Marcelo Martinessi: “La esencia represiva sigue muy presente en Paraguay”

Marcelo Martinessi: “La esencia represiva sigue muy presente en Paraguay”

Patricia Wiesse Directora de la Revista Ideele
Gerardo Saravia Editor de la Revista Ideele
Ideele Revista Nº 281

Foto: Fandango.

La película paraguaya “Las herederas” ha ganado el premio del jurado a mejor ópera prima en el 22 Festival de Cine de Lima, además del premio a la mejor actriz, otorgado a la protagonista de la película, y una mención especial del jurado de la crítica internacional. Es la historia de Chela y Chiquita, una pareja que ha estado junta por más de 30 años. Su precaria situación económica las obliga a vender las pertenencias heredadas. Chela está deprimida y Chiquita es encarcelada por una deuda que contrajo. Durante la separación, Chela descubre que es capaz de valerse por sí misma y también de volver a sentir.


¿Dónde has estudiado cine?

En el London Film School. A mí me gustaba mucho escribir cuando era chico y me inscribí en Letras, pero a los dos meses se cerró la carrera en la Universidad Católica porque éramos tres alumnos y una se retiró. Después estudié comunicaciones y ahí empecé a agarrar la cámara y a hacer videos. Trabajé un tiempo en televisión, ahorré y me fui a estudiar cine a Londres en el 2003.

Has filmado “La voz perdida”, que presentaste en el Festival de Cine de Venecia. Es un corto sobre la masacre de Curugauty, que se produjo en el gobierno de Fernando Lugo y cuyas víctimas fueron campesinos.

La masacre no fue ordenada por Lugo. Es un tema muy complejo. En ese momento la popularidad de Lugo era grande y no tenían cómo sacarlo. Entonces las mafias y el narcotráfico provocan el enfrentamiento con infiltrados, y generan un desequilibrio social que termina con su salida, para que entre un gobierno de ultraderecha. Hace una semana se comprobó que los campesinos que estaban presos hace seis años no tuvieron nada que ver con la masacre. Esa es la gran herida abierta de Paraguay de los últimos tiempos.

¿Y filmaste la masacre?

No, fui después y me quedé muchos días hablando con las mujeres de Curugauty, y en base a una de esas entrevistas hice un corto.

Acá han llegado muy pocas películas paraguayas. En el año 2007 “Hamaca paraguaya”, de Paz Encina, recibió el segundo premio a mejor ópera prima.

Después vino “Siete cajas”, de Juan Carlos Maneglia. Los tres que hicimos esas películas somos amigos; prácticamente nos criamos juntos. En Paraguay solo se puede hacer cine si perteneces a una determinada clase social. Tienes que dedicar tu tiempo a hacer un buen proyecto y ver cómo consigues el dinero afuera, porque hasta ahora no hubo ningún apoyo del Estado. “Siete cajas” es una película un poco más comercial que se financió con fondos bancarios y con fondos de empresas paraguayas. “Hamaca paraguaya” y “Las herederas” tuvieron financiamiento de afuera.

¿Hay un proyecto de ley de cine?

El mes pasado se ha aprobado una ley, después de 10 años de pelea. Supuestamente se va a crear un instituto, una cinemateca y habrá entrega de fondos.

¿Cuántas películas se producen al año?

Entre tres y cinco. Son muy pocas las que se proyectan en otros países porque a veces la calidad técnica no es buena y la visión del proyecto es local.

¿Paz Encina ha logrado hacer otra película?

Hizo un documental que se llama “Ejercicios de memoria” que presentó en el Festival de Cine de Lima hace unos años. Juan Carlos Maneglia hizo “Los buscadores” el año pasado. Es difícil tener continuidad. Solo tenemos un fondo de arte que lo máximo que te da son 10 mil dólares, y es muy difícil acceder a él. En Paraguay sólo podrías obtener fondos privados para hacer un blockbuster comercial - como una película de terror o de acción - que asegure la asistencia del público. La gente en mi país tiene ganas de ver cine paraguayo.

¿Cómo pudiste empezar “Las herederas” sin apoyo en ese primer momento?

