La xenofobia, el racismo y la migración

La xenofobia, el racismo y la migración

Feline Freier Politóloga. Universidad del Pacífico.
Soledad Castillo Jara Asistente de Investigación. Universidad del Pacífico.
Ideele Revista Nº 283

Agencia Andina

Más que odio al extranjero, la xenofobia es el miedo a lo que creemos que el inmigrante representa: una amenaza. Sin embargo, la evidencia económica demuestra que en el mediano y largo plazo la migración es positiva para los países de destino. El inmigrante no viene a quitarnos lo nuestro. ¿Entonces, por qué sigue siendo tan poderosa la xenofobia alrededor del mundo?

Inmediatamente se nos vienen a la mente los recientes brotes de xenofobia contra los venezolanos en el Perú, pero también los discursos de Donald Trump y de algunos líderes de ultra-derecha de la Unión Europea. La xenofobia se puede basar en la nacionalidad –“todos los mexicanos son violadores”, según Trump – pero también en el color de piel de los extranjeros, o en su religión –“todos los musulmanes son terroristas”.

La apariencia racial y el origen étnico de los migrantes tienen un impacto significativo en su experiencia migratoria, tanto dentro como fuera de las fronteras nacionales. El racismo y la violencia racial pueden ser causantes del desplazamiento forzado y, al mismo tiempo, el prejuicio racial influye en las condiciones de recepción de las personas desplazadas en todo el mundo. Por otro lado, es importante reconocer que no solamente existe el impacto negativo de la xenofobia y el racismo, sino que también el prejuicio racial positivo otorga ciertos privilegios. Pensamos aquí, por ejemplo, en los inmigrantes europeos en América Latina desde tiempos coloniales.

En las últimas dos décadas, la literatura sobre la raza y el racismo se ha alejado del objetivismo hacia el estudio de la psicología social. Siguiendo este camino, muchos autores argumentan que la etnicidad no es una serie de características físicas y culturales objetivas, sino más bien el resultado de un complejo proceso de clasificación del individuo hecho por los demás. En este sentido, la xenofobia, el nacionalismo y el racismo son procesos muy parecidos. Según la definición cognitiva, raza, etnia y  nacionalismo son construcciones sociales que se basan en formas cognitivas de reconocer, identificar y clasificar a otras personas, interpretar similitudes y diferencias y dar sentido a sus acciones.

Los estereotipos son un aspecto clave de la categorización social y el pensamiento categórico, a su vez, obedece al principio de economía cognitiva, sin el cual no podríamos procesar eficientemente la enorme cantidad de información que recibimos todos los días. Entonces, de la misma manera en que necesitamos representaciones mentales generalizadas de los objetos del mundo físico, construimos categorías sociales como "raza", “compatriota” o “extranjero” para dar sentido a nuestras interacciones sociales.

Históricamente, estas categorías han contribuido a la supervivencia de nuestra especie – el otro que se veía y hablaba diferente muchas veces pertenecía a otro clan y buscaba robar nuestro ganado, nuestra tierra o nuestras mujeres. Ante este tipo de amenaza nace el miedo, uno de los impulsos primarios del ser humano. Sin embargo, ya hace mucho que no vivimos en clanes y la xenofobia actual, en lugar de ser un mecanismo útil de defensa, es una herramienta construida políticamente que resulta en la exclusión de aquellos que son diferentes a los grupos dominantes.

Aunque la discriminación racial abierta ya no es común en las políticas migratorias de los estados, los prejuicios raciales evidentemente continúan y tienen un fuerte impacto en el trato que las personas reciben cuando migran, así como en las oportunidades a las que pueden acceder una vez asentados en la ciudad o país de llegada. Algunos grupos son discriminados, mientras que otros disfrutan del privilegio del prejuicio racial positivo. El problema surge cuando la clasificación racial se vuelve jerárquica y sirve como justificación para la discriminación.

