Jerarquías, igualdad moderna y violencia política en la República Islámica de Mauritania

Jerarquías, igualdad moderna y violencia política en la República Islámica de Mauritania

Mariella Villasante Doctora en Antropología social (EHESS, Francia). Investigadora asociada al IDEHPUCP.
Ideele Revista Nº 280

La República Islámica de Mauritania está situada al sur de Marruecos y al norte de Senegal. Es decir a miles de kilómetros del Perú; lo cual puede conducir a pensar que nuestro país está demasiado lejos del Norte del África para tener similitudes sociales o políticas con esa región del mundo. Nada más lejano de la realidad. En efecto, luego de haber vivido en Mauritania entre 1986 y 1988, y haber continuado mis investigaciones en antropología política, casi cada año, hasta el presente, puedo afirmar que existen muchas más similitudes estructurales entre los dos países que diferencias de fondo. Por supuesto, Mauritania es un país musulmán, con un territorio similar al del Perú (1’030,700 km2), pero con sólo cuatro millones de habitantes, y la sociedad está dividida en varios grupos étnicos con lenguas y costumbres ancestrales, entre las cuales se cuenta la distinción genealógica entre personas de estatuto libre y de estatuto servil. Estas costumbres y jerarquías antiguas perduran aún cuando exista un Estado en vías de constitución desde 1960, y una sociedad dividida en clases sociales de corte moderno, es decir variable según los ingresos económicos de las personas. Sin embargo, una de las razones por las cuales he continuado a investigar en Mauritania, además del encanto y de la gran humanidad de los Mauritanos, es la cercanía que se siente (siendo peruano) en sociedades jerárquicas, con modernidades inacabadas, con muchas riquezas en recursos naturales (hierro, pescado, gas, petróleo y oro), pero con una pésima redistribución de esas riqueza, y con historias políticas asociadas a la debilidad del Estado y de la nación, a la importancia del autoritarismo y del militarismo en el seno del Estado, y al un pasado cercano caracterizado por la violencia política interna (tema de una publicación reciente, Villasante 2017b). Son esos elementos y cercanías los que trataré de comunicar en este texto que he esperado quizá mucho tiempo en escribir.

Breve historia política de la emergencia de Mauritania
El territorio mauritano contemporáneo nunca tuvo un Estado antiguo unificado, como el Imperio de Ghana (siglos III-XIII), entre el este de Mauritania y el oeste de Mali actual; los Estados de Jaa Ogo y de Takrur, en el río Senegal, el imperio de Ghana (siglos IV a XIII), el Imperio del Mali (siglos XIII-XV), y los Estados wolof en el Senegal actual (siglos XIII-XIX). En el valle del río Senegal habían tres zonas bajo un control estatal relativo: la desembocadura del río pertenecía a la provincia de Waalo, uno de los Estados wolof; la zona media del río estaba bajo el control político de un Estado musulman, el Futa Toro; y la parte alta del río era la provincia Gayaga del antiguo Reino del Mali. Estas zonas estaban ocupadas por grupos étnicos diferentes: los Wolof, los Pulaar del Futa Toro y los Soninké de Gayaga. Al norte del río Senegal, desde los siglos XVI-XVII, estaban instalados diversos emiratos de pastores nómades auto designados Bidan de lengua hassaniya, una variante árabe del oeste sahariano. Los grupos étnicos de lengua africana eran agricultores y artesanos y, como en otras zonas similares del mundo, tenían relaciones de comercio y/o de guerra con los pastores nómades vecinos. Las estructuras políticas eran más complejas en los Estados africanos antiguos que entre los Bidan. Sin embargo, todos los grupos étnicos mantenían un referente social central, la distinción entre personas y familias de estatuto libre, y aquellas de estatuto servil.

La esclavitud interna (o forma extrema de dependencia) era muy antigua en todas las regiones africanas y estaba justificada por la ley islámica (que había mejorado la condición de esclavitud en Arabia antigua), y no tenía un lazo directo con el comercio de esclavos fuera de África. Este comercio seguía dos rutas: en primer lugar la ruta del Sahara, con destino al Norte del África y a Europa (siglos VII-XVIII), y más tarde la ruta del Atlántico (siglos XVI-XVIII) que fue iniciada por los Portugueses desde fines del siglo XV. Habían dos productos centrales de comercio: los esclavos africanos y la goma arábica, a los cuales se añadían otros mas antiguos, el oro y la sal. La trata de esclavos capturados y vendidos por los mercaderes locales, estaba organizada por los comerciantes Europeos (Españoles, Holandeses, Ingleses y Franceses), en estrecha colaboración con las élites africanas y las élites y mercaderes de las Américas (Estados Unidos, México, Brasil, Perú…). Era el comercio triangular entre África, Europa y Américas que ha desplazado a millones de africanos hacia las Américas hasta las aboliciones del siglo XIX. Una parte de ellos, de origen mandé, venía del sur-este de Mauritania actual.

El territorio de la futura Mauritania fue colonizado de manera muy superficial por Francia entre fines del siglo XIX y 1901, cuando se fundó la Colonia de Mauritania con límites cercanos al del país actual. La capital de Mauritania y de Senegal era San Luis, al sur de la desembocadura del río Senegal, la capital moderna, Nuakchott, se fundó la víspera de la “descolonización”. Sin embargo, el período colonial no cambió en absoluto las estructuras sociales, culturales y políticas de las sociedades locales; los administradores se sirvieron de las élites para imponer algunos impuestos, gobernar a través de las élites locales y hacer valer su predominio político, más virtual que real.

Una situación similar fue impuesta por los colonizadores españoles en el territorio situado en la frontera sur de Marruecos y el norte de Mauritania, llamado Río de Oro, o Sahara occidental, habitado por nómades Bidân de estatuto libre y servil. La frontera entre las dos colonias fue siempre más bien virtual que real pues la población era la misma, al norte se llamaban “Saharauis” y al sur de la línea de demarcación, “Moros” [en francés Maures]. Esta es una denominación antigua que se usó para designar a los Árabes venidos de Siria omeya, que fundaron el califato de Al-Andalus con el apoyo de guerreros bereberes (de Marruecos actual). El califato omeya impuso du dominio en una gran parte de España y de Portugal entre 711 y el siglo XIII, cuando la corona de Castilla retomó el norte, que siguió llamándose Hispania y fue gobernada por los reyes visigodos cristianos.

