José Carlos Mariátegui, audaz espectro

José Carlos Mariátegui, audaz espectro

Ideele Revista Nº 234

(Foto: La República)

Entre los intelectuales, no es raro un nihilismo simulado que les sirve de pretexto filosófico para rehuir su cooperación a todo gran esfuerzo renovador o para explicar su desdén por toda obra multitudinaria. Pero el nihilismo ficticio de esta categoría de intelectuales no es siquiera una actitud filosófica. Se reduce a un escondido y artificial desdén por los mitos humanos.

José Carlos Mariátegui: EL ALMA MATINAL

 

No es casualidad que en tiempos de crisis económica pululen en el cine y la televisión apocalípticas amenazas de zombis, monstruos, gente poseída por el diablo y demás espectros. Es bueno recordar que ya antes se han activado los resortes culturales de esta asustada “civilización” creando monstruos para culparlos de todo el mal posible. La gestión del miedo y la criminalización que se da en los medios de comunicación tiene su correlato en forma de monstruos y espectros en la cultura de masas, como tristes metáforas de la construcción de enemigos hechos a la medida y prestos a ser destruidos. Ya hace más de siglo y medio hubo quien se dio cuenta de esta tendencia “criminalizante” de andar construyendo monstruos a la medida de nuestros miedos.

Justamente, “Espectros” fue el primer título ensayado por Marx para lo que después sería El manifiesto comunista. La idea de una serie de espectros recorriendo el mundo no es nueva; lo audaz en Marx fue aceptar la idea de que el comunismo es un temible espectro dispuesto a engullirse Europa y darle a eso una cualificación irónica y positiva.

Cada momento de la historia ha tenido su fantasma: Roma llegó a temer a los esclavos, los burgueses fueron la pesadilla de los nobles y las cortes; después el proletariado fue culpado de conjurar al espectro comunista; seguirían los campesinos, la guerrilla, la clase, los movimientos sociales, los indígenas, las mujeres, el sector GLBTI, la multitud, los indignados… y la lista continúa y continuará. A cada época le corresponde su espectro.

En la década de 1990, Jaques Derrida retomó esta provocadora idea para hacer una solitaria crítica al recién estrenado mundo unipolar: Espectros de Marx fue la respuesta al sordo liberalismo económico y político que se erigía como el nuevo dogmatismo del siglo XXI. Derrida apela a Marx y a los “fantasmas” que convocaba para decir que el “triunfo del capitalismo” no significaba automáticamente el triunfo de la humanidad, que es absurdo extender un certificado de defunción a una filosofía como la de Marx a partir de la caída del muro de Berlín, cuestionando la sentencia neoliberal del fin de la Historia y que la entrada al paraíso sería por la puerta dorada de la economía de mercado. Así, Derrida convierte a Marx en un punto de pivote para una deconstrucción del discurso neoliberal, hasta ese momento más hegemónico que nunca.

Y es que si algo ha caracterizado a Karl Marx y a los herederos de su indomable espíritu crítico ha sido la audacia. No solo en política o en el ámbito ideológico, en donde Lenin tendría muchísimo qué decir (pues a nadie se le hubiera ocurrido esperar la revolución en Rusia), sino también en la filosofía. Encontramos audacia e imaginación intelectual en Gramsci, por ejemplo, que incorpora al análisis conceptos como el de bloque histórico y hegemonía, que dan cuenta de la complejidad de la filosofía, la historia y la cultura en el devenir de la vida misma y en el despliegue de la política. Además, tenemos a Gramsci redescubriendo una dimensión ética en Maquiavelo, otrora filósofo de cabecera de emperadores, generales y señores de la guerra. Más allá, la audacia de los filósofos agrupados en la Escuela de Frankfurt que incorporaron a su “teoría crítica” el psicoanálisis, la teología judía y muchas de las demoledoras bombas de tiempo que dejara Nietzsche. O los giros inesperados en enfoques marxistas de historiadores como el polaco Adam Shaff, los hermanos Anderson en Inglaterra, el propio existencialismo de Sartre. En fin, la audacia ha sido una constante para el desarrollo del pensamiento crítico dentro del marxismo y la teoría social.

Quiero resaltar dos casos de audacia ya en nuestros días: el primero es el gran aporte de Chantal Mouffe y Ernesto Laclau, que revitalizaron el concepto gramsciano de hegemonía e hicieron de la Democracia un concepto clave en la teoría política marxista. Sin duda, la idea de democracia radical asumía los retos que planteaba la época posmoderna y fue audaz al proponer la incorporación del ideal político liberal radicalizado a su enfoque crítico. El liberalismo político solo puede entenderse como radicalización de la democracia, y ése es el punto de intersección con el socialismo y la base de una nueva hegemonía, como respuesta al triunfante neoliberalismo y la llamada “tercera vía”.

