La frontera de lo real

María Sosa Mendoza Periodista
Ideele Revista Nº 276

Foto: Andina.

El último mes, las redes sociales se convirtieron en el escenario de una serie de testimonios de mujeres que denunciaban haber sufrido maltratos de género por algún allegado al que identificaban con nombre y apellido. El hecho fue importante ya que –entre un gesto de solidaridad y otro- se gestó una conciencia societal que demostraba que al abusador se lo condena y no se le permite ser, en ningún ámbito. La idea de que estos comportamientos pertenecen al entorno privado demostraba estar quedándose cada vez más en el olvido.

Entre tanta solidaridad unánime, hubo una denuncia que generó un debate que es importante abordar a fondo. Fue la acusación de la actriz Eva Bracamonte al director Guillermo Castrillón la que causó varias reticencias y un clima de ambigüedad por encontrarse revestido entre cuestiones artísticas.

Eva hizo de conocimiento público que Castrillón, durante los ensayos de una obra en la que trabajaban, la acosó sexualmente al punto de casi violarla. Su testimonio fue explícito: “Se puso de cuclillas, metió sus manos debajo de la falda y me bajo el calzón”, “Yo estaba sin ropa, echada sobre una manta, boca abajo. Empezó a tocarme, y antes de que pudiera reaccionar, estaba echado encima de mí”.

Pese a ello, se alzaron voces que, como las del actor Fernando Luque, sostenían que tales comportamientos merecían estar eximidos de crítica por tratarse de métodos que tenían como fin crear arte. “Seamos honestos aquí: todo lo que ella [Eva Bracamonte] consideró como propio de una agresión, ocurrió dentro del sagrado espacio de creación, y en ningún otro lugar. He ahí pues la salvación de Castrillón”, comentó él.

Si bien los pros y contras se centraron en las verdaderas intenciones del director (¿Escondía o no Castrillón perversidades en los métodos artísticos que utilizaba?), sobre ese punto es inútil una discusión debido a que la verdad quedará por siempre en lo más profundo de él. Las elucubraciones están de más. Es hora, pues, de plantear el verdadero debate que se formularía de la siguiente manera: ¿se encuentran las acciones artísticas libres de responsabilidad ética?

Existe el consenso implícito de que las obras de arte son inmunes a cualquier tipo de examen ético o moral. Estas, obrando por naturaleza en una esfera flexible, poseen libertades extremas que les permiten maniobrar con normalidad entre temáticas turbias, oscuras e incluso perversas. El arte explora esos terrenos valiéndose, y esta es la clave, de distintos recursos: trabaja con metáforas, personalizaciones, hipérboles, etc., con el fin de poder expresar la emoción deseada. Ni qué decir de los recursos cinematográficos: los planos, flashbacks, movimientos de cámara y hasta la luz; nos abren un abanico de posibilidades.

En esa línea, llama la atención el descargo que realizó Castrillón: “Pero valga esto como advertencia: quien trabaja conmigo ha de saber que yo hurgo e investigo en aspectos muy íntimos y que sin el anhelo de verdad, estoy convencido, que lo que se muestra al público es pobre, falso e infértil”. En otras palabras, Castrillón dejó claro no estar interesado en el arte que re-presenta, sino en el que presenta, y esa idea fue la que validó que, en palabras de Bracamonte, los cuatro meses de ensayos que tuvo con el director le hayan costado “la salud mental y estabilidad que había logrado tener después de mucho”.

El método

Lo de Castrillón no es innovador, de hecho, aquella idea son las que motivaron, por ejemplo, a que Christian Bale baje 28 kilos para interpretar a Trevor Reznik en 'El maquinista' o a que Kerry Washington soporte latigazos reales por no querer ni simularlos ni un doble cuando actuó de la esclava Broomhilda en 'Django desencadenado'. Ellos privilegiaron el realismo, todo un guiño a la teoría del maestro de arte dramático Lee Strasberg.

"De igual forma sucedió con Lars von Trier y Bernardo Bertolucci, ambos logrando –paradójicamente- que sus denunciantes obtengan premios por esos papeles que tanto sufrimientos les causaron".

Esta acción, sumamente romántica, de sacrificarse por –lo que se creería es- algo mayor, es tomada luego de un balance de clara lógica utilitarista:  prima la sociedad (espectadores) a la individualidad (artista). Sin embargo, reducir a esto el caso Castrillón-Bracamonte no es justo, en este entran más factores en juego.

Los directores

“Si Alfred Hitchcock viviera hoy en día sería denunciado por acoso sexual”, ha asegurado el autor de 'Las damas de Hitchcock', Donald Spotoy. Se dice que una de sus tantas víctimas fue Tippi Hedren, protagonista de 'Los Pájaros'. Ella lo confirmó en sus memorias: "Fue sexual, fue perverso”, resumía. Sus compañeros de rodaje tenían prohibido dirigirle la palabra; le susurraba frases obscenas antes de grabar escenas relacionadas a una violación; le mintió que en el final de la película -que la llevaría a la fama- se usarían aves falsas, pero no, y ella estuvo a punto de perder un ojo. Además, se lee en las memorias de Hedren, cuando Hitchcock se negó a darle unos días de descanso que un médico le recomendó, el especialista le preguntó “¿Estás tratando de matarla?”. Cerca a la muerte o no, su interpretación en el film le valió un Globo de Oro en 1964.

De igual forma sucedió con Lars von Trier y Bernardo Bertolucci, ambos logrando –paradójicamente- que sus denunciantes obtengan premios por esos papeles que tanto sufrimientos les causaron.

Von Trier fue acusado por su protagonista de 'Dancer in the Dark', Björk, quien en las redes sociales hizo alusión a él de esta forma: "Me di cuenta de que es algo universal que un director pueda tocar y abusar de las actrices a su voluntad y que el mundo del cine lo permite. Cuando lo rechacé de forma repetida, se enfadó, me castigó y creó para su equipo una red de ilusión en la que yo parecía la difícil". La cantante islandesa lo ignoró completamente en el Festival de Cannes, en el que se llevó la Palma de Oro por su actuación en dicho film.

Lo de Bertolucci es de conocimiento más general. Se trata de la violación a Maria Schneider en la que también se encuentra implicado Marlon Brando. La escena de la mantequilla fue realizada sin consentimiento de la actriz porque el director "no quería que la actriz fingiese la humillación, quería que la sintiese". "Son cosas graves, pero las películas se hacen así. Las provocaciones son a veces más importantes que las explicaciones". El episodio, además de ser fundamental para la consolidación de 'El último tango en París' como una clásica del cine, causó en Schneider –ella lo confesó unos cuantos años antes de su muerte- una vida de angustias e ingresos a centros psiquiátricos.

Estos tres casos, al igual que el local, tienen un rasgo en común: el aprovechamiento de un personaje de alto rango de su poder al someter a sus subalternas.

Eva Bracamonte, Tippi Hedren, Björk y Maria Schneider no compartieron la concepción de arte de sus directores. Adornar el martirio de una persona y transformarla en espectáculo no le quita la esencia de lo que es.

“En nombre del arte se han hecho muchas barbaridades […] Yo no podría filosofar sobre qué es el arte y su esencia, pero creo que ahí se confunde con un asunto personal, de ego, de poder, de creerte visionario, sumamente talentoso, y que el fin justifica los medios", comentó Castrillón a El Comercio días antes de ser denunciado, como sabiendo lo que venía. 

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