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Sacrificios

En el Perú, la economía se rige por las cifras de producción minera, pero el país solo siente orgullo por su cocina. Nadie aquí alardea de los logros de la minería, a pesar de que éstos llenan las columnas de la prensa económica internacional. Y esa falta de orgullo no se encuentra solo entre la gente que protesta en las mismas regiones mineras porque siguen siendo tan pobres como siempre: lo mismo ocurre en las ciudades de la costa, donde un nuevo shopping-mall tras otro da testimonio de lo que la mayoría considera progreso y bienestar.

Sin embargo, todos sucumben ante el boom gastronómico. ¿Qué tienen los cocineros que no tienen los mineros? Una mirada a las narrativas que subyacen a algunos spots de promoción recientes nos revela el porqué de esta paradoja.

Propaganda por el Perú (pero, por favor, sin minería)
El reciente spot de la Comisión de Promoción del Perú (PromPerú) lanzando la Marca Perú muestra un mundo al revés: la conquista del Norte por los nuevos conquistadores peruanos: los “chefs”. El video pone en evidencia la importancia de la cocina para la identidad del país: un bus lleno de peruanos “auténticos” visita a sus paisanos del Norte en una pequeña ciudad dormida del Medio Oeste de los Estados Unidos, que por azar también lleva el nombre “Peru”. Los peruanos del Sur traen vida, colores —y sobre todo comida— al país de las hamburguesas. En el video aparece una cantante folclórica en polleras que lleva una llama y a un surfista que enseña a los niños que se alimentan con comida chatarra a subir a una tabla hawaina. Pero, sobre todo, exhibe lo rico que se come en el Perú nuestro. Los sumos sacerdotes de esta tropa de conquistadores peruanos se llaman “chefs”. Son ellos los que lideran el club de conquistadores que vienen del Sur a proclamarles su derecho de comer bien a los nuevos peruanos incorporados al imperio de los sabores. Los conquistadores ya no son soldados y sacerdotes, sino chefs que, con su hábito blanco y que ya no necesitan armas, des-arman a los “peruanos nativos” del Norte gracias a sus dotes culinarias. Qué mejor imagen que cuando Pietro Schiaffino le quita la donut al sheriff “peruano” para entregarle un pastel peruano igualmente lleno de grasa llamado picarón. El éxito del spot radica en esta utopía simpática de un mundo al revés: el Perú conquistando el mundo de los antiguos conquistadores, pero no a la fuerza, sino a través de la persuasión de sus paladares.

No sorprende que los cocineros sean los embajadores abanderados de este nuevo Perú y que todos se colmen de orgullo cuando aparece un plato de su país, ya que el boom gastronómico ha ido creciendo sostenidamente durante los últimos años, hasta culminar en esta fiesta peruana llamada “Mistura”.

Más bien, sorprende lo que la Marca Perú omite: a pesar de sus indudables aportes a la identidad peruana, la comida no es la responsable del inédito crecimiento económico que está experimentando el Perú en algunas partes de su territorio. Las opulentas cifras macroeconómicas no se deben a la exportación de cebiche o de ají de gallina, ni a la de espárragos (que, por cierto, no forman parte del acervo culinario peruano), sino, sobre todo, a la explotación y exportación de oro, cobre, plata, plomo y zinc. Habría incluso que preguntarse si tantos nuevos restaurantes gourmet encontrarían suficientes comensales adinerados sin el boom minero que lo acompaña.

Si fuera por su aporte a la economía peruana, la Marca Perú debería enviar a Peru-Nebraska volquetes gigantes y excavadoras. Pero éstos no aparecen por ningún lado en sus campañas. El hecho de que el Perú viva de sus minas parece un secreto bien guardado. El país minero solo sale a la palestra pública por sus tantos conflictos sociales. El resto parece invisible.

¿Por qué? ¿Se esconde por vergüenza? No obstante que buena parte de sus exportaciones provengan de la minería y de que el Presidente no se canse de decir que sus programas de inclusión social necesitan los ingresos de esta actividad; a pesar de que la tasa de pobreza se ha reducido en un 17%, nadie en el Perú parece sentirse orgulloso de su minería.