La “reconquista española” que se afirmó el mismo año del llamado “descubrimiento” de las Américas, en 1492, implicó la expulsión o la huida de cientos de miles “Moros” o “Sarracenos” de Hispania romana. Ese mismo año, los reyes católicos Fernando e Isabel expulsaron a los judíos, y más tarde, en 1609, el rey Felipe III expulsó a los “Moriscos”, es decir a personas descendientes de los “Moros” que se habían convertido al cristianismo. El reino español y la identidad española se forjaron en ese marco de lucha contra los “enemigos” judíos y musulmanes, afirmando de manera radical y violenta la supremacía del catolicismo y de la “limpieza de sangre” que ello implicaba. En efecto, según las leyes españolas, los ciudadanos del reino tenían que demostrar que no tenían ancestros judíos o musulmanes para poder acceder a cargos oficiales. Las conversiones al cristianismo de los judíos (llamados “cristianos nuevos”) o de los musulmanes no fueron nunca consideradas como realmente válidas, y la identidad española se asoció de manera muy directa a la “sangre” y/o a la “raza”. Esta visión muy particular de los Españoles sobre la identidad fue exportada a las Américas, y ha dejado huellas hasta el presente en América Latina, donde los historiadores hablan aún de “limpieza de sangre” para categorizar a las personas de “pura ascendencia española” [o europea], sin ningún ancestro de otra “raza”. Nuestra jerarquía social es “racial”, aún cuando se diga lo contrario para parecer modernos.

Volvamos a la historia de Mauritania. Después de la Segunda Guerra mundial, la presencia colonial en África fue considerada anti-moderna en Europa. Francia e Inglaterra empezaron a “liberar” a sus colonias desde fines de los años 1950. Mauritania fue declarada independiente en 1960, conjuntamente con todas las colonias del África del Oeste (Sudan/Mali, Senegal, Costa de Marfil, Alto Volta, Níger) y África Ecuatorial (Gabón, Camerún, Chad).

El Sahara Occidental tuvo que esperar hasta la muerte del dictador Francisco Franco, en 1975, para que España se retire del territorio, sin dejar ningún gobierno constituido, aún cuando ya existía un grupo de Bidan “saharauis” que reivindicaba el poder político, el Frente Popular de Liberación de la Saguía el-Hamra y Río de Oro, dicho Frente POLISARIO. Por esta razón, la partida caótica de los Españoles abrió una situación de conflicto entre Marruecos, que reivindicaba su dominio aún cuando nunca haya ejercido su poder en esta región del Sahara, Argelia que apoyaba al Frente de liberación Polisario, y Mauritania que intentó apropiarse de la mitad del Sahara Occidental en 1975. La guerra comenzó en 1975 y se terminó en 1979. Ese año, en Mauritania se produjo el primer golpe de Estado, dirigido por militares que querían retirarse de la guerra en el Sahara; el país se excluyó del conflicto en 1979, y abandonó sus reivindicaciones políticas a pesar de que la población es culturalmente idéntica a la de los nómades Bidan. En 1976, el Frente Polisario declaro la independencia de la Republica árabe saharaui (RASD), no reconocida por la ONU, pero por 84 países africanos y latinoamericanos. Luego el reino de Marruecos comenzó su política de ocupación de este territorio que posee las minas de fosfatos más importantes del mundo y riquezas pesqueras. Hasta el día de hoy, la ONU no ha reconocido el dominio marroquí en el Sahara Occidental y lo ha clasificado como “territorio no autónomo” bajo su supervisión, pero Marruecos ha anexado de facto este territorio que representa la mitad de su supuesto espacio nacional (266,00 m2). El Frente Polisario sigue siendo apoyado por Argelia (que le ha concedido un pequeño espacio en sus fronteras en Tinduf), y representa el nudo del conflicto y de las pésimas relaciones entre Marruecos, Argelia y Mauritania.

Una sociedad fundada sobre la jerarquía genealógica, opuesta a la igualdad moderna
Las diversas comunidades étnicas de Mauritania mantienen jerarquías estatutarias que distinguen en primer lugar, como ya notamos, las personas libres y las personas de condición servil. Entre el grupo de personas libres se encuentran rangos que distinguen, según la genealogía: la aristocracia guerrera y religiosa y los grupos plebeyos que se ocupan de trabajos manuales. Las personas de condición servil se distinguen entre los esclavos (legales en islam), que son muy raros, y una mayoría de personas liberadas desde hace una o más generaciones. El “color de la piel” no es un indicador directo del estatuto social en Mauritania. Para los extranjeros, los Mauritanos pueden ser todos “muy parecidos”, pero la pertenencia étnica se observa por la ropa que se usa, y la herencia del estatuto se observa por la manera de hablar, de vestirse, de moverse y de expresarse.

Es cierto que los grupos serviles de la sociedad bidan tienen origen africano (en general venían del Mali), pero los Bidan se han mezclado mucho con ellos a través de matrimonios con mujeres serviles; y dado que la herencia del estatuto es patrilineal, los niños nacidos de esas uniones tienen estatuto libre, y pueden ser parecidos a los padres mestizos (árabes-bereberes-africanos, y/o a las madres africanas). Por lo cual hay personas que pertenecen a la nobleza tradicional con piel oscura y personas de piel clara que son “plebeyos”, sin nobleza. Entre los pueblos africanos Pulaar, Soninké y Wolof, los grupos serviles y libres se distinguen por la manera de comportarse, de hablar y de vestirse.

Los grandes cambios de esta jerarquía antigua empezaron con lasequía de los años 1970 y no fueron el resultado de una decisión política del primer gobierno mauritano. En efecto, el primer presidente del país, Mujtar uld Daddah [en hassaniya uld es “hijo de”, “hija de” se dice mint], afirmaba (con razón) que no tenía medios ni humanos ni financieros para proceder a una modernización general de la sociedad, que por primera vez en su historia milenaria, se encontraba reunida en el marco de un Estado moderno. La sequía obligó a las familias nobles a liberar a los grupos serviles que dependían de ellas para vivir, dado que perdieron todos sus medios de vida tradicional, sobre todo el ganado que les permitía vivir en el desierto de manera muy austera, sobria y frugal.