Un segundo caso lo representa el italiano Toni Negri, al margen de las conclusiones sociológicas a las que llega en El Poder Constituyente y en su célebre Imperio, escrita “a dos manos” con Hardt; debemos aceptar que proponer un desplazamiento de la filosofía hegeliana como base del corpus crítico marxista por la filosofía de Spinoza fue un acto audaz. Fue sin duda un giro epistemológico importante, pues logró con ello dar un nuevo aire a la sociología marxista ahogada durante mucho tiempo en la teleología y en la dialéctica hegeliana. Este giro negriano reanimó durante 10 años el debate respecto al marxismo y las lecturas de cómo se estaba organizando actualmente el mundo a escala global. Provocó incluso muchos libros de respuesta que negaban las tesis esbozadas en Imperio. Pero nadie pasó por alto lo que el nuevo motor marca Spinoza le había hecho al clásico y sólido chasis de Marx. Dicho sea de paso, Spinoza es el filósofo favorito de Marx, y a Mariátegui le causaba gran simpatía.

Estos desordenados ejemplos pretenden ilustrar cómo gracias a esas audacias en el ámbito filosófico las teorías aportan a la praxis y a la política misma. Estas ideas audaces que iban a contrapelo del marxismo escolástico y de los dogmatismos del momento fueron condenadas desde diversas posiciones. Y es que la audacia es una cualidad brillosa, no pasará jamás desapercibida. No es un atajo, aunque se presente siempre disruptivamente y de un momento a otro. La audacia es un momento de riesgo, es asumir que en determinado tiempo todo un proceso se ha condensado en un solo acto, en un símbolo. Es, como dice Calle 13 en su “Latinoamérica”: “Soy Maradona contra Inglaterra anotándole dos goles”. El acto audaz conjura todo, es la respuesta desesperada y puede ser, también, la apuesta sabiendo que “se va a perder”; pero, en el fondo, el acto audaz en sí mismo es un gran triunfo, porque, al margen de si alcanza o no su “logro objetivo”, se convierte en un acto simbólico y fundacional. Se necesita tener mucho coraje y un sentido de aventura para acometer un acto audaz.

En América, es sin duda José Carlos Mariátegui el primer marxista que tiene una audacia semejante, pero no pudo sistematizarla. Su audacia filosófica, aunque maduró, quedó sin cosechar. En los años siguientes hubo que ir a desenhebrarla de su propia y asistemática obra, y aun hoy sigue siendo una rica fuente para desarrollar el pensamiento crítico en el Perú. El pensamiento de Mariátegui se ha leído siempre en clave política, sociológica, histórica, literaria, etcétera; pero pocas veces se ha prestado atención a los alcances filosóficos de su obra. Y es en el plano de la epistemología donde radica uno de sus más valiosos y audaces aportes. Mariátegui plantea un camino diferente a la escolástica racionalista del marxismo oficial de las internacionales comunistas, de las que fue expulsado en ausencia en Buenos Aires, y esboza los elementos para una crítica de orden civilizatorio. Sin embargo, encuentra salidas, afirma alternativas en la política, en la cultura, en la tradición y en la pasión por la política.

 La audacia es un momento de riesgo, es asumir que en determinado tiempo todo un proceso se ha condensado en un solo acto, en un símbolo

La preocupación de Mariátegui por la economía no es tanta como su preocupación por la cultura, el arte, la historia, la religión y el “espíritu” de un pueblo. En sus artículos lo encontramos constantemente “pescando” aquellos elementos que le servirán para construir un tipo muy peculiar de crítica, que es la crítica de la afirmación. El tono afirmador de su estilo impele, no es sombrío ni melancólico, sino que es acorde con la vitalidad de sus ideas, con ese combustible metafísico que nos presenta expresivamente en El alma matinal y otras estaciones del hombre de hoy. Aquí Mariátegui hace una crítica demoledora al racionalismo y a sus nefastos efectos en la política.

En ese sentido, es importante el aporte de Zenón Depáz sobre la categoría “mito” en la obra del Amauta, sintetizado en un ensayo llamado justamente “La categoría mito en Mariátegui”, que apareció en el Anuario Mariateguiano número III, en los años noventa. Allí Depáz pone de relieve la trascendencia del horizonte mítico para comprender la política y la vida y afirmar un proyecto de país. En otro texto sobre la cultura andina, el filósofo sanmarquino nos dice:

Suscribo el juicio mariateguiano de que el hombre es un “animal metafísico” o “mítico”, dado que necesita estar en posesión de un “horizonte de sentido”, es decir, de un conjunto de asunciones valorativas y ontológicas que, desde un saber originario, previo a la distinción entre lo intelectual, emotivo y práctico-sensible, dote de significado al mundo y la vida, dando cuenta de su acción o de aquello que le acontece. Así entendido, el horizonte de sentido articula una topología (o disposición espacio-temporal) en que todo lo que acontece halla su lugar y proyecta un orden teleológico que sostiene los fines, los propósitos de la existencia” (Depáz, Zenón: “Horizontes de sentido en la cultura andina”. Disponible en: <http://www.cosmovisionandina.org/archivos/yachaywasi/HorizontesDeSentido...).

