujeres, hombres y niños, recogidos por la CVR y por la que escribe, son aterradores pues demuestran fehacientemente que estuvieron en campos similares a los campos soviéticos, chinos, camboyanos y de Alemania nazi. Los cautivos fueron forzados a soportar el hambre, las enfermedades, las ejecuciones gratuitas, la violencia inútil, las torturas, las mutilaciones y los vejámenes de los mandos senderistas que pretendían transformalos en “masas” sumisas al “pensamiento Gonzalo”.

Durante mis estadías en el río Tambo, recogí el testimonio de una mujer que había sido testigo de un caso de canibalismo de hambre en el campo senderista donde vivía. He encontrado otros datos sobre el canibalismo de hambre y/o de castigo (llamados canibalismo político por Lévi-Strauss) que tuvieron lugar en los campos totalitarios; para contextualizar estos casos he citado aquellos que tuvieron lugar en China y en la Unión Soviética (Villasante 2012, 2019).

— Los primeros campos senderistas fueron creados en las alturas de Ayacucho, bien descritos en el Informe Final de la CVR. La hipótesis central de este proceso de creación del “nuevo Estado” senderista en Ayacucho considera que los campos se organizaron en el marco de las llamadas “retiradas”, cuando los pobladores de las comunidades eran forzados a abandonar sus casas para instalarse en los cerros, en las cuevas o en el monte para huir los ataques contrainsurgentes del Ejército. Los campos fueron itinerantes y, en otras ocasiones, estables durante unos meses. Este método de dominación totalitaria comenzó en las alturas de Chungui y Oreja de Perro, y se expandió en ciertos territorios de Ayacucho y luego prosiguió en la selva de Huanta, en la cuenca del río Ene y en la provincia de Satipo.

Fue en esta región aislada, agreste y de acceso difícil que pudieron establecerse los campos de concentración mejor controlados, bajo la dirección de “Feliciano”, Oscar Ramírez Durand; quien además utilizó a decenas de niñas y de mujeres como sus esclavas sexuales, un crimen por el cual nunca fue juzgado.

• He recogido un testimonio de una mujer que vivió dos años en un campo senderista, Elisa de Poyeni, que evoca un caso de canibalismo de hambre y otro caso de canibalismo de castigo.
(Relato n° 50, Capítulo 6) La vida en un campo totalitario senderista (extractos)
“Estábamos en un campamento [hacia 1993] donde el mando se llamaba “Javier”, venía de Puerto Ocopa. En el campamento recogían niños para que no puedan escaparse, cuando había los enfrentamientos enviaban a niños y adolescentes [al frente], los adultos se quedaban atrás. Las mujeres y los hombres tenían que sembrar arroz, maní, yuca [caniri]. Yo me quedé dos años. Los niños no tenían miedo de agarrar armas porque les enseñaban, podían matar también. Cuando han matado entonces recogían la ropa, todo lo que tenían puesto las gentes muertas [durante las incursiones]. (…)
“Había muchas personas en los campamentos. Cuando escuchábamos el ruido de los helicópteros corríamos, y nos escondíamos en el monte (inshátoshi).
No había nada que comer, no teníamos comida, había poca yuca, y cuando nos veían asando [cocinando] nos quitaban, pero los mandos comían bien. Algunos comían tierra y se han hinchado y se han muerto, algunos han comido carbón y se han puesto amarillos. (…)
Yo era como una sirvienta que hace todo lo que me mandan, y siempre estaba vigilada.
Pero una vez he visto una adolescente que la han matado para comerla, todos eran Ashaninka y algunos choris, y luego de comerla los ojos [de la gente] se han hundido y se han puesto amarillos. La han matado expresamente para comerla.
Una vez vino un mando chori bien gordo a la comunidad de Auti, cerca de Pichanaki [provincia de Chanchamayo] y los ronderos lo han matado y le han cortado la lengua y se la han comido.
¿Cómo ha reaccionado la gente?
Todos estaban bien concientizados, estaban de acuerdo con Sendero, les pareció bien comer la chica. Además, el que no come le matan. Yo no quería comer, pero como estaba presionada ¿qué iba a hacer? El que come bien es el jefe, él come todo, a los otros les daban muy poco o nada.” (Poyeni, 26 de julio de 2011).