La gran tarea del primer gobierno, siempre de actualidad, es la construcción de una nación que pueda reunir a diversas comunidades étnicas que nunca tuvieron un gobierno central ni lazos nacionales. Podemos decir que esta empresa es similar a la que realizamos en nuestros países latinoamericanos, y en todos los otros países del Tercer Mundo de Asia y de África. La nación no es solamente la reunión de pueblos diversos, es sobre todo la unión y la solidaridad de estos pueblos sobre la base de la idea central de la modernidad forjada en Europa: la igualdad social de todos los ciudadanos, sin distinción de origen, de sexo o de religión. Una idea totalmente opuesta a las jerarquías tradicionales que se fundan sobre la diferencia social de las personas y de los grupos que en Mauritania se separan entre estatutos libres/serviles, y entre pueblos étnicos diferentes en rangos.

En efecto, la administración colonial francesa decidió que los pastores-nómades Bidan debían heredar del poder central del nuevo país; y que los grupos africanos minoritarios del río Senegal debían ocupar una posición subalterna (en cambio en Senegal y en Mali eran ellos eran y son los dirigentes). En términos demográficos, los Bidan y sus grupos serviles son mayoritarios en Mauritania, dado que aún cuando no se realicen censos étnicos, se recoge información sobre las lenguas nacionales. Una encuesta realizada en 2017 confirmó la importancia etnolingüística de los arabófonos, 80% de la población (casi 4 millones de habitantes); siguen los grupos minoritarios: 17% de lengua pulaar, 2% de lengua soninké y solamente 1% de lengua wolof.

En el Perú se adoptó un modelo similar de modernidad administrativa destinado a favorecer la construcción nacional; ello hasta el año pasado, en que se realizó el primer censo de auto atribución étnica [ver mi artículo sobre el tema, Villasante 2017a]. En ese marco, en nuestro país nacemos iguales ante la ley, pero en la realidad seguimos estableciendo diferencias de jerarquía social entre los Peruanos según los orígenes genealógicos, dicho de otro modo, según las “etnías” o las “razas”, es decir según el “color de la piel”. Luego de tres siglos de colonización y casi dos siglos de vida republicana, este proceso se encuentra un poco más avanzado en el Perú que en Mauritania, que tiene sólo 58 años de vida independiente, aunque en realidad la dependencia respecto de Francia ha sido y sigue siendo aún muy fuerte, a nivel cultural, político y económico. Dicho esto, podemos considerar que la construcción nacional es un problema común a los dos países y que el proceso de construcción del Estado y de la nación se encuentra ligado, como en el resto de países del mundo, a la violencia política registrada durante el siglo XX.

Podemos preguntarnos ¿porqué la modernización política esta asociada a la violencia? Globalmente, porque esta modernización implica la introducción y la aceptación de una nueva visión de la sociedad, que anula las jerarquías antiguas e impone la idea de la igualdad social, aun cuando en realidad se imponga otro tipo de jerarquía. En efecto, si la “raza” o la “genealogía” deben ser abolidas en los Estados-naciones en los cuales todos los ciudadanos son, en principio, iguales ante la ley, en la realidad social se observa que la jerarquía se mantiene entre las clases sociales, entre los nacionales y los migrantes, y sobre todo entre los hombres y mujeres, la más antigua jerarquía humana. El historiador Yuval Harari (2011, 2015: 163) ha planteado que después de la revolución agrícola (-10,000 años en el Oriente Medio, -3,500 años en la región andina, -3000 en el Sahara), las sociedades humanas han creado o han inventado jerarquías sociales que no son ni neutras, ni justas, los grupos superiores han conservado los privilegios y el poder, y los grupos inferiores sufren opresión y discriminación. En otras palabras, “no hay justicia en la historia”.

Ahora podemos plantear algunas hipótesis de trabajo. (1) En países del Tercer Mundo como Mauritania y Perú, con una población importante que sobrevive en la pobreza, la población sigue creyendo que la jerarquía social se funda en la genealogía y también en las clases sociales. (2) El nacimiento en un grupo étnico y lingüístico particular determina de manera importante (aunque no totalmente) la inserción en una clase social superior o inferior. (3) Esta realidad social observable se opone sin embargo a la ideología moderna de la igualdad, y representa un freno importante a la construcción nacional. Estos dos ordenes son antitéticos, y persisten incluso en los países del Norte donde perdura la jerarquía según el origen genealógico de los ciudadanos. Esta situación ha adquirido una dimensión dramática en los últimos años con la ola de migrantes del Asia y de África que buscan ingresar a Europa y a Estados Unidos para vivir decentemente y que son rechazados por las poblaciones y por los gobiernos en nombre de la “primacía de los nacionales sobre los extranjeros”. (4) La imposición de los grupos superiores sobre los otros grupos considerados inferiores o subordinados se realiza a menudo en el marco de la violencia política; que puede provenir de los Estados, o de grupos sociales subordinados que buscan deponer la superioridad de la clase/grupo social superior que domina la sociedad.

La lucha de clasamientos —para retomar una expresión de Pierre Bourdieu (Cuestiones de sociología, 1984)— entre los grupos sociales es casi siempre violenta. En el caso de Mauritania, el Estado asumió una política eliminacionista de un grupo étnico africano, los Pulaar, entre 1989 y 1991, que produjo más de 2000 de muertos y cerca de 120,000 expulsiones forzadas del país. En ese tiempo, el Perú sufrió también una larga guerra interna iniciada por el Partido comunista del Perú-Sendero Luminoso (PCP-SL), contra el Estado y la sociedad, entre 1980 y 2000, que produjo más de 70,000 muertos, un millón de desplazamientos forzados, y mas de 15,000 desaparecidos. La dramática prolongación de nuestra guerra interna hizo imposible mi retorno al país, previsto en 1985, luego de la obtención de una beca de estudios en Ginebra en 1983. Y nadie pudo prever que Mauritania iba a afrontar un período de violencia extrema poco después, cuando acababa de llegar a Nuakchott, la capital del país, en mayo de 1986. Estos hechos paralelos han influenciado mis investigaciones en los dos países, centradas sobre la violencia política desde 2008, y que serán publicadas en un par de años.

