Crónica de una resistencia: San Marcos protesta, otra vez

Crónica de una resistencia: San Marcos protesta, otra vez

Oswaldo Bolo Varela Docente de Comunicación Social. Universidad Nacional Mayor de San Marcos
Ideele Revista Nº 287

Crédito: Marcos Porras

Eran las horas en que

una huelga general de estudiantes

universitarios conmovía la República

y, para que el acto pudiese realizarse,

fue necesario que los estudiantes

tomasen por asalto la Universidad

de San Marcos: nudo de inquietudes, plaza de victorias

 

Juan Gonzalo Rose, Adhesión a Arequipa, 1957

 

I

Está tocando la trompeta. Todos corremos para que el humo y sus violencias no nos alcancen, pero el muchacho sigue ahí, inamovible, haciendo sonar su instrumento. El sonido no es precisamente agradable (al menos no en este momento) y lo que conmueve no es su musicalidad. Es de noche, y aunque el viento corre más fuerte, ya no hace frío. Nadie de los que aquí intentamos escapar puede respirar bien. Él tampoco. Así que solo se escucha cierta distorsión ruinosa, melodías entrecortadas y desafinadas con rapidez. Son chillidos metálicos que se confunden con los gritos y la desesperación, con los estallidos repentinos de las bombas lacrimógenas que ahora estamos esquivando. Un puñado de sonidos feos en pleno enfrentamiento con la policía. Sonidos lanzados desde una trompeta precaria cuya belleza –cuya finalidad– no es estética, sino política: son el chillido de nuestra resistencia.

Ayer fue igual. Lacrimógenas inundando la ciudad universitaria. Hoy: doscientos estudiantes, más y menos. Encerrados en el campus, gritando consignas, defendiéndose con piedras, alborotados por el gas. En un día normal, en una jornada cualquiera de jueves por la noche, estaríamos en clases, intentando proponer algo sobre esa vaporosa figura llamada identidad nacional. Pero la violencia, que lo trastoca todo, nos ha obligado –nos ha obligado– a estar aquí. Más temprano hicimos una clase en el jardín frente a Letras. Afuera de la Facultad. Casi en la calle. Anoche, en nuestro latinoamericano y fatídico once de septiembre, se viralizaron varios videos donde la gente salía corriendo de sus clases, de las conferencias programadas; profesores y estudiantes se atragantaban y lloraban con el humo de las lacrimógenas, que habían sido lanzadas prácticamente dentro de las aulas. La indignación (al menos en redes, siempre en redes) fue contundente.

La respuesta oficial también. Las autoridades universitarias cerraron el campus. Bajo el pretexto del Examen de Admisión, se prohibió cualquier tipo de actividad académica o cultural. Y nosotros teníamos una clase sobre el rol de los agentes estatales durante la guerra interna. El azar casi siempre es irónico. Así que hicimos la sesión en el jardín frente a Letras. Afuera de la Facultad. Casi en la calle. Allí, una escena: ellas y ellos miran un video que debía proyectarse en clases; lo miran desde un único dispositivo celular; están mirándolo, concentradas y absortos, anotan ideas en sus cuadernos; sobre un jardín precario, dentro de una universidad cerrada que pronto será gaseada. Otra vez. Mientras, el viento corre sobre nosotros. Alguien podría cantar: “el aire toma forma de tornado y en él van amarrados la muerte y el amor”. No me avergüenza decir que los contemplé emocionado. Emocionado.

Un par de horas después, algunos de esos estudiantes estarán lanzándole piedras a los policías o intentando apagar las lacrimógenas que continúan arrojándonos. Las imágenes de sus brazos ensangrentados y marcados por los perdigones se harán más o menos célebres esa madrugada. Pero el momento de fotografiar el abuso y salir en grupos para evitar la posibilidad de que te detengan afuera del campus –el momento de sobreponerse colectivamente al miedo– todavía no llega. Ahora solo cumplimos una suerte de movimiento cíclico de persistencia. Un devenir monótono, pero reivindicativo. La policía ataca, lanza cinco o seis bombardas desde los exteriores de la universidad. No puede entrar (la autonomía, ya sabes… o deberías); no pueden entrar, pero sus armas sí. Desde distintas partes, el cielo se ilumina por ráfagas que van acercándose hacia nosotros: parecen estrellas fugaces, dice una estudiante que estará ahogándose a mi lado en unos minutos. Las lacrimógenas y sus violencias caen. Retrocedemos, corremos dispersos y descontrolados, tratando de esquivar la dirección del humo y gritando que la universidad no se vende, se defiende.