• Niños y niñas en la guerra: Todos los actores de la guerra interna, las Fuerzas Armadas, los subversivos senderistas y emerretistas, los ronderos campesinos y nativos reclutaron niños soldados.

La figura legal de los niños soldados es reconocida en el derecho humanitario internacional, pero no existe todavía en el Código Penal peruano. Tengo la esperanza que esta sección del libro logre sensibilizar a los especialistas en derecho penal nacional para lograr que la figura de los niños soldados, aún vigente en el VRAEM, se agregue en nuestro sistema jurídico.

El PCP-SL utilizaba igualmente a las niñas y a las mujeres como esclavas sexuales. Pero ningún violador en la selva central ha sido juzgado hasta el momento.

En su libro Memoria y batallas en nombre de los inocentes, Perú 1992-2001, Ernesto de la Jara (2001: 820-825), ha recogido tres testimonios de niñas que fueron secuestradas por el siniestro mando senderista “Feliciano”, Oscar Ramírez Durand, y que fueron condenadas por “terrorismo”. Afortunadamente, gracias al apoyo del Instituto de Defensa Legal, ella y otras dos jóvenes reclutadas por la fuerza, obtuvieron el indulto en julio de 2001.

He aquí algunos extractos de los testimonios desgarradores de Raquel Chuchón, nacida en 1977 en Ayacucho, raptada en Selva de Oro (río Ene):

“Yo pertenecía a la fuerza local; mi tarea era movilizar masas. Luego de un tiempo llegó “Feliciano” y con su llegada hicieron un festival. Luego “Feliciano” nos hizo llamar a mí y a otra chiquita y nos dijo que trabajaríamos a su lado y allí nos quedamos hasta que nos agarraron. (…)
Nos prepararon para la guerra. Después de un año me regresaron donde “Feliciano”. Cuando tenía 15 años “Feliciano” me fastidiaba, y un día a la fuerza me ha hecho… Yo no había tenido explicación de mi mamá, de mi papá. Siempre nos decían que si nos íbamos nos matarían. (…)
Así he venido de Huancayo a Lima, trayendo dinero para su mujer dos veces. Un día que yo ya había vuelto, me mandan a Huancayo a comprar víveres, comida. Para entrar a la ciudad, fui con dos chicas más y en ese momento nos detuvieron. A las otras chicas las hacen quedar en Huancayo y a mí me traen a Lima. Después de tres días lo detienen a “Feliciano” [julio de 1999]. (…)
“Feliciano” nos tenía como prisioneras, a mí con la otra chiquita de 12 años; no nos dejaba salir, su seguridad eran puras mujeres (…) Donde yo estaba no había varones. (…) “Feliciano” tenía derecho a tener mujeres, los demás no, pero nadie le reclamaba de frente; después le acuchillaron por detrás. Si tú querías irte te llevaban a una asamblea y hacían que los demás te humillen; tú tenías que aguantar. (…)
(De la Jara 2001: 820-821).

• Las masacres: Daniel Goldhagen (2009), considera que la masacre o la exterminación es una de las cinco formas de eliminacionismo registrado en la historia de la humanidad.

• Según el Informe final de la CVR (T. VI: 53, 66, 106), sobre un total 24,312 víctimas fatales, la gran mayoría (75%) falleció en el marco de asesinatos y ejecuciones, sobre todo en las masacres [más de 5 muertos] que se elevan a 337 a nivel nacional.

• Si tomamos en cuenta el número de casos de extrema violencia perpetrados en la selva central [en nuestra muestra de 48 casos], constatamos que el PCP-SL fue el principal responsable de los crímenes de asesinato y de masacres (44%). De acuerdo con los datos de la CVR, en la selva central, hubo 25 masacres de más de 5 personas, y 15 han sido perpetradas por el sanguinario PCP-SL, la mayoría en la provincia de Satipo (10), donde han fallecido 520 personas sobre un total de 777 (Cuadro n° 18, capítulo 3). Pero solo 8 masacres han sido documentadas.

•En fin, la CVR (T. VI: 477, Hatun Willakuy 2004: 94) estima que hubo un “genocidio” del pueblo ashaninka, sin embargo esta propuesta no es coherente con los hechos de violencia de una guerra entre prójimos. Los perpetradores y las víctimas fueron tanto nativos como andinos (Villasante 2019: 460 y sqq.).

