Más allá de la “pérdida de valores”

Más allá de la “pérdida de valores”

Víctor Casallo Mesías Director de la Escuela Profesional de Filosofía de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya
Ideele Revista Nº 279

¿Cómo hablamos hoy de ética? Frente a los escándalos de abuso, violencia y corrupción que los medios explotan hasta el último detalle, a menudo respondemos lamentando la pérdida de valores que nos habrían protegido años atrás contra esa descomposición ética. Vale la pena considerar qué expectativa de convivencia social subyace a esa demanda de recuperación de valores debilitados y en qué medida puede ser compatible con una sociedad pluralista y democrática.

¿Cómo sería una sociedad que recuperara sus valores debilitados o perdidos? Podríamos imaginarla como una comunidad armónica que valora más o menos unánimemente formas reconocidas de vivir y convivir. Cabe preguntar, sin embargo, hasta qué punto esa unanimidad añorada toleraría la pluralidad de concepciones de una vida buena - diferentes modelos de vida en lo sexual, político, religioso, ético, entre otros. - que deberían ser garantizados por una sociedad democrática. Consideremos dos problemáticas ante las que frecuentemente se invoca como respuesta la recuperación de valores e, implícitamente, se subordina ese pluralismo.

La “familia amenazada”

Al reclamar la recuperación de valores para fortalecer a la familia contemporánea, hay una diferencia importante de enfoque entre asumir sus problemas internos y denunciar sus amenazas desde el exterior. El primer enfoque podría, por ejemplo, preguntarse por los nuevos desafíos para cada miembro de la familia venidos con los cambios sociales, económicos y culturales que han transformado los espacios, momentos y formas de encuentro familiar. Ese preguntar puede llevar, al interior de la familia y entre diferentes familias, cómo se vive el ascenso en las tasas de divorcio, la exposición pública de casos de violencia doméstica, el temor ante la agresión sexual contra hijos e hijas, entre otros. El segundo enfoque, sin embargo, soslaya la responsabilidad propia frente a estos cambios, problemas y nuevas exigencias a la familia, para concentrar toda la atención en un culpable específico y exterior: las feministas, las personas homosexuales, las agencias de desarrollo internacional que promueven derechos de grupos invisibilizados, entre otros. Casi siempre, todos estos culpables son confundidos en una sola etiqueta como la de “promotores de la ideología de género”. En este caso, la denuncia por la extinción de los valores enmascara el lamento por la existencia de estos grupos que “antes no existían”. A la inversa, la restauración de esos supuestos valores implicaría la desaparición de esos grupos porque, finalmente, son “inmorales” en sí mismos desde el momento que no comparten las mismas valoraciones. La denuncia y el proyecto restaurador de estos grupos no solo se desentiende de conocer y debatir los argumentos de los enemigos que se crea - caricaturizándolos en una amalgama de prejuicios, afirmaciones descontextualizadas y dramatización apocalíptica -, sino que, sobre todo, se descarga de la obligación de hablar sobre la propia responsabilidad en los problemas y soluciones en la vida familiar. Así, que dos personas homosexuales se besan públicamente sería más nocivo para mi familia que la falta de comunicación con mi cónyuge y mis hijos.

Los “políticos de antes”

Ante los escándalos de autoridades e instituciones públicas comprometidos no solo en actos, sino en verdaderos proyectos de corrupción, algunos discursos de lamento y restauración nuevamente disuelven la carga de la responsabilidad actual en la nostalgia por un pasado supuestamente más brillante. Los medios suelen alinearse con esta tendencia: para captar la atención del público resulta más dramáticamente efectivo personalizar los casos de corrupción - el presidente ladrón, el ministro lobbysta, la candidata con narcotraficantes en su entorno - que intentar hacer comprensible el sistema que los hace posibles, más allá de personas o gobiernos particulares. Correlativamente, los políticos de antaño son idealizados en términos personales, esto es, descontextualizados de las situaciones a las que respondido competentemente o, como cualquiera, equivocándose. Así, frente a una figura como la del presidente que luego de su período se retiró a su domicilio relativamente sencillo, lo único que se puede decir de los políticos y políticas actuales es que son una vergüenza. La decadencia de los valores consistiría, entonces, en que hoy “cualquiera” puede ser congresista o ministro, en contraste con los “grande hombres” del pasado. Para el lamento nostálgico la respuesta no pasa por la crítica (a la mentira, a la mayoría convertida en matonería, al aplastar el derecho ajeno y al robo), sino que se satisface en el repudio personal. El que un congresista no haya completado estudios superiores o que su colega haya falsificado certificados de estudios resulta menos escandaloso - y, en ocasiones, entretenido - que el que sea un(a) inculto(a) incapaz de entender las referencias históricas o filosóficas en la intervención de un político “como los de antes”.

"Cuando los logros y problemas propios no se pueden elaborar en ese espacio comunitario se debilita el sentido de identidad compartida y personal".