En este caso, aunque el racismo y la xenofobia son subjetivos, afectan de manera objetiva las vidas de muchas personas a quienes se les niegan los derechos y oportunidades que les corresponden, especialmente cuando se han visto obligados a abandonar sus países de origen, como es el caso del desplazamiento forzado de ciudadanos venezolanos en América Latina.

La literatura sobre el racismo y la xenofobia en el contexto de la recepción de migrantes explora principalmente esa discriminación negativa, que puede expresarse en contextos sociales, así como institucionales y legales. Existe un consenso académico acerca de que la discriminación y el racismo en las Américas y Europa se han dirigido históricamente a los afrodescendientes y asiáticos.

En este contexto, muchos autores conceptualizan la discriminación negativa de los inmigrantes recién llegados en Europa y EEUU como una continuidad de la racialización de los ciudadanos de los antiguos territorios coloniales. Otros autores encuentran, más que un vínculo entre el racismo actual y la racialización de grupos subyugados en la época colonial, una conexión más compleja entre el racismo y una amplia variedad de aspectos como la cultura, la religión, la seguridad o la soberanía nacional.

Profundizando en las razones por las que esto ocurre, la literatura existente encuentra que la discriminación obedece a las lógicas de securitización y selectividad étnica, que están profundamente entrelazadas. Contrariamente al amplio consenso que describe un cambio desde la selectividad étnica negativa hacia una mayor neutralidad desde el final de la Segunda Guerra Mundial, algunos autores sugieren que existe una securitización de la migración que se expresa en los regímenes de visados.

Aunque el racismo y la xenofobia son subjetivos, afectan de manera objetiva las vidas de muchas personas a quienes se les niegan los derechos y oportunidades que les corresponden, especialmente cuando se han visto obligados a abandonar sus países de origen, como es el caso del desplazamiento forzado de ciudadanos venezolanos en América Latina

En el contexto internacional de combate contra el terrorismo que siguió a los ataques del 11 de septiembre, los musulmanes procedentes de países en África, Asia y el Medio Oriente son vistos como una amenaza para el bienestar, e incluso para la supervivencia, de las democracias occidentales. Entonces, la religión, y el Islam en particular, se convirtieron en un marcador étnico que motiva la discriminación. A los viajeros de países pobres y musulmanes se les suele negar los visados ​​de turista en territorio europeo.

En Europa, los recientes resultados de las elecciones locales, nacionales y europeas muestran el creciente apoyo a partidos con plataformas anti-islámicas (y, más ampliamente, anti-inmigrantes). En EEUU, la xenofobia e islamofobia ayudaron a elegir a Trump. Incluso en Rusia, las secuelas del 11 de septiembre y el conflicto checheno también prepararon el terreno para que algunos nacionalistas reafirmaran la idea de que el Islam era un enemigo de la identidad ortodoxa del país y, por lo tanto, la inmigración de musulmanes llegó a ser vista como parte de una diseño expansionista del Islam que debía ser contenido.

En América Latina, el desplazamiento interno de las zonas rurales a las ciudades en el contexto de conflictos armados internos ha generado situaciones de racismo y exclusión social. Uno de los casos más paradigmáticos de esto es Colombia. En Perú, donde el conflicto armado interno causó el desplazamiento de aproximadamente 430 000 personas entre las décadas de 1980 y 1990, la discriminación, el abuso, el choque cultural y el estatus legal inestable se encuentran entre los impactos negativos que las personas y las familias, principalmente procedentes de los Andes centrales y del sur, sufrieron y siguen sufriendo en sus ciudades de llegada.

Al mismo tiempo, existe una brecha entre un discurso político sobre la inmigración muy liberal y las prácticas legales y administrativas restrictivas en nuestra región. Mientras algunos países como Argentina y México tienen las leyes de inmigración más progresistas del mundo, muchos países en la práctica mantienen regulaciones migratorias restrictivas dirigidas a migrantes de países de África, Asia y el Medio Oriente que, en algunos casos, están en conflicto con las constituciones nacionales y los compromisos internacionales de esos estados.