• Los militares han cometido al menos 4 masacres, la más importante tuvo lugar en Iscozacín (Oxapampa), donde murieron 43 subversivos del MRTA. El 14 de mayo de 1989, el Ejército asesinó a 15 colonos andinos en la ruta hacia Satipo, en el paraje llamado Calabaza (Pampa Hermosa). No se ha logrado identificar a los responsables de la matanza de 40 personas en el poblado de Vista Alegre (24 de julio de 1990, Satipo).

• Los ronderos nativos o andinos han sido responsables por lo menos de 5 masacres, dos de las cuales han tenido lugar en Oxapampa (Puerto Bermúdez y Ciudad Constitución), donde han fallecido decenas de colonos andinos. La masacre más importante ha tenido lugar en el valle de Tsiriari (Satipo), donde ronderos andinos y algunos nativos han asesinado a 72 comuneros. Hubo 56 adultos y 16 niños asesinados con hachas y machetes. En la comunidad de Tahuantinsuyo 21 Nomatsiguenga fueron asesinados, entre los cuales hubo 12 niños que tenían entre 7 meses y 13 años. Todos fueron mutilados. La CVR (T. V: 178-180; T. VII, caso 71) ha realizado un estudio en profundidad de esta masacre y ha recogido 15 testimonios; responsabilizando primero a los senderistas, luego a un militar de la base de Mazamari, el “teniente Veneno”. Pero los Nomatsiguenga de Tahuantinsuyo consideran que los perpetradores fueron colonos andinos vecinos, o senderistas. La mayoría de atacantes (hombres, mujeres y niños) eran andinos, pero habían también gentes con cushmas. He recogido un testimonio detallado de la masacre de Tahuantinsuyo con uno de los sobrevivientes, Hermías Delgado Inga, profesor bilingüe. He aquí un extracto de la primera entrevista.

