¿Quién le teme al pueblo? Martín Vizcarra, lo que lo hace popular y el populismo

¿Quién le teme al pueblo? Martín Vizcarra, lo que lo hace popular y el populismo

Matheus Calderón Crítico cultural
Ideele Revista Nº 287

Ya desde la historia o desde la ciencia y la filosofía política, la cuestión sobre el populismo -¿Cómo definirlo? ¿Cuáles son sus características? ¿Cuál es su relación con la democracia y el autoritarismo?- ha vuelto a la palestra pública en los últimos años.                      

La discusión, alimentada por los experimentos en Latinoamérica con los llamados socialismos del siglo XXI en la primera década del nuevo milenio, o también con las más recientes y exitosas experiencias de populismos de derecha en Estados Unidos, Polonia, Turquía y Hungría, ha tenido también una cuota de particular desarrollo en las últimas semanas en Perú alrededor de la figura del presidente Martín Vizcarra.  

Para buena parte del establishment político, el solitario Vizcarra, sin partido y sin agenda,  aparece como un líder que sostiene su legitimidad invocando al pueblo, amenazando la ya precaria institucionalidad peruana y cerniendo sobre el país la amenaza de un autoritarismo o, para los más fantasiosos, de una dictadura (he sostenido ya que estas ansiedades frente a Vizcarra tienen más que ver con una élite blanca y limeña sintiéndose acorralada por un presidente provinciano, y buscaré volver sobre eso después). Varias son las formas de entender el populismo. Quisiera referirme de manera breve a dos de ellas.                                                                              

La primera fue la delineada por el fenecido teórico político argentino Ernesto Laclau y la politóloga belga Chantal Mouffe. Laclau (ya en La razón populista) y Mouffe (en Pour un populisme de gauche) explican cómo el populismo, antes que una ideología o un programa ideológico, es una retórica, una operación del discurso que apunta a construir un sujeto político que se enfrente a las clases dominantes hegemónicas. Tal discurso puede ser rápidamente identificado en la separación entre aquellos del lado del verdadero pueblo –en efecto, la retórica populista construye al pueblo- y aquellos opuestos al pueblo.

La segunda es la que presenta el historiador Federico Finchelstein en su libro From Fascism to Populism in History (y no creo que sea casualidad que Finchelstein y Laclau sean ambos argentinos). Preocupado por los orígenes y el pasado del populismo, Finchelstein traza una genealogía que lo emparenta con el fascismo o, para ser más precisos, que lo define como “una forma autoritaria de la democracia que emergió originalmente como una reformulación de posguerra del fascismo”, una forma autoritaria “que sin embargo rechaza la dictadura”.

Uno puede decir que la interpretación de Laclau y Mouffe -que fue el correlato teórico-académico que acompañó y legitimó la ola de gobiernos de izquierda al inicio del siglo XXI en Latinoamérica, al mismo tiempo que abrió la puerta a experimentos partidarios como los de Podemos en España y Syriza en Grecia tras la crisis financiera del 2009- se preocupa por el populismo en tanto posibilidad. Al mismo tiempo, uno puede leer a Finchelstein como una advertencia de las consecuencias del populismo en tanto institución (Finchelstein criticará a posturas cercanas a las de Laclau por desarrollar un “populismo sin historia”).

¿Puede afirmarse que Martín Vizcarra es, hoy por hoy, un líder populista? La primera pista en la muchos han querido ver confirmado el talante populista de Vizcarra es el de su retórica. En efecto, al igual que ocurre con la retórica populista, Vizcarra construye en su discurso oposiciones mutuamente excluyentes. Pero en estas oposiciones lo central no es la construcción del sujeto “pueblo”, no el pueblo oprimido por una hegemonía de los privilegiados del 1%, sino la lucha contra la corrupción, y tal no es un dato menor, porque no está azuzando a las masas en pos de un cambio estructural de la sociedad, sino a lo más a un cambio institucional de la misma.  Antes que populista, Vizcarra busca ser popular –y la lucha contra la corrupción (prestada del discurso antifujimorista) es bastante popular-.