Cuentos (mineros) de hadas
Con algunos spots, la industria minera ha intentado revertir esta imagen y propagar su visión del Perú como país minero. Un reciente ejemplo es “La minería empieza por la gente - Conga”. A fines del año pasado, los televidentes peruanos no sabían si reírse o llorar cuando, desde la pantalla, escuchaban gemir a una mujer en labores de parto; eso sí, bien atendida por cuatro médicos y en una sala ultramoderna. Tanto la parturienta como el personal médico llevaban en la cabeza un casco minero de color verde. Los niños peruanos, éste era el mensaje, no nacen con un pan bajo el brazo, sino con un casco minero sobre la cabeza.

El spot muestra también a una familia minera: la madre se levanta al son del despertador, sacude su edredón, se pone unas chancletas de felpa, prepara las loncheras de sus dos hijos y despide al marido con un beso. Éste sale a trabajar como camionero mientras la esposa cuida la huerta y la casa. Tras este spot aparece la promesa de modernidad, de servicios públicos para todos: una sala de parto ultramoderna, un salón de clase con hijos bien nutridos y una maestra capaz y animada (y, se supone, decentemente remunerada). El modelo de familia en el que el esposo sale a ganar suficiente dinero para que la mujer se pueda dedicar a la casa y a los hijos. En suma, un modelo de vida que motivó a millones de obreros industriales del siglo pasado en Europa y los Estados Unidos; un modelo que hoy en día se desdibuja en el mundo europeo, porque las riquezas hoy ya no se crean con el sudor de las frentes de una armada de obreros, sino con instrumentos financieros fraudulentos y —en el caso del oro— con la fe de tanta gente en que el precioso metal sea un refugio seguro para sus ahorros.

Sin embargo, esas mismas escenas se pueden encontrar hoy en la ciudad de Cajamarca. Mi amigo Francisco(1) es ingeniero metalúrgico; su esposa se dedica a la casa y a los hijos, que acuden a un colegio particular de habla inglesa. En la tarde la madre los recoge para llevarlos a sus clases de música, ballet y deporte. Es decir, llevan la clase de vida de las familias estadounidenses y europeas del siglo pasado. Ése es el modelo del spot “Conga va”.

Lo que no muestra el video es que Francisco y su familia viven en un pequeño enclave minero rodeado por una gran población campesina. No obstante que los separa una distancia de pocos kilómetros, sus respectivos ‘mundos’ están separados por siglos, y solo se tocan cuando Francisco sale algún domingo a la ciudad en su 4x4 y ve largas colas de mujeres campesinas esperando su cuota de 120 soles del Programa Juntos. Aunque esta ayuda solo es posible gracias al canon minero, como no se cansa de decir el presidente Ollanta Humala, las mujeres campesinas están en contra de la ampliación de la mina Conga. Ellas viven al costado de las minas y siguen tan pobres como lo han sido antes de que llegara la minería, pero gracias a la presencia de los ingenieros están muy conscientes de su propia pobreza y de la riqueza que se llevan otros.

El éxito del spot radica en esta utopía simpática de un mundo al revés: el Perú conquistando el mundo de los antiguos conquistadores, pero no a la fuerza, sino a través de la persuasión de sus paladares.

La promesa de inclusión en la modernidad que transmite el spot minero debe sentirse como una bofeteada por gente como doña María, del pueblo de La Encañada, que, con su hija de 17 años, espera para recoger el aporte del citado Programa. Su hija sueña con dejar el campo y estudiar Enfermería. Y el deseo quedará en sueño: la familia no puede pagar el alquiler de un cuarto en la ciudad: los alquileres han subido enormemente desde la llegada de los mineros.

Doña María, como todas las mujeres de la cola, está contra el proyecto Conga. Hace tiempo que dejaron de creer en las promesas de que la minería las incorporaría en la vida moderna y ofrecería a sus hijos las mismas oportunidades de las que gozan otros.