Valores e identidad

En sus diferentes versiones, el proyecto de recuperar valores presupone que es posible no solo rememorarlos, sino difundirlos de manera que sean asumidos por las personas que hoy carecen de ellos. De ahí las “campañas de valores” que periódicamente se emprenden en instituciones educativas, oficinas públicas, medios de comunicación, entre otros. No hace falta entrar a la discusión ontológica sobre el tipo de entidad que serían los valores para reconocer intuitivamente que no basta su elogiarlos públicamente o anunciarlos a través de carteles en colegios u oficinas del Palacio de Justicia para que se instauren efectivamente. Pero esta orientación hacia lo público no es únicamente un requisito para alcanzar a sus destinatarios, sino que intuye correctamente que solo aceptamos o confirmamos que los valores son efectivamente capaces de movernos y guiarnos cuando constatamos que otros los reconocen en nuestros actos: los advierten, los ponen de ejemplo o los critican. Aunque no sepamos “qué es” un valor, permanentemente “valoramos”: realizamos preferencias, juicios y decisiones que nos mueven a actuar de una manera en vez de otra. En ese sentido, definir con precisión un valor o formular las normas que se pueden desprender de ellos son momentos posteriores a aprender a advertirlos y celebrarlos en personas y rituales en sus momentos y lugares concretos. Los valores se cantan, se danzan y, en general, se reactualizan antes de explicarlos en una clase de formación ciudadana o de colgarlos como gigantografías. Por ejemplo, se cultiva los valores del esfuerzo, el trabajo en equipo, la tenacidad y la solidaridad en un destino común en la fiesta anual del agua en el distrito de Laraos en Yauyos, cuando sus jóvenes corren para ganarle en velocidad a la corriente del río y así celebrar la confianza en un buen año. Solo desde esa vivencia celebrada comunitariamente pueden aportar algo a la formación en valores la axiología filosófica o las clases de educación cívica.

Por el contrario, la incapacidad de renovar esa celebración en términos de hoy reduce la afirmación de valores a una denuncia meramente reactiva. Cuando los logros y problemas propios no se pueden elaborar en ese espacio comunitario se debilita el sentido de identidad compartida y personal. La tentación ante ese peligro interno es insistir en esa identidad oponiéndola a una amenaza externa: para poder confirmar la validez propia hace falta culpar a otros por la “degeneración de los valores”. Y en esa necesidad de satanización para legitimarse, los hechos y las razones son irrelevantes, en comparación con la denuncia y el lamento que se autofirman cuando profetiza apocalípticamente. Esa supuesta reivindicación de los valores de la tradición esconde la desconfianza en su capacidad de responder a las nuevas experiencias, preguntas e identidades de sus miembros. Es más fácil acusar a los estudios y académicas(os) de género -sin apenas leerlos-, en vez de compartir la dificultad de conversar con nuestros hijos sobre nuestra sexualidad y sobre cómo viven ellos la suya. Es igualmente cómodo lamentarse nostálgicamente porque ya no hay caballeros como los de antes en la gestión pública, en vez de hablar de nuestra propia responsabilidad en la cultura de la coima y el tarjetazo a pequeña y gran escala. Cuando el reclamo por la revitalización de los valores toma la forma de una restauración idealizada no solo aspira a una uniformidad muy poco democrática, sino que nos exime de la responsabilidad por lo que (no) hemos venido haciendo con nuestros problemas.

Conclusión: (compartir) motivos para celebrar

Hacer de nuestras preocupaciones éticas tema de discusión y acción supone dialogar imaginativamente con quienes expresan sus vivencias y respuestas en términos de fortalecer nuestros valores. Ese diálogo exige saber discernir las ambigüedades de ciertos discursos restauradores, pero también aprender a percibir formas creativas e inclusivas de celebrar valores afirmados renovadamente desde la práctica. Este es el esfuerzo, entre otros, de las comunidades educativas de los colegios Fe y Alegría. Lo que dicen -por ejemplo, en sus videos- sobre los valores que invitan a compartir tiene menos que ver con echarle la culpa a un extraño que compartir los logros y las aspiraciones que entusiasman a sus miembros: estudiantes, docentes, familia y comunidad. Esa apertura inclusiva también es cultivada en grupos y experiencias religiosas ecuménicas. No solo en las obras conjuntas que pueden emprender sino también en actividades tan propias como pueden ser sus momentos de oración. La aceptación y el respeto por los otros se cultivan también -o, quizás, sobre todo- en el silencio y la convivencia cotidiana.

Una sociedad que apuesta por convivir en pluralidad necesita aprender permanentemente a facilitar el diálogo pacífico entre las comunidades que la integran, cada una con su propia constelación de valores. Un camino productivo es hacer espacio a sus celebraciones más inclusivas y propositivas, en vez de a sus formas restauradoras más ideológicas y virulentas. Seguir ese camino es pasar de leer estas líneas a buscar - y crear - esas experiencias de compartir y enriquecerlas con las nuestras.

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