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Carlos Sorín: “Soy un escéptico absoluto, pero lo disimulo”

Carlos Sorín (Foto: Filmactu.com).


Es un invitado habitual del Festival de Cine de Lima. Bajito, sonriente, amable. El director de la siempre recordada Historias mínimas es como sus historias: sencillo, directo, nada pretencioso, a pesar de haber logrado un estilo cinematográfico que le ha valido reconocimiento internacional y varios premios.
 

–Te iniciaste en la publicidad.
–Sí, me dediqué a hacer plata. También fui durante muchos años director de fotografía. Entré al cine porque conocía la técnica.

–¿Tenías en mente hacer películas?
–Me parece que no. Quería ser un buen director de fotografía y de publicidad. Después surgió la idea. Llegué, pero no estaba programado.

–¿Estudiaste Cine?
–Sí, en una universidad de La Plata.

–Cuando se piensa en publicidad se piensa en impacto y venta.
–En cómo crear en la gente la necesidad de que vaya y compre el producto. Después está toda la feria de vanidades con los premios de cine publicitario y el Festival de Cannes de publicidad. Pero lo único que importa en eso es que el producto se mueva y se venda.

–La lógica de un tipo de cine es ésa, pero a otro le interesa transmitir algo más personal.
–Cuando haces cine también tratas de vender tu película. Unos lo hacen de forma más evidente y otros de manera más disimulada. Cuando haces cine más personal o artesanal —no lo llamo ‘de autor’ porque este concepto me parece más pretencioso, hay evidentemente otras cosas que importan, aparte de que la película se vea, se venda y deje plata para hacer la siguiente.

–No utilizas la denominación ‘cine de autor’, pero ¿qué opinas de las películas más introspectivas?
–Yo tengo muy poca capacidad de abstracción como para ver cine más allá de mis películas. Veo el cine a través de la que estoy haciendo o voy a hacer. Me cuesta tener una visión de conjunto tanto del cine argentino como del latinoamericano, porque no es mi especialidad. Los que estudian la cultura pueden ver estas manifestaciones de forma más precisa. Además, vivo fuera de la ciudad; veo poco cine, estoy bastante aislado. Veo cine en los festivales.

–Eres uno de los primeros en mostrar ‘la otra’ Argentina. Después los jóvenes han incorporado esa mirada y ésta se ha vuelto ya casi un sello.
–Hay dos Argentinas: Buenos Aires, que es una ciudad monstruosa, la gran cabeza, y el resto: un país medio vacío, con gente distinta, mucho más parecida a la del resto de Latinoamérica.

–¿Cómo descubres la Patagonia? El impacto de esa región fue muy fuerte en ti, al punto que has hecho varias películas allí.
–He hecho cinco películas allí, incluyendo la última, que acabo de terminar. Yo hice mi servicio militar en la Patagonia. Cuando tenía 18 años de edad me fui de la casa de mis padres; fue una separación violenta de mi casa y de mi familia. Llegué allá y me quedé un año. Después he regresado varias veces a hacer comerciales.

–¿Cómo la definirías?
–Es un desierto, una estepa inmensa, interminable, habitada por muy poca gente, y que no tiene color local. No es nada; es como el fin del mundo. Otros lugares, como los del Norte de Argentina, tienen un fuerte color local, mucha identidad local, étnica. Pero en la Patagonia la gente no es de allí, sino que fue a hacer negocios y siempre de forma transitoria, aunque ahora eso está cambiando un poco. Esa situación hace que siempre sea más importante el auto que las casas; las casas están descuidadas y los autos cuidados, porque siempre está la fantasía de irse, de volver al lugar de origen. Sus habitantes vienen de otras provincias o de la ciudad de Buenos Aires.

–¿Qué te impactó de ella?
–No sé. Cuando voy me siento bien, y no es un lugar agradable. Es difícil estar y filmar allí; es muy ventoso, no hay infraestructura: encontrar un hotel de dos estrellas es un milagro. La comida no es buena. Pero, al mismo tiempo, el hecho de irte de Buenos Aires con todo el equipo hace que la filmación se convierta en una especie de retiro. Esas seis semanas que pasas a 2.500 kilómetros de Buenos Aires, aislado, a veces sin teléfono, sin Internet, hace que todo el mundo gire alrededor de la película, que es la actividad central. A mí me gusta eso. Es algo que no pasa en la ciudad, donde termina el horario de filmación y sigues con tu vida cotidiana.