La segunda bofetada del spot minero —o ‘metida de pata’ desde el punto de vista comunicacional— son los cascos que llevan los protagonistas. Se trata de cascos de color verde, con la linterna que generaciones de mineros han venido usando para bajar a los socavones. Para la minería moderna, un casco con linterna es un instrumento de museo. Los únicos reflectores que necesitan pesan kilos y están fijados en los volquetes para que puedan aplanar los Andes las 24 horas seguidas. Para ver los enormes tajos abiertos que se incrustan como heridas mortales en los paisajes no se necesita ninguna linterna. El oro se saca hoy día a la vista de todos —pero no está al alcance de todos.

El clamor por la inclusión
Cada vez que converso con personas de comunidades campesinas que viven cerca de minas modernas, creo sentir no solo la preocupación por el agua y el medio ambiente, sino también la gran decepción porque la promesa de inclusión moderna con la que llegó la minería no se ha cumplido. Los campesinos no quieren otra vaca u oveja de regalo, y en eso suelen consistir los Programas de Responsabilidad Social de las mineras. Los campesinos quieren que sus hijos puedan ir a buenos colegios y que luego puedan llegar a trabajar como ingenieros en la mina o en la ciudad. Y lo que ven son dos mundos totalmente separados por siglos. Por un lado el campo, donde la gente se desplaza a pie, a caballo, o tal vez apretada en una combi de segunda importada desde Corea; donde el mayor medio de comunicación son las radios de transistores a pila que los campesinos llevan a la espalda, y donde a las 7 de la noche se enciende —si alcanza la plata para comprarla— una vela porque no hay luz eléctrica. A solo pocos kilómetros, los hijos de los ingenieros conversan por Smartphone con sus amigos, estudian en colegios privados de habla inglesa para prepararse para la competencia global o se preocupan por la marca de zapatillas que van a comprar. El puente entre los dos mundos podría llamarse “educación”, pero nadie parece querer construirla.

La cocina transporta la promesa de inclusión social
Esta promesa de la inclusión por la educación la lleva en el Perú actual no la minería sino la cocina: así como hace medio siglo el orgullo familiar consistió en tener un hijo sacerdote, hoy los padres alardean de tener un hijo “chef”. En todo el Perú las escuelas de cocina crecen como hongos. Los grandes empresarios “chefs” del Perú envían a sus propios cocineros para que enseñen a los chicos más talentosos en los barrios más pobres de Lima. La escuela de Gastón Acurio en Pachacútec es una empresa seria que se dedica a preparar cocineros de primera para que tengan una oportunidad real de hacer una carrera como “chefs”. En cambio, mi amigo ingeniero metalúrgico en Cajamarca sería un profesor fantástico y le encantaría enseñar a los futuros ingenieros cajamarquinos, pero parece que la empresa no tiene ningún interés en que los hijos de los campesinos se conviertan en ingenieros metalúrgicos y futuros colaboradores profesionales.

En la feria gastronómica “Mistura” se reconoce a los estudiantes “chefs” por sus uniformes de cocinero. Los llevan con el mismo orgullo como lo hacían antaño los cadetes de la Marina o los seminaristas jesuitas. “Mistura” es una fiesta popular, casi tanto como la fiesta de la cerveza en mi natal Baviera. Durante dos semanas de septiembre, miles de peruanos hacen largas colas para poder degustar los platos de los mejores restaurantes peruanos. En otro salón, los productores campesinos de todas partes del Perú exhiben los frutos de sus tierras. La feria es una fiesta de sabores, olores y sentimientos, sobre todo para la identidad peruana, que se enorgullece de tener una de las mejores cocinas del mundo. Quien se la pierde en septiembre puede visitar el Museo de la Gastronomía Peruana en el Centro de Lima, donde la entrada es gratuita.

Es algo que no se puede decir del Simposio del Oro. La reunión de los más importantes productores y comerciantes del precioso metal  se llevó a cabo en mayo del 2012 en el hotel más caro de Lima. Una entrada costaba 850 dólares. Lo que se dijo y negoció en esta asamblea se podía leer —si por mucho— en algunos medios limeños.

