Breve historia de la corrupción en el Perú

Breve historia de la corrupción en el Perú

Daniel Parodi Historiador. Docente en la Universidad de Lima y la PUCP.
Ideele Revista Nº 281

Imagen: El Comercio.

Hace apenas unas semanas, en una conferencia que dicté en el Congreso, cuestioné la Historia de la corrupción en el Perú, de Alfonso Quiroz, señalando que había que identificar también los eventos positivos de nuestro pasado republicano. No me rectifico, pero heme aquí escribiendo la versión breve de aquella. Así es el Perú. ¿Será eso? ¿Será la corrupción una condena a cadena perpetua para nuestra sociedad? ¿O es apenas un fenómeno temporal que puede superarse a través de la reforma del Estado?

Ama sua quiere decir “no seas ladrón”. Si en tiempos de los Incas existía el concepto es porque sucedía en la realidad: ladrones de ganado, de cosechas, curacas o panacas que se quedaban con más ofrendas de las que les correspondía. En fin, aquella realidad era muy distinta porque, para empezar, se desconocía la moneda y el intercambio que de ella se desprende, y porque, para terminar, las necesidades de servicios, desde la alimentación, hasta el vestido, estaban prácticamente satisfechas. Aquel era un sistema que funcionaba y abastecía casi a todos por lo que difícilmente podemos hablar de una corrupción tan enquistada en la sociedad como la que hoy nos sacude.

Es evidente, pero no solemos pensarlo y me gustaría llegar al público más joven: en los tiempos coloniales no había Iphone ni internet, ni siquiera había simultaneidad entre Europa y América. Si moría el Rey de España, el Virrey del Perú se enteraba más de 4 meses después y, así y todo, se declaraba duelo y se realizaban pompas fúnebres por todo el virreinato, misas, oración, procesiones para pedir por el alma del monarca desaparecido, y, seguidamente, las ceremonias de festejo del advenimiento del nuevo Rey. Mientras tanto, en España, ya estaban hace rato en otra cosa.

Esta situación -y las falencias de control y fiscalización que suponían- la tenían muy clara los españoles que dejaron la península para afincarse aquí; y, algunas generaciones después, la tuvieron igual de clara los criollos americanos. En el imaginario español de los siglos XVI y XVII, el Nuevo Mundo era algo así como la oportunidad de lograr lo que en la Madre Patria era imposible para el que nacía pobre y sin título nobiliario; es decir, sin “sangre azul”. ¿Qué querían los que vinieron? Pues obtener riquezas y prestigio a costas de las arcas reales y del trabajo indígena, y, en este concepto, tan bien retratado en la expresión hacer la América, coincidían, con honrosas excepciones, básicamente todos: el Virrey, los presidentes de las audiencias, los oidores, corregidores y oficiales reales (mucho más si son de aduanas), curas doctrineros, etc., pues de eso se trataba el sueño americano de entonces.

Me dijeron muchas veces "no juzgues el pasado": muy bien, no juzgo, solo digo que la corrupción fue la manera como la sociedad se relacionó con el Estado durante el periodo colonial en la América Virreinal, donde cualquier transacción, desde la más banal, suponía una coima, soborno o ventaja -estos los casos más livianos- en favor del funcionario. El Rey, en España, mordía su rabia, no había como controlar a esas gentes de tan lejos; los que enviaba a fiscalizar tanto boato entraban al juego felices y de inmediato, hasta que se hartaron los monarcas borbones y nos aplicaron sus draconianas reformas en el siglo XVIII.

En el colegio nos contaron que una justa causa de la Independencia es que los criollos querían acceder a los cargos públicos, monopolizados por los españoles. Es una verdad a medias, ya que en el siglo XVII los criollos podían inclusive comprar dichos cargos. Básicamente, el único cargo que les estaba vedado era el de virrey. Lo que pasa es que se los quitaron por corruptos, para que ya no se roben más lo que le correspondía a la Real Hacienda de su Majestad. Y es para volver precisamente a lo mismo que algunos de ellos se subieron, a última hora, al caballo errático de la Independencia.

Creo que en esta parte del camino ya puedo detenerme en mi idea central, cuya mitad he señalado antes: en el Perú la sociedad se relacionó con el Estado a través de la corrupción como hábito, cultura o costumbre de las que todos -o casi todos- participaban y que nadie -o casi nadie- se cuestionaba. La segunda parte de mi idea es que en ningún periodo de la historia del Perú Independiente se hizo tabla rasa, ni se implementaron las profundas y absolutamente necesarias reformas para desarraigar un hábito, una costumbre, una cultura, una mentalidad y reemplazarlas por otras mejores, rectas, republicanas.

El siglo XIX fue más de lo mismo, pero démosle un poquito de forma a la corrupción añadiéndole otros conceptos que giran alrededor de ella: patrimonialismo, clientelismo o redes clientelares y populismo, quizá el más moderno y aglutinante de todos. ¿Por qué González Prada nos describe exactamente lo mismo hace 130 años? ¿E igual diferentes analistas de diferentes tiempos?

Me he quedado pensando que solo una generación joven, democrática, revolucionaria y tecnológica podría arrancarle las raíces a un sistema corrupto que no se va a reformar a sí mismo. Y, sin duda, el momento me hace pensar en las revoluciones, pues en este territorio, durante medio milenio, la sociedad se ha vinculado al Estado a través de la corrupción. No nos engañemos, eso es lo que hay, no hay otra cosa. Y este sistema ha desarrollado, durante cinco siglos, todas las inercias, resortes y mecanismos para mantenerse como está. No nos engañen pues, esto no se soluciona removiendo a un par de jueces corruptos. Si alguien, tras lo sucedido en los últimos días, no ve esto claro, es porque no quiere ver o porque quiere que las cosas se queden como están.

Cierro, una generación nueva, joven, partidos políticos institucionales pero nuevos, jóvenes o auténticamente renovados, una revolución moral; 20 años preocupándonos menos por las pruebas de matemáticas y razonamiento, ni por nuestro lugar en el ranking mundial de las pruebas ISO, y mucho más por aumentar la cantidad y calidad de los cursos de ciudadanía y civismo. Falló en su diagnóstico mi amigo Alberto Vergara, en el Perú no hay ciudadanos pues no hay valores ciudadanos, no hay vocación por el servicio público, no hay respeto por la ley, mucho menos apego y amor por las leyes. La primera tarea es, entonces, formar al ciudadano.

Pero mientras se me pasan estas ideas por la cabeza, he preguntado qué es el CNM y casi nadie me responde, recuerdan más bien al juez que dejó ir al violador por dinero; a la niña de 11 años ultrajada, desflorada como dijo ese granuja; pero entonces vemos la epidermis y no alcanzamos a debatir lo sistémico, la estructura que sostiene la acción. ¿Existen entonces las condiciones para una revolución democrática y moral si no sabemos cuáles son las instituciones en las que reposan y se apañan las malas prácticas políticas y de la administración del Estado? ¿O será mejor dejar que todo pase lo más rápido posible, y así volver cuanto antes a nuestra corrupta normalidad?

P.D. Esta nota se la dedico a Gustavo Gorriti e IDL–Reporteros. Son el haz de esperanza que mora muy al fondo de una caja de pandora repleta de nuestra propia miseria. 

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