Aprovechar la bonanza

Aprovechar la bonanza

Ideele Revista Nº 214

El tema de la explotación minera y los conflictos sociales es un debate importante en el país. El autor considera que la clave está en el máximo aprovechamiento de los recursos que genere la minería en pro de la inversión social.

Si una comunidad toma una carretera exigiendo mejor educación, yo la apoyaría. Pero si el motivo es una mina, tendría que informarme más y distinguir de acuerdo con cada caso.

No todas las minas ni todos los mineros son malos, no todas las minas contaminan, no todas les quitan el agua a los agricultores. La minería podría ser un medio extraordinario para salir de la miseria y el olvido en que se encuentran muchas comunidades.

Lo importante es que las comunidades que comparten el ámbito de una futura o existente mina tengan la autoridad y la capacidad para fiscalizarla, vigilarla, discutir y aprobar su funcionamiento, así como participar proporcionalmente de la ganancia que la actividad minera produzca. Es cierto que, en general, las comunidades tienen un nivel económico y educativo tan bajo que carecen de la capacidad necesaria, pero eso no es excusa para ignorar sus derechos. La sociedad civil y el Estado deberían, en conjunto, ayudar y asesorar a las comunidades para que ejerzan de la mejor manera sus derechos.

El principal problema de las comunidades no es la minería y el extractivismo, sino su analfabetismo, su desnutrición, su bajísima esperanza de vida, su trágico nivel educativo y, en muchos casos, un aislamiento surrealista. Esto las hace vulnerables ante cualquier agente externo y las pone permanentemente a la defensiva. Muchas veces las “distancias” entre caseríos (de 20 a 100 familias) son inmensas (de 2 a 12 horas a pie, pues no hay ni carreteras ni automóviles). El Estado se desentiende de la manera más burda e hipócrita, y la minería no puede ser responsable de esta lamentable situación, pero si su presencia no mejora la calidad de vida de las comunidades en su ámbito de acción, entonces no tiene ningún sentido social.

Sin embargo, una supervisada y regulada actividad extractiva, que incluye creación de empleo, construcción de vías de comunicación, electricidad e Internet, junto con una buena administración y justa distribución de los impuestos generados, aumentarían el nivel de vida de las comunidades involucradas en un porcentaje mucho mayor a la ganancia de capital que obtendrían los accionistas de la mina. Sería absurdo no aprovechar esta situación.

El principal problema de las comunidades no es la minería y el extractivismo, sino su analfabetismo, su desnutrición, su bajísima esperanza de vida, su trágico nivel educativo y, en muchos casos, un aislamiento surrealista. Esto las hace vulnerables ante cualquier agente externo.

¿Cómo se distribuyen los impuestos generados por la actividad minera entre el Gobierno Central, el Gobierno Regional, la provincia y las comunidades en donde se desarrolla la mina?

Se supone que el canon minero es el 50% del impuesto a la renta pagado por la mina, pero ¿acaso ése es el único ingreso o renta que recibe el Estado por esta actividad? De este canon, aproximadamente el 10% va al distrito donde está la mina, 25% al resto de la provincia y el 65% que queda se reparte entre el resto del departamento y el Gobierno Regional.

Opino que, en el peor de los casos, debería ser 1/3, 1/3, 1/3, sujeto a cierta flexibilidad de acuerdo con la cantidad de la población y usando el Estudio de Impacto Ambiental para incluir a las eventuales zonas afectadas. Además, la ley no debería imponer que se usen estos montos solo en obras de infraestructura; ¿por qué no en pagar un doctor?, ¿por qué no en comprar ganado, en comprar un camión para que la comunidad transporte sus productos, en clases de manejo, en clases de geología, en contratar un asesor de la Universidad Agraria?; ¿y por qué no, incluso, una parte en efectivo para los pobladores?

De más está decir que si no se invierte en educación y en buscar mayor valor agregado, la bonanza minera será una patética analogía del auge del salitre, del guano o del caucho. Y por favor, basta de construir colegios; ¡eso es lo más fácil!, lo más importante es el nivel de los profesores, y la nutrición y la dedicación de los alumnos. ¿Por qué no intentamos con escuelas público-privadas, tipo “Fe y Alegría”, y aprovechamos para que fundaciones u ONG educativas canadienses apoyen y creamos programas de becas para que los mejores alumnos vayan a la capital de la provincia a seguir sus estudios?

Un problema es seguir la moda; ser políticamente correcto. Tanto si se es de izquierda como si se es de derecha, aquello a veces suprime la capacidad de pensar diferente, favorece prejuicios y generalizaciones; se evita el esfuerzo por ser objetivo o neutral, y se evade la responsabilidad de discriminar caso por caso y situación por situación. Corremos el riesgo de que un asunto con una complejidad propia se simplifique tanto que termine parodiando un partido de fútbol entre el equipo A y el equipo B con sus respectivas hinchadas fanáticas. Y lo peor de todo, se reprime la otredad, el esfuerzo por entender al otro.

No todas las ONG que se preocupan por el medio ambiente o por el nivel socioeconómico de las comunidades son unas oportunistas que viven del conflicto. Tampoco se puede pensar que todo aquel que quiere supervisar y vigilar el comportamiento de las mineras es un anticapitalista o está en contra las inversiones.

El aspecto ideológico es algo sumamente importante, y creo que debería haber un debate mucho mayor, más comprometido, abierto y transparente; pero creo que más importante que la posición ideológica de los actores políticos, de los agentes económicos y de los funcionarios públicos, es su honestidad. Muchos de los problemas tienen su origen en que no se confía en la honestidad de los involucrados ni en su aspiración y esfuerzo por ser justos. El progreso trae sus riesgos, pero vale la pena correrlos. Se puede y se debe encontrar un equilibrio a nivel cultural. Y paralelamente al aprovechamiento del extractivismo, debe haber un esfuerzo por encontrarle alternativas viables.

Para terminar, un par de preguntas: ¿Acaso no debería haber un esfuerzo por parte del Estado por tener una cartografía geológica más detallada, con un nivel de información más avanzado, de tal manera que en ciertos casos podría pedir más de dinero al dar esos territorios en concesión? ¿No sería interesante explorar la idea de crear una Bolsa de Metales conjunta entre el Perú, Brasil y Chile?


*El autor de este artículo, Alexander Peña Böttcher, es empresario
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