Me encerré a escribirla el año 2012, después de renunciar a mi puesto como director de la televisión pública de Paraguay, luego del golpe de Estado. Antes de eso, yo sentía que estaba haciendo algo sumamente importante para Paraguay. No existía televisión pública y la estábamos creando. Fue un proceso muy interesante. Se produjo el golpe y yo me sentí sumamente frustrado porque tuvo el apoyo de la clase privilegiada de la que vengo. Esta gente retrocedió para mantener sus privilegios. Entonces me di cuenta de que no pertenecía a esa clase social y empecé una búsqueda personal. Hice el corto sobre Curugauty, y luego con mis ahorros pude dedicarme a escribir la historia, con la idea de presentar el proyecto y obtener fondos de afuera para la filmación.

¿Te imaginaste el revuelo que iba a causar?

No, ni loco. Yo sabía que era una película pequeña; no es ambiciosa. Lo único que yo quería era hacer una película en la que hablara sobre mi país a partir de esta historia de mujeres. Pensé que iba a ser de nicho, y ahora estamos estrenando en Inglaterra en 42 salas.

¿Cómo llegas a la historia?

Empecé a escribir por lo general para llegar a lo particular: ésta es una sociedad que reproduce relaciones de protección y represión a pesar de que el dictador ya no está. La larga dictadura de 35 años que tuvo Paraguay se entiende porque se produjo un romance con ese dictador. A partir de las voces que escuchaba cuando me enfrentaba a la hoja en blanco de las mamás, tías y  vecinas empecé a moldear la película. Fue un proceso de afuera para adentro.

Por eso las herederas heredan mucho más que objetos materiales.

Claro, heredan prejuicios, limitaciones. Creo que lo bueno es que también conocía muy bien lo de adentro, esta fibra interna de la sociedad paraguaya; a sus mujeres que tienen una forma especial de moverse, similar a la que tiene Chela. Conozco a personas que se mueven como Pituca. Fue un proceso orgánico, me fue muy fácil- entre comillas-  poder entrar en ese mundo.

La pareja debe haberla pasado bastante mal en una sociedad tan cerrada. Sin embargo, eso no aparece en la película que la muestra en una etapa en la que ya ha asumido por mucho tiempo su condición de diferente y medio paria.

Ellas mismas son lesbianas homofóbicas; no son las lesbianas militantes que conocemos hoy en día y que se ven más en el cine actual. Cuando van en el auto y hablan de una chica dicen “la que parece mitaí”, que en guaraní significa “la que parece un niño”. En el fondo, ellas mismas nunca están cómodas en su propia piel. Y por eso tampoco le pueden exigir al entorno que las acepte.

La relación lésbica entre Chela y Chiquita parece que fuera asumida por las otras mujeres o, en todo caso, se hacen las que no se dan cuenta. Pero no hay un rechazo explícito hacia ellas por ese hecho.

Es como que todo está bien mientras eso esté en las sombras. Me parecía que tenía que quedar así. Hay espectadores que se imaginan que Pituca sabe, pero prefiere que ellas no sepan que sabe. Se da todo eso que hay alrededor de las sociedades represivas. Lo mismo me comentaron en Japón, en Rumania, sociedades que pasaron por largos periodos de autoritarismo en las que la gente pierde su libertad de ser, su comodidad y acepta estar sin necesidad de mucha transparencia.

Se ha internalizado al dictador.

Fuertemente. Mi papá tenía diez años cuando Stroessner llegó al poder, y yo tenía 16 cuando lo dejó. Pero en todos estos años en el colegio, en la universidad, en las familias se reprodujo el mismo sistema. No hubo otra propuesta, no hubo alguien que propusiera una sociedad libre. Nos quedamos con eso por más que llegó la supuesta democracia y cambió el Congreso. Esta relación represiva sigue muy presente en la esencia de la gente.

Esa dictadura se refleja también en la relación entre ambas protagonistas. Chiquita domina a Chela, no la deja ser ella misma.

Pero también debe ser muy difícil vivir con Chela, una mujer deprimida, recluida, que no quiere salir. Eso es lo que pasa cuando los opuestos se atraen. Yo no quise poner una carga negativa o juzgar a Chiquita.

Es cierto que es el motor, pero cuando ella desaparece de la casa, Chela renace, se libera.

Yo me pregunto si a ellas les quedaban muchas opciones. Son mujeres pequeñoburguesas, sin muchas oportunidades de tener trabajo u otra pareja. No les quedaba otra que quedarse juntas, vender el auto.

¿La venta del auto no fue un acto perverso de Chiquita, porque ella sabía que éste simbolizaba la libertad de Chela?

Yo creo que hay una mezcla de sentimientos. Todos tenemos un poco de perversión, pero también de cariño.