La violencia política en Mauritania: el régimen del dictador Taya (1984-2005)
El débil Estado mauritano, presidido por el abogado Mujtar uld Daddah cayó por un golpe de Estado militar en 1979; se le reprochaba haber conducido el país a la guerra en el Sahara Occidental, lo cual aportaba solamente desgracias en un contexto social ya bastante desastroso debido a la terrible sequía del Sahel. Luego de unos años de gran desorden estatal y de tres gobiernos militares efímeros, el coronel Mauya uld Sid’Ahmed Taya, tomó el poder con el apoyo de su facción militar en diciembre de 1984 y logró conservarlo hasta 2005. El 3 de agosto de ese año, uno de sus colegas militares, el general Ely uld Mohamed Fall, aprovechó de un viaje suyo fuera del país para dar un golpe de Estado y prometer el retorno a la democracia.
El inicio de la “democratización” por los militares y las tensiones étnicas
y generacionales: 1984-1988

El primer período de gobierno del coronel Taya se anunciaba favorable a la modernización de la sociedad mauritana; desde diciembre de 1985, Taya anunció la apertura democrática con la elección de Alcaldes en las capitales regionales, cosa que no se había realizado nunca en el país. Luego en 1986, se anunció la aplicación de la Reforma agraria de 1983 que declaraba que la “tierra pertenece a los que la trabajan”, una disposición considerada demasiado igualitaria por los propietarios nobles de las tierras útiles a la agricultura, sobre todo en el valle del río Senegal y en los oasis del Sahara. Anteriormente, en 1981, el coronel-presidente Haidallah había promulgado una Ley de abolición de la esclavitud, destinada a calmar las reivindicaciones de la primera asociación de defensa de los derechos cívicos (El Hor, el hombre libre), fundada en 1978, y sobre todo a sosegar las denuncias de la comunidad internacional. Otras leyes abolicionistas han sido promulgadas en 2007 y en 2015. En realidad, ya en los años 70 los esclavos, que podían ser heredados como bienes muebles (en conformidad con la ley islámica), eran muy raros en el país. Lo que persiste, hasta el día de hoy, es la mentalidad jerárquica y conservadora que considera que las personas nacen en un estatuto libre o servil que conservan hasta el final de sus días. Esta mentalidad tradicional es la fuente de la discriminación estatutaria (distinta del racismo “racial”), y de la reproducción de relaciones serviles de dependencia más o menos fuerte entre protectores/libres y protegidos/serviles. Un tipo de relación de servilidad y violencia muy cercana a aquella que unía y que une todavía a ciertos hacendados o potentados con sus trabajadores indígenas, o a las trabajadoras del hogar con sus patrones, muy bien descrito por Alberto Flores Galindo en su libro Buscando un inca (1986, 2000: 253​-258). En ese sentido, la situación de los grupos serviles es cercana a aquella de nuestros indígenas explotados y discriminados. En Mauritania, los gobiernos militares asumieron que una abolición de la esclavitud por decreto debería contribuir a la modernización social. Pero ello es difícil por no decir imposible, se necesitan mucho más que leyes para cambiar estructuras mentales y sociales viejas de varios siglos. Se necesita mucho tiempo, varias generaciones... Recordemos que los descendientes de los esclavos africanos importados en las Américas siguen siendo discriminados por sus orígenes.

En resumen, las leyes de abolición de la esclavitud y de reforma agraria no han tenido las consecuencias esperadas. Las jerarquías persisten aunque haya desaparecido la esclavitud antigua; y las tierras siguen siendo controladas por las aristocracias locales, aunque también se apliquen leyes de expropiación que favorecen la agroindustria en el valle del río Senegal.

Los dueños de las tierras en la región del río Senegal (pulaar, soninké y wolof) habían rechazado la demanda estatal de registrar sus campos agrícolas destinados al cultivo de arroz, de cereales locales (sorgo, mijo) y de productos hortícolas. En la mentalidad de las aristocracias locales, los únicos que tenían el acceso legal a las tierras eran ellos, considerando que la exigencia del gobierno militar no tenía validez. Por supuesto, se equivocaban rotundamente, y cuando empezaron las primeras expropiaciones “por causa de utilidad nacional” les fue imposible hacer valer sus derechos tradicionales, que no eran reconocidos en la Ley de reforma agraria.
La situación de tensión entre los aristócratas del río Senegal y el Estado dirigido por los Bidan empeoró con la publicación de un “Manifiesto de los negro-mauritanos oprimidos” por las Fuerzas de liberación africanas de Mauritania (FLAM) en abril de 1986. Las reivindicaciones de este grupo de jóvenes intelectuales compuesto sobre todo de Pulaar eran totalmente diferentes a las de las élites del río Senegal; éstas élites exigían el mantenimiento de sus privilegios de grupo jerárquico superior, y de élites modernas, en cambio las reivindicaciones de los jóvenes no les parecían importantes dado que ellos mismos participaban en los gobiernos del país. Había una crísis de generaciones, los “viejos” querían mantener el statu quo, y los jóvenes querían transformarlo.

