El misterio del ambiente

El misterio del ambiente

Ideele Revista Nº 188

El ciclo 2007-2, en la Facultad de Arte de la PUCP, Carmen, mi enamorada, estaba llevando un seminario sobre performance y cosas por el estilo. Bueno, el examen final era, por supuesto, hacer una performance. Carmen hizo un trabajo en grupo con un par de amigas. Hablaron un rato y eligieron un espacio que les gustaba: el transporte público, la típica combi asesina. Hablaron de las combis y de cómo se invade de todas las formas posibles el espacio personal.

Bajo ese concepto, decidieron realizar su performance invadiendo ese espacio personal, que igual no hay, pero extremando el asunto. ¿Qué quiere decir eso? Que Carmen terminó depilándose las axilas en un micro, mientras una amiga se ponía ruleros y crema en la cara, y otra se cortaba las uñas de los pies. Todo filmado sutilmente para presentar la documentación, y actuando lo mejor posible para invadir ese espacio.

Bueno, ¿a qué viene todo esto? Es bien simple. A nadie le gusta tener el pie apestoso de alguien al lado, simplemente porque es una especie de atentado contra la moral, las buenas costumbres y esas cosas; o, mejor, porque es desagradable. ¿Por qué la gente se queda callada, entonces? ¿Por qué no dices nada cuando ves algo que te molesta o te indigna? La mayoría de personas se queda callada. Puede haber una mujer depilándose las axilas a tu lado, y no vas a decir nada. Eso no quiere decir que te parece bien que se esté depilando; solo no lo dices.

Lo mismo pasa con las relaciones homosexuales que se ven en público. No es que los demás no estén indignados con lo que ven. Por Dios, dos mujeres de la mano; eso es amoral, indignante. Seguramente es incómodo, y debe de ser desagradable para muchos; al fin y al cabo, a muchos se les ha enseñado que una mujer debe tener un hombre, y un hombre a una mujer, formar una familia, tener hijos, realizarse como persona. La Biblia les dice que la homosexualidad es “aberrante” (sic). Aunque solo se habla de las relaciones entre dos hombres y no de dos mujeres, la libre interpretación de la Biblia permite generalizar odios a conveniencia. Pero si el grupo no dice nada, entonces yo tampoco. Solo cuando lo que alguien ve es tan terrible, atenta tanto contra su propia moralidad, se dice lo que se piensa.

En mi caso, la primera y única vez que sufrí discriminación por mi inclinación sexual fue el año pasado. Estaba con Carmen en el Museo Larco, porque queríamos ver los huacos y su colección de piezas de oro para un trabajo de la universidad. Estábamos sentadas en un banquito en la entrada acompañadas por nuestra amiga Franci y esperando a otra amiga, Ana, porque era un trabajo grupal. En la media hora que estuvimos esperando estuvimos muy ocupadas haciendo dibujitos, pero sí nos sentamos cerca. O sea, actuamos como una pareja cualquiera, en especial porque las mujeres en general tenemos más tendencia al contacto físico, pero Carmen aún tenía miedo a mostrar afecto en público, sobre todo por una cuestión de crianza.

Luego llegó Ana. La saludamos, nos dijo que otro amigo que esperábamos no iba a venir; le dijimos que compre su entrada y, finalmente, decidimos pararnos para entrar. Antes de pararnos tomé la mano de Carmen, le sonreí y le di un beso en la mejilla. Inmediatamente se acercó una de las mujeres que vendían las entradas; no tendría más de treinta años. Me gritó que si íbamos a hacer esas indecencias nos vayamos del lugar, y yo respondí que no era ninguna indecencia darle un beso en el cachete a nadie. Sin escuchar mi argumento, dijo que ese era un lugar respetable y que podía llamar a seguridad.

Mi instinto, por supuesto, me impulsaba a llamar a alguna autoridad y poner una denuncia contra la mujer y el museo. Sentía un total atentado contra mis derechos. Además de que no me hace ningún chiste que me griten; mucho menos estoy dispuesta a obviarlo si es para discriminarme. Sin embargo, ahí estaba Carmen. Sus papás no son muy abiertos al tema que digamos, lo que quiere decir que el día que se enteren la van a botar de su casa sin ningún problema. Cualquier parte policial que se hiciera para denunciar a la mujer del museo tendría el nombre de Carmen, y eso simplemente es imposible en nuestro caso. De mala gana le dije a la mujer que ya no íbamos a hacer nada, que ya no joda, y nos fuimos a ver los huacos.

Acatar estos actos sin hacer nada es común, en especial por el miedo de hacer pública la inclinación sexual, pero así lo único que se logra es seguir permitiendo el rechazo. Nos decimos iguales, proclamamos que tenemos los mismos derechos, pero no los ejercemos, y permitimos que se atropellen. Es lo mismo que permitir que alguien se depile en el micro. Obviamente no disfruté para nada los huacos, y tuve que aguantar un buen par de semanas de no estar junto a Carmen en la calle, por el miedo que tenía a que le digan algo por ser lesbiana.