(Relato n° 40) La masacre de Tahuantinsuyo contada por un sobreviviente (extractos)
“Yo nací en Tahuantinsuyo, tengo 27 años. (…) [Cuando ocurrieron los hechos] tenía 8 años, fue un 18 de agosto de 1993. Hubo una masacre en Tahuantinsuyo. Han llegado de pronto, algunos tenían pasamontañas, otros así nomás, eran choris [andinos] y Ashaninka. Había niños, mujeres, hombres, como 100 eran [y venían] por dos partes: por el camino de la escuela y otros por la carretera. Eran las 5 p. m. cerca de la hora de nuestra cena, antes que caiga la noche. Mi mamá había hecho una sopa y había invitado a mis tíos, a mis primos. Ahí llegaron y dijeron: “no tengan miedo, somos ronderos: hemos venido a conversar con ustedes”. Mi papá tenía carácter fuerte, se fue a buscar sus flechas. Pero lo convencí de dejarlas. Luego nos juntaron en una casita donde hacíamos nuestras reuniones, la casa comunal. El jefe era un chori de 45 años, tenía bigote blanco. Yo presentí que iba a pasar algo malo, tenían caras amenazantes. Dijeron que querían solo conversar con nosotros.
Pero después vino el jefe y dijo: “¡amarren a los varones! ¡Arrodíllense, manos atrás!”, cuando todos estuvieron amarrados empezaron a gritar: “queremos saber quiénes son los perros que llevan chismes a los militares ¡van a pagar por traidores y por no apoyar al partido!”.
Mi mamá dijo: “nosotros no nos metemos en sus cosas de ustedes, no hemos dicho nada a nadie”. Un hombre le dijo: “¡cállate tú!” y le apunta con una carabina. Entonces empezaron a separar los hombres y las mujeres. Nosotros los chiquitos nos han separado [también].
Después dijeron: “¡vayan a buscar costales para poner dentro los cadáveres!” Mi papá tenía costales para el café pero estaban en la chacra. No encontraron, y después habrán cambiado de opinión.
Empezaron a agarrar a cada hombre y le cortaban el cuello, se escuchaba sus gritos ¡tan fuertes! Mi corazón iba a estallar, mi papá dijo: “si quieres matarme, mata también a mis hijos porque después ¿quién se va a ocupar de ellos?” El jefe contestó: “no te preocupes de ellos, ya sabemos que vamos a hacer con ellos.”
A las mujeres, antes de matarlas les cortaban el seno, las violaban… Mi mamá estaba embarazada de seis meses, le cortaron el vientre y le sacaron el feto… pobrecita mi mamá.
Cuando terminaron de matar a todos los adultos vinieron a cortarnos con machete, yo recibí dos golpes en la cabeza y me caí al suelo, sentí otro golpe en mi espalda.
Hermías ¿no les decían nada más cuando estaban matando? ¿Había grupos o como estaban actuando los atacantes? ¿quizá estaban borrachos?
No estaban borrachos, no decían nada mientras mataban a la gente… todos atacaban en desorden mientras tanto las mujeres y los niños nos robaban las cosas, ollas, víveres, lo que podían.
Felizmente después yo recuperé la conciencia, me levanté y busqué a mis dos hermanitos para esconderlos en nuestra casa. Sentíamos mucho frío, perdíamos sangre, en la casa ya no había nada, todo estaba vacío. Mataron a 30-40 familias. Los que están ahora aquí en la comunidad son los sobrevivientes y sus hijos.”
A las 2 p. m. [del 19 de agosto] llegaron los militares, no eran Sinchis, tenían miedo de venir aquí. Con un helicóptero nos trasladaron a Satipo. Nos preguntaron que había pasado, entre los niños yo era el que más había recuperado la conciencia. Y me dieron una pastilla y me quedé dormido, desperté en el Hospital de Satipo ¡que susto tuve!
Había tantos heridos, sin brazos, sin piernas, llorando, gritando. Algunos estaban abiertos casi la mitad del cuerpo. Luego nos han atendido, nos han cosido las heridas, y como a las 11 p. m. nos llevaron a Lima, al Hospital del Niño. Ahí estuvimos como 6 meses. Nos han tratado con psiquiatras por el traumatismo también. De mi comunidad éramos 5 niños [sobrevivientes].” (…)
¿Hermías cómo interpretas lo que ha sucedido?
No quería hablar más de la matanza. Yo lo he enterrado, he empezado otra vida, pensando en seguir adelante, tratar de retroceder el tiempo sería terrible para mí. Lo que voy a decir es medio loco, se me vinieron muchas ideas después de la universidad, donde he conocido gente inteligente; y mi conclusión es que yo he aceptado todo lo que me ha pasado como parte de mi vida, eso me hace más fuerte y más humano. El mundo, los hombres lo hacemos así, cuando hablo de esto me siento más fuerte ahora. Lo interpreto como algo horrible, como atrocidades que pueden cometer los hombres.”
(Hermías Delgado, Satipo 3 de agosto de 2012).

• El caso de la masacre de Tahuantinsuyo, y de las otras siete masacres que ocurrieron en el valle de Tsiriari, presenta similitudes con las masacres perpetradas en Ruanda entre 1990 y 1994, donde los Hutu atacaron a los Tutsi, parientes étnicos, exterminando cerca de 800,000 de entre ellos.

• Las mutilaciones de extrema crueldad están destinadas a eliminar la humanidad de las víctimas, a desfigurarlas y a hacerles daño inclusive después de sus muertes, provocando la cólera y el horror de sus familias (Keeley 2002: 207).

• Los discursos de post guerra: diferenciados según el sexo, la posición social y la edad.
Los discursos sobre la guerra difieren según el género, la responsabilidad política y la edad de las personas nativas, pero todos se acuerdan en considerar, por un lado, que las guerras son parte de la historia de los pueblos nativos y, por otro lado, que los pueblos nativos sufrieron de la violencia de los “migrantes extranjeros” desde siempre: los colonos españoles, los patrones caucheros, y los colonos andinos que llegaron a expulsarlos de sus tierras, considerándolos como “animales ociosos que no saben trabajar”. Además, se reconoce que la violencia sufrida en la guerra reciente supera en horror toda otra memoria de los conflictos inter étnicos o externos. Las referencias a la época del caucho son muy tenues, así como los recuerdos sobre la guerrilla de 1965.

— Hombres/mujeres: En modo general, los hombres consideran que tuvieron que defenderse de los “enemigos terrucos”, y justifican sus excesos de violencia afirmando “así era la guerra”.
En cambio las mujeres, sobre todo las madres, reconocen y recuerdan los grandes sufrimientos que tuvieron que soportar durante los años de la guerra junto con sus hijos. También reconocen los excesos de violencia de los ronderos.
Por otro lado, muchas mujeres asumieron cargos de responsabilidad política en sus comunidades dado que los hombres tenían miedo de ser asesinados; esta situación ha favorecido un proceso de afirmación de la identidad femenina consciente de sus derechos y deberes.