 

En efecto, los miembros de las FLAM querían cambios estructurales en la composición del Estado, con una mayor participación de “negro-mauritanos” (una nueva apelación identitaria que pretendía unir a todos los grupos étnicos africanos), y exigían la abrogación de las reformas educativas que habían impuesto el árabe como lengua de escolarización en el sistema educativo nacional. Ellos mismos eran jóvenes formados en el sistema educativo francés que había sido instaurado en Mauritania desde 1901, y que había sido abrogado desde 1966, durante el gobierno de Daddah. De hecho, hasta el presente, Mauritania (como otros países del Magreb: Argelia, Marruecos y Túnez), tiene un doble sistema educativo que refleja las distancias jerárquicas entre las clases superiores e inferiores: en el sistema educativo nacional el árabe es obligatorio, pero el francés sigue siendo la lengua de las élites y de la administración nacional; es además la lengua común que usan los hasonófonos y los no-hasanófonos para comunicar entre sí. Por ello han aparecido muchas escuelas y universidades privadas en francés, lengua que representa la única vía de movilidad social. Hay que precisar también que el árabe no es una lengua unificada (en el oral y el escrito), como el castellano o el francés. Existe una lengua árabe standard o “literal” que hablan sólo las élites educadas de los países árabes y que se usa en la prensa escrita y en los medios. Y luego, en cada uno de esos países se usan variantes locales orales (y no escritas), a veces bastante diferentes en vocabulario, lo cual hace difícil la comprensión mutua.

Luego de la publicación del “Manifiesto” el gobierno de Taya aceptó los consejos de las facciones pro-iraquíes del partido Bass de Saddam Husseyn que en ese mismo período, estaba persiguiendo y masacrando con una extrema violencia a los Kurdos de Iraq.

La ola represiva del régimen de Taya se desarrolló en varias etapas. Entre el 24 y el 29 de setiembre de 1986, 23 miembros de las FLAM fueron condenados a penas de prisión que iban de 5 a 6 años. Luego hubieron tres atentados con bombas caseras en la capital y en la ciudad de Nuadhibu, capital económica del país. A pesar de ese clima de violencia y de represión, las elecciones municipales en las doce capitales regionales se llevaron a cabo normalmente a fines de diciembre de 1986. Las cosas estuvieron relativamente tranquilas hasta octubre de 1987, cuando hubo un intento de golpe de Estado de un pequeño grupo de oficiales Pulaar; entre los cuales tres fueron condenados a la pena capital y ejecutados el 6 de diciembre de 1987 [la pena de muerte no ha sido abolida en Mauritania]. Dieciocho oficiales que habían participado en este intento de golpe militar fueron condenados a trabajos forzados en una lejana ciudad, Walata, que era un puerto caravanero sahariano, situado a 1200 km al Este de la capital. En total se transfirieron 32 civiles acusados de pertenecer a las FLAM, cuando la mayoría era inocente; y 41 militares acusados de haber participado en la tentativa de golpe de Estado.

Las elecciones municipales en las capitales de provincias se desarrollaron en enero de 1988; como en el caso de las elecciones anteriores, la mayoría de alcaldes pertenecía al partido político creado por el régimen de Taya (Partido republicano, democrático y social, PRDS). Desde esa época, los presidentes mauritanos crean partidos que de democráticos tienen solo el nombre, y para demostrar la “libertad política” del país, permiten la emergencia de partidos satélites que aseguran una larga clientela a los jefes, y sobre el triunfo del grupo instalado en el poder presidencial en las elecciones locales, regionales y nacionales. En Mauritania no se discuten de programas políticos, lo único que está en juego es la elección de personas (hombres en su inmensa mayoría) que forman parte de grupos de poder que disponen de clientes en todo el país. La pertenencia étnica tiene importancia, o valor real, solamente en el marco local; a nivel regional y nacional los grupos de poder son interétnicos, dirigidos por personas pertenecientes a las aristocracias de antiguos nómades o a los latifundistas del sur.

A partir del año 1988, las tensiones étnicas en Mauritania fueron azuzadas e instrumentalizadas por los oponentes senegaleses al gobierno de Pape Diouf (centro-izquierda). En efecto, el líder populista de la oposición, Abdulaye Wade, retomó la propaganda política de las FLAM para atacar al “gobierno de los esclavistas bidan” y ganar electores Pulaar senegaleses; recordemos que este grupo étnico reside en ambas orillas del río Senegal, otrora unificado en el Estado de Futa Toro.

La violencia extrema de 1989: la instrumentalización de los grupos subordinados
La violencia extrema que iba a sacudir Mauritania y Senegal empezó en este país vecino antes de extenderse de manera espantosa al norte del río Senegal, en Mauritania.

Entre octubre y noviembre de 1988, multitudes compuestas sobre todo de jóvenes senegaleses pobres y sin trabajo atacaron las tienditas de los Bidan en las ciudades de Matam y de Podor, al borde el río Senegal. Desde la época colonial, numerosos comerciantes de artículos de primera necesidad se habían instalado en la zona del río y de otras ciudades senegalesas, sobre todo en San Luis (antigua capital colonial de Mauritania y de Senegal), y de Dakar, nueva capital senegalesa. Eran pequeños comerciantes que llegaban con sus dependientes serviles, y que regresaban rara vez a Mauritania, la mayoría tenía las dos nacionalidades. Las turbas saquearon sus tiendas pero no hubieron muertos.

En enero de 1989 tuvieron lugar las elecciones comunales en Mauritania; y el gobierno anunció que en 1990 se realizarían las primeras elecciones presidenciales a sufragio universal.

El 9 de abril hubo una riña entre campesinos Soninké y pastores Peul (de lengua pulaar), la Guardia nacional mauritana intervino y hubieron dos muertos. Esos pleitos eran muy corrientes en la región del río, la escasez de pastos obligaba a muchos pastores Bidan y Peul ha llevar a sus ganados en zonas agrícolas para sobrevivir. Pero en esta ocasión la situación banal fue instrumentalizada por los partidarios de Wade, que propiciaron ataques masivos contra los Bidan y sus dependientes hratin. Entre el 9 y el 24 de abril, numerosas tienditas fueron saqueadas en Bakel, Matam y finalmente en Dakar. En la capital senegalesa, los jóvenes saquearon, agredieron y asesinaron a varios cientos de Mauritanos de todo origen. Nunca se sabrá cuantos murieron pues no se ha realizado ninguna encuesta oficial, ni en Senegal ni en Mauritania, hasta el día de hoy.