En la Patagonia hubo indígenas. ¿Quedan todavía algunos dispersos?
–Bueno, los mataron a todos. En Argentina hubo un genocidio. Los tehuelche, del Sur de la Patagonia, desparecieron en 1920, y los de la Tierra del Fuego se fueron extinguiendo. Hacia el Norte están los araucanos, que todavía tienen pequeñas comunidades y tratan de mantener su idiosincrasia. Todos los indios de esos lugares eran nómades, hacían largas travesías. Y, como deben saber, las culturas nómades son más endebles ante los cambios. No fueron como los incas, los aztecas o los mayas, que tuvieron asentamientos, por lo que sus culturas fueron totalmente distintas, mucho más desarrolladas.

–¿Cómo escoges esas historias pequeñas, mínimas? ¿Y cómo a los personajes cálidos, comunes y anónimos?
–No sé cómo fue, como tampoco sé cómo tuve la tendencia de trabajar con ‘no actores’. Seguro para desenmascarar que el cine es una falsedad, una ilusión. El cine es producto de una deficiencia física del hombre: si uno no tuviera la persistencia retiniana, las veinticuatro imágenes por segundo las percibiría como veinticuatro imágenes independientes, no habría movimiento. Y todo es falso: cuando se prende la luz, lo único que ves es una pantalla blanca. Yo siempre tuve una especie de rebeldía contra esa falsedad que es inevitable. Entonces, creo que esa tendencia a un realismo extremo en los escenarios, a la luz y a los ‘no actores’, es como ir en sentido contrario de esa artificiosidad que es el cine.

–¿Cuál ha sido tu mayor influencia cinematográfica?
–Me formé como espectador en la década de 1970, en la que había cuarenta o cincuenta maestros en plena actividad. Estaban dirigiendo todos los directores italianos: Fellini, Antonioni, Monicelli, Rosellini; estaba el Free Cinema inglés, la Nouvelle Vague con Truffaut, Rohmer. Fue una época maravillosa. Ésos fueron mis maestros.

–¿Entonces el trabajo con ‘no actores’ viene del neorrealismo?
No: viene de una tendencia mundial, del cine iraní y muchas otras cinematografías, quizá como una reacción a Hollywood. Ellos trabajan un terreno virgen como es ese realismo a ultranza con ‘no actores’. A mí se me ocurrió la idea una vez que tuve que hacer un comercial de Telefónica justamente en la Patagonia. Se trataba de la llegada por primera vez del teléfono a un pequeño pueblo, hecho absolutamente real. Y el comercial era esa fiesta por la llegada del teléfono. Para ello hicimos una selección de actores y de modelos que tenían aspecto de pobladores patagónicos. Nos fuimos para allá con todo el equipo, y cuando llegamos el pueblo estaba totalmente conmocionado. Cuando vi esas caras, me dije: “Filmemos el comercial con esta gente”. Mandé a los actores a un hotel y lo hice con los pobladores durante tres días. El comercial tuvo un impacto que todavía hoy se recuerda. ¡Y han pasado 18 años!

–La película que has traído a esta decimosexta edición del Festival de Lima, El gato desaparece, no tiene nada que ver con esa propuesta. Es más bien una comedia negra tipo Hitchcock.
–Es un ejercicio de cine clásico. Todo lo que puedas hacer en el género de suspenso ya estaba en Hitchcock, fundamentalmente su mirada del humor. Por eso esta película no es un drama sobre la locura sino una comedia negra. Yo pensé: “¿Cómo puedo hacer para tener a un espectador 90 minutos sentado sin que pase nada en la película” —porque no pasa nada, y lo único que pasa no se ve—. Hay un muerto al que nunca se ve. Es un bombardeo de falsas pistas. Fue un ejercicio. Por eso la película que acabo de terminar tiene que ver más con las anteriores.

–¿Cómo se llama?
Días de pesca.

–¿Qué tal fue recibida El gato desaparece?
–La recepción del público y de la crítica fue muy buena. La película ganó cinco premios de de la Asociación de Cronistas.

En El camino de san Diego tú recoges una característica muy argentina: la de endiosar a ciertos personajes a los que aman y después pueden odiar.
–Sí, tenemos grandes mitos: Gardel, Perón, Evita, Diego. Nosotros en la Argentina hemos vivido muchos años de desgracias, tantas dictaduras, tantos muertos. Nuestra historia ha sido enormemente desgraciada en los últimos treinta años, y Maradona era el único que triunfaba. Cuando teníamos la dictadura, los desaparecidos, la crisis económica, el ‘corralito’, Maradona era Dios, se codeaba con los príncipes, con los presidentes. Entonces yo creo que especialmente la gente humilde, la de su misma extracción, se sentía identificada con él.

