El Perú y su próximo bicentenario

El Perú y su próximo bicentenario

Juan Luis Orrego Historiador
Ideele Revista Nº 229

En 1921, cuando gobernaba Augusto B. Leguía, el Perú cumplió un siglo de vida independiente. ¿Por qué la fecha? Entre 1909 y 1910, varios países latinoamericanos celebraron su Centenario, pues conmemoraron el “primer grito de independencia”, ya sea de su Virreinato (México, Colombia y Argentina), de su Audiencia (Bolivia y Ecuador) o de su Capitanía General (Chile). En realidad, no fue el centenario de su independencia efectiva sino el inicio (remoto) de su lucha por ella, pues todos tuvieron que esperar varios años, que van desde 1816 hasta 1830, cuando empezaron a funcionar como verdaderos Estados independientes. En el caso peruano, si tuviéramos que aplicar la misma lógica, habríamos tenido que celebrar nuestro centenario en 1911, cuando se cumplieron 100 años del grito emancipador de Francisco de Zela en la ciudad de Tacna, fuertemente reprimido por el virrey Fernando de Abascal, quien presidía entonces el Virreinato peruano.

La tradición de celebrar acontecimientos similares en momentos distintos induce al error, pues muchas veces se piensa que el Perú se independizó mucho después que el resto de países latinoamericanos. Hoy, gracias al avance de la historiografía, sabemos que la Independencia de Hispanoamérica fue un mismo proceso, y la del Perú fue parte de éste, por lo que muchas fechas claves coinciden.

Las diferencias entre los países tienen que ver con la forma en que, arbitrariamente, durante la construcción de su Estado-Nación en el siglo XIX, sus élites fijaron la fecha (el momento) fundacional de sus respectivas patrias, iniciándose así una tradición celebrativa o tradición conmemorativa. A la confusión de fechas, a este error “cronológico”, se suma otra controversia. Ésta tiene que ver con la idea según la cual, como los demás países se independizaron primero, ellos superaron con mayor facilidad la pesada “herencia colonial” y construyeron Estados más eficientes, más coherentes, con mayores niveles de integración que el Perú e, incluso, gracias al temprano surgimiento de una élite dirigente mejor comprometida con los intereses de sus respectivas “naciones”. Hoy, asimismo, debido al desarrollo de la historiografía latinoamericana, tal argumento no resiste ningún análisis serio.

A diferencia de otros países de la región, en el Perú no hubo ningún problema para elegir el nombre que debía llevar el país luego de la Independencia; tampoco hubo mayor dificultad para asumir que el acontecimiento “fundacional” de la Nación fue cuando San Martín convocó a los peruanos a luchar por la emancipación el 28 de julio de 1821. No se tomaron en cuenta algunos acontecimientos anteriores que hubieran sido leídos como “gritos precursores”: Francisco de Zela (Tacna, 1811), Enrique Paillardelle (Tacna, 1813) y Mateo Pumacahua y los hermanos Angulo (Cuzco, 1814), todos ellos inscritos en la coyuntura de la crisis monárquica en España y el avance del liberalismo hispano, pero también duramente reprimidos por el virrey Abascal con el apoyo de la élite limeña.

Ya desde 1822, un año después de la proclamación del Libertador argentino, la población limeña celebró el 28 de julio. Luego, en 1827, quedó esta fecha sancionada, oficialmente, como el “aniversario patrio” en todo el territorio de la república. Los que sobrevivieron a la guerra asumieron que la “verdadera” independencia se dio desde la llegada del ejército sanmartiniano hasta la victoria de Ayacucho, conseguida por las tropas bolivarianas al mando del mariscal Antonio José de Sucre. En todo caso, fue una apreciación más pragmática del proceso, no la “romántica” de escoger un grito aislado y remoto, incluso “fidelista” o ambiguamente “separatista”, y que fue apagado con relativa facilidad, como ocurrió en algunos países de la región. Por ello en el Perú, sin mediar polémicas, el Cincuentenario se cumplió en 1871 (Balta), el Centenario en 1921 (Leguía) y el Sesquicentenario en 1971 (Velasco). Gobiernos civiles y militares, autoritarios o relativamente democráticos, o de distinta tendencia ideológica, han mantenido, en un excepcional consenso, esta tradición conmemorativa.

Hoy, gracias al avance de la historiografía, sabemos que la Independencia de Hispanoamérica fue un mismo proceso, y la del Perú fue parte de éste, por lo que muchas fechas claves coinciden.

