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La culpa la tiene el otro

El expresidente de la República Pedro Pablo Kuczynski presentó el 21 de marzo su carta de renuncia, en la que responsabiliza de su decisión al clima de ingobernabilidad que fue causado por “la constante obstaculización y ataques” de los que ha sido víctima por parte de la mayoría del congreso. En respuesta a esta carta, el Congreso, mediante la resolución legislativa 008-2017-2018-CR, señaló en la aceptación de la renuncia que “Rechaza los hechos y calificativos que el señor Pedro Pablo Kuczynski Godard expresa en su carta de renuncia, puesto que no admite que la crisis política actual que lo ha conducido a renunciar es consecuencia de actos indebidos en los que el propio Presidente ha incurrido…”. De este modo, de acuerdo a Kuczynski, la culpa es del Congreso y, según el Congreso, la culpa es de PPK.

Este ejemplo no representa un hecho aislado sino una dinámica constante en nuestro panorama político, donde la culpa siempre la tiene el otro.

Nos preguntamos: ¿Por qué existe, en la política, una tendencia a negar la responsabilidad, y qué rol podemos tener nosotros como ciudadanos en todo ello?

¿Por qué no se reconoce la culpa en la política?

En primer lugar, el tema en cuestión puede tener vínculos con hechos judiciales y por tanto, el reconocimiento de algunas responsabilidades puede tener fuertes repercusiones legales. Es evidente que muchas veces opera una lógica de este tipo, pero no es lógico pensar que esta opera siempre o que sea la única. Vich (2002) nos recuerda que construir narrativas que descalifican al otro es una estrategia de control habitual en diversos medios. Observamos nosotros que cuando se niega una cierta responsabilidad esta suele también ser proyectada hacia otros. Así mientras en su carta PPK niega su responsabilidad en el problema adjudica la culpa al Congreso y en su respuesta el Congreso sigue la misma lógica culpando a PPK y exculpándose ellos. Así se construye una narrativa del adversario como el corrupto o como el obstruccionista, con el fin de desprestigiarlo. Goffman (1959) muestra cómo, al construir una narrativa tal, no solo se genera un discurso sobre el otro, sino que también se realiza una presentación de uno mismo con ciertas características. De esta manera, el Congreso pretende señalar la corrupción en PPK y a la par erguirse ellos como defensores de la ética, mientras PPK pretende señalar al Congreso como obstruccionista y se muestra como un sujeto con deseo de aportar pero que es víctima de los impedimentos de otros (“déjenme trabajar”).

De otro lado, no es plausible que todo sea una estrategia (ya sea calculada conscientemente o de manera automática). Puede haber también políticos que actúen con sinceridad y sin embargo nieguen sus responsabilidades. Esta aparente contradicción responde a una lógica develada por el psicoanálisis. Cuando el sujeto realiza una conducta que considera reprochable entra en conflicto consigo mismo. Si la reconoce conscientemente lo invadirán sentimientos negativos. Estos, aunque usualmente llevan al sujeto a tratar de no repetir los actos, muchas veces dan un resultado contraproducente. El sujeto puede escapar del displacer negando los eventos. De ese modo será sincero al contar su percepción, pero los hechos que cuente vendrán ya manipulados por el engaño de su propio inconsciente.

Si estas estrategias tienen sentido es porque en menor o mayor medida funcionan. Son efectivas en el sentido de que, a pesar de la evidencia en contra, logran producir un mensaje verosímil para muchos.

Aunque los escándalos políticos recientes han tenido un efecto en la intención de voto y la aprobación de los políticos e instituciones implicadas, vemos que aún hay muchos que resisten y mantienen la fe en sus líderes a pesar de las evidencias.

¿Cómo así es posible creer en alguien a pesar de la evidencia en contra?

Es verdad que las filiaciones políticas de algunos se basan en juicios económicos “que puedo sacar de aquí”. Desde esta lógica su respaldo sería una decisión racional. Pero esa lógica no explica la defensa ferviente que algunos pueden tener.

Dirán entonces que es por falta de información. Pero vemos que, incluso bombardeado de información, el sujeto puede mantenerse renuente a considerarla relevante o puede olvidarla.

Freud (1921) propone que mediante la instancia del super-yo el sujeto compara su conducta con un ideal del yo. Es en función de este ideal del yo que juzgará si esta actuando bien o no. El líder es colocado en el lugar del ideal del yo. Es decir, que el líder se convierte en la imagen de lo que uno quisiera ser. A veces un ideal tan corrupto que acepta de buena gana las más perturbadoras faltas a la ética de su líder; pero otras, la mayoría de las veces, un ideal cercano a lo social y éticamente aceptado.

"Si el líder reconociera sus errores quebrantaría esta complicidad inconsciente.  Entonces, sería muy difícil mantener el engaño de su perfección y caería del lugar del ideal. Por tanto reconocer los errores se vuelve inadmisible".

El líder, al tomar el lugar del ideal del yo, no es solo un sujeto externo sino que se vuelve parte de nosotros mismos en tanto imagen, parcial o total, de nuestro propio ideal. Entonces, si se cuestiona al líder se está cuestionando nuestros ideales, y por tanto a nosotros mismos. De ahí las defensas vehementes, como si una opinión sobre un líder hubiera recaído directamente sobre la persona que le sigue.

Esta defensa vehemente se apoya en diferentes procesos mentales. El sujeto puede poner en duda las evidencias. Puede, como propone Bandura (1999), desconectarse moralmente. Por ejemplo, justificando su acción (“era necesario”), minimizando el problema (“no es para tanto”) o comparándose favorablemente (“otros son peores”), etc. O, de acuerdo a la lógica psicoanalítica, negarse a sí mismo los actos cometidos y “olvidarlos” casi por capricho. En estos casos lo reprimido reaparece de algún modo. Comúnmente, mediante la proyección, el sujeto se vuelve hábil para reconocer y sentenciar en otros los errores y actos que se esfuerza por negar en sí mismo y su líder.

Por su lado, el líder, para ejercer su máxima influencia sobre la masa, debe mantenerse en el lugar del ideal. Si el líder reconociera sus errores quebrantaría esta complicidad inconsciente. Entonces, sería muy difícil mantener el engaño de su perfección y caería del lugar del ideal. Por tanto reconocer los errores se vuelve inadmisible. Desde esta óptica la sinceridad no será una buena estrategia política mientras busquemos líderes idealizados.

¿Y nosotros qué tenemos que ver en todo esto?

Aunque nos pueda resultar cómodo pensarlo como un fenómeno del que nos mantenemos aislados, hay modos en los que participamos de él en nuestra vida cotidiana. Por ejemplo enseñando a ocultar los errores y enseñando a respetar a líderes idealizados.

Ocultar los errores no es patrimonio de la política sino que se repite en la vida cotidiana. Así como el político puede ser consciente de sus trasgresiones o errores y ocultarlos por alguna ganancia, el padre puede saber que ha actuado mal pero prefiere fingir para “no quedar mal” ante su hijo, para no quebrar su ilusión; el docente puede reconocer perfectamente que no sabe un tema pero frente a los alumnos se inventa una respuesta “para que no le pierdan el respeto”.

En esta dinámica no solo se ocultan los errores sino que se los adjudica a otros. El profesor dice que tiene malos alumnos, los alumnos dicen que el profesor no es didáctico. El padre resignado dice que el hijo es incontrolable, el hijo, cuando tenga oportunidad de hablar, dirá que el padre es insoportable. Cada uno culpa al otro y ninguno señala su responsabilidad en el asunto. Así se enseña que la culpa la tiene el otro.

El problema de esta dinámica en la que criamos a los niños es que: 1) se enseña que mostrar los errores es un signo de debilidad y, con ello, a respetar a líderes incapaces de reconocer sus errores; 2) se enseñan a no reconocer la realidad como se nos aparece sino como nos conviene y, con ello, a respetar a líderes que nos trasmitan realidades escindidas; 3) el no comprender la experiencia en su cabalidad genera que sea imposible aprender de ella y; 4) el niño que logre ver detrás de la mascarada podrá aprender que fingir y engañar no es algo reprochable sino más bien algo valido mientras me haga “quedar bien”.

Así, tendremos una nueva generación lista para, o bien creer en un político cínico a pesar de las evidencias contrarias, o bien para ser ellos mismos este futuro político que lleve con cinismo su tarea. En ese sentido se devela no solo una responsabilidad en nuestro actuar cotidiano, sino también una nueva área de intervención para trabajar temas de ciudadanía.

¿Qué tan proclives somos nosotros mismos a reconocer nuestros errores y responsabilidades ante los otros?

 


Referencias

Bandura, A. (1999). Moral disengagement in the perpetration of inhumanities. En: Personality and social psychologyreview 1999, Vol. 3, No. 3, 193-209

Freud, S. (1921) Psicología de las masas y análisis del yo. En: Sigmud Freud. Obras Completas. Tomo XVIII, 63-136. Buenos Aires: Amorrortu Editores, 1976.

Goffman, E. (1959). ThePresentation of Self in EverydayLife. London: Penguin.

Vich, V. (2002). El caníbal es el otro: violencia y cultura en el Perú contemporáneo. Lima: IEP.

Entrevista

Colaboraciones