"Hay dos Argentinas: Buenos Aires, que es una ciudad monstruosa, la gran cabeza, y el resto: un país medio vacío, con gente distinta, mucho más parecida a la del resto de Latinoamérica" - Carlos Sorín.

Y tú te das cuenta de eso a pesar de que no eres ‘dieguista’.
–No lo soy. Y ahora considero que Diego es un fenómeno siniestro. Se está cayendo, la estatua se está resquebrajando. Lo digo por la droga. La droga lo deterioró. Hizo curaciones, se fue a Cuba, Castro lo protegió. Yo creo que no está curado: de la droga no se sale. Y esa cosa auténtica, esa cierta simpleza que tenía Diego, creo que se perdió por la droga. De cualquier manera, hay que valorar una cosa de él: aun en su momento de gloria, siempre fue fiel a su gente. Mi nueva película, Días de pesca, trata de otra adicción parecida, la adicción al alcohol.

–No fue un Pelé, alguien que se vendió.
–Claro, nunca transó con el poder. Ése fue el único aspecto que yo rescato. Pero Diego no es lo importante en la película El camino de san Diego; ahí lo importante es el otro lado del mito, la gente. Eso partió de una situación real: cuando Diego tuvo un problema al corazón y lo internaron en una clínica de Buenos Aires, comenzaron a llegar miles de personas de todo el país y convirtieron eso en una especie de santuario con velas, con rezos.

–Y tú ves la historia desde ese otro lado.
–Es la historia del mito. El personaje es un joven que trabajaba en un obraje perdido en la selva, sin posibilidad de nada. Ver a Diego era lo máximo para él, y aspiraba a eso.

En La ventana tocas el tema del deterioro, de la vejez. ¿Te preocupa la fragilidad física, la cercanía del fin?
–Sí, claro que me preocupa. Pero es inevitable. Creo que no se podría crear si no estuviera presente lo inevitable del final. El arte es el producto de la conciencia del final. En La ventana toco el tema del último día. Pocos meses antes de que yo empezara a trabajar en esa película murió mi padre. La muerte de alguien tan cercano te marca. El tema del final y los afectos fue lo suficientemente fuerte para que quisiera hacer la película y desarrollarlo. Sin embargo, creo que La ventana trata más bien sobre la vida; no es una película down.

–Tú pareces ser muy optimista.
–No creas. En el fondo soy un escéptico absoluto, pero lo disimulo ante los periodistas. Yo creo que todo en la vida es una batalla perdida, pero que vale la pena darla.

–No tocas explícitamente el tema político en tus películas.
–Nunca se me ocurrió, pero mis películas sí tienen que ver con temas sociales. Mi película El perro surgió en un momento muy dramático, cuando empezaron los desocupados, cuando la gente empezó a remover la basura para tener cosas que reciclar. El problema de la desocupación fue terrible en ese momento en Argentina.

Una crisis como ésa los agarró desprevenidos; no como acá, que es como nuestro estado natural, y más bien la etapa de crecimiento es inusual.
–Estoy hablando de Buenos Aires fundamentalmente, donde siempre hubo una clase media muy grande que se pauperizó. El ‘corralito’ fue traumático, como lo fue el momento cuando el gobierno se apoderó de los ahorros de la gente.

–Otro momento, más traumático aún, de la historia argentina fue el de la dictadura de Videla, que apenas ahora están procesando.
–Hubo una revisión de ese proceso; la mayoría de los militares responsables está preso. Eso es saludable e imprescindible.

–¿Y qué piensas de los Kirchner?
–A mí me parece que, salvo algunos errores inevitables, es el mejor gobierno que hemos tenido en los últimos 20 años. Veníamos de una crisis de autoridad a partir del 2002, con la gran debacle que ocurre cuando Fernando de la Rúa se va y se suceden cinco presidentes en dos días. Argentina es un país presidencialista, necesita un líder, y creo que Kirchner asumió con firmeza ese liderazgo.

–Hay una campaña internacional que muestra al país en una inestabilidad y en un caos absolutos.
–No, no es así. Hay una guerra con los grandes medios, fundamentalmente por la ley que limita mucho su poder. Los medios son impunes, y si ves los diarios todas las noticias son desastrosas. Y no es así. Claro que tampoco es que estemos maravillosamente; pero todo tienes que filtrarlo a través de esta guerra feroz, que es una guerra de subsistencia.