El 24 de abril la radio oficial de Mauritania hizo anuncios falsos; afirmando que el Cónsul de Dakar había sido atacado y se encontraba en un estado grave. Se decía también que los muertos mauritanos llegaban a miles de personas. Estas falsas informaciones sirvieron a “justificar” las ordenes de masacres masivas de “senegaleses” sobre todo en Nuakchott y en Nuadhibu, y en las ciudades del río (Rosso y Kaédi en particular). Los militares de la facción pro iraquí organizaron las masacres con la venia del general-presidente Taya y con el apoyo de una multitud de personas de grupo servil (hratin) que fueron transportadas hasta los lugares seleccionados con armas de fortuna (cuchillos, palos), sólo los militares tenían armas de fuego y fueron poco empleadas. La política eliminacionista empezó de esta manera.

• Antes de examinar los detalles de este concepto, es necesario explicitar que la violencia que se desato entre el 24 y el 26 de abril de 1989 en Mauritania fue excepcional, extrema y abominable. Los grupos serviles hratin atacaron a personas sin defensa, hombres, mujeres y niños; les habían prometido tierras en la región del río Senegal si obedecían las órdenes de matar a los “senegaleses que han matado a nuestros compatriotas en Senegal”. Los oficiales les habían dado esas ordenes y esos ofrecimientos, pero hubieron también muchos hombres burgueses bidân que les ofrecieron cosas similares, y los transportaron en sus autos particulares al Mercado Capital [parecido al Mercado Central de Lima] y a los barrios donde residían muchas familias Pulaar y Soninké. Los hratin aprovecharon para robar cuanto podían, y violaron a muchas mujeres de todo origen. Recién el 27 de abril se instauró un toque de queda entre las 8 pm y las 6 am, y el Ministro del Interior hizo llamados urgentes a la calma; los grupos serviles empezaron a dispersarse y a esconder sus armas rústicas. La tensión social y el miedo del Otro duró mucho tiempo y persiste hasta ahora.

El 27 de abril los primeros senegaleses regresaron a Dakar y denunciaron las violencias espantosas de los “Moros” contra los “Senegaleses/Negros” en Mauritania. El presidente Diouf lloró delante de las cámaras de televisión, calificando las masacres de inhumanas y degradantes. El ejército mauritano pensó que la guerra comenzaría pronto y movilizó una gran parte de las tropas a las principales ciudades del río Senegal. Los militares se quedaron en alerta hasta junio de 1990. En 2000 y en 2011, el ejército mauritano volvió a ocupar sus puestos de combate en el río Senegal. Pero por ventura la guerra fue evitada.

El 28 de abril las represalias empezaron en Dakar. Según varios testimonios recogidos por Human Rights Watch (HRW), la mayoría de masacres tuvieron lugar en Dakar, otras de menor importancia se produjeron en varias ciudades donde habían comerciantes Mauritanos. Las víctimas principales eran Bidan de estatuto libre, hombres y niños sin distinción.

• Bajo una fuerte presión internacional, ambos países fueron forzados a repatriar a sus ciudadanos respectivos. Se estableció un puente aéreo con apoyo de Francia, España, Argelia y Marruecos. HRW estima que se repatriaron 100,000 Mauritanos y 85,000 Senegaleses; pero otras fuentes estiman que que se repatriaron medio millón de Mauritanos y cien mil Senegaleses.

• Los presidentes de Mauritania y de Senegal declararon que sus fuerzas del orden habían sido incapaces de detener las violencias de masas y negaron toda responsabilidad en las masacres y en los robos. Los embajadores de los países occidentales condenaron las violencias en los dos países, pero no hicieron nada para detenerlas, ni pidieron la intervención de los Cascos azules de las Naciones Unidas para impedir que continúen las masacres y las expulsiones. Una vez más, la ONU fue incapaz de evitar masacres y violencias de masas, pero siempre muy pronta a exigir a los países subdesarrollados a “modernizarse” rápidamente.

A partir de este período y hasta fines de 1991, el régimen de Taya organizó expulsiones masivas de civiles Pulaar, pero también Soninké y Wolof, acusados de “apoyar la violencia senegalesa”, de “servir a los intereses de Senegal”, o en fin “de ser miembros de las FLAM”, que fue clasificada como una organización terrorista. Además de los civiles que eran perseguidos en sus puestos de trabajo y en sus casas, y expulsados con sus familias en la ciudad de frontera de Rosso; miles de Pulaar fueron expulsados de sus pueblitos situados al borde el río Senegal, con lo que tenían puesto. Muchas mujeres y niñas fueron violadas por los soldados. Las casitas eran quemadas al partir y los animales (vacas, ovejas, cabras) eran robados. Estos hechos fueron similares a los que tuvieron lugar en el Perú durante la guerra interna, tanto de parte de los militares, como de parte de los terroristas del PCP-SL. En los dos países, las víctimas fueron siempre gente pobre y sin defensa.

Entre octubre de 1990 y enero de 1991, una ola de persecuciones, de torturas y de ejecuciones recayó sobre los militares Pulaar de todos los cuerpos del ejército mauritano. Cientos de entre fueron encarcelados y acusados de pertenecer a las FLAM, todos fueron torturados y muchos fueron asesinados. Pronto veremos las estimaciones de cifras de las víctimas. Nunca hubo una comisión de la verdad, ni en Mauritania, ni en Senegal.

La política eliminacionista de Taya en el contexto de la guerra interna mauritana
La violencia política extrema que ha sufrido Mauritania y Senegal necesitaba ideologías para concretizarse. El hecho es una constante en el devenir de las sociedades humanas. El historiador Daniel Goldhagen (2012: 25-26) ha estudiado estos hechos y ha propuesto hipótesis muy interesantes y coherentes que he utilizado para comprender tanto las violencias en Mauritania, como aquellas que hemos sufrido en el Perú (Villasante 2016). Goldhagen plantea que la eliminación de grupos considerados como peligrosos para el bienestar de la mayoría, o dañinos para una minoría poderosa, puede pasar del proyecto de suprimirlos definitivamente a su concretización.