Eventualmente intentan apagarlas. Alguien prueba su habilidad (su puntería) y patea la bomba de regreso, alguien más sacrifica su respiración y se acerca a tirarle tierra, a taparla con un balde, una caja encontrada por ahí, a cogerla con sus manos y devolvérsela a la policía. Cuando se logra esto (apenas pocas veces), todos aplauden. Es extraño, pero es así. Todos aplauden y regresan, envalentonadas y furiosos, gritando esta vez que estudiar y luchar es parte del deber estudiantil. Solo estamos aquí para existir como un loop. Ellos y nosotros, en conjunto. Nos atacan, retrocedemos. El humo pasa y regresamos a intentar atacarlos. Alguien proclama, con la garganta irritada: luchando, San Marcos también está enseñando. Y así varias veces, muchas veces, demasiadas veces ya. ¿Cuánto vamos así?, ¿cuánto dura una resistencia?, ¿cuántas lacrimógenas puede seguir lanzándonos la policía? Empecé a contar bastante tarde, pero llegué a veintiséis. Veintiséis posibilidades para callarte. Pero fueron muchas más.

Mientras tanto, la desesperación llega a nosotros. El rostro arde, los pómulos duelen, se te incendian los párpados, lágrimas que brotan incontenibles, la nariz te destila, tu garganta se cierra, escasea la saliva. ¿Te estás ahogando? Alguien ofrece vinagre, alguien te recomienda inhalarlo. ¿Un poco de agua, compañero? Tranquila, compañera, el efecto va pasando poco a poco, ya no llores. ¡¡Policías, hijos de puta!! ¡¡Perros traidores!! Vamos, compañeros, regresemos, compañeros. Ya se le están acabando las bombas. ¡Apágala-apágala-apágala! ¡Que la patee de vuelta! Despacio, corran despacio. Piedras, traigan piedras. Esta es San Marcos, consciente y combativa. La lucha es consecuencia, y no vacilación. Siempre de pie, y nunca de rodillas. Servir, al pueblo, de todo cora… ¡cuidadooo! ¡Despacioo! ¡Vinagreeee!, ¡¿alguien tiene vinagree!?, ¡¡se está ahogandoooo!! ¡No te eches agua a la cara, es peor! Traigan piedras, nos faltan piedras, ¡avancen! Somos estudiantes, no somos delincuentes. ¡Somos estudiantes, que no somos delincuentes! ¡¡¡Estudiantes, no delincuentes!!!

Quizá un momento célebre en la historia nacional de nuestra infamia pueda explicar, desde otro lugar, desde otro reclamo –porque cualquier lucha es todas las luchas–, qué significa todo esto. La pobladora (que podría ser la estudiante también), luego de ser gaseada y cuya olla común se esparce pateada en el suelo, le pregunta a la autoridad casi llorando: ¿por qué son así, por qué hablan así, por qué nos tratan así? El policía (o lo que él representa) le responde, nos responde: porque son perros, pues conchatumadre, por eso. Por eso.

 

II

Cinco días después, los pasillos de Letras lucen abandonados. Facultad fantasma. Es de noche otra vez y el viento no ha dejado de correr –de agitarnos– en estos días. Hasta la sala de asesorías de tesis, donde espero a los estudiantes que no vendrán, llegan los sonidos que avizoran violencia. Ayer, lunes 23, Orestes Cachay no asistió a la reunión que había concertado con la dirigencia estudiantil. Hoy han tomado la universidad. El envejecido portero de Letras me explicó que la dirigencia había estado esperando al rector, pero que sus asesores dijeron que tenía otros asuntos más importantes; luego resumió bien: ese cree que es su universidad.

Desde temprano, las dirigentes y los estudiantes estuvieron recorriendo las facultades de todo el campus para sumar gente, para informar. Hasta el tercer piso –donde discutíamos en clases las posibilidades de observar y describir en un texto de no ficción–, se oyeron las proclamas estudiantiles: San Marcos no se vende, San Marcos se defiende. Otra vez. A diferencia de hace diez años, cuando protestábamos más o menos por lo mismo, la comunidad universitaria está mucho más organizada. No solo en la exigencia de su pliego de reclamos, sino también en la manera como lo defienden. Carpetas, sillas y escritorios son cargados desde las Facultades hasta las puertas de ingreso de la universidad. Los estudiantes van formando largas filas para depositar su cuota de inmobiliario que tranque las puertas. Parecen frágiles insectos que van recolectando con lentitud su contribución para la colmena: seres apenas amenazantes en soledad, pero mortales –potentes y mortales– en conjunto.