En la práctica, tal retórica emparenta a Martín Vizcarra más con el ex candidato presidencial Julio Guzmán cuando arremetía contra los “dinosaurios”, la vieja clase política que había de desaparecer, que con Hugo Chávez o Donald Trump. El eje sobre el que articula su discurso es otro; y uno puede decir aquí que si tantas ansiedades produce Vizcarra en el establishment no es porque le interese construir pueblo, sino por el fantasma identitario que ven en Vizcarra: él, a diferencia del establishment limeño y bien educado, viene del pueblo. Es claro que tal identificación es, una vez más, un fantasma, una fantasía de la élite: como ha señalado Farid Matuk, “el conflicto actual es intra-clase, entre limeños y provincianos, sin ánimo alguno de alterar sustancialmente el modelo económico”.

¿Vizcarra se ha arrogado el poder de representar al pueblo modificando las instituciones a su antojo? Sí, la propuesta de acortar el mandato constitucional de congresistas y presidentes afecta las instituciones pero, al mismo tiempo, no busca construir un pueblo sobre el cual sostenerse en el poder (como se ha comentado en Twitter, es muy raro eso de un dictador que quiera irse del cargo antes que mantenerse en el mismo). Al contrario, en el terreno retórico la propuesta se basa en la idea de que la clase política necesita un recambio generacional y moral tras los sucesos de Lava Jato –otra vez, un cambio moral institucional pero no estructural-.

Más interesante es el caso de lo ocurrido en Tía María, con el presidente siendo grabado durante una conversación con representantes del gobierno regional de Arequipa. Por cierto: el énfasis en la percepción de que el presidente negocia por lo bajo con los representantes del pueblo arequipeño –esto es, una afectación al Estado de Derecho, posición ya explicada por Andrés Calderón en una columna para El Comercio- suele pasar por alto la todavía más generalizada percepción de que los representantes del Estado negocian por lo bajo con las empresas mineras (repárese en las causas del Aymarazo o del Baguazo).

Lo paradójico de la situación es que también en esta conversación las autoridades de Arequipa llegan a adoptar una postura conservadora respecto del problema, señalando que "un problema técnico (...) se ha convertido en un oportunismo político. (...) Quieren convocar a una huelga nacional. Desestabilizan al país". Tal posición no parece la de líderes que apunten a la construcción de una retórica populista. Vizcarra no busca construir pueblo, no busca enfrentarse a una lógica tecnocrática hegemónica; a lo más Vizcarra busca ser popular en un contexto en el que los propios líderes regionales ceden ante discursos tecnocráticos (“Tía María se trata de un problema técnico antes que político”).

Para buena parte del establishment político, el solitario Vizcarra, sin partido y sin agenda,  aparece como un líder que sostiene su legitimidad invocando al pueblo, amenazando la ya precaria institucionalidad peruana y cerniendo sobre el país la amenaza de un autoritarismo o, para los más fantasiosos, de una dictadura.

¿Por qué entonces esta confusión de categorías? ¿Qué nos obliga ansiosamente a afirmar que Vizcarra es populista? He hablado primero de un fantasma identitario (Vizcarra como un líder que viene del pueblo), pero, ¿no es en realidad el fantasma del pueblo mismo, el miedo al desborde del pueblo, a la ecuación pueblo es igual a turba que se materializaría en la posibilidad de un adelanto de elecciones y, todavía más, en una Asamblea Constituyente?

No obstante, incluso fuera de las ansiedades del estabilishment político peruano, al centro de la discusión sobre el populismo yacen dos preguntas fundamentales: la primera tiene que ver con la definición de pueblo –si tal agente existe-, y la segunda, derivada de la primera, tiene que ver con la cuestión de la representación –si tal proceso es posible de modo integral.