En Mauritania y en Senegal, las violencias étnicas y políticas han sido influenciadas por la idea de la “opresión racial de los Negros de parte de los Arabo-bereberes”; este atajo ideológico simplificador al extremo ha sido instrumentalizado en primer lugar por la oposición senegalesa que agitaba el odio contra los “Moros esclavistas” y por las FLAM; negando el hecho evidente de la existencia de grupos serviles en todas las sociedades del río Senegal. Luego, el Estado mauritano ha adoptado otro atajo peligroso centrado en la idea que: “los Pulaar quieren tomar el poder, hay que eliminarlos antes de que ellos lo hagan”. En los tres casos, el odio del Otro ha sido concretizado con fines políticos (la propaganda racialista de Wade contra los Bidan), entre personas subordinadas y pobres (los jóvenes pulaar de las FLAM), y entre personas del grupo servil arabófono que se convirtió en la mano armada del régimen militar de Taya.

Según Goldhagen (2012: 26-30), la política eliminacionista no es nunca un asunto aislado o incoherente sino más bien racional. La eliminación de grupos humanos tiene cinco formas principales: la transformación, la represión, la expulsión, la prohibición de reproducción o la exterminación. La primera consiste en la destrucción de identidades políticas, sociales o culturales de grupos para neutralizar definitivamente sus supuestas capacidades de daño. Los imperios o los sistemas totalitarios han tratado siempre de asimilar los pueblos conquistados destruyendo sus identidades o creencias e imponiendo las suyas; es lo que intentó el PCP-SL en nuestro país durante casi veinte años. La segunda es la represión de poblaciones odiadas o menospreciadas, manteniéndolas cerca e imponiéndoles una dominación violenta para reducir su supuesta capacidad de perjuicio; la represión toma la forma de la segregación, de la discriminación o de la esclavitud, que es su forma más extrema. La expulsión o deportación es la tercera opción eliminacionista; se trata de expulsar poblaciones indeseables fuera del país, o de agruparlas en campos de concentración, o en prisiones, para controlarlas. La prohibición de reproducción es raramente empleada, se trata de esterilizar a las mujeres o de violarlas sistemáticamente [como sucedió en el Perú]. En fin, la exterminación interviene cuando se piensa que los Otros son una amenaza mortal.

En primera instancia, el Estado mauritano ha tratado de asimilar culturalmente a las minorías pulaar, soninké y wolof imponiéndoles el árabe como lengua educativa. Sin embargo entre 1989 y 1991, el régimen de Taya ha puesto en marcha una política de exterminación de Pulaar considerados como peligrosos y dañinos para la sociedad mauritana liderada por los Bidan con la colaboración de las élites del río Senegal. En efecto, la campaña eliminacionista se ha concentrado en las clases “plebeyas” y ha librado a la mayoría de las élites aristocráticas que han preferido el silencio cómplice al riesgo de ser igualmente perseguidas. Las expulsiones masivas se han acompañado de represiones violentas que incluyeron encarcelamientos arbitrarios, ejecuciones y marchas de la muerte. Las asociaciones de víctimas que se han creado después, luego de la caída de Taya en 2005 y la tímida apertura democrática, consideran que han sido víctimas de genocidio; sin embargo, concuerdo con Goldhagen en la dificultad de emplear este término cuando no se disponen de datos importantes, sobre todo de los planes precisos de la eliminación y del número de víctimas.

Entre 1990 y 1991 cientos de militares pulaar fueron encarcelados, torturados y ejecutados en las cárceles del régimen que funcionaban como campos de concentración. El 28 de noviembre de 1990 tuvo lugar un hecho de extrema barbarie. El Estado mayor del ejército ordenó la ejecución, por ahorcamiento, de 28 militares Pulaar de la Base de Inal. Luego de las ejecuciones, los soldados mataron otros cinco militares; y enterraron los 33 cuerpos detrás de la base militar. Esto nos trae terribles recuerdos de la guerra interna que vivimos en el Perú, cuando los militares de la Base Los Cabitos asesinaban y enterraban a “terrucos” detrás de su base.
Los oficiales militares y el presidente dictador Taya cometieron crímenes de guerra (deportaciones, violaciones, hambrunas) y crímenes contra la humanidad (asesinatos, ejecuciones arbitrarias, desplazamientos forzados, torturas). Para tratar de protegerse de futuras acusaciones, y como nuestro dictador Alberto Fujimori en 1995, Taya promulgó una Ley de amnistía en 1993 que, por desgracia, no ha sido aún derogada. Los oficiales bidan responsables de las violencias y los soldados de estatuto servil, hratin, que fueron los verdugos directos, siguen en libertad.

La política eliminacionista pudo ser puesta en marcha en Mauritania porque el dictador Saddam Husseyn estaba en el poder y había ofrecido su apoyo financiero y militar al coronel Taya. Durante los anos 1987 y 1991, Saddam ha masacrado entre 200,000 y 300,000 Kurdos y 60,000 Chiitas entre 1991 y 1992 (Goldhagen 2012: 26-32). Su caída implicó el fin de la política eliminacionista en su país y en Mauritania.

Las víctimas son difíciles de estimar, sin embargo Amnesty International (1991) considera que a fines de 1990 al menos 1,000 personas (sobre todo Pulaar) habían sido ejecutadas por las fuerzas del orden o por las milicias de grupos serviles arabófonos. Varias asociaciones de víctimas consideran que entre 1989 y 1990 ha habido entre 60,000 y 120,000 personas, sobre todo Pulaar, expulsadas a Senegal y a Mali. Se estima que los militares asesinados han sido entre 673 y 1760. Podemos estimar más de 2,000 muertos en Mauritania, y mas de 1,000 en Senegal. Se han contabilizado 355 muertos en cuatro fosas comunes, pero los cuerpos no han sido aun identificados. Tampoco existe una lista exhaustiva de las fosas comunes del país. En fin, se estima que 476 pueblos del valle del río Senegal han sido destruidos durante este período atroz. Las familias expulsadas han empezado a regresar entre 2008 y 2012, pero los problemas de su reinstalación en Mauritania no se han terminado.

