El rumor de las aguas mansas

El rumor de las aguas mansas

Hanguk Yun Periodista
Ideele Revista Nº 249

(Foto: La República)

Una novela que nos devuelve a un pasado olvidado por los medios. Exactamente, al 26 de abril de 2004, día trágico en que una multitud decidió linchar al alcalde de Ilave, Cirilo Robles. Plantea una mirada colectiva: va más allá del discurso oficial, encausa los hechos y nos permite verlos en su real dimensión. “El rumor de las aguas mansas”, de Christian Reynoso, es una de las primeras novelas que profundiza en lo que hoy conocemos mediáticamente como conflicto social. Es, siguiendo las reflexiones de Mario Montalbetti, un objeto para “hacer memoria”. 

Parado en la parte alta de la isla de Taquile, en Lago Grande, el escritor Bruno Giraldo ve cómo las pequeñas embarcaciones que surcan las aguas del Titicaca van llegando a tierra. Observa cada una de ellas con cuidado e intenta distinguir a las tres personas que espera: Almudena, la chica con quien se va a casar, y sus amigos Otto y Melania. Su ansiedad, en franco ascenso con el paso del tiempo, va en dirección contraria al ritmo de vida de esa pequeña, tranquila y turística isla. Unas horas después, baja a la plaza a buscarlos, pero no los encuentra. Para ese momento, dos de la tarde, se supone que todas las embarcaciones ya debían haber llegado, pero ellos no están por ninguna parte. Llama a Almudena y descubre que un amigo suyo, el periodista Núñez, ha sido secuestrado. ¿El motivo? Una investigación periodística que Núñez le ha pedido corregir y que en ese mismo instante descansa en la casa donde se hospeda. Este es uno de los primeros hechos que engarza la trama de “El rumor de las aguas mansas”, segunda novela y tercer libro del escritor Christian Reynoso.

Estamos inmersos en el primer apartado del libro, conducidos por una escritura ágil, posiblemente herencia de la formación de Reynoso en el periodismo, y un aura de suspenso que va en aumento. Lo que viene después es la historia de cómo Giraldo, por proteger los papeles de su amigo, es perseguido por los secuestradores hasta llegar a Buenos Aires. Pero, ¿de qué investigación se trata? Lo que tiene entre manos es un reportaje que revela quiénes fueron los asesinos del alcalde de Ilvave, Fernando Godoy, variante ficcional de Cirilo Robles, linchado y quemado vivo, como seguro recuerda nuestra memoria gráfica, en el frontis de la municipalidad que dirigía el 26 de abril del 2004. Estamos ante una novela que recoge hechos reales, los explora, primero desde la mirada distante de Giraldo, una mirada que se irá acercando; y luego desde una narración omnisciente acompañada de las voces de los protagonistas.

No es demasiado difícil recordar el linchamiento de Cirilo Robles. Los videos, reproducidos por algunos canales, nos volvieron casi testigos del hecho: pudimos ver al alcalde atado a un poste mientras lo golpeaban. Pero eso fue todo, esas imágenes son el recuerdo. Hay poco más allá. El tiempo ha pasado y el relato periodístico se ha quedado corto. Nuestra memoria está cargada del estereotipo, de una mirada que si bien pareció cercana, era lejana cultural, social y étnicamente. Es en este sentido que la novela de Reynoso, fiel a los hechos y rica en exploraciones subjetivas, es un gran aporte para entender y recordar lo que paso aquel 26 de abril.

El segundo apartado de la novela es el eje. En él presenciamos una serie de miradas que construyen un cuadro amplio y a la vez minucioso del linchamiento. El narrador omnisciente que guía la trama salta en el espacio y en el tiempo, y se posa con ingenio en el punto de vista de los protagonistas: el alcalde en sus últimos momentos de vida, la mirada compasiva de un testigo que grababa con cámara oculta, la vida de su principal opositor político y en resumen una seria de aproximaciones que dan una riqueza polisémica. “Da una mirada a ese escenario complejo que hay en el lago Titicaca”, nos explica el autor.

Con ello, “El rumor de las aguas mansas” se convierte en una de las primeras novelas en abordar lo que hoy llamamos mediáticamente conflicto social. Lo que presenciamos al leerla es la apropiación de un hecho que por lo general vemos en las noticias. Es como si viéramos la historia de la vida de los agricultores que hoy protestan por el proyecto Tía María. O como si escribieran el drama de la comunidad shipiba de Cantagallo, desplazada y dejada a la deriva por un alcalde déspota.

En esta inmersión, la novela va destapando vetas de la vida política y social del Perú contemporáneo. Lo hace contando, por ejemplo, las vidas de Melania Santos y Piter Jamampa, ambos estudiantes ligados al movimiento de reivindicación aymara MPJA, cuyo discurso está cargado del resentimiento de una población que se siente marginada. Su participación en el asesinato es, en cierta forma, un símbolo de hartazgo. 