En algunos casos, la selectividad racial en América Latina se basa en criterios que también tienen sus raíces en la historia colonial de la región. En Brasil, por ejemplo, los migrantes afrodescendientes son víctimas de un imaginario colectivo negativo sobre las personas de color que se remonta a la época colonial, cuando el comercio de esclavos era una práctica común. En toda la región, gobiernos suelen pensar que los cubanos negros, haitianos y africanos están relacionados con el crimen organizado.

En estos términos “raciales” la inmigración venezolana en un primer instante fue bienvenida en muchos países de la región. Sin embargo los crecientes números se prestan para la politización del fenómeno.

En muchos países del mundo, activar la xenofobia se ha convertido en estrategia política. Ejemplos de las democracias occidentales son Donald Trump en EEUU, partidos de ultra-derecha populista en Europa (la AfD en Alemania, Le Pen en Francia, el movimiento favorable al Brexit en Reino Unido). En las democracias menos consolidadas del hemisferio sur, también se da este fenómeno. En Sudáfrica se presentaron episodios de violencia xenófoba en 2008 y 2015, el flamante presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, tiene un discurso racista, y en estas tierras el candidato a la alcaldía de Lima en la última elección, Ricardo Belmont, buscó ser elegido con una retórica claramente anti-venezolana. La xenofobia se puede activar en cualquier sociedad, tanto en países ricos de Occidente como en países en vías en desarrollo. Es importante destacar que los discursos populistas xenófobos raras veces son lógicos y suelen ser hasta contradictorios. Por ejemplo, según buena parte del discurso xenófobo en los Estados europeos de bienestar “el extranjero no trabaja, pero nos quita el trabajo”.

Se sabe que las razones importantes para la xenofobia son la privación relativa y  la frustración con el gobierno, mientras que la competencia por el empleo o por recursos ofrece evidencia muy mixta. Tomados en conjunto, los resultados de los estudios académicos, tanto en países ricos como pobres, apuntan hacia un mecanismo del chivo expiatorio, donde las frustraciones y la desesperanza producen agresión dirigida contra los inmigrantes. Para los políticos, la xenofobia se vuelve una herramienta poderosa porque es un canal potente para distraer a la ciudadanía de su propia incompetencia y corrupción. Al fin y al  cabo, el inmigrante en la mayoría de los casos no tiene derecho al voto en elecciones nacionales.

Por ende, dados los altos niveles de pobreza, privación relativa, frustración con el gobierno, corrupción y la incompetencia del Estado, en la sociedad peruana es fácil que se active o tenga  resonancia la xenofobia ante procesos migratorios como el venezolano. En ese sentido, los medios tienen una responsabilidad importante de no exaltar la xenofobia, por ejemplo a través de reportajes que sobre representan delitos cometidos por ciudadanos venezolanos dando, además, un acercamiento morboso a los hechos.

En el caso específico del Perú, recordemos también que nuestros propios compatriotas sufrieron y siguen sufriendo la xenofobia en el extranjero. Hemos sido en la historia, y somos hasta la actualidad, un país de emigración. Según el Instituto Nacional de Estadística e Informática de Perú, un promedio anual de 110,000 peruanos salen del país y no regresan. Y esto también tiene un impacto positivo en nuestra economía. Las remesas que esta población envía representan 1,4% del PIB. Solo en 2017, las remesas totalizaron USD 3051 millones de dólares. Entonces, los ciudadanos no deberíamos tener ningún interés en activar el miedo y el rechazo hacia aquellos que vienen al Perú huyendo de la grave situación en Venezuela. Tristemente quienes tienen dicho interés son más bien algunos políticos, en busca de incrementar su popularidad apelando a un discurso confrontacional de “nosotros vs. ellos”.

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