La verdad, ni me gusta la palabra lesbiana. Tiene una fonética asquerosa. Además, nunca me pensé así; me enamoré y es lo más que puedo decir de mi sexualidad. 

Pero tengo que decir que mi sexualidad no me parece algo que haya primado en mi vida y mucho menos con referencia a la cultura del país. Es increíble la cantidad de gente que conozco que me dice cosas como que tenga cuidado porque estamos en un país machista y que la intolerancia es muy fuerte y que blablabla. Además de la loca de Larco, solo algún mañoso en la calle me habrá dicho algo, pero no por intolerante sino por mañoso.

Conozco pocos casos de estas expresiones de intolerancia y rechazo, aunque nos digan que hay muchos, porque como parte de un grupo no estamos dispuestos a decir lo que nos molesta, por miedo, sobre todo, a la exclusión social. Así como una persona que se corta las uñas en el micro puede molestar, pero nadie dice nada, igual una pareja homosexual puede molestar a alguien; atenta contra lo que alguien cree, pero ese alguien no dice nada, finalmente no es para tanto, y cada vez son menos los que tienen estas ideas extremas, lo que quiere decir que nadie te va a apoyar si empiezas con tu discurso intolerante. No nos vamos a cruzar con una masa de gente armada con antorchas y palos atacando a una persona gay simplemente porque para eso necesitas un gran grupo de gente, y ya no vas a encontrar tanta gente que haga eso; el rechazo a la homosexualidad es cada vez más escaso. No son grandes eventos, sino pequeños actos, gestos sutiles.

No somos un país que vive en el siglo antepasado. Nos encontramos con casos de aceptación simplemente porque, sí pues, no existe tanto este rechazo, y mucho menos tan generalizado. Es un proceso un poco lento, pero se ha ido avanzando. En este caso no me atrevo a hablar de clases sociales, porque el discurso típico es “las clases bajas, menos educadas, son las más discriminadoras”, y tengo amigos que me lo han confirmado. Pero Carmen vive en La Molina y su padre está más que dispuesto a moler a golpes a algún marica que esté en la calle, y los amiguitos de mi hermana, estudiantes universitarios muy bien educados, opinan que “todos los gays se deberían mudar a la punta del cerro”. En todo grupo encuentras los mismos extremistas.

Yo no tengo ningún recato en andar por la calle de la mano con Carmen, o en darle, de lo más tranquila, un pico de vez en cuando. A lo más por esto he atraído alguna mirada curiosa y algún aprecio de mi melosería. En un despliegue de total extrañeza, hay gente que se ha acercado a felicitarnos por cómo vivimos nuestra relación: que somos valientes, que vivimos libres y cosas así; o nos han comentado que nos vemos muy lindas juntas. Me incomoda un poco sentirme tan celebrada. Está bien: tampoco me he paseado por todo el país practicándole una traqueotomía con la lengua a mi novia, pero dentro de lo normal (léase lo mismo que haría con un hombre, ni más ni menos), he estado completamente tranquila. En la chamba y con mis amigos con lo más que me he ganado ha sido con una eventual pregunta curiosa. Nunca he sufrido ningún tipo de rechazo. Tampoco salgo a escandalizar y hacer alarde de mi sexualidad o algo así, contra lo que pueda pensar mi señora madre. Como toda buena madre, ella aún tiene miedo a este fantasma de la discriminación, que yo casi no he conocido.

Supongo que mi madre, igual que el resto de mi familia, sigue un poco en shock. Yo salí antes de cumplir la mayoría de edad, justo después de un discurso de odio de mi señora madre. Y de ahí, sabiamente, huí hacia la universidad para no tener que explicarle nada. Igual me llamó al celular llorando mientras esperaba el micro, y no me salvé de tener que explicarle en la noche, con analogía de chocolates (“es como si fuera normal, aceptable y promovido que me guste el chocolate de leche, pero en verdad a mí me gusta el chocolate blanco”) que no era una perdida, que no me acostaba con alguien diferente cada noche, que no me voy a contagiar de una ETS porque sí me cuido, y ese resto de huevadas que uno le dice a sus padres para que se tranquilicen, y que estúpidamente ellos también dicen al mismo tiempo, no sé si para sentir que me cuidan o para tranquilizarse. Me gané con el ya muy gastado siempre te vamos a querer, y alguna participación ambigua y mayormente callada de mi papá. Y no ceo que ese discurso sea cierto. Bien o mal, las cosas cambian.