¿Es el pueblo algo que existe, una suma de ciudadanos, cuyos deseos pueden ser medidos por las encuestas? ¿O es más bien una construcción, algo que debe ser declarado: we the people, nosotros (los que nos denominamos) el pueblo? Esta diferencia es la que configura a Vizcarra como un líder popularista antes que populista (y el popularismo puede ser peor que el populismo en algunos sentidos, pero también es cierto que es una estrategia de supervivencia en un clima político extremadamente polarizado: uno no puede evitar preguntarse si, de no contar con la popularidad con la que cuenta y con una oposición hostil, Vizcarra seguiría en la presidencia ahora mismo).

Un populismo de izquierdas por venir buscaría la construcción de un pueblo peruano que efectivamente se enfrente a las élites económicas. De manera curiosa, el conflicto alrededor de Tía María dio una muestra de incipiente populismo arequipeño, con un colectivo que se reclamaba como el verdadero pueblo arequipeño –lo que en redes habría azuzado también xenofobia y discriminación, una posible semilla para un programa populista de derechas-. Otrosí: este es también un buen momento para recordar el sentido del populismo como retórica al comparar discursos de izquierda y derecha, para no caer en posiciones relativistas: en boca de posiciones progresistas las banderas del pueblo están hacia el futuro, el pueblo está por venir, en boca de posiciones reaccionarias el pueblo ya ha sido o está siendo, lo importante es protegerlo de amenazas foráneas o externas.

Si el auge contemporáneo del populismo (el momento populista) es finalmente un síntoma a la vez que una respuesta problemática a la crisis de la representación actual y a la neo-oligarquización de los poderes políticos, ¿cuál es su lugar? ¿O está el populismo condenado a ser una mala palabra? En efecto, la construcción de un significante pueblo es necesario para un proyecto político a gran escala, y no es una estrategia retórica cualquiera, sino una que moviliza mentes y corazones, además de cuerpos.

Y dicho esto, no obstante, habría que advertir también de sus riesgos. El francés Alain Badiou, en Veinticuatro notas sobre los usos de la palabra “pueblo”, concluye señalando que pueblo solo tiene una connotación positiva al oponerse al poder de turno, siempre en contra del Estado o que apunte a su eventual abolición. Todo lo demás puede derivar o en un Estado benefactor, un aparato estatal tomado por una clase dominante que trate con condescendencia al pueblo, o en uno simplemente fascista.

Vuelvo con esto en mente a Finchelstein, que recuerda cómo “críticos desde la izquierda notaron que aunque Podemos argumentaba en teoría que ‘el pueblo son los únicos que necesitan decidir’, en la práctica el partido abandonaba su compromiso a decisiones tomadas en asambleas o colectivos en favor de confiar la toma de decisiones a sus líderes”, y aun más, que “mientras más cercano Podemos estaba a llegar al poder, más vertical y populista se volvía”. Lo mismo aplica para el caso de Syriza en Grecia, advierte. Mientras más cerca del aparato estatal, más posibilidades de que la posición populista mute en algo diferente a las demandas del autodeclarado pueblo.

 ¿Un populismo por venir sería no solo contrahegemónico sino obligadamente contraestatal, a riesgo de volverse una fuerza anquilosada, inconsciente de sus propios privilegios? Al contrario, ¿un populismo que no apunte a construir desde el Estado no sería una fuerza pintoresca, ardorosa pero ingenua e inefectiva?

No existe una respuesta precisa a estas preguntas, tanto porque los aparatos estatales de los países son diferentes (lo que significa oportunidades y desventajas únicas) como porque las formas tradicionales de hacer política (esto es, las formas del siglo XX) están acabadas. La crisis de la idea de representación, por no hablar de la idea de democracia, tras el agotamiento de la forma partido tradicional, demanda posiciones fuertes  que no vendrán, por el momento, de nuestro Estado (menos aún del mercado). Hemos de bregar por un proyecto retórico a la vez que ideológico, pero no por uno pesimista, no uno derrotado de antemano, sino uno consciente de la historia, de sus desviaciones y al mismo tiempo, uno que no le tema a quienes se arrogan (incluso falsamente) la denominación de pueblo en la construcción de una sociedad por venir.

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