El efecto Trump en América Latina

El efecto Trump en América Latina

Michael Shifter Presidente, Diálogo Interamericano
Ideele Revista Nº 283

Pixabay

Hace más de un año, mientras Donald Trump lanzaba una de sus ya habituales diatribas llena de insultos y falsedades, le pregunté a un amigo argentino si había escuchado un discurso tan agresivo de un funcionario público antes. “Seguro”, me respondió, “pero nunca en inglés”.


En efecto, el presidente de EEUU es muy distinto a sus antecesores (tanto republicanos como demócratas) en temperamento y lenguaje. Para muchos el estilo de Trump recuerda al de líderes latinoamericanos como Juan Perón y, más recientemente, Hugo Chávez. Aunque hacer comparaciones siempre es riesgoso, es difícil ignorar las similitudes, incluyendo el desprecio a las instituciones democráticas, el culto a la personalidad del líder, y la visión de confrontación de “nosotros contra ellos”.


A pesar de estos puntos de contacto con el fallecido líder bolivariano, Trump ataca al régimen venezolano de Nicolás Maduro con una beligerancia salida de la guerra fría, incluyendo sanciones y la posibilidad de una intervención armada. John Bolton, el asesor de seguridad nacional de Trump, dio un discurso en Miami (¿Dónde más?) en el que apuntó contra la “Troika de la Tiranía” en la región, incluyendo a Maduro en Venezuela, Raúl Castro en Cuba, y Daniel Ortega en Nicaragua. La amistad de Trump con otros líderes autoritarios, incluyendo al ruso Vladimir Putin, no parece extenderse a América Latina.


Más allá de esta curiosa (y selectiva) preocupación por las dictaduras, nada indica que el gobierno estadounidense tenga una estrategia coherente hacia América Latina, ni voluntad para trabajar con la región en la resolución de problemas comunes. Este enfoque miope es desafortunado, y ya está empujando a los gobiernos latinoamericanos a reforzar sus vínculos con otras potencias externas.
El enfoque de EEUU hacia América Latina siempre ha estado marcado por la política doméstica estadounidense, pero nunca al extremo que se llegó bajo Trump. Por ejemplo, la importancia excesiva que el presidente le da a México desde su primer discurso como candidato (donde llamó a los inmigrantes mexicanos criminales y violadores), se debe a la importancia que tiene el vecino del sur para dos temas clave de la campaña que llevó a Trump a la Casa Blanca: comercio y, especialmente, inmigración.


En materia comercial, forzó una renegociación del NAFTA con México y Canadá después de meses de amenazas. La firma en diciembre de un nuevo acuerdo (llamado USMCA en inglés) no trajo cambios trascendentales, pero le dio una victoria política a Trump. En cuanto a la inmigración, el presidente estadounidense insiste con su irritante propuesta de construir un muro en la frontera con México mientras implementa una política de mano dura contra los migrantes de origen centroamericano que intentan alcanzar territorio estadounidense para pedir asilo, incluyendo los exagerados ataques de Trump contra la reciente caravana de migrantes de Centro América. Manteniendo la atención sobre estos asuntos Trump sigue movilizando a su base de votantes y les demuestra que está decidido a cumplir con sus promesas de campaña.


Mientras que los insultos y comentarios racistas de Trump contra los mexicanos han generado tensiones entre los dos países, es destacable la moderación con la que reaccionó el gobierno de México, primero bajo Enrique Peña Nieto y ahora con el más nacionalista Andrés Manuel López Obrador. Sin dudas se han dañado lazos de cooperación y confianza construidos desde hace más de 25 años entre ambos países, pero México intentó astutamente acomodar las demandas de Trump sin generar un enfrentamiento que perjudicaría a todos. A pesar del estilo desconcertante de Trump, muchos gobiernos de la región (fuera de la citada Troika) parecen seguir el mismo camino pragmático para lidiar con el presidente de EEUU.