Hace unos meses estábamos en el comedor de la casa de mi mamá cuando, entre todo lo que hablamos, salió el tema de que había torta por el cumpleaños de no sé quién en la refrigeradora. Mi hermanita menor no dudó en ir por la torta, y mi madre dio uno de los discursos que más me ha gustado en toda mi vida; algo así como “a tu hermana le gusta mucho la torta; es muy…”. Se quedó callada. La palabra que seguía era tortera, uno de los tantos eufemismos para lesbiana. “Comedora de torta”, dijo para terminar su frase, y todos fingimos que no había pasado nada. No sé si no lo dijo para no ofenderme, para no ofender a los demás, para no traer a colación el tema de mi sexualidad, o sabe dios qué. Pero en ese momento logramos otro nivel de censura. Para todos los que salen —salimos— del clóset, lo más difícil es enfrentarse a los padres. Y a todo lo que viene después, sutil pero de ninguna manera desapercibido.

El único relato (leyenda urbana) que he escuchado sobre el tema del rechazo a la homosexualidad y todo esto me lo contaron antes de salir del colegio y, por lo tanto, del clóset. Se desarrollaba en la Media Naranja brasileña, donde, aparentemente, en un partido México-Brasil, un grupo de fanáticos del fútbol, evidentemente a favor de Brasil, como el resto del lugar, agarraron a golpes a una pareja de chicos gays. Típico discurso “marica de mierda”, que no explica muy bien por qué te pegan, pero así funciona el fanatismo, finalmente. Según cuenta la leyenda, antes de que los fanáticos pudieran golpear mucho a la pareja, fueron expulsados por una turba de meseros que defendieron heroicamente a la pareja golpeada. Como toda leyenda urbana, la historia tiene muchísimos huecos, pero de eso se tratan las leyendas finalmente. Lo único particularmente interesante del asunto es que es el único mito con el que me he cruzado, y no he encontrado uno solo que incluya un discurso de odio.

Para contrarrestar esta escasez de leyendas, lo mitos, que pierden en narrativa pero ganan en poder de convicción, sí se encuentran por todos lados. Datos falsos como que todos los gays son amanerados, maravillosamente apoyados en los medios de comunicación, donde hasta Will & Grace fallan, se codean con clásicos como que el sida solo lo tienen los gays, aunque el dato más certero asegura que el grupo porcentual más grande de gente infectada son mujeres casadas. Los mitos se apoyan en cierta realidad, por eso nos los creemos, pero al final un poco de lógica los desbarata fácilmente.

Desde lo que yo he vivido, en el Perú no hay tanta intolerancia como se cree. Nadie te grita en la calle ni te muelen a palos. Pero si alguien te va a reprimir con respecto a tu sexualidad, a tus transgresiones, es la gente que conoces, la gente que tiene la libertad de reprimirte con su seudotolerancia: yo te acepto aunque estés mal, y te escondo porque si no alguien que no te acepte te va a atacar. La intolerancia y la represión no siempre se ven en actos concretos; también en actitudes y ambientes. En mi caso los más claros ejemplos de homofobia han venido de mis padres, que aunque tratan con amabilidad a Carmen, también encuentran en ella una culpable de mis propias cagadas, una especie de chivo expiatorio al que culpar de su oveja negra; no me parecería homófobo si no fuera porque no sucedió lo mismo cuando estuve con algún chico: ahí sí era todo mi culpa.

No quiero ser injusta; mis padres no son personas intolerantes. La verdad, Carmen ha sido de lo más adoptada en la familia; incluso alguna vez se han ido de viaje y han vuelto con regalos para ella y no para mí. La incluyen en los asuntos familiares y la tratan de Carmencita. El problema de ser un padre, lastimosamente, es que, por alguna extraña razón, esos pequeños errores, esa pequeña mancha de intolerancia en todo un historial de aceptación, pesa demasiado.

Hace poco un amigo gay me dijo que tenía miedo de que Dios lo odie por ser como es. Nadie nunca lo rechazó, nunca lo golpearon en la calle ni lo tildaron de marica, pero se le crió así. Su padre usa la palabra cabro como insulto y su madre le insiste en que se case y tenga una familia, porque es la manera natural como tienen que pasar las cosas. Nos cruzamos con la homofobia encubierta todos los días. La mejor manera de lograrla es responder a los estereotipos. Es racista decir que a todos los negros les gusta el rap y juegan básquet, y hasta cierto punto les debe asustar no encajar en el estereotipo. Del mismo modo, que todos los gays sean amanerados o negros violadores (así funciona en el estereotipo, tienen que ser negros y grandes), es homofóbico. A las mujeres el estereotipo nos permite dos formas: o somos camioneras, una especie de imitación masculina, o estamos más buenas que el pan y la feminidad nos sale hasta por los poros. Un asco de estereotipos, la verdad. De paso nos tenemos que aguantar otros tipos de homofobia sutil, como el típico discurso de no soy homófobo, pero no me parece que los gays deban adoptar hijos, porque les va a salir uno igual.

Los que salimos del clóset hace tiempo nos hemos ganado muchas veces con el te voy a querer como seas, pero no lo muestres a la familia porque no sabes qué van a decir. A veces el simple acto de quedarte callado cuando alguien más echa un discurso directo de rechazo es lo mismo que acatar este discurso. Es una cuestión social, supongo. Funciona igual que no quejarte cuando alguien se corta las uñas del pie en el micro.

 

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