El oro invisible
A pesar de las linternas que adornan los cascos mineros, el oro peruano es invisible. Deben de ser contados los peruanos que han visto el oro peruano del que habla todo el mundo. El que se produce en las grandes minas se exporta directamente —y por vías muy secretas— a China y Suiza.

Hasta en Cajamarca, el oro es invisible. Hace 500 años primero se despojó aquí al Inca Atahualpa de su oro para, luego, decapitarlo. La historia del oro en el Perú va de la mano de la explotación, la conquista violenta, el despojo y el asesinato. También 500 años más tarde, el oro parece ser el metal menos apropiado para impulsar un desarrollo moderno y sostenible inclusivo para todos.

Porque el oro de Cajamarca es una quimera. Quien busca aquí, ad portas de la mina de oro más grande de oro de toda América del Sur, un grano de oro, no lo encontrará. Algunas pequeñas tiendas de joyeros están medio escondidas en una galería en el Centro. Ofrecen las piezas de joyería artesanal sobre todo a los pocos turistas. Gabriel, el joven joyero, muestra más bien rabia cuando le pregunto por el oro de Yanacocha. Producir joyas de oro en Cajamarca significa un costo adicional para él. “Tengo que hacer el depósito en el banco para que me lo envíen desde Lima”, comenta. A veces también les compra a mineros artesanales de La Libertad.

Ningún turista casual en Cajamarca pensaría que se encuentra en El Dorado peruano. En vez de oro, por donde uno mira se ve leche y queso. Ésa es la única cadena de valor que se percibe. Cajamarca sigue siendo una de las cuencas lecheras más importantes del Perú. Y antes de que los suizos empezaran a comprar el oro, se les conoció por allí por enseñar a los agricultores a hacer queso “tipo suizo”. Hay en el Centro de Cajamarca una gran cantidad de tiendas que lo venden. Cada valle fabrica su propio queso o dulce de leche. Solo en la vitrina posterior de una tienda de artesanía encuentro un indicio de que Cajamarca es una ciudad minera. Debajo de telas de San Miguel y de las bolsas típicas de la jalca hay unos volquetes esculpidos en piedra de basalto. Son copias de los camiones grandes que aplanan los Andes a la vista de los cajamarquinos. Pareciera que ellos mismos quisieran esconder la presencia minera en su región.

Mostrar lo indecible
Mientras el spot oficial de Marca Perú niega la fuente de la riqueza económica de sus ciudades costeras y el spot minero pinta una promesa de inclusión ‘moderna’ del siglo pasado, desfasada de la realidad de sus enclaves, sí existen producciones artísticas que exhiben lo que nadie quiere ver: que la bonanza económica —cuya promesa hasta ahora incumplida sería la inclusión moderna de todos los peruanos— se paga con el precio de una naturaleza vulnerada, unas tierras descompuestas y tal vez contaminadas por mucho tiempo. La autoproclamada “última reina de Cerro de Pasco”, la joven artista Elizabeth Lino, junta lo ‘injuntable’ y muestra lo que Marca Perú quiere esconde : el tajo abierto, la tierra adulterada. En el spot percibimos la belleza de una joven mujer que con vestido de gala y con la faja de las reinas de belleza de provincias presenta al visitante el tajo abierto de Cerro de Pasco. Las aguas contaminadas y oscuras invitan al recorrido de los supuestos visitantes, el ruido de la dinamita reemplaza el cantar de los pájaros para los supuestos ornitólogos.

Es una propuesta artística que invita al debate urgente sobre qué beneficios podrían justificar tantos sacrificios irreversibles para la naturaleza. O, para decirlo con otras palabras: si se decide sacrificar parte de la naturaleza, entonces que sea por algo que valga la pena, sabiendo que la negociación se da entre dos valores contrapuestos y de por sí irreconciliables: la naturaleza intacta como valor versus la inclusión moderna para todos. Ojalá que no estemos, de aquí a veinte años, con la resaca posboom minero, lamentando una naturaleza dañada irreversiblemente y el mea culpa tardío de que la hemos sacrificado a cambio de un centro comercial más cercano y el más reciente modelo de 4x4.

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(1) Nombre cambiado por la autora.

Entrevista