Nativos/dirigentes: La mayoría de personas nativas que sufrieron de cerca o de lejos la guerra civil no saben cómo interpretar la extrema violencia de la guerra. Solo los dirigentes están al tanto de los discursos de los subversivos y de la lucha contrainsurgente.

Ciertos dirigentes piensan que la subversión senderista y del MRTA es una continuación de las guerrillas de 1965; pero la mayoría considera que el senderismo representa una novedad total de extrema violencia en la selva central.

Los sobrevivientes de los campos y los nativos que pudieron conservar su libertad tienen discursos opuestos. Los sobrevivientes de los campos senderistas consideran que fueron víctimas que no pudieron defenderse, que estuvieron totalmente sometidos a los mandos que los amenazaban con la muerte. Ciertos sobrevivientes fueron también mandos senderistas que aceptaron cometer crímenes incluso contra sus parientes siguiendo las órdenes de los jefes; la mayoría de estas personas (hombres y mujeres) niega su responsabilidad directa en los crímenes y teme las represalias de la justicia.

En cambio, los ronderos que permanecieron libres acusan a los sobrevivientes de haber sido “terrucos” y los discriminan, mostrándose agresivos contra ellos y negándoles sus derechos a tener tierras comunales. Muchos nativos que lograron escapar por sus propios medios de los campos senderistas y que quisieron ser reconocidos como “arrepentidos” (según la Ley de arrepentimiento n° 254.99 que entró en vigor entre mayo de 1992 y noviembre de 1994), fueron acusados de ser siempre senderistas/terrucos/enemigos.

— Marco público y privado: Los horrores de la guerra no son objeto de debate o de intercambio discursivo en el marco público, en particular en los congresos anuales que abordan todos los problemas de la vida social.

Nadie se atreve a hablar abiertamente de la guerra, hay desconfianza y recelo, y solo se habla de ella en el marco privado, con los parientes cercanos. Es por ello también que no existen asociaciones de víctimas nativas y que nadie habla de “reconciliación”.

Todos saben que los nativos fueron víctimas y verdugos a la vez pues vivieron una guerra entre prójimos. Las situaciones extremas de tensión y conflicto larvado se viven en las comunidades donde los ex verdugos cohabitan con sus ex víctimas, como en Ruanda.

(6) El final de la guerra y las secuelas
• La guerra empezó a declinar a partir de 1995; pero la “pacificación” armada se prolongó hasta fines de 2000. Desde 1999, los hermanos Quispe Palomino asumieron la dirección de la facción senderista opuesta al “acuerdo de paz” que Abimael Guzmán solicito al ex dictador Alberto Fujimori.
• En los últimos años de la guerra abierta en la selva central, entre 1993 y 1995, miles de sobrevivientes de los campos senderistas fueron instalados en comunidades llamadas “núcleos poblacionales” en los ríos Tambo y Ene, y en las cercanías de la ciudad de Satipo.

• Hechos positivos: la concretización del Plan Integral de Reparaciones y del Registro Único de Víctimas que ha sido reabierto en Setiembre de 2016 (Ministra Pérez Tello). En la provincia de Satipo se han registrado 1,567 víctimas, sobre todo en San Martín de Pangoa (584) y en el distrito de Río Tambo (501). Se identificaron también 163 comunidades afectadas (CR 2019).

Este proceso ha conllevado a un alto nivel de documentación de los nativos de la selva central. De acuerdo con los datos del INEI (2018, Junín), 98,7% de los habitantes de Satipo [203,985 personas] posee su DNI.

Otro hecho positivo es la emergencia de organizaciones de la sociedad civil nativa, en particular la Federación regional de mujeres ashaninka, nomatsiguenga y kakinte (FREMANK), fundada por Luzmila Chiricente y otras lideresas locales en 1998. Desde entonces realizan congresos y talleres de capacitación para lideresas en temas de salud y de educación.