–¿Y las denuncias de corrupción también están vinculadas a esa guerra?
–Yo supongo que, como en todos los gobiernos, en éste también hay corrupción. Pero no tengo la menor duda de que están amplificadas. Y ésas son las únicas noticias que salen.

–Lo de la expropiación de Repsol también motivó un escándalo internacional. Acá una periodista dijo que se debería revisar la relación Perú-Argentina a raíz de ello.
–Pero tampoco sucedió nada afuera. Se calmó todo después de unos días. Fueron unos chispazos y nada más. Sin embargo, los diarios argentinos informaron que era una catástrofe, que todo el mundo estaba en contra.

–Otras noticias que aparecen son las protestas y marchas. Dicen que la gente sale golpeando sus ollas.
–Pero eso se da en barrios muy especiales: Barrio Norte, Recoleta. Es la gente que tiene ollas para golpear. Si no, no te explicas que Cristina haya ganado con 54%, y a 40 puntos del que la siguió. Creo que otra ventaja que tiene el Gobierno es el desierto absoluto de la oposición. No hay nadie que pueda emerger, todos están desgastados. El nivel de los adversarios es lamentable. Ojo, a mí no me parece que eso esté bien. Creo que un país debe tener una buena oposición: la democracia necesita de por lo menos dos partidos fuertes. Pero ésa es la realidad.

–¿El hecho de que los enemigos de los Kirchner sean grupos muy poderosos, les gana la simpatía de los más pobres?
–Por supuesto. Las clases más desprotegidas han votado por los dos. Yo creo que este Gobierno ha hecho mucho por ellos. La asignación por hijo, la cantidad de ayudas que les dan es un hecho único. Sin ser una maravilla, creo que este Gobierno es de lo mejor que nos ha pasado.

–¿Qué hacías tú en la época de la dictadura militar?
En 1976 estaba en Colombia; después me fui a Ecuador y volví a la Argentina en el 79. Hacía publicidad. Tuve varios amigos desaparecidos. Pero desde dentro había como un camuflaje. No se notaba nada, salvo que estuvieras militando o comprometido políticamente. Uno sospechaba cosas, pero había una cierta normalidad. Yo creo que eso funciona en todas las dictaduras. En Berlín, en 1934 ó 1935 había una cierta normalidad para los que no eran judíos. Era una normalidad nefasta, porque por debajo estaban ocurriendo cosas.

–O había una negación.
–Sí, claro. Después la cosa se fue haciendo más evidente y se complicó con la guerra de Las Malvinas, cuando se deshizo el gobierno militar.

–¿Nunca te interesó la militancia?
–Sí, tuve periodos, como casi todos los de mi generación que hemos pasado por el Partido Comunista, y después por un peronismo disidente, de izquierda.

–¿Peronismo disidente?
–El peronismo es como el país: es tan amplio, y el espectro ideológico y social es tan grande, que al final es todo. Ideológicamente siempre ha sido poco definido. ¡O sea que ser peronista no significa absolutamente nada! Lo podría significar en el 45, cuando se dio la irrupción violenta de una clase desprotegida. Pero ahora es como decir “soy argentino”. Además, la ausencia de oposición hace que ésta se introduzca en el peronismo. Los más opositores a Cristina son también peronistas.

–Va desde la Triple A hasta los Montoneros.
–Claro, desde la extrema derecha hasta la extrema izquierda. Perón cobijaba todo.

–¿Hay una especie de resurgimiento de la izquierda con estos jóvenes de La Cámpora?
No, La Cámpora es ‘kirchnerista’, es el núcleo duro. Es un sector de jóvenes universitarios, una nueva generación muy bien preparada, pero no es de izquierda. Están asumiendo puestos en el Gobierno por su capacidad de gestión.

–Y aparte del cine, ¿te gustan otras artes? ¿Lees?
–Leo mucho, pero en general ensayo e historia, autobiografías, memorias. Me cuesta mucho leer novelas: llego a la página 15 y las dejo. He intentado: la última que agarré fue Bajo el volcán, de Lowry, y no pude avanzar. Las novelas me agotan. En cambio, leo bastantes cuentos. Mis películas tienen que ver con los cuentos. 

Filmografía
La película del rey (1986)
Historias mínimas (2002)
El perro (2004)
El camino de san Diego (2006)
La ventana (2008)
El gato desaparece (2011)

Entrevista