Una colmena que nos estremece. Esta noche ya no está el trompetista, pero su melodía destemplada (y lo que significa) continúa. Los reclamos siguen siendo los mismos. Así que, mientras más efectivos policiales llegan para rodear el campus y la escena de confrontación (con intervención, abusos y detenidos) se vuelve una posibilidad que nos atemoriza a todos, quienes se atrincheran tras las puertas –las estudiantes, los estudiantes–, cantan:

Dicen que San Marcos no sabe luchar

¡qué dicen!

Dicen que San Marcos no sabe luchar

¡ya verá!

ya verá Cachay, carajo, lo que va a pasar

¡otra vez!

ya verá Cachay, carajo, lo que va a pasar

Quien ya lo ha visto una vez, sabe más o menos bien cómo será la siguiente. Si eres estudiante y te enfrentas a la policía siempre pierdes. Hace diez años, cuando la célebre caricatura de Rossell se hiciera famosa (un policía llora no por las lacrimógenas, sino por su “ingreso” a San Marcos), las cosas acabaron más o menos así: estudiantes en el suelo y enmarrocados, golpeadas y detenidos; se intervino el campus; en plena hora de almuerzo, se gaseó el comedor universitario, ¡el comedor universitario! Todavía recuerdo cómo se llevaron detenido a un conocido que ni siquiera había estado participando de la marcha; también, cómo la bota derecha de un suboficial pateó el pecho de un estudiante y lo tumbó al piso, con su charola de comida recién recibida, listo para ser detenido.

El anuncio es breve. Todos se ven cansados, aunque también satisfechos. En unas horas tendrán una asamblea masiva en la que decidirán el levantamiento de la toma. También acordarán que, antes de retirarse, deben limpiar el campus y celebrar una yunza. Una de las tres dirigentes mujeres habla: si nosotros hemos tenido la oportunidad de llegar a este nivel ha sido precisamente por la participación masiva de todos los estudiantes que han estado presentes en la lucha. Les agradece. A estas alturas de la exposición mediática, ya todos saben que esta protesta ha sido liderada principal y casi exclusivamente por mujeres: en nuestra histórica tradición machista de izquierda esto no es poca cosa. 

Pero esta vez todo luce diferente. Hay tensión y miedo, pero también voluntad de hacer, de ser. En el último enfrentamiento, el de los gases inundando la ciudad universitaria, cuando ya todo estaba agonizando y la dirigente estudiantil pedía regresar para organizarnos, alguien, uno de los últimos que aún permanecía al frente –cansado, sudoroso y enfurecido–, gritaba: ¡Luchen por su universidad! ¡¡Luchen por su universidad!! Hoy parece que todos le hubieran hecho caso. Deben ser quinientos, por lo menos. Y son omnipresentes. Están en las siete puertas del campus, cuidando, dentro y afuera, explicando que no, que no hay clases, que los estudiantes han tomado la universidad como medida de protesta. Recorren los pasillos informando de la medida, instalando un tópico, trayendo cosas, repartiéndolas o encargándolas. Están en las explanadas y allí pintan pancartas, idean memes y banderolas, reescriben con originalidad y diversión ese lenguaje monocorde que las generaciones pasadas nos heredaron. Los que no podrán quedarse a dormir, los que ya acabaron de estudiar y ahora trabajan, traen comida y agua para subsistir esa primera noche (y las siguientes), vinagre y bicarbonato para desahogarse de las lacrimógenas (y no “para hacer pequeñas bombas”), atún y conservas, frutas y menestras, papelógrafos, buen ánimo y dignidad. Al tercer día, estarán borrando y repintando las paredes que fueron dañadas; al cuarto, harán una jornada general de limpieza: como cuando uno limpia su casa, profe; o también, directamente desde una historia de Instagram: porque te quiero, te cuido y te defiendo. Cantarán y bailarán en la puerta de la universidad, formarán un cordón humano que será televisado, recitarán poemas allí mismo, demostrarán que estas también son formas de protestar. Dormirán sobre unas sillas, en las casetas de seguridad, apenas tapados con unas colchas, al aire libre, junto a una fogata, contándose historias de tomas pasadas, de otras luchas, con la lluvia cayendo sobre sus cuerpos: expectantes, convencidos. Y así tanto más. Todo emocionante. Todo conmovedor.

