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Cambia, ¿nada cambia en lo económico?

Si algo caracteriza el escenario electoral —con la primera vuelta, literalmente, a la vuelta de la esquina—, es la chatura del debate económico, pues la mayoría —por no decir la totalidad— de los candidatos con mayores opciones manejan propuestas conservadoras, grises, sin cambios. Se comprometen fervorosamente a mantener el “modelo” (aunque no terminen de entender cómo funciona), quizá con algún cambio decorativo o un matiz, aquí y allá.

El reciente revuelo creado ante la cuestión de gravar o no las sobreganancias mineras no sirvió más que para mostrar lo bien alineados que están los principales candidatos, sin ganas de meterse en honduras y tocar temas espinosos. ¿Para qué? El modelo funciona y el Perú ya la hizo. Sigamos así.

Y aunque no es posible desconocer el crecimiento económico de los últimos años y la consecuente mejora en el nivel de vida de muchos sectores de la población, también es necesario señalar que junto a estos avances hay estancamientos y retrocesos que preocupan, múltiples temas pendientes que pocos se animan a mencionar. Ocurre que el modelo no parece estar encarando ni resolviendo los problemas estructurales que aquejan a la economía peruana; por ejemplo, el estancamiento en aquellas regiones que no se han logrado enganchar al proceso de crecimiento y que permanecen en la periferia; la persistencia de graves problemas de pobreza y exclusión; el insuficiente acceso a servicios de calidad en rubros tan esenciales como salud, educación, etcétera; una fuerza laboral mayoritariamente bajo condiciones abusivas y mal remunerada, entre otros.

 

Una revisión de las cifras más recientes de evolución de la pobreza arroja que entre el 2008 y el 2009 el porcentaje de la población pobre cayó de 36,2% a 34,8% a escala nacional. Sin embargo, si se repasan los números en el nivel regional se descubre que, en ese mismo periodo, muchas regiones vieron incrementarse la incidencia de la pobreza, en algunos casos significativamente; en San Martín, por ejemplo, se elevó en más de 10 puntos porcentuales (véase gráfico), lo que revela la enorme desigualdad existente en la dinámica económica de las regiones, de modo que muchas se están quedando rezagadas en el camino al desarrollo.

Lo anterior está directamente ligado al modelo económico en boga, que alimenta una actitud complaciente que asume que el crecimiento y la reducción de la pobreza son fenómenos automáticos que no exigen un mayor esfuerzo de las políticas de Estado: dejemos las cosas como están, que ya en algún momento la prosperidad llegará a los marginados. Pero esa opción por la pasividad resulta siendo una trampa que al final perpetúa y profundiza las brechas entre el que tiene y el que no; injusticias en lo social y lo económico que son un obstáculo para la integración y el progreso de nuestro país.

Entonces, ¿qué se requiere para establecer un proceso de crecimiento más abierto e inclusivo en el Perú? Aunque la respuesta tiene muchas aristas, hay un elemento central que es menester destacar: la necesidad de construir un Estado fuerte y eficiente, con presencia en todo nuestro territorio, que cuente con los recursos y capacidades necesarias para proveer a la población de los servicios indispensables.

El problema es que una de las características más notorias del actual modelo económico es precisamente el maltrato y debilitamiento del Estado, convertido en una bestia negra a la que es fácil criticar (seamos francos, el Estado peruano no es ningún ejemplo de eficiencia) y marginar. Sin embargo, la idea de que nuestro país podrá acceder a un nivel de desarrollo superior y sostenible sin una educación pública adecuada, sin servicios de salud de calidad, sin un sistema de seguridad ciudadana que funcione, es un absurdo.

Pero ese tema, el del fortalecimiento del Estado, prácticamente no figura en el discurso de los candidatos más destacados. No, qué va: que el Estado no se meta, que no estorbe, que el Perú sale adelante solo. Ésa es la idea que rige el presente debate en lo económico. Y ello se refleja en un tema tan crítico como la política tributaria, en la que imperan los vacíos y ambigüedades, porque nadie, como se ve, quiere comprarse el pleito de decir que sí, pues, la tributación en el Perú es muy baja, que hay muchos que zafan el bulto a sus obligaciones fiscales, que el Estado peruano necesita mayores recursos y que ello exige incrementar la presión tributaria. Si no, ¿de dónde va a salir el cuero para las correas? ¿Cómo financiaremos una mejor educación y una mejor salud, programas sociales, infraestructura, etcétera? Gratis no va a ser.

Sin embargo, ahí están los candidatos, sonrientes, asegurando que no, que no hay necesidad de una reforma tributaria; por el contrario: aquí hay que bajar impuestos a rajatabla y listo; terminemos de desfinanciar al Estado. Se ruborizan cuando se les pregunta si van a subir impuestos; se tocan de nervios ante la idea de gravar las sobreganancias mineras; se paltean ante la posibilidad de revisar los contratos de estabilidad tributaria. En fin.

Al final, la impresión que queda al revisar las propuestas de aquellos candidatos con mayores posibilidades electorales es que no hay voluntad para asumir un debate económico en serio, pues se prefiere seguir agarrando al rábano por las hojas. Parafraseando a la gran Mercedes Sosa, en estas elecciones cambia, nada cambia… al menos en el tema económico.

 

Entrevista