El filósofo dicharachero

Escrito por Crédito de imagen: Andina.pe

Ciro Alegría Varona (1960-2020), profesor de la PUCP, hijo del autor de El mundo es ancho y ajeno, falleció a sus 59 años el domingo 17 de mayo al sufrir un accidente en el segundo piso de su casa. En vida celebró dos tipos de personas, las poéticas y las éticas, y cultivó ambas, pues, su interés por los temas éticos sobrepasó el área de un aula de clase, encabezando las investigaciones de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación referidas a las Fuerzas Armadas, la Policía y los servicios de Inteligencia, por un lado y del otro, fue un agudo lector, en un medio tan hostil como el peruano, además de melómano, ensayando y tocando a menudo en la Orquesta de Cuerdas de la escuela de música de la PUCP su instrumento adorado, el violín. 

Su primer contacto con la filosofía fue en el colegio Sagrados Corazones Recoleta, con el padre Huber Lanssiers, de jovencito hizo su tesis de bachillerato en Lima sobre la música en San Agustín, y el doctorado lo hizo en la Universidad Libre de Berlín en que profundizó en la tragedia y Hegel. La vida universitaria fue uno de sus nortes y en el tranquilo campus de la Escuela de Posgrado le dedicó unas líneas a Antauro Humala, de quien deploró que hubiese emboscado y secuestrado una comisaría en Andahuaylas y asesinado a policías, y haber exigido –aún sin las pruebas que hoy contamos- la renuncia del Presidente de la República, Alejandro Toledo.

Cuando caminaba por el campus universitario, los estudiantes lo veíamos dando sus trancos saltarines, y, aunque fue gentil y amable, sus ojazos de lechuza, cavilosos, delataban a un nefelibata, ensimismado, adentrándose en el idealismo alemán o en un scherzo de Paganini. De tanto que le decíamos que se parecía a Edgar Allan Poe, decidió llevar bigote y, luciendo una cafarena y saco negros, uno no podía dejar de dar un respingo por ese aire algo sombrío que se posaba en él. En los cursos que dictó no solía tomar el toro por las astas, prefería, y el resultado era generoso, remolonear en la antesala de su objetivo, con cultísimas divagaciones, abriéndole la jaula al vagabundeo de su mente en el calor de la clase, como cuando, por ejemplo, nos contaba que para Kant –y quizás él sintió lo mismo a veces- era un martirio enseñar filosofía a los jóvenes, o sea a gente que aún no ejercía su razón y que eran tercos por naturaleza y cuyos pésimos gustos los encallaban en fatuidades. Había una razón de peso en ese asunto: las sociedades esperan que un maestro forme a sus pupilos y que éstos vayan adquiriendo una cultura sólida, pero los alumnos invierten el proceso, se empachan de frases eruditas alucinándose ya duchos en temas dispersos. Ciro era lo más alejado de lo superfluo, lo que se apreciaba al escucharlo practicar en la salita de música de la universidad y cuando en el 2005 tradujo nada menos que Edipo rey, tomando desprevenidos a varios de sus colegas, de los cuales algunos lo halagaron y otros le dedicaron minúsculas puñaladas, pero eso ni lo inmutaba, pues se había dedicado con una enorme pasión y meticulosidad a las páginas de Sófocles.

Se ha dicho de él que era amable y que poseía raptos impredecibles, es cierto, poseía las maneras de un niño educado, pero en otras circunstancias se cernía en él un aspecto severísimo. Una vez fue jurado de una tesis que versaba sobre un escrito que Kant no culminó interrumpido por la muerte, y a Ciro, con suspicacia, no se le cocinaba que, además, el manuscrito de la tesis hubiera viajado de Alemania a Lima. Ese día ejerció de juez y en ese minúsculo escenario que es el recinto de una sustentación, él casi olfateaba la tesis impresa como si de un queso se tratara o el cuerpo del delito. Pero la imagen que la mayoría tenemos de él es la del profesor que le profirió amor a los filósofos y escritores clásicos, que lo vacunó de las modas intelectuales; enarcaba las cejas censurando la falta de tino y de tacto de los autores contemporáneos que escupían sobre Descartes o Platón. Recuerdo que en el 2006 trabajé en un curso de Ética que dictó y, al entrar en su oficina, descubrí que descargaba de Internet la canción Lazy de Deep Purple, para su hijo, dijo; yo le conté entonces del lío que hubo entre Napster y Metallica por derechos de autor, pero ese mundo le era absolutamente ajeno. Me contó, más bien, de los apuntes que tenía sobre Cicerón y Platón, y también acerca de unos axiomas y máximas populacheras, de las que se burlaba despiadadamente, haciéndolas palidecer frente a la prueba moral de Kant. Aunque, como filósofo, consideraba después el lado luminoso de aquellos dichos.

Ese fue el origen de su último libro. Durante varios años Ciro había acariciado un proyecto más personal y silencioso, y, en la deliciosa expresión de Carlos Fuentes, comenzó a desnatar el día: todas las mañanas de cinco a siete -el único par de horas que podía robarle a la universidad- puso por escrito esos refranes y fue comentándolos. Y liberó así su pluma, rompiendo con la producción estandarizada, que ahonda en lo anodino, escribió como siempre quiso, y, sin caer en el mal gusto, dejó de someterse a las gélidas revistas especializadas. Su libro Adagios, aunque lleva un subtítulo algo barroco («Crítica del presente desde una ciencia melancólica»), mereció el primer puesto del Premio Copé en el 2018. Se trata de una colección de refranes y dichos de la sabiduría popular, oportunos, maliciosos y musicales, que a Ciro le fascinaban. Comentando el adagio «En los acuerdos, lo importante no es la letra sino la música», anotó: «Mi tío Arturo me dijo una vez que a una persona se la conoce por su manera de tocar la puerta».

Un libro antiautoritario y antipatriarcal, sin un sistema y sin ninguna intención de asfixiar al lector siendo edificante. Y, si bien Adagios no es una obra independiente, autónoma, pues depende de los proverbios que comenta, ahí Ciro hizo a un lado al argumentador y se permitió observaciones poéticas y mundanas, acaso las únicas importantes.

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