Dentro de poco conmemoraremos los 200 años no solo de la independencia sino también de nuestra trayectoria republicana. Sin embargo, aún no tenemos ninguna “Comisión Nacional” para tan importante efeméride como, con la debida anticipación, la tuvieron la mayor parte de países que ya cumplieron su Bicentenario. No obstante, propongo algunos temas de reflexión.

Las celebraciones no deben limitarse a ciertos ejes temáticos ni localizarse en determinadas regiones o ciudades: las actividades deben ser inclusivas. Debe ser la oportunidad de abrir un debate nacional no solo sobre la independencia sino sobre el largo proceso de los grupos que han habitado este territorio que es hoy el Perú, para entender la complejidad y diversidad de nuestra sociedad y, por lo tanto, dibujar la construcción de una sociedad más dialogante y multicultural.

La celebración debe promover también el nuevo rol que debe cumplir la Historia en el vigente Estado nacional. Asimismo, hay que buscar una nueva relación entre la historia nacional y las múltiples historias regionales o locales, que reflejan la existencia de muchas memorias provenientes de una sociedad tan diversa como la nuestra. Desde este punto de vista, hacer una nueva articulación del pasado con el presente. En suma, tenemos la enorme oportunidad de reposicionar al pasado como una representación absolutamente necesaria para construir los sentidos del presente. En este sentido, conviene recordar el pasado, tanto en sus grandezas como en sus miserias, y su dimensión en el tiempo. Hay que festejar, sí, pero también hay que ser conscientes de cuánto ha costado mantener el país que hoy tenemos.

La Historia no solo pertenece a los historiadores. Es de todos. Por ello, sería muy peligroso que nuestros colegas pretendan imponer una forma concreta de celebrar el Bicentenario. Para empezar, la futura “Comisión Nacional del Bicentenario” debe tener una composición también diversa y multidisciplinaria, en la que sus miembros entiendan que una verdadera celebración es una fiesta en que nadie debe sentirse excluido y que, respetando los puntos de vista, entiendan que no es cierto que el Perú sea un espacio geográfico accidental, que no es cierto que el desarrollo de ninguna localidad o región se haya hecho —o pueda hacerse— sin el aporte de las demás, y que no es cierto que la “diversidad” sea un problema sino una gran posibilidad de enriquecimiento mutuo.

Por último, el haber focalizado el inicio de nuestra independencia con el discurso de San Martín en la Plaza Mayor de Lima nos puede dar algunas “ventajas” respecto al próximo Bicentenario. Así como Leguía organizó las ceremonias del Centenario después de las de muchos países latinoamericanos, las fiestas del 2021 tendrán lugar cuando ya varios países hayan celebrado las suyas. Vamos a competir, pero con la ventaja de conocer los aciertos y errores de las otras naciones. Si Leguía quiso quebrar la imagen de crisis, heredada de la Guerra del Pacífico, de un país pobre y dividido, para el próximo Bicentenario no tratemos de resolver todos los problemas y, por lo tanto, no llegar a resolver si quiera uno de ellos. Trabajemos desde ahora en aquéllos que nos permitan vivir en comunidad y en plena democracia. ¿No sirve el pasado para aquello? Sí; por ejemplo, recuperar la imaginación creativa de quienes, en tiempos de la Independencia, quisieron un país verdaderamente libre y con un profundo sentido de ciudadanía entre los peruanos. Tenemos que volver a esos valores para vivirlos y practicarlos, en vez de exaltarlos en términos puramente retóricos.

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Es un error celebrar como día

Es un error celebrar como día nacional el 28 de julio, porque ni política ni militarmente fue trascendente. Fue sólo una gran ceremonia al estilo colonial entre los jefes militares y todo el aparato estatal colonialista, con sólo la ausencia del Virrey y su séquito. El desfile fue encabezado por el Obispo Las Heras, recalcitrante colonialista, y por el Cabildo de los terratenientes y grandes comerciantes. Poco después, casi todos retornaron al bando colonial. Por la noche, hubo una gran fiesta aristocrática, donde el pueblo, campesinos, esclavos y plebe estuvieron excluidos.

A diferencia del 14 de julio (Francia: toma de la Bastilla); o del 4 de julio (EE.UU.: Congreso de Filadelfia); etc., el 28 de julio no fue importante. Además, aparte de traer al Ejército Libertador argentino-chileno-peruano, San Martín no hizo nada bueno, sino llevó al fracaso la Independencia por su conciliación con los colonialistas, debido a su temor a las montoneras indias, de los esclavos y de la plebe.

El día libertario más importante en la historia peruana es el 4 de noviembre, en que Túpac Amaru inició su levantamiento.

Ideele debe estudiar la historiografía nacional e internacional y no dejarse llevar por la apologética y falsificada historia oficial.

Entrevista