Vemos algunos elementos propios del paisaje, de la comida y de la vida cotidiana del altiplano peruano. “Los lequechos, vigilantes desde el último piso del palacio municipal alzaron vuelo para anunciar, con la agitación de sus alas, que la ciudad estaría de luto”, escribe Reynoso en la página 30. Las alusiones a la naturaleza y algunos rasgos de la sociedad se seguirán repitiendo a lo largo de la novela. El escenario en que se transcurre son las ciudades de Ilave y Lago Grande, invención narrativa recurrente en la obra de Reynoso.

Pero la novela no está libre de baches. Podemos distinguir dos más o menos claros. En el primer apartado, la voz narrativa de Giraldo, demasiado cargada de la jerga y el fraseo periodístico, rompe por momentos la hipnosis de la historia. En el segundo, hay imperfecciones en la voz de los personajes. Con excepción del periodista Núñez, presente en sus otras ficciones y por eso mismo más logrado, es difícil distinguir en la voz los rasgos de identidad. La debilidad se hace visible en donde Reynoso busca construir el imaginario cultural de la zona. Aunque es valiosa, queda incompleta la visión de Melania Santos y Piter Jamampa. Sabemos que los guía el resentimiento por la exclusión, pero su concepción e identidad son poco claras.

Con ello, “El rumor de las aguas mansas” se convierte en una de las primeras novelas en abordar lo que hoy llamamos mediáticamente conflicto social

Ocurre no con poca frecuencia que la ficción es capaz de llegar a donde el periodismo no puede. Hay dos causas bien delimitadas: la primera, la más obvia, es de corte físico. La grabadora, la libreta y en general los instrumentos o sentidos del periodista, a veces no son suficientes para alcanzar un hecho, cuando este se encuentra en los márgenes. La otra radica en la poca disposición del género para lograrlo. La camisa de fuerzas de veracidad que exige el periodismo. Liberados de ella en el mundo de la ficción, la forma de la novela, la libertad del lenguaje y la estructura pueden darnos, como en este caso, mayor fuerza evocativa. En “El rumor de las aguas mansas” ya no vemos los cuadros opacos que nuestra memoria recuerda de la noticia, nos sentimos parte de la historia. La vemos por dentro.

En un ensayo sobre la memoria colectiva, Mario Montalbetti explora las limitaciones de dos instituciones encargadas de esta misión: el periodismo y el museo. Lo que hacen ambas es, paradójicamente, ir en sentido opuesto al que persiguen. El periodismo lo hace camuflando el hecho verdadero: “lo que existe es esa transformación de los hechos en esa banalidad efímera llamada noticia”, dice. El museo, en cambio, propone un discurso oficial y selectivo. La forma más lograda del recuerdo, continúa Montalbetti, estaría en un objeto artístico que reivindique la noción “del tiempo presente, del ahora no proyectivo, de la experiencia, en el sentido menos retorico del término (…) Un objeto para hacer memoria”.

No parece que estas ideas sobre el periodismo sean ajenas a Reynoso. La novela alude con frecuencia al papel de la prensa. “Pude advertir que para la prensa el secuestro de Núñez empezaba a formar parte de las noticias viejas. Así sería mientras no hubiese nada nuevo, pensé”, dice Giraldo. Hay otros dos niveles de exploración. Uno, el de las noticias radiales que acompañan el linchamiento. Otro, el papel de Núñez como medio entre la familia del alcalde y la justicia. Estas tres: la cobertura, la capacidad para construir memoria y el trabajo con la fuente, son puntos clave de su novela.

El último apartado narra el regreso de Giraldo y su encuentro con Núñez. En un par de noches, acompañados por varias cervezas, éste le cuenta al protagonista cómo fue el secuestro y el cautiverio en el que estuvo por ocho meses. Núñez es reservado. Su confesión no ahonda en detalles subjetivos. Básicamente, le dice en qué lugares lo retuvieron, qué hizo, qué comió y con quiénes estuvo. Hechos y poco más. La confesión elude el desgarro interior del secuestro, que solo aflora con bastante fuerza por momentos; su objetivo es dibujar el perfil del contrabando ilegal en Puno.

Núñez y Giraldo deciden finalmente volver a Lago Grande. Quieren que la verdad se sepa. Estas últimas páginas se proponen entrelazar las dos historias: la de Giraldo, que deja Buenos Aires para volver al lugar de dónde salió, que atraviesa una especie de ansiedad por la falta de su esposa y a la vez necesita soledad para seguir escribiendo. Y la de los hechos principales. El encuentro de Giraldo con el asesino, lo que sirve para darle el matiz de profundidad al criminal. Acaba con una revelación que preferimos no comentar.

La apuesta por la construcción de un mundo interior aterrizado en personajes recurrentes, lugares propios y la mirada abierta y poderoso que da un hecho trágico de nuestra historia son, sin embargo, propuestas valiosas. “El rumor de las aguas mansas” es un buen prisma para mirar hacia el pasado.

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