Implícitamente, el reconocimiento del mito como categoría plantea una crítica radical al logos tradicional, racionalista y eurocéntrico de la filosofía y de la ciencia moderna. Representa una alternativa mucho más cercana de la historia de nuestros pueblos que la Historia Universal, a la que el propio Marx había adscrito sus pronósticos excluyéndonos de la marcha del progreso. Mariátegui nos dice que lo esencial en los revolucionarios no es su ciencia, sino su fe, y afirma que lo que moviliza a una colectividad no son las “razones”, sino el combustible metafísico que existe en las creencias de esas “razones”. El horizonte mítico que Mariátegui reclama para la política y la vida, y que está siempre en disputa, como señala Depáz, es el principal legado de Mariátegui a la política, a la filosofía y al pensamiento político del Perú. Lamentablemente, sigue siendo éste un campo poco explorado desde las ciencias sociales, la política y la filosofía.

Así, podemos hablar de un giro mariateguiano dentro del marxismo americano y de la propia filosofía en el Perú. Mariátegui preludia de muchas formas conceptos como colonialidad del poder, crítica civilizatoria, posmodernidad, crítica al desarrollismo, etcétera. Y todos estos conceptos se nos aparecen casi espectralmente en sus textos, ocultos pero atisbando. Y es importante reconocer los hallazgos filosóficos de Depáz en Mariátegui: nos remite a conceptos como “mundo de la vida” y “horizonte de sentido”, harto conocidos por Husserl y la tradición fenomenológica. También pone de manifiesto la potencia política de la dimensión estética (que incluye al arte, pero no solamente al arte), reconoce el amauta que en la dimensión estética se puede sentir la historia, que en una obra de arte (y aquí se emparenta con Dilthey y la hermenéutica) se puede condensar todo el sentido de una época. Es necesario mencionar también la influencia de los artistas en Mariátegui, sobre todo la del gran maestro (otro loco audaz) José Sabogal, quien es el responsable de la línea gráfica de la revista Amauta y experimenta aquí con la estética de los mates burilados y los diseños indígenas de un Perú que jamás fue tomado en cuenta por las bellas artes. Sabogal es el primer artista académico en incorporar al indio como protagonista de sus obras, de una manera sobria y digna. Además, fue Sabogal el directo responsable de que la revista más importante de la historia del Perú republicano no se llamara “Claridad” o “Vanguardia” (como quería Mariátegui), sino Amauta. ¡Gracias, Sabogal!

Por fin, y felizmente, en nuestro medio anda circulando el libro de Jorge Oshiro Razón y mito en Mariátegui, en el que también encontramos interesantes coincidencias con algunas filosofías proscritas. El paralelismo que encuentra Oshiro entre Spinoza y Mariátegui es también un hallazgo filosófico importante, sobre todo las implicancias respecto a la valoración del cuerpo, de las masas y las pasiones. Es notable también la revaloración de la multitud (concepto que también hereda de Spinoza Toni Negri): cuando Mariátegui se refiere a la multitud que está en la procesión del Señor de los Milagros, encuentra en esa multitud una serie de cualidades que la hacen única como Sujeto colectivo, pues encuentra actuando en este Sujeto no solo el “horizonte mítico” al que aludía Zenón Depáz, sino también a la tradición como aquel marco (cultural-histórico-lenguaje) por el que discurre la historia, todos estos elementos trascendentes y decisivos en la política.

Hoy por hoy, es necesario volver a mirar la obra mariateguiana y reivindicar su audacia, como lo vienen haciendo últimamente Edmundo Murrugarra y Eduardo Cáceres. Reivindicar también el esfuerzo intelectual que hacen algunos por sacarlo del calabozo ideológico en el que lo encerró la izquierda durante casi un siglo. Es necesario problematizar con Mariátegui al Perú, tal cual lo hizo Flores Galindo de una manera monumental y también audaz. En un momento en el que el pensamiento político en el Perú está dominado por ese opaco pragmatismo de corte cínico y conservador, autopontificado y “viejo” aunque lo representen muchos jóvenes, institucionalista, estatalista, poco imaginativo y reacio a poner en cuestión sus prepuestos epistemológicos comprados en las vidrieras anglosajonas, las lecturas de Depáz, Oshiro y otros sobre Mariátegui son más que necesarias. Porque de eso se trata esta aventura: de una invitación a la vida heroica.

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