Pero, por supuesto, no todo es épico. No puede serlo. Lo dramático (y su desmesura) es necesario (incluso inevitable): otorga complejidad y hondura al acontecimiento. Permite corregir y seguir. Ese desacuerdo, cierto caos, una decisión apresurada, aquello que no se entendió, algo no previsto, algo que se descontrola. Y aunque creo que este tipo de trapos sucios deben lavarse en casa y, también, que no es bueno señalarse los defectos delante de extraños, quiero mencionar aquí, brevemente, tres recuerdos cortos desde mi limitada participación (para asumir sin culpas demonizantes, pero con la responsabilidad digna de quien se acepta las limitaciones). Uno: la llanta, el escritorio viejo y el cartel de plástico que fueron quemados, el jueves 12 en la Puerta 3, frente a la policía, en claro acto de provocación. No importa ahora quiénes fueron (aunque creo intuirlos), pero resultó un gesto algo suicida: nos gasearon pretextando que alterábamos el orden público.

Dos: nuestra parafernalia de respuesta a la violencia. Esto es complicado y tengo ideas contrapuestas. No termina de convencerme que el rostro esté tapado y tenga que lanzarse piedras caóticamente (discúlpenme la pregunta, pero ¿en qué nos diferencia eso de, por ejemplo, los fanatizados del fútbol?, ¿en que nosotros sí las lanzamos por razones válidas?). Sin embargo, empiezo a convencerme de la utilidad de este gesto cuando un dron sobrevuela, graba y amenaza; cuando te abren procesos disciplinarios luego de filmarte; o cuando las cámaras (o algún mediocre jefe de investigación) identifican terroristas por todas partes. No obstante, frente a los reclamos que nos acusan de violentos, toca responder: es la justicia lo que nos calma, no los buenos modales. Quizá en esas pancartas creativas e insolentemente graciosas, en la subjetividad que instauran, en su respuesta al estigma, haya un camino a seguir.

Y tres: la oficina de seguridad. Como cuando se te cae un trozo de comida (posiblemente dulce o grasosa) al suelo, sobre un jardín, digamos, y al rato, un montón de hormigas están sobre él, rodeándolo e intentando sacar algo de allí. Así estuvieron en la oficina de seguridad. Sacaban escritorios, tiraban documentos al piso, se apoderaron de los bidones de agua, de los mandiles de quienes trabajan ahí, varios cuadernos de ocurrencias quedan rotos, los monitores de computadoras están en el suelo. El lugar es un desastre, parece una página escrita en Ensayo sobre la ceguera. Con una linterna, alguien escarba los cajones de los escritorios, buscando qué llevarse: encuentra tres afeitadoras desechables, coge una, se la mete al bolsillo y le entrega las restantes a los otros dos que lo acompañan. Alguien más sale con una impresora en los brazos. Varios le increpamos que eso no ayudará a trancar la puerta, pero nos ignora con desprecio y sigue de largo.

Pero llega rápido la dirigente estudiantil. Furiosa, molesta. No, grita, así no. Eso desvirtúa la lucha. Le hacen caso. Alguien más explica que eso también es nuestro, que cómo vamos a dañar el material de la universidad. Hay que empezar a buscar una manera de reparar esto, propone otro estudiante. Hay silencio y todos se miran. Sus miradas podrían decir: sí, la violencia también nos desborda, nos enfurece, somos sujetos posesos por la rabia y la indignación; pero también podemos controlarnos. El silencio es roto por una piedra: un idiota la ha lanzado contra la ventana de la oficina de seguridad, apenas han pasado unos minutos del episodio anterior. ¿Y qué hacen los estudiantes organizados, jardín de nuestra alegría, aves que no se asustan de animal ni policía?, ¿qué hacen? Lo detienen, le gritan que no, que así no. Lo identifican: filosofía base 2019. Le huelen el tufo a alcohol, lo echan de la protesta: vete, así no protestamos, así no. ¿Entendieron? Así no.