Un nuevo período de autoritarismo: el general-presidente Mohamed uld Abdel Aziz (2008-2018), candidato a su 3ra reelección en 2019
El régimen de Taya cayó el 3 de agosto de 2005, cuando uno de sus colegas, el general Ely uld Mohamed Fall, dió un golpe de Estado y prometió elecciones libres al año siguiente. Dicho y hecho. El 19 de abril de 2007, Sidi uld Cheij Abdallahi, un antiguo ministro de Daddah, fue elegido presidente y empezó varias reformas estatales. Pero ello fue demasiado para los altos mandos militares, que no podían aceptar que un civil conduzca realmente el país con ideas modernizantes. El 6 de agosto de 2008, el jefe de la guardia presidencial, el entonces coronel Mohamed uld Abdel Aziz, dió otro golpe de Estado con el apoyo masivo de las Fuerzas Armadas. Luego, cediendo a la presión occidental, Aziz organizó elecciones generales al año siguiente, y se hizo elegir “democráticamente” el 5 de agosto de 2009. Luego fue reelegido en 2014; y aún cuando la Constitución especifique que los presidentes pueden ser reelegidos sólo dos veces, Aziz prepara actualmente su reelección en 2019, probablemente con un cambio constitucional. El autoritarismo estatal y la concentración del poder en manos de un grupo reducido de militares, apoyados por las élites bidân, pulaar, soninké y wolof, sigue funcionando en Mauritania. Y los partidos de la oposición no juegan ningún rol de importancia. Una cierta libertad de expresión, sobre todo de la prensa, es sin embargo una constante desde 2005.

Reflexiones finales
• El régimen militar de Taya fue responsable de una guerra interna que no ha sido nunca reconocida como tal, hasta el día de hoy. La estrategia del poder militar ha sido siempre el silencio total, el olvido de la historia reciente, “porque no vale la pena reabrir heridas y abrir la posibilidad de demandas de justicia y de verdad”. Un tema muy bien conocido en nuestro país dado que el discurso fujimorista que implantó la idea del “olvido” sigue vigente con el negacionismo de los lamentables congresistas fujimoristas y de sus secuaces. Sin embargo, contrariamente a Mauritania, nosotros tuvimos una Comisión de la verdad y la reconciliación que esclareció todos los hechos de la violencia y señaló las responsabilidades de los que dieron las órdenes y los que las siguieron. Este hecho que los Mauritanos demócratas observan con admiración es totalmente denegado en el Perú actual, sobre todo por los herederos del fujimorismo, negacionistas, ignorantes y corruptos. Triste constatación.
• A pesar de las distancias geográficas y socio-culturales que nos separan de Mauritania, este pequeño texto ha tentado resumir algunos elementos que nos aproximan en tanto sociedades otrora colonizadas que son parte del Tercer Mundo contemporáneo. En ese marco, la construcción del Estado y de la nación modernos son procesos graves y arduos en los cuales los dos países están embarcados. Los períodos de violencia política que hemos vivido en los años 1980-2000 tienen rasgos muy cercanos a los vividos en Mauritania. En los dos casos, las esferas militares han tenido un rol central en el desencadenamiento y en la barbarie extrema a la que se ha llegado, sobre todo en las zonas rurales.

• En los dos países, la violencia extrema ha acompañado, paradójicamente, los avances en materia de democracia electoral (es el único elemento vigente en realidad pues la democracia real implica igualdad social ante la ley antes que nada). Las elecciones mauritanas han comenzado en el marco del inicio de la tensión política entre los grupos pulaar que exigían cambios en el gobierno, y han continuado en medio de la extrema violencia de los años 1989-1991. En el Perú, el retorno a la “democracia” en 1980 tuvo que hacer frente a la emergencia, en apariencia paradójica, del PCP-SL. En apariencia porque el PCP-SL no podía permitirse el lujo de empezar sus acciones subversivas durante el gobierno militar que los habría reprimido con ferocidad. En cambio, la apertura “democrática” le dió el coraje necesario para imaginar que podían actuar y sembrar la violencia en el país sin el temor de la represión militar. Claro que eso duró poco tiempo pues desde diciembre de 1982, Belaunde entregó el país a los militares que actuaron como un ejército de ocupación, arrasando pueblos enteros por el simple hecho de ser habitado por “indios-terrucos”.

• En Mauritania, el pasado de violencia no es todavía parte del pasado, está muy presente en la vida política y social, aun cuando una cierta dosis de “olvido” haya sido indispensable para reanudar con una vida relativamente normal. El régimen del presidente-dictador Aziz gobierna con el mismo autoritarismo soberbio que sus predecesores militares. Pero las minorías pulaar, soninké y wolof no piensan abandonar el territorio y migrar a Senegal o a Mali. Mauritania es su país, para lo mejor y para lo peor, y seguirán luchando para afirmar su derecho a vivir en la tierra de sus ancestros. Los Mauritanos educados y demócratas, de todos los grupos étnicos y estatutarios, los apoyan; ellos representan la modernidad en un territorio todavía organizado en el tiempo/espacio de las genealogías, de las aristocracias, de los grupos serviles y de los parentescos del “pasado”…

 


Referencias citadas

Bourdieu Pierre (1984) 1999, 2003, Cuestiones de sociología, Madrid, Itsmo.

Flores Galindo Alberto (1986) 2008, Buscando un ​Inca.​ Una República sin ciudadanos. Identidad y utopía en los Andes, in Obras completas, III, Lima, Sur, Casa de estudios del socialismo.

Goldhagen Daniel (2009) 2012, Pire que la guerre, les massacres. Massacres et génocides au XXe siècle, Paris, Fayard.

Harari Yuval Noah (2011) 2015, Sapiens. Une breve histoire de l’humanité, Paris, Albin Michel. 

Villasante Mariella, 2016, Violence politique au Pérou, 1980-2000. Sentier Lumineux contre l’État et la société. Essai d’anthropologie politique et historique, Paris, L’Harmattan. 

Villasante Mariella, 2017a, Censo étnico péruano : ¿cómo conciliar la diversidad étnica y la ciudadanía ? Revista Ideele, Lima, 4 septembre 2017.

Villasante Mariella, 2017b, La politique éliminationiste du régime de Taya contre les Haalpulaar’en, in M. Villasante y R. Taylor, Histoire politique dans la vallée du fleuve Sénégal: Mauritanie. Hiérarchies, échanges, colonisation et violences politiques, VIII-XXIe siècle, Paris, L’Harmattan: 531-610.

 

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