• Durante la guerra interna, las acusaciones de brujería, en particular a niños, aumentaron y, ulteriormente, se mezclaron con las imputaciones de terrorismo a los “recuperados” y a los “arrepentidos”. Después del retorno al estado de paz, esas acusaciones son fuente de conflicto y de inquietud en muchas comunidades de la provincia de Satipo, en particular en los ríos Ene y Tambo. Mi hipótesis interpretativa considera que tanto los “niños brujos”, como los “terrucos-arrepentidos” representan los chivos expiatorios de una sociedad que ha sido duramente golpeada por la violencia de la guerra entre prójimos. Estos hechos no son solo amazónicos, de acuerdo con René Girard (1982), los chivos expiatorios forman parte de los invariantes sociales de la humanidad, que permiten tanto la liberación de la violencia colectiva como la cohesión de la comunidad.



Sin embargo, no recibieron una ayuda humanitaria de urgencia masiva, como lo necesitaban, pues el ex dictador Alberto Fujimori se negó a solicitarla a nivel internacional. La ayuda nacional fue reducida y muy mal organizada.

• Muchos nativos y colonos fallecieron después de haber sobrevivido a los campos totalitarios senderistas. Este hecho constituye una gran vergüenza nacional. Los Ashaninka, los Nomatsiguenga y todos los residentes de la selva central que sufrieron de la guerra tienen razón de considerar que fueron abandonados por el Estado y por la sociedad peruana que los discrimina porque son “indios” y campesinos pobres.

• Las secuelas de la guerra civil en la selva central son negativas y preocupantes, en particular el abandono estatal, los conflictos entre generaciones y la disminución de referentes morales y de ética personal. Citemos también la falta de autoridad política y de justicia en las comunidades, el aumento de los suicidios de jóvenes nativos, la violencia familiar, las uniones precoces y la desnutrición de los niños.

• El VRAEM : La última sección del libro aborda la situación actual de guerra de baja intensidad en el Valle de los Ríos Apurímac, Ene y Mantaro (VRAEM), que no ha recibido un tratamiento de contrainsurgencia eficaz desde la caída del régimen del ex dictador Fujimori.

La organización subversiva dirigida por los hermanos Quispe Palomino (Militarizado Partido Comunista del Perú, Fuerzas Armadas Revolucionarias del Perú), sigue inspirándose de la ideología senderista, se ha aliado a los narcotraficantes y ha realizado muchas acciones terroristas desde 1999, reivindicando 446 muertes civiles y militares.

Asimismo, se han mantenido los campos totalitarios en zonas aisladas y de acceso difícil no solo para vivir al margen de la ley, sino también para entrenar militarmente e ideológicamente a decenas de niños soldados que los subversivos siguen llamando “pioneritos”. Sus madres fueron reclutadas para servir de esclavas sexuales a los mandos. Hasta la fecha, no existe ningún marco legal de protección de esas personas vulnerables y se desconoce su reinserción social.

En el campo de la justicia, he planteado que la realidad de los campos de concentración totalitarios organizados por el PCP-SL y la utilización de niños soldados por todos los actores de la guerra interna meritan ser integrados en el Código Penal peruano en tanto crímenes contra la humanidad. En segundo lugar, he sugerido que es urgente crear un Registro de niños soldados reclutados durante el periodo de la guerra interna y en el periodo actual de posguerra pues sabemos que las “escuelas populares” siguen existiendo en el VRAEM. Además, en esta región, los subversivos siguen utilizando a las adolescentes y a las mujeres para procrear niños que crecen y que son aleccionados desde la cuna en la ideología de la violencia contra el Estado y contra la sociedad peruana. Por esta razón, se debe crear un Registro de niñas, de adolescentes y de mujeres “recuperadas” de los campos neo senderistas para que sean reconocidas como víctimas de esclavitud sexual y reciban reparaciones del Estado.

En fin, los nativos y los colonos andinos conocen perfectamente donde se encuentran enterrados sus familiares, por lo cual parece urgente incluir un Plan de búsqueda de fosas comunes en la selva central donde estaban instalados los campos totalitarios senderistas (Pangoa, río Ene), y/o donde tuvieron lugar las masacres identificadas. Recordemos que en abril de 2018, se publicó el primer listado del Registro Nacional de Personas Desaparecidas y Sitios de Entierro (RENADE), según el cual existen 20,329 personas desaparecidas entre 1980 y 2000, y más de 3,000 sitios de entierro.