 

III

Anoche llovió en la ciudad. En el cuarto día de la toma del campus, gotas gruesas, rápidas y desacostumbradas cayeron sobre Lima, la húmeda. Las pancartas colgadas en las puertas de San Marcos amanecieron mojadas y un poco deshechas: los ánimos no. Anoche también, hacia las dos de la madrugada, la gente de Irradiando –ese grupo de estudiantes, independientes y  autogestionados que ha cubierto la toma con una entrega y compromiso inusitados– transmitió la llegada de las dirigentes estudiantiles a la ciudad universitaria. Venían de hablar con el rector, de hacerle una jugada de jaque. Aceptó cinco de los seis puntos demandados. Lecciones de política contemporánea en sábado por la madrugada: luego de doce horas de diálogo (el tiempo que cuesta entenderse en este lugar), las dirigentes van a la universidad y les explican a sus compañeros el golpe que acaban de asestar. Quienes las esperan, estudiantes con frío pero expectantes, lucen muy abrigados; con chompas gruesas y mantas ligeras sobre la espalda; chalinas, chullos y guantes; alrededor de una fogata, soltando alguna tos. Las reciben con aplausos, al fondo suenan fuegos artificiales.

El anuncio es breve. Todos se ven cansados, aunque también satisfechos. En unas horas tendrán una asamblea masiva en la que decidirán el levantamiento de la toma. También acordarán que, antes de retirarse, deben limpiar el campus y celebrar una yunza. Una de las tres dirigentes mujeres habla: si nosotros hemos tenido la oportunidad de llegar a este nivel ha sido precisamente por la participación masiva de todos los estudiantes que han estado presentes en la lucha. Les agradece. A estas alturas de la exposición mediática, ya todos saben que esta protesta ha sido liderada principal y casi exclusivamente por mujeres: en nuestra histórica tradición machista de izquierda esto no es poca cosa.

En fin, así va acabándose todo esto (aunque aún no se haya acabado todo). La policía ya no rodea el campus (se retiraron al segundo día) y la amenaza decreció un poco. La prensa hegemónica, posiblemente motivada/presionada por la opinión pública, ha dejado de terruquearnos un poco. La ministra de Educación –también sanmarquina– fungió de mediadora. Muñoz, el alcalde que se manifestó tarde, aparece en la foto portada del acuerdo junto al rector (pero los estudiantes no). Poco antes de esta reunión, Cachay difundió un comunicado en el cual, de manera repentina aunque entendiblemente acomodaticia (se estaba quedando solo), se plegaba al reclamo de los estudiantes: el documento tenía el escudo de la universidad al revés, ¿alguien más ve en este gesto la marca literal y metafórica de lo errado?

Poco antes de abrir las puertas de la universidad y declarar finalizada la toma –ya es la noche del sábado 21 de septiembre, cinco días han pasado– varios bromean con la idea de ser detenidos (ahora salimos y nos agarran, se escucha). Un estudiante está cortando el candado que une las cadenas de la puerta. Alguien le grita: imagina que es el cuello de Cachay. Todos ríen. Esta noche varios de ellos y ellas regresarán a su casa luego de cinco días fuera. El candado se ha roto, las puertas se abren. Regresarán a sus casas, con sus familias. Hijos de carpinteros, albañiles o enfermeras; hijas de profesores, policías o taxistas. Los primeros en salir son los sikuris, tocan esa melodía tan conocida (hasta el hartazgo) para quienes hemos estudiado en este lugar. Algunos los siguen y cantan con ellos una canción, podría ser esta: pueblo mío, ya no llores; no llores ni tengas pena: tus hijos ya están luchando. La prensa se aproxima, pregunta. Estaremos vigilantes, responden las dirigentes, la lucha no se ha acabado todavía. Hijas de migrantes, hijos de gente empobrecida, hijas que son la primera mujer de la familia en ir a una universidad, hijos cuya familia cree –con desesperación– en el mito de educarse para ascender. Al fondo, gritan las proclamas ya conocidas: San Marcos ya lo sabe, la lucha es el camino; estudiar y luchar, es deber estudiantil; siempre de pie y nunca de rodillas. También gritan mi favorita: San Marcos, luchando, también está educando. Pero no solo hijos, también madres que apoyan la olla común, padres que esperan despiertos a que llegues de estudiar, hermanos que trabajan para mantener a sus menores, hermanas que alientan a seguir su ejemplo. Ahora vuelven a ingresar al campus, la conferencia ha terminado. Afuera quedan los periodistas, desolados. El lunes las actividades retomarán con cierta normalidad. Yo volveré a clases y no podré ver a mis estudiantes de la misma manera. Nadie debería. Las lecciones de dignidad, solidaridad, rebeldía y resistencia resuenan en nosotros, nos conmueven e interpelan. Desde adentro, lejos pero identificable, se escucha el chillido de una trompeta.

Agregar comentario

Medio ambiente

Colaboraciones