El mensaje es claro: los EEUU deben ser el socio principal de América Latina, y quienes mantengan vínculos demasiado estrechos con Beijing deberán atenerse a las consecuencias.  

Complicando todavía más la relación con América Latina, la administración Trump puso la mira en la creciente presencia de China en la región. Liderados por Bolton, funcionarios del gobierno estadounidense transmiten a sus colegas de la región el rechazo de Washington a la forma en la que se comporta China, incluyendo sus prácticas “predatorias” que generan “endeudamiento y dependencia” (ignorando desde luego siglos de historia de EEUU en la región). El mensaje es claro: los EEUU deben ser el socio principal de América Latina, y quienes mantengan vínculos demasiado estrechos con Beijing deberán atenerse a las consecuencias.

Esta política de amenazas y castigos para limitar la influencia china probablemente genere todavía más resentimiento hacia EEUU en América Latina. Por ejemplo, en agosto pasado Estados Unidos reaccionó con una virulencia sin precedentes (incluso amenazando con cortar toda asistencia) cuando El Salvador cambió su reconocimiento diplomático de China a Taiwán y lanzó proyectos de infraestructura financiados por Beijing. A pesar de ello, es difícil que Washington pueda igualar la magnitud de las oportunidades comerciales y de inversión que trae China a la región. Mientras continúa la guerra comercial entre las dos superpotencias, es posible que EEUU se comporte de manera aún más agresiva con los países latinoamericanos que busquen mayores vínculos con China.

A este escenario regional complejo e incierto se suma la llegada de un gobierno nacionalista y de ultraderecha en Brasil, liderado por Jair Bolsonaro. El nuevo presidente brasileño prometió revertir la política exterior tradicional de su país y alinearse completamente a los EEUU (y sobre todo a Trump), lo que implicaría alejarse de China, subir la tensión con Venezuela, y mover la embajada brasileña a Jerusalén.

¿Estará comprometido Bolsonaro a esta agenda de política exterior, o se trata solo de una estrategia para acercarse a Trump? Después de todo, Bolsonaro –a veces llamado “el Trump tropical” -- está orgulloso de su cercanía con el presidente estadounidense, confirmada con una amistosa reunión que mantuvo con Bolton en noviembre. La campaña que llevó a Bolsonaro al poder en Brasilia estuvo fuertemente inspirada por la de Trump, incluyendo el uso efectivo de las redes sociales y una retórica vulgar, discriminatoria y contraria a lo “políticamente correcto”.

Como Trump, además, Bolsonaro se rodeará de sus hijos en el ejercicio del poder. Su hijo mayor Eduardo, el legislador más votado en las pasadas elecciones brasileñas, llevó una gorra de “Trump 2020” durante una visita reciente a Washington DC. También como los Trump, la familia Bolsonaro ya ha sido vinculada a potenciales conflictos de intereses y casos de corrupción. Desde luego, está por verse si este teatro lleva a un refuerzo verdadero de la cooperación entre Brasil y Estados Unidos. Durante años México debió soportar acusaciones desde Brasilia de ser “lacayos de Washington”. La situación parece haber cambiado, y México podría reír y disfrutar el momento.

Más allá de la forma en la que Bolsonaro, AMLO y otros mandatarios se vinculan con Trump, el presidente de Estados Unidos es inmensamente impopular en América Latina. De acuerdo a las encuestas del Pew Research Center, la imagen de EEUU en la región colapsó tras la retirada de Barack Obama. Aunque Gallup señala que la imagen de EEUU se deterioró en todo el mundo bajo Trump, el derrumbe fue todavía más agudo en América Latina: solo 16% tiene una imagen positiva del presidente, que baja al 7% en México.


No hay duda que los lazos entre EEUU y América Latina se resintieron en los últimos dos años, y hay pocas perspectivas de que la situación mejore durante el mandato de Trump, que termina en 2020. Aunque muchos en Estados Unidos siguen pasmados por la degradación de la política bajo Trump, los Latinoamericanos lo han vivido en sus propios países. Es difícil que la versión en inglés tenga un final feliz.

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