Las dos actrices captan todos esos sentimientos de los que hablas. Parece que no fueran personajes ficticios sino realmente Chela y Chiquita.

Para mí fue inconcebible cuando me propusieron trabajar con actrices extranjeras porque acá había muy pocas. Las mujeres paraguayas llevan debajo de la piel esta relación protección-represión y entienden perfectamente esa incomodidad, el encierro y la incapacidad de ser quienes quieren ser.

La estratificación social se muestra en los detalles. Pituca trata a Chela como a una pariente pobre.

Sí, es cierto. Hablando de eso, a mí me impresiona el Perú. He estado acá dos veces y me parece que es una sociedad mucho más clasista que la paraguaya. En Paraguay le ponemos paños fríos a todo, acá es mucho más obvio. Yo les cuento que una vez fui a una recepción en la embajada de Paraguay aquí en Perú, y me dijeron que a los mozos no se les mira a la cara, que no intercambie miradas con ellos. Fue muy chocante porque eso jamás me lo dirían en Paraguay. Me parece muy fuerte que acá me digan “señor Martinessi tal cosa y señor Martinessi buenos días”, cuando yo saludo a todos diciéndoles “hola, cómo estás”. Yo no necesito que me digan mi apellido a cada rato, como diciéndome que me respetan tanto, y yo ni siquiera sé sus nombres.

Entre Chela y la señora que trabaja en la casa se establece una relación jerárquica. Pero acá en el Perú sería casi imposible que se produzca esa cercanía que vemos casi al final de la película.

La relación entre Chela y Pati, la empleada, va teniendo un arco dramático. Ese personaje ganó mucho a lo largo del rodaje. El acercamiento entre ambas se produce porque Chela está vulnerable, pero no es común.

Pituca es un personaje de comedia.

Ahora está en Uruguay presentando la película. Yo creo que si Almodóvar la ve, se la roba. La vida de las tres protagonistas ha cambiado completamente. Son portavoces de las mujeres. Apoyan reivindicaciones a favor de las mujeres, contra la violencia.

Ana Brun es una gran actriz. Barre con los premios en todos los festivales en los que se presenta la película. ¿Ella viene del teatro?

No exactamente, porque solo hace 15 años que hace teatro. Yo tengo un amigo con el que yo comparto lo que escribo, y hace cinco años cuando le mandé el guion me dijo: “Es Ana Brun”. Como ella no tiene training actoral, lo que hizo fue ponerle su historia, su fuerza, su vivencia al personaje. Yo le pedí a ella que esté conmigo en el casting y lo  hicimos juntos porque el resultado dependía mucho de cómo ella se llevara con la persona escogida.

¿Dices que no tiene mucho entrenamiento actoral?

No. Ella es abogada y su nombre no es Ana Brun. Como a los tres meses antes de que empezara el rodaje me dijo que no podía hacer la película porque era abuela y algunos de sus familiares no estaban de acuerdo con que aparezca de lesbiana en el cine. Pero me dijo que se le había ocurrido una solución: cambiarse de nombre. En ese momento no teníamos idea de cuán visible iba a ser la película y ahora todo el mundo sabe quién es ella.

En el Congreso de la República se produjo una situación desagradable. ¿Qué ocurrió?

Como era la primera película paraguaya que estaba en el Festival de Cine de Berlín y además ganó un Oso de Plata, nos iban a hacer un reconocimiento por iniciativa  del Frente Iguazú, al que pertenece el presidente del Congreso, Fernando Lugo. Lo primero que pasó es que la mayoría de congresistas conservadores se retiraron de la sala. La sesión continuó con una minoría y una senadora se levantó y le gritó a Ana “lesbiana”, con mucha rabia. Ni siquiera pudo distinguir entre una actriz y un personaje. Me di cuenta de lo básica que puede ser una senadora de la Nación en Paraguay. No me di cuenta del país en el que vivía hasta que filmé esta película.

Los grupos religiosos también llamaron a boicotear la película.

Fue una de las iglesias evangélicas y los grupos “Queremos mamá y papá”. Pero también debo decir que me siento muy conforme con el apoyo de la prensa y otros sectores de la sociedad que se dieron cuenta de que estaban ante una historia universal contada a través de una pareja de lesbianas. La película no es acerca de la sexualidad; tiene otros componentes que cuentan muchas cosas del país.

Agregar comentario

Medio ambiente

Entrevista

Colaboraciones

Homenaje