Tengo la esperanza que esta publicación sea útil para que los peruanos conozcan la realidad de la violencia política en la selva central, en particular entre los ciudadanos Ashaninka y Nomatsiguenga. Para ellos será muy importante saber que sus experiencias y sus sufrimientos son mejor conocidos por sus compatriotas, por los agentes del Estado, por los profesionales y por los especialistas que trabajan en la selva central. Espero asimismo que este libro despierte el interés de los jóvenes estudiantes de ciencias sociales, de historia y de derecho penal humanitario, para que se aboquen a la realización de trabajos similares — entre los nativos y entre los colonos andinos — de la selva central, y en el resto de la Amazonía peruana, que sigue siendo un territorio ignoto e inexplorado en nuestro país.

1 1996c, 1996c, Réflexions pour nourrir la réflexion, in De la violence, Paris: Editions Odile Jacob: 13-53.
2 1999b, Avant-propos, in F. Héritier, De la violence II, Paris: Editions Odile Jacob: 7-15.3 1969, Crises of the Republic. Traduccion en francés en 1972, Du mensonge a la violence. Essais de politique contemporaine, Paris: Seuil.4 1998, La domination masculine, Paris: Seuil.5 2010, Le siècle des totalitarismes, Paris: Robert Laffont.6 2007 [1912-1930], Anthropologie de la guerre, Paris: Fayard.7 1996, War before civilization, Oxford: Oxford University Press. Edición francesa, 2002, Les guerres préhistoriques, Paris: Perrin.8 2009, Worse than War. Genocide, Eliminationism, and the Ongoing on Humanity. Traducción francesa, 2012, Pire que la guerre. Massacres et génocides au XXe siècle, Paris: Fayard.9 2005, Purifier et détruire. Usages politiques des massacres et génocides, Paris: Seuil.
10 1996a, Masculin/féminin. La pensée de la différence, Paris: Odile Jacob.
11 [1986], Buscando un Inca: Identidad y utopía en los Andes, La Habana, Casa de las Américas. Reedición en 2008, in Obras completas, III, Lima: Sur, Casa de estudios del socialismo.12From Victims to Heroes. Peasant counter-rebellion and Civil War in Ayacucho, Peru, 1980-2000, Amsterdam: Rozenberg Publishers.13 La tentación del olvido: guerra, nacionalismo e historia en el Perú, Diálogos en historia n° 2, Lima, Grupo de estudios e investigaciones Clío: 231-248.
142018a, Censo XII de Población, VII de Vivienda y III de Comunidades indígenas, Perfil sociodemográfico, Informe nacional, Agosto 2018, Sitio oficial Inei.
15Para estimar el crecimiento de la población nativa considerada he tomado en cuenta el índice definido por el Inei, que corresponde a 2,69 habitantes anuales por cada 100 personas en el periodo intercensal 1993-2007 (Inei 2010, Análisis Etnosociodemográfico de las Comunidades Nativas de la Amazonía: 31). El factor multiplicativo sobre 10 años es de 1,3.
162004 [1991], Frente al límite, México y Buenos Aires: Siglo XXI editores.
172002 [1951], Le système totalitaire. Les origines du totalitarisme, Paris: Seuil. Traducción en castellano en 1974, ver la edición de 2006, Madrid: Alianza editorial.

Sobre el autor o autora

Mariella Villasante
Doctora en antropología (École des Hautes études en sciences sociales, Paris), investigadora independiente y asociada al IDEHPUCP. Especialista del Perú, de los pueblos amazónicos y de Mauritania. . Desde noviembre de 2019 colabora con la Dirección General de Personas Desaparecidas del MINJUS, Oficinas de Lima y de Huancayo. Reside en Francia. Ha traducido el Hatun Willakuy en francés en junio de 2015 [Le Grand récit de la guerre interne au Pérou, Paris]. Y ha publicado tres libros sobre el Perú: Violence politique au Pérou. Essai d'anthropologie de la violence (París, 2016); Chronique de la guerre interne au Pérou, 1980-2000 (París, 2018), Prefacio de Salomón Lerner). Y finalmente: La violencia política en la selva central del Perú, 1980-2000. Los campos totalitarios senderistas y las secuelas de la guerra interna entre los Ashaninka y Nomatsiguenga. Estudio de antropología de la violencia, Prefacio de Salomón Lerner (Lima, COMISEDH y Tarea Gráfica, 2019).

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