El Congreso que se nos viene

El Congreso que se nos viene

Ideele Revista Nº 205

Uno se pregunta qué escribir sobre una campaña presidencial como la actual, que transcurre entre exaltados pedidos de pruebas toxicológicas, cortes de pelo y acusaciones fallidas de vínculos con el narcotráfico. Por lo menos en lo que va de la campaña, los términos del debate han sido empobrecidos, y probablemente con ello muchos de los temas que se encuentran en juego en esta elección han quedado, también, ocultos.

Uno de ellos es el de la calidad del próximo Congreso, esta institución que concita los niveles más bajos de confianza entre la ciudadanía del Perú. Mientras nuestras cifras de crecimiento económico se elevan sin cesar y el país muestra una asombrosa resistencia a la crisis internacional, la aprobación del Congreso al que estamos a punto de renovar no asciende desde el subsótano en que se encuentra. El Parlamento es una de las instituciones más vapuleadas del país, y lanzar hoy adjetivos contra los congresistas, solicitar la reducción de su número y su salario e, incluso, su desaparición, es bien visto, saludado y compartido por electores de muy diversa orientación. La idea resulta tan atractiva que atacar el Parlamento se ha convertido incluso en la estrategia de campaña de algunos postulantes, que prometen “fumigar” el Congreso desde dentro a cambio del voto popular.

La versión menos radical del rechazo al Parlamento sugiere que los candidatos a él debieran tener educación superior como requisito para postular, idea que no solo resulta antidemocrática sino que es tributaria de la vieja idea platónica según la cual “solo el que sabe es bueno, el que sabe es justo”, falaz y ajena al principio de representación que debe regir una democracia moderna. Sin embargo, el discurso más común es el que reclama la necesidad de renovar el Parlamento, que en última instancia se resume en el lema “que se vayan todos”. Después de todo, si los parlamentarios son malos, debe ser porque los buenos están a una elección de distancia, esperando por ser elegidos y por llenar el espacio que hoy ocupan aquellos parlamentarios que copan titulares de escándalo y que hoy son mejor conocidos por sus apodos (Lavapiés, Comepollos, Mataperro) que por sus proyectos. Lo único que este sentido común exige es balance y liquidación o, como mínimo, total renovación.

¿Es renovar nuestra representación política lo que necesitamos? Veamos algunos datos. Tomemos como punto de partida el Parlamento de 1995, el primero desde la aprobación de una nueva Constitución por el Congreso Constituyente Democrático (CCD). El porcentaje que fue renovado —es decir, la proporción de congresistas que no participó del CCD y que representaban el clamor popular por “nuevos rostros” en la política— alcanzó en esa elección el 67%. Cinco años después, en el Congreso que sesionó en el breve periodo 2000-2001, aquel que fue recordado por convertirse en el camal en que se descuartizó la voluntad popular y que dio lugar al más crudo transfuguismo, el 70% de sus integrantes eran nuevos en política.

Alguien podría argumentar que esta situación era propia del Gobierno de Alberto Fujimori, interesado en mantener débiles las instituciones democráticas y manipulable el Parlamento. Sin embargo, el Congreso que siguió a la transición democrática respondió a un patrón similar. En el momento en que asumió el Gobierno Alejandro Toledo, juramentaron con él 120 parlamentarios, de los cuales 80 —el 67%— eran nuevos otra vez. Cinco años después, el 2006, cuando el Congreso tomó juramento al presidente García, nada menos que el 82% estaba conformado por congresistas que por primera vez ponían un pie en el hemiciclo. Es decir, el Congreso que se va, éste que se ha convertido en blanco de las más ácidas críticas y que supuestamente se encuentra habitado por los “políticos tradicionales”, es la más clara encarnación de la renovación de la representación.

¿Qué hacer, entonces? ¿“Que se vayan todos”? ¡Ya se fueron! Cada 5 años inauguramos un Congreso de novatos. Algunas ofertas de reforma que buscan ponerse a la cabeza de este ánimo ciudadano señalan como la solución al problema la renovación por tercios, la revocatoria del mandato o incluso la prohibición de la reelección, medidas todas ellas que apuntan hacia la renovación de los representantes. ¿Necesitamos renovar a nuestros representantes? La evidencia sugiere que no. Tal vez lo que se requiere para elevar la calidad del Parlamento es algo menos popular e inmediato en sus resultados, pero acaso más efectivo: la reelección. Si bien el Parlamento debe ser resultado de una combinación razonable de renovación y continuidad, es claro que hoy la balanza se encuentra inclinada crecientemente a favor de la primera. Por lo tanto, necesitamos profesionalizar nuestro Parlamento y profesionalizar la política, facilitar el aprendizaje y la acumulación de conocimiento y experiencia en nuestros congresistas. La debilidad de los partidos políticos para ofrecer vías de ascenso y descenso político, y la alta disposición de los electores a cambiar su voto entre una elección y otra, han destruido la noción de carrera política. No existe aprendizaje en el Parlamento y tenemos representantes que deben aprender el oficio de la fiscalización, la representación y la legislación desde cero, cada cinco años.

En los días de campaña que se avecinan, cuando tenga un momento libre entre las acusaciones de ida y vuelta entre los candidatos ala Presidencia, dedique unos minutos a pensar en el próximo Congreso. Porque aunque algunos presidenciables se esfuercen en hacernos creer lo contrario al presentarnos listas llenas de actores, deportistas, parientes y mercaderes, el Parlamento importa, y quienes lo ocuparán por los próximos cinco años, también.

 

Agregar comentario

Entrevista