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Camino al bicentenario: El año irrepetible

Sin duda, 2018 será recordado como el “año irrepetible”.  Decir inolvidable sería darle un carácter de posible futura añoranza que no se condice con estos aciagos 365 días en los que—en diversos momentos—al país se le ha salido, literalmente, el alma por la boca. Cual juego de sillas musicales, los actores hasta ahora estables de la política nacional, han ido perdiendo su silla a medida que la música se detenía, cada vez con mayor frenesí, al ritmo de una nueva revelación proveniente de Brasil, o de algún video o audio indiscreto.

 De un día para otro—por lo menos así lo sentimos la mayoría de peruanos—el Perú pasó de un “status quo ex ante” a uno “ex post” cuya diferencia más resaltante es la sustitución del poder cuasi hegemónico del “fujimorismo a la Keiko” en el Congreso de la República” por el fenómeno “Martin Vizcarra, el Presidente Americano”. Un presidente accidental, casi casi un “sobreviviente designado”, al mejor estilo de las películas de Hollywood o las tramas de las series de Netflix.  Un presidente “por acaso” que en el camino se adapta “a sus circunstancias” y responde como no lo hacía ningún político peruano desde hace mucho tiempo a las legitimas demandas ciudadanas en pos de una política menos cruel, menos corrupta y menos motivada por apetitos e intereses particulares. Y que, además, se atreve a usar el pulpito presidencial—en una suerte de “neo-populismo”--para impulsar reformas y poder así ejercer un tipo de liderazgo individual que le permita sacar ventaja de la situación de crisis terminal en la que se encuentran los partidos, acudiendo directamente a los ciudadanos peruanos.   

 En lo económico, hace mucho que no pasa mucho y en ese sentido el 2018 no ha sido una excepción.  El crecimiento del PBI—ese pésimo y distorsionador indicador de la actividad económica nacional—ha girado en torno al 4 por ciento, un ritmo de crecimiento desdeñado durante los años del súper ciclo de los metales (2004 al 2013), pero que ahora destacamos como gran logro en medio del marasmo de crecimiento en el que se encuentra inmersa la región latinoamericana. Mientras tanto, la reconstrucción del norte sigue casi paralizada, el empleo formal se reduce a la categoría de “excepción”, la inversión publica y privada sufre los altibajos propios de la incertidumbre política y de gobernanza, y el resto de cosas se sigue moviendo por obra y gracia del piloto automático.

La ruta al bicentenario

 Las elecciones municipales y regionales de este año y—quien lo hubiera dicho—los aplastantes resultados del Referendum del pasado mes de noviembre, han delineado con cierta claridad la ruta al bicentenario, por lo menos en el plano formal.  Presidente, alcaldes y gobernadores—en su mayoría bisoños, nuevos en sus cargos—con plazos de gobierno que se superponen o, en muchos casos, exceden el periodo que va de aquí a Julio del 2021, deberán—todos ellos—regirse en el ejercicio de sus mandatos de acuerdo con los “nuevos” cánones de comportamiento y de relacionamiento con los electores, a menos que quieran caer rápidamente en el descredito en el que se han hundido los políticos profesionales y los no tan profesionales que habitan cual sombras el actual congreso de la República.

 Esto no significa, sin embargo, que debemos esperar paz y tranquilidad.  Por el contrario, la onda expansiva del Lava Jato/Lava Juez del 2018 continuará capturando la atención nacional.  La ciudadanía tiene hambre de verdad, incluso si ello significa condonar los crímenes de los funcionarios brasileños de Odebrecht en el Perú y aceptar una minúscula reparación civil por los daños infligidos al erario nacional. La erradicación de la gran corrupción en el Perú no admite temores ni dudas.  Solo queda esperar que la razzia del 2018-2019 sea el preludio de un nuevo amanecer en el campo político, y que de las cenizas de la partidocracia actual surja una clase dirigente digna del reto de conducir al país por la senda del progreso y el desarrollo. 

 Pero antes de que las cosas mejoren, sin duda éstas han de empeorar.  La renovada urgencia por dotar de un sentido mínimo de control y transparencia en el manejo de la cosa pública todavía no alcanza a los municipios y regiones del país.  El próximo año, sin embargo, será el año del destape de la corrupción regional y municipal.  Esto hará más lenta aún la recuperación de los niveles de gasto e inversión pública y con ello el ritmo de crecimiento económico.

 En el plano de la gran política nacional resulta peligroso esperar que la astucia mostrada por el presidente Martin Vizcarra para descolocar repetidamente a la oposición en el Congreso y fuera de él no provoque en sus enemigos vértigos de pánico que los lleve a su vez a dar manotazos de ahogado.  Por el contrario, es de esperarse que el 2019 sea testigo de ataques frontales a la figura del presidente Vizcarra desde el Congreso, la fiscalía de la nación (con minúsculas, mientras la siga presidiendo el fiscal Chávarri) y desde algunos medios.  El fiasco de Chinchero y el controvertido papel del ahora presidente volverán a ser materia de ataque y defensa.  Los ministros seguirán cumpliendo su papel de fusibles en ausencia de un primer ministro capaz de actuar como muro de contención de los ataques a la figura presidencial.

El próximo año, sin embargo, será el año del destape de la corrupción regional y municipal.  Esto hará más lenta aún la recuperación de los niveles de gasto e inversión pública y con ello el ritmo de crecimiento económico.

En el plano económico, las apuestas están nuevamente en un crecimiento del 4 por ciento, impulsado por la minería y una cierta recuperación del consumo y la inversión privada.  En este sentido, es probable que el efecto nocivo de la incertidumbre sobre estas variables económicas disminuya a medida que los agentes económicos internalicen que dicha incertidumbre es el precio ineludible de cambiar el estado de cosas.

 Sin embargo, al igual que en el ámbito de la política nacional, es arriesgado suponer que nada podrá alterar el esperado crecimiento.  Lentamente, y casi en silencio, se vienen gestando una serie de posibles nubarrones, tanto domésticos como en el ámbito internacional.  Si bien la guerra comercial entre Estados Unidos y China no ha degenerado en una guerra multilateral al estilo de los años 30s del siglo pasado, lo cierto es que la siguiente crisis internacional está siempre a la vuelta de la esquina, ya sea que venga del lado real de la economía o del lado financiero. Brexit, una nueva crisis de los mercados emergentes, o de la Europa comunitaria son factores que no puede desdeñar una economía con el grado de fragilidad y dependencia en las exportaciones de minerales como es el caso del Perú. 

En el campo interno, la economía tiene como factores de riesgo el destino de la política tributaria, la incertidumbre regulatoria producto de un Congreso demasiado dispuesto a defender intereses privados y muchas veces nada santos, y la forma como se conduzca el debate—si finalmente se produce—en torno a la reforma de la legislación laboral.  Se especula abiertamente que el presidente Vizcarra estaría dispuesto a poner en juego parte de su significativo capital político para dejar huella en un campo que en lo que va del siglo ha sido evitado por todos los políticos, independientemente de sus colores partidarios.  Sin partido, sin bancada oficialista, sin un apoyo explicito de los “poderes fácticos”, Martin Vizcarra parece dispuesto nuevamente a sorprender a propios y extraños. 

El año que viene promete mucha emoción, drama y adrenalina.  Si para nosotros los simples mortales el 2018 fue un año irrepetible, imagínense lo que ha sido para los dioses del mini olimpo de la política peruana.  Para ellos el futuro, definitivamente, no es